Introducción al Blog: Sobre Monstruos y Humanos

Siempre me apasionó la lectura. Desde que apenas alzaba unos palmos del suelo correteaba por la biblioteca de mi madre en busca de los libros que consiguieran sumergirme en multitud de aventuras casi inimaginables. Leía y releía todo lo que pasaba por mis manos aunque no llegara a comprender muchas de las palabras que poblaban aquellos extraños y fascinantes objetos que recién acababa de conocer y que me acompañarían desde entonces y, espero que durante toda mi existencia, llamados “libros”. Pero no me importaba, ya que lo que realmente quería era descubrir nuevos mundos, ampliar mis horizontes y comprender que la vida puede ser una fuente inagotable de ideas, inspiración y aventuras.

Con el paso de los años esta afición, junto con el cine, fue creciendo y creciendo; cada vez buscaba más información sobre los autores, sobre su vida y como las circunstancias de cada uno los llevaban de la mano a transformar sus monstruos interiores en letras y palabras para formar relatos y novelas fascinantes. Porque al final el escribir (no siempre pero sí en muchísimas ocasiones) es liberación, es desatar ideas escondidas en la cabeza para darles forma y sacar lo que ni siquiera uno mismo sabía que estaba ahí. Es crear y compartir, es luchar por cada palabra que sacas de ti para expresarte y mostrarte en mayor o menor medida. Es convertir a los monstruos en humanos.

Y al final, qué es más real, ¿ el monstruo liberado que se muestra en el papel,? ¿o los humanos fingidos que deambulan por el mundo? En esta pregunta cada uno tendrá su respuesta, pero para mí, el escribir se convierte en un viaje interior, un viaje que nunca sabes hacia dónde te va a llevar. Se comienza por una frase, por una idea, y esta se alimenta del autor hasta convertirse en un relato surgido de su búsqueda y de su propio mundo. Es autoconocimiento, es realidad y es el monstruo más humano que se puede mostrar.

Pero los monstruos no son lo que nos han vendido; no tienen porqué ser seres viles y despreciables que se agazapan en cualquier lugar recóndito para atacar cuando llega la oscuridad. Los monstruos son ideas no mostradas, son lugares de nosotros mismos, que ya sea por timidez o por falta de ocasión, nos cuesta sacar a la luz y al exterior. No tienen que ser ni malvados, ni bondadosos, son parte de nosotros y el comprenderlos, aceptarlos y conocerlos nos hace más reales y palpables.

Se puede decir que emprendí esta pequeña aventura de la escritura a principios del año 2017. Siempre me apasionó la lectura, pero hubo un momento en mi vida que deseé sacar a estos monstruos y convertirlos en mis compañeros de viaje. Dos años después, gracias al apoyo de amigos y familiares, he decidido crear este blog para compartirlos, para poder seguir creciendo, para seguir creando y aprendiendo. Así que espero que los que leáis mis relatos disfrutéis tanto como yo lo he hecho creando estos pequeños monstruos que, para mí, son más reales que muchos humanos que, al esconderlos y no mostrarlos con naturalidad, acaban siendo invisibles.

Fer Alvarado

La Máscara – Capítulo V. Lápices.

Introducción:

Sé que suena a tópico pero, para mí, este es el mejor capítulo que hemos hecho hasta el día de hoy. Sé que es el último a fecha de 8 de julio y que siempre se quiere mejorar mientras más se trabaja pero, creo que es el que personalmente más me gusta porque a partir de aquí la serie (y el relato) empiezan a tomar su propio rumbo. la historia comenzó en “Paredes” con una historia que se inspiraba libremente en el confinamiento y la cuarentena pero intenté darle su propia personalidad y, a partir de este episodio, es cuando creo que toma vida propia para irse por otros caminos. Siguen presentes las máscaras antigás y algunos elementos que pueden recordar a la cuarentena pero, la fantasía empieza a hacerse presente en la historia y, a mí personalmente, me encanta usar lo fantástico como una metáfora de un mundo lleno de posibilidades. Espero que os guste este episodio y como siempre estaré encantado de poder intercambiar comentarios y opiniones.

Episodio adaptado a la animación:

Texto Original:

Nunca entendí por qué estos puestos de encuentro no estaban insonorizados. El ruido de las manadas que se unían al caer la noche no me dejaba pegar ojo, siempre chillando, gritando y mordisqueando cualquier cosa que se encontraran. Era como si tuvieran un afán por devastar de tal magnitud que ni siquiera ellas eran conscientes de su propia ansiedad. Y lo primero que les gustaba destruir era el silencio.

—Es para que las oigas venir a por ti— me dijo aquel salvaje vestido con cuerdas y cuchillos adivinando lo que pensaba —. Lo único que podían hacer era construir estos edificios resistentes a colmillos pero que a la vez  facilitaran una buena acústica. Para que cuando se acerquen puedas rezar o huir. No se tienen muchas más opciones contra ellas.

Le contesté con una ligera afirmación, no sé por qué se creía más listo que nadie. Con su collar de dientes y esa bolsa cosida con colas de ratas en la que guardaba sabe Dios qué. Para mí era un sanguinario igual que esos bichos trepadores. Algo más inteligente y con el don de la oportunidad, pero no mucho mejor que ellas.

 Aunque tengo que reconocer que el contenido de aquella siniestra bolsa me intrigaba. Las pocas personas que nos habíamos encontrado durante nuestra migración constante estaban deseosas de mostrar su recuerdo pero él nunca tuvo el más mínimo interés en mostrármelo. Algunos llevaban anillos de una pareja perdida. Otros, roídas fotografías de familiares e incluso conocí a un chico que no se separaba de su teléfono móvil aunque fuera imposible cargarlo. Todos necesitábamos algo que nos recordara a nuestro pasado, algo que con solo verlo nos transportara a días más felices en los que realmente no sabíamos lo que era tener problemas. Incluso dejamos de llamarnos por nuestros nombres para convertirnos en nuestros recuerdos. Solo usábamos los verdaderos para las personas que habíamos perdido, era nuestra forma de apartarlos de este mundo y de alejarnos  con ellos. Anillo, fotografía o móvil esos eran nuestros actuales nombres. Yo, como siempre llevaba algo con lo que pintar, me llamaban Lápiz. A él, Cuerdas.

Necesitaba escribir a todas horas, verter mis recuerdos sobre papel o sobre cualquier superficie. Algunas veces a modo confesional dejando mis pecados escritos en una pared que no volvería a ver. En otras ocasiones, dibujaba rostros de gente a la que quise para no olvidarlos, incluso me enfadaba conmigo misma si pasaba por alto un lunar o le cambiaba el peinado al dibujarlos. No quería recordar una idea de ellos, quería recordarlos a ellos,  todo lo que significaban y todas las repercusiones que habían tenido en mi vida sus actos y los míos.

Desde fuera el coro de ratas estaba siendo más insoportable de lo normal. Nunca las había escuchado tan nerviosas. Tal vez el nuevo mensaje que mi compañero había dejado en la megafonía las había alterado sobremanera. Tal vez eran también animales de costumbres y cualquier cambio en sus vidas les provocaría cambios de humor. Tal vez eran más humanos que nosotros mismos.

Decidí asomarme por curiosidad  y mis ojos se abrieron de par en par al ver al pie de la plataforma a un superviviente como nosotros. Estaba paralizado, observando como aquellos seres que acababan de unirse en garras y colmillos se le acercaban. Sin pensarlo me asomé a la barandilla y le grite:

—Por favor, trepe hasta la escalera, ellas no se acercarán a la estructura. Por favor, suba, no se quede ahí.

Él pareció reaccionar al instante, giró la cabeza y me miró pero  sin verme. Lo hizo con una expresión extraña, como si hubiera visto en mí ese recuerdo del pasado que todos llevamos con nosotros.

Me giré y fui corriendo en busca de mi compañero. Si me dejaba alguna de sus cuerdas podríamos ayudarle a subir. Él estaba mirando mis escritos con los que desahogaba mi mente de remordimientos. Y de entre el montón de papeles desordenados cogió en sus manos el que yo más temía que viera y se lo acercó al rostro como si no llegara a creerse lo que veía.  Escrito a lápiz y con una letra nerviosa y angulada se podía leer la peor de mis confesiones:

“POR MI CULPA COMENZÓ TODA ESTA PESADILLA”

Escrito por: Fer Alvarado

Animado por: Mr. Bizarro

Sonido por: J. J. Rec

Voz Lápiz: Adela Guiu

Voz Cuerdas: Sergio González

La Máscara – Capítulo IV. Peldaños.

Introducción:

Llegamos al ecuador de esta primera temporada y tengo que reconocer que, aunque el trabajo está siendo de muchas horas diarias, está siendo una experiencia muy interesante en la que estamos aprendiendo muchísimo. A partir de ahora la idea es que la historia comience a acelerar y los acontecimientos se vayan sucediendo uno tras otro. Os dejo el texto original que escribí y la adaptación a la serie animada para que se pueda comparar cómo se ha llevado la historia a la animación. Espero que os guste y como siempre estaré encantado de compartir comentarios y opiniones de este humilde proyecto.

La Máscara – Capítulo IV. Peldaños

Episodio:

Texto Original:

Corría. El polvo que cubría la carretera saltaba tras de mí tapando en parte las huellas que dejaba  a mi paso. Yo, que hasta que todo esto comenzó nunca había sentido lo que era realmente el miedo, ahora corría tanto que había olvidado cómo se dejaba de correr.

La alarma del vehículo estaba dejando un sonido acampanado marcado en la noche. Aquel tañido haría que las ratas se despertaran, las haría salir de sus escondrijos y las haría interponerse en mi camino hacia el puesto 11. Como si aquellas alimañas hubieran oído mis pensamientos,  comenzaron a surgir de entre la tierra amontonada, saltaron desde las ventanas de los edificios y se alzaron por la basura acumulada en las calles. Algunas tenían parte de sus costillas al descubierto, como si en un frenesí de insaciable hambre se hubieran comenzado a devorar unas a otras. Pero aún con cráneos al aire, miembros cercenados, ojos arrancados por sus propias garras,…, aún así, seguían babeando en busca de algo que poder arrojar a sus fauces.

Giré a la izquierda y me topé de frente con el puesto de encuentro. Éste brillaba alzándose unos veinte metros del suelo mientras reposaba sobre una base de hierro y acero. Rodeé la estructura buscando la forma de poder acceder al edificio, toda ella apestaba a bromodiolona, un raticida que usábamos cuando creíamos que éramos los dueños del mundo. Pero, ¿ahora funcionaría contra estas asquerosas mutaciones  o sería el recuerdo de este olor lo que las haría huir?

Tras dar una vuelta completa divisé, a unos tres metros de altura, unas escaleras que se alzaban hasta el lugar de supuesta salvación. Al verlas, mi mano se lanzó a tocar la lata de judías  para asegurarme de que seguía ahí. Escaleras, peldaños y raticida, hace no mucho tiempo un granero, Clara y madera. Los dos subiendo a empujones buscando un lugar seguro mientras esparcía tras de mí esa maldita bromodiolona, ahora, no soportaba su olor. Apenas un par de metros por debajo, una jauría de colmillos reclamando nuestros cuerpos; ella delante de mí,  un peldaño carcomido que cedió; yo, debería haber ido delante, su cuerpo cayendo, mis manos intentando agarrarla y llenándose de aire. Colmillos, ropa desgarrada, gritos, mi nombre en su boca por última vez. Yo, debería haber saltado tras  ella.

Las ratas estaban acercándose rápidamente, uniéndose y convirtiéndose en  monstruos con huesos al aire y patas astilladas.  Me sentí rodeado, incapaz de volverme a enfrentar a una escalera que me traía gritos de dolor a la memoria. En ese momento, y desde lo alto de la plataforma,  una  voz de mujer me despertó:

— Por favor, trepe hasta la escalera, ellas no se acercarán a la estructura. Por favor, suba, no se quede ahí.

“¿Clara?”, pensé por un instante, “Clara, no puedes ser tú. No eres tú”. Comenzaron a  lloverme un sinfín de porfavores que, como si fueran un canto de sirena, hicieron que cerrara mis ojos, me dejara llevar por aquella voz  y saltara  hacia el amasijo de hierros entrecruzados que tenía enfrente.

Comencé a  escalar  buscando los primeros peldaños de la escalera, pero, antes de lograr alcanzarlos, una garra arañó mi cinturón arrancando de mí el abrelatas. Éste cayó y se clavó de pie en la tierra. Al verlo caer, de mí brotó una lágrima que se deslizó por el interior de mi máscara y  se precipitó en su búsqueda. Qué fácil sería resbalar, qué sencillo dejarme caer como debería haber hecho aquel día en el granero. Escaleras, ratas y bromidiolona, sería la mejor forma de terminar con todo esto y volver a estar con Clara.

Como si aquella voz se hubiera percatado de lo que estaba rondando por mi cabeza, transformó su lluvia de súplicas en palabras de aliento. No sé explicar la razón, pero aquel cambio me animó. Así que miré hacia arriba y comencé a ascender con premura  dejando atrás  aquel abridor y con él, ahogándose en un mar de ratas, parte de mi antiguo yo.

Escrito por: Fer Alvarado

Animado por: Mr. Bizarro

Sonido por: J. J. Rec

La Máscara – Capítulo III. Ratoneras

Introducción:

Una semana más os traigo el capítulo animado y el texto original que escribí de la serie de terror “La Máscara” en la que colaboro. Tal vez sea el episodio más incómodo de ver hasta la fecha ya que mi intención cuando lo creé fue hacer una comparación con la situación actual y poder pensar en los posibles cambios futuros que acarreará todo esto. Y sinceramente sería algo estupendo que el tomarnos la vida de otra manera y apreciar lo que es realmente lo importante fuera uno de ellos (y soy el primero en intentar aplicarme este nuevo pensamiento).

Capítulo:

Texto Original:

III. Ratoneras

El aire insalubre de la calle flotaba e invadía mi cuerpo a través de mi maltratada máscara. Aquel maldito aire que antes nos  proporcionaba vida y que ahora estaba llenando nuestros días de muerte e incertidumbre.

Me coloqué en mitad de la carretera y comencé a correr con la huida  como único objetivo plausible. A mi izquierda y derecha  los coches parecían dormir mientras reposaban sobre sus estómagos con las ruedas roídas y deshinchadas.

Aquellos cadáveres de hierro oxidado  eran los testigos silenciosos de todo lo acaecido, los únicos que podrían reescribir esta historia de carne desgarrada pero preferían permanecer durmientes buscando un nuevo propósito para sus vidas. Ya no serían nunca más vehículos e, igual que todos, deberían buscar su nueva función en el mundo.

Me sorprendieron unos feroces golpes en la puerta de un edificio cercano que hicieron que me apartara de la carretera y me resguardara tras el coche que tenía al lado. Fuera lo que fuera lo que allí había, no iba a tardar mucho en traspasar la madera que comenzaba a quebrarse y a convertirse  en balas con forma de afiladas astillas.

Estaba observando el vaivén de aquellas  bisagras cuando un pensamiento invadió mi mente: ¿aquel nuevo mensaje de la megafonía sería humano o sería una especie de reclamo para engañarme y atraerme a una trampa?,  ¿sería algo así como mi trozo de queso inalcanzable dentro de una ratonera?

— ¡Ratoneras, ratoneras, ratoneras! —Comencé a gritar mientras me rascaba con vehemencia la parte posterior de la cabeza, aquella había sido mi revelación. Miré a un lado y a otro, todos los edificios eran iguales, todos con sus puertas de madera astilladas y reventadas desde dentro, todos con charcos de sangre resecos en las aceras, en los porches, en el asfalto,… Me vino a la mente la grabación de la megafonía: “permanezcan en sus casas” decía  sin descanso. Nuestras casas, éstas eran las verdaderas ratoneras, las verdaderas trampas. Aquellos roedores deformes nos habían encerrado en nuestros hogares, nos habían proporcionado la falsa comodidad que daba un techo y cuatro paredes y cuando más confiados estábamos nos cazaban uno a uno. Éramos visitantes en un mundo que parecía real, pero que no lo era en absoluto. Éramos los visitantes de su propio mundo.

La puerta acabó  por rendirse, salió volando y  golpeó un coche que había aparcado justo enfrente. La alarma del vehículo reaccionó al golpe y comenzó a sonar dejando un  sonido extinto de sirenas que parecían danzar con el aire.

Uno de esos seres repletos de garras y colmillos salió del edificio, se acercó al  vehículo que acababa de despertar, se puso de pie sobre sus patas traseras y comenzó a olisquearlo. No sabía si aquel nuevo mensaje de la megafonía también sería una trampa pero en ese momento no tenía otra opción mejor que comprobarlo. Así que comencé a arrastrarme por el suelo en dirección a una posible encerrona mientras el ser de garras seguía entretenido con la alarma del coche. Tal vez aquellos vehículos habían encontrado su actual cometido: ayudar a huir a  sus antiguos dueños, los humanos. Ahora, era a mí a quién le tocaba encontrar una nueva función en el mundo.

Escrito por: Fer Alvarado

Animado y producido por: Mr. Bizarro

Sonido por: J.J. Rec

Interferencia

Introducción:

Siempre me han encantado las historias en las que los géneros narrativos se entremezclan introduciendo así personajes y situaciones que normalmente nunca llegarían a darse. Creo que es una forma de romper los límites, de agrandar la imaginación y mostrar mundos en los que todo puede ser posible, en los que no hay normas y en los que cualquier recurso utilizado, por inverosímil que sea, se acepta y se disfruta. Y es en este terreno donde más a gusto me siento. Es donde desato todas las ideas que me vienen a la cabeza y procuro dejarme llevar y disfrutar en mi escritura. Puede ser que, personalmente, no me guste la continua acumulación de normas (sobre todo las no escritas) con las que se nos bombardea a diario y el utilizar la libertad de expresión que nos brinda la escritura para contar historias locas, llenas de giros y de situaciones extrañas me haga sentir un poco más libre y, por ello, tanto las disfruto.

En esta ocasión he recuperado a uno de mis personajes favoritos, el detective Dashiell (detective de lo paranormal), para hacer una mezcla de humor, noir, fantasía y terror. No sé si os gustará esta coctelera pero os aseguro que yo he disfrutado enormemente creando esta historia detectivesca. Así que estoy muy contento de poder ofrecer este relato que espero disfrutéis y, que para seguir saltándome esta vez mis propias normas y, para variar un poco que para ello se dice que en la variedad está el gusto, es bastante más extenso de lo que suelo publicar.

Interferencia:

Capítulo I

Las aspas del ventilador giraban en el sentido de las agujas del reloj. En algunas ocasiones me gustaba mirarlas y pensar que eran como las manecillas que marcaban el verdadero tiempo que pasaba impertérrito y ajeno a todo lo que lo rodea mucho más veloz de lo que los humanos somos capaces de asimilar.

Inconscientemente miré el reloj de mi muñeca, se acercaba la hora del almuerzo y ningún cliente había traspasado la puerta de mi despacho. Ni hoy, ni ayer, ni en toda la semana pasada. Después de tantos años en el negocio, sabía que los eventos sobrenaturales eran algo así como los virus, parecían remitir en verano y en épocas de calor asfixiante. Pero, en las contadas ocasiones en las que el mal se materializaba cuando el sol más abrasaba, se convertían en tormentas eléctricas muy difíciles de controlar. Leí mi nombre recién pintado en el cristal de la puerta: “Detective Dashiell, Investigador de lo Paranormal” y sonreí al ver como, por primera vez en años, algo en mi vida había salido recto, sin fisuras  y dejaba un mensaje claro de mí que se podía entender a la perfección.

Decidí encender el televisor, no era algo que hiciera normalmente en horas de trabajo pero, eran ya tantos días con la mirada perdida entre los rincones del techo, que había llegado a familiarizarme con las telarañas que parecían proteger del polvo las esquinas de mi despacho.

En la pantalla sonó un click y surgió aquel maldito anuncio que pretendía ser vintage y tanto odiaba. No podía soportar a la gente que se anclaba en el pasado. Me gustaban aquellos a los que Melancolía los poseía; entendiendo por Melancolía a aquel espíritu burlón que se dedicaba a poseer a los humanos y hacerlos creer que vivían en la corte de Luis XIV o los vestía de romanos para lanzarlos a la calle en paños menores invitándolos a invadir las Galias. Al menos cuando me surgía algún caso con él me divertía, no era de los espíritus que poseía maldad inherente, simplemente como todos los seres que viven en una eternidad demasiado repleta de virtudes, se aburría y le gustaba  hacer alguna trastada mezclando a los humanos con las épocas históricas.  Quién podía culparle, seguramente si yo tuviera ese poder estaría en este momento de aburrimiento supino haciendo exactamente lo mismo. Sería genial ver a la beata de mi vecina creyéndose el marqués de Sade o al policía de la esquina que siempre me buscaba las cosquillas convirtiéndose en Bukowski. Las risas estarían garantizadas, además de los litros de whiskey y las noches en vela. Pero claro, solo podrían estar en ese estado máximo 72 horas, a partir de ahí, los conflictos espacio temporales dejaban un daño irreversible en el cerebro. Malditas leyes físicas, no podrían ser tan sencillas como las aspas del ventilador de mi despacho que estaban girando a mi voluntad.

Pues bien, Melancolía llevaba tiempo sin hacer de las suyas, el calor asfixiante me había obligado a desprenderme de parte de mi vestuario y la única compañía que tenía era mi secretario y máquina de escribir Ginsberg y aquel anuncio que pretendía dejarnos viviendo para siempre en tiempos del blanco y negro. ¿Cómo se llamaba el producto que anunciaba? En ese momento el televisor subió automáticamente de volumen remarcando cada una de las palabras del maldito eslogan:

“Cualquier tiempo pasado fue mejor. Y con el colirio “Interferencia” podrá revivir el momento más importante de su vida siempre que lo desee. Recuerde, un par de gotas se convertirán en un mar de emociones”

No soportaba a estos televisores duendiligentes, maldigo el día en el que lo compré y al configurarlo me preguntó: “¿quiere que el pequeño duende que vive entre los canales del televisor se meta en sus pensamientos y le ofrezca los programas que desee ver? “, le di sin querer al “ok” y aquí estoy, a merced de un leprechaun que ha preferido vivir entre las frecuencias de un televisor a correr libre por las praderas de Irlanda. No puedes fiarte nunca de un ser sobrenatural que antepone el progreso a su propia naturaleza. Me quejaba de la tecnología digital pero, este avance sobrenatural creo que hace mucho tiempo que se nos fue de las manos.

A través de la puerta del despacho me llegó un ruido agudo y metálico. Parecía que mi máquina de escribir Ginsberg había detectado a un posible cliente acercándose. Si no salía rápido a recibirle mi máquina-secretario creería de nuevo que era un poeta de la generación beat y comenzaría a recitarle su versión libre del célebre poema a la que él llamaba “Maullido”. Había perdido demasiados clientes potenciales por culpa de esa aberración de versos mecanografiados al aire con los que mi mecanizado secretario amenizaba las esperas de mis visitas. Así que me ajusté la corbata, me puse la chaqueta y me coloqué el sombrero para, levantarme de la silla dejando un pequeño cerco de sudor en la misma con cierto parecido a una mancha de Rochard y salir por la puerta del despacho para poder atender personalmente a la persona, ser, ente, espíritu o similar que viniera a mi humilde negocio.  

En la antesala no me encontré con absolutamente nadie. Ginsberg seguía encima de la mesa y no había comenzado a teclear su infame poema. En su lugar, seguía emitiendo ese ruido agudo a modo de aviso que soltaba al llegar el rodillo hasta su tope. Abrí la puerta que daba a la escalera, allí tampoco había nadie. Mi máquina de escribir-secretario comenzó a emitir aquel sonido más asiduamente, “click”, “click”,“click”,… La velocidad de aquel pitido se iba incrementando mientras no distinguía a nadie ni en la sala, ni en los alrededores de mi oficina. En ese momento, mi máquina de escribir dejó quieto el rodillo y comenzó a teclear sola. La miré fijamente, estaba convencido de que no estaba escribiendo su odiosa poesía sin métrica. Sus teclas iban danzando y mezclándose entre sí, lanzándose velozmente contra un rodillo sin papel. Cogí uno de los folios que había en el cajón del escritorio y lo introduje como pude en la parte más alejada de las teclas para que éstas no me golpearan. La máquina, hambrienta de papel y deseosa de plasmar su mensaje, devoró el folio, lo giró y comenzó a plasmar letra a letra aquello de lo que me quería advertir:

“E  N  T  R  E     U  N      M  A  R      D  E      E  M  O  C  I  O  N  E  S       L  L  E G Ó,

T  U      H  O  G  A  R    E  S      M  I      H  O  G  A  R         Y,

A  U  N  Q  U  E      L  A      M  U  E  R  T  E      T  E      C  U  E  S  T  E,

M  E       L  O      D  E  V  O  L  V  E  R  Á  S.”

Capítulo II

Me quedé mirando aquel nuevo mensaje de advertencia. Era el primero que me había llegado en el último mes y medio y, aunque por inercia lo saqué de un tirón de mi máquina-secretario y estuve a punto de guardarlo en el fichero de “amenazas-insultos-faltas de respeto a mi árbol genealógico”, lo cogí finalmente entre mis manos para leerlo con detenimiento. Mi intuición me estaba gritando mientras se desperezaba víctima del bochorno imperante. No era raro que recibiera amenazas prácticamente a diario. Además tenía muchos enemigos etéreos que  se colaban en mis subconsciente para realizar pequeñas venganzas como poner el yogur en el fregadero después de comerlo y tirar a la basura la cuchara. Los más poderosos llegaron a infiltrarse en mis sueños provocándome pesadillas subidas de tono con mi vecina beata, con el melindroso  policía de la esquina o incluso con los dos a la vez como protagonistas de juegos gimnásticos  imposibles de olvidar. Pero nunca ninguno de estos adversarios se habían atrevido a tocar a Ginsberg. Todo el mundo sabía que, aunque no soportara sus plagios poéticos, adoraba a esa máquina de escribir. Así que fuera quién fuera el que la hubiera poseído se acababa de pasar de la tecla.

Volví a mi despacho sujetando el papel en la mano y me dirigí a descolgar el teléfono para llamar a mi compañero el detective Caulfield, tal vez él supiera algo sobre este extraño mensaje. Lo que más me gustaba de mi amigo era que siempre se podía contar con él. Y cuando digo siempre, es siempre. Hace unos años comenzó un curso de telepatía por correspondencia y gracias a él, cada vez que algún amigo cercano descolgaba un teléfono, pronunciaba su nombre y le dejaba un mensaje, éste le llegaba a su cerebro inmediatamente conociendo exactamente la localización de su interlocutor. Lo único malo es que la empresa en la que cursaba telepatía quebró en mitad de su formación y él nunca llegó a terminar sus estudios extrasensoriales. Así que no llegó a aprender a contestar el mensaje mentalmente y, si era algo urgente, debía presentarse en persona en el lugar que había percibido para ayudar. Lo bueno es que sus colegas y amigos estábamos ahorrando una barbaridad en llamadas telefónicas y tal y cómo estaba rindiendo el negocio cualquier céntimo no gastado era un céntimo ganado.

Descolgué el auricular y dije su nombre un par de veces en voz alta antes de desvelarle el verdadero mensaje, en verano solía estar tan adormilado que si no le gritabas no llegaba a enterarse:

—Caulfield, Caulfield soy Dashiell. He recibido una amenaza y esta vez no suena a farol. —Mientras hablaba, desde el papel que sostenía en la mano  me llegó un olor que, en los últimos años, se había convertido en una fragancia demasiado familiar. Acerqué aquel trozo de celulosa a mis fosas nasales, inspiré profundamente y continué:

—Incluso la tinta del mensaje huele a odio acumulado. Llevaba mucho tiempo sin percibir tanto rencor vertido en tan pocas letras. Hazme un favor, deja lo que estés haciendo y veámonos en el bar Albar en media hora. Sé que no te gusta el sitio, pero es el lugar más seguro donde podemos reunirnos.

Colgué el teléfono y me puse la gabardina. Salí por la puerta de cristal y, antes de salir, le serví a Ginsberg una copa de vino barato mezclado con unas gotas de tinta de la mejor calidad y se la vertí por encima de las teclas. Seguro que recibir aquel mensaje le había dejado exhausto y, como toda máquina de escribir con aspiraciones artísticas, un poco de caldo de vid le proporcionaría tanto, una milagrosa recuperación, como  una inspiración creativa.

Cerré la puerta tras de mí y me dirigí a Albar, comenzaba a estar completamente seguro de a qué tipo de enemigo me estaba enfrentando.

La calle estaba desierta. Aquel verano nos había tocado la migración de hadas que se dirigían hacia su reunión anual “El Reino feliz”. Cada año aquella maldita fiesta cambiaba mágicamente de sitio y justo aquel año apareció de la nada en un bosque a las afueras de la ciudad. En cualquier momento aquellas devoradoras de hongos surcarían el cielo dejando tras ellas una lluvia de sudor multicolor que era más difícil de quitar de la ropa que las manchas de vino. Además a nadie le gustaba llenarse la boca de purpurina con sabor a abono fluorescente. Así que me di más prisa de lo habitual para llegar al punto de encuentro con Caulfield  y por ello llegué cinco minutos antes de la hora acordada.

Él, aún no estaba en el garito, así que me senté en una mesa libre y pedí un whiskey doble con hielo. Miré alrededor, decir que la clientela de aquel establecimiento era variada era quedarse bastante corto aunque ello tenía una razón lógica:  Albar era el único lugar libre de telépatas de toda la ciudad. Cuando fue construido toda su estructura fue revestida de una aleación de acero y papel de aluminio y, todo lo que estuviera hecho de metal, se convertía en un punto ciego para todo lo extrasensorial.  Por esa razón aquel bar estaba lleno de policías y maleantes, de infieles en potencia y de trabajadores de hacienda. Todo el mundo podía ser él mismo en aquel sitio sin que nadie le juzgara leyéndole la mente, solo te bastaba con firmar un documento de confidencialidad a la entrada, un pacto de no agresión y un cacheo para asegurarte de que no eras telépata y llevaras algo de metal encima. Mezclar metal con telepatía era como introducir papel de aluminio en el microondas, era de todo menos aconsejable, a no ser que no le tuvieras demasiado cariño a tu microondas, a tu cocina, ni a todo tu apartamento. Y lo más curioso de aquel lugar era que, por muy diferentes que fuéramos los humanos,  el desear que nuestros secretos no salieran a la luz nos hacía a todos iguales.

Caulfield entró por la puerta del bar y me vio de inmediato. En Albar sus escasos poderes telepáticos no tenían mucha presencia  pero siempre le quedaba algún ligero rastro al que él le le gustaba llamar intuición. Se acercó a la mesa donde estaba y se sentó a mi lado.

—Maldito Dashiell —dijo demostrando su habitual mal humor cuando quedábamos en allí.— Sabes que odio este sitio. Me has despertado con tu mensaje, no me ha dado tiempo ni a comer y aquí con los cubiertos de plástico antitelépatas no puede uno disfrutar de un filete en condiciones.

—Genial —contesté mientras me calaba el sombrero hasta prácticamente no ver el resto del bar.— Me gusta hablar contigo cuando estás hambriento. Es el único momento del día en el que prestas atención aunque sea para terminar rápido la conversación y poder aumentar aún más el volumen de tu estómago.

Él soltó una risotada mientras se agarraba su prominente barriga. Con aquella broma había conseguido cambiar su actitud aunque fuera por un momento, así que aproveché para contarle todo lo ocurrido con Ginsberg, el mensaje y cuáles eran mis sospechas:

—El que me mandó el mensaje fue un telépata. Estoy convencido de ello y además de los buenos, si es que de verdad existen de esos.

—¡Venga ya! Si sabes que la mayoría se convirtieron en atracciones de circo cobrando un dólar por adivinación o se quedaron en espectáculos de televisión doblando cucharas como si fuera el mayor logro del mundo. —Siempre me sorprendía la incredulidad de mi amigo en cuanto a telepatía astral se refería. Imagino que como se quedó a medias con su formación  no quería saber con seguridad que hubiera humanos con mayores poderes que él.  Hizo una pausa, se quitó el sombrero y comenzó a abanicarse con él antes de continuar:

—Además, nadie ha sido capaz de hackear una máquina-secretario y te aseguro que ésta es imposible que haya sido la primera vez. — ¿Hackear?, ¿había dicho la palabra hackear en vez de poseer? Ya era el colmo del escepticismo en los tiempos que vivíamos y sinceramente creo que Caulfield y yo habíamos tenido demasiadas experiencias juntos para que usara ese lenguaje tan arcaico.

—Mira, si no quieres creerme es cosa tuya. Pero, te aseguro que aquí hay telépata encerrado —le dije mientras intentaba no decir la palabra gato. Desde nuestra experiencia en “El Pueblo que no Arde” procuraba evitar nombrar a ese animal a toda costa.

Él me miró negando con la cabeza y se terminó mi whiskey de un trago para, instarme justo después a cambiar de local y encendernos un cigarrillo por el camino. Sabedor de lo incómodo que se ponía en aquel lugar forrado de acero asentí, cogí mi gabardina y apuré las últimas gotas de mi bebida espirituosa que lloraban por el borde del vaso.

No tardamos mucho en salir del establecimiento y en cuanto pusimos el pie en la calle, Caulfield se agarró la sien con fuerza con las dos manos.

—Jodido Albar —me dijo mientras apretaba los dientes.— Cuando estás en un lugar antitelépatas se te acumulan los mensajes que no puedes recibir y luego te llegan todos a la vez como si fueras un contestador.

En ese momento una gota morada se posó en mi mano con suavidad. A esta mota purpúrea se unieron otras que, en escasos segundos, transformaron los colores ocres de la ciudad en un cuadro impresionista.  Las malditas hadas estaban pasando por la ciudad pringándonos con sus asquerosos fluidos iridiscentes.

Sentí un golpe cercano y miré hacia mi izquierda. Caulfield estaba en el suelo temblando y soltando espumarajos por la boca. Me incliné sobre él, cogí una rama alargada que había en la acera y se la puse entre los dientes para que no se mordiera la lengua.  Justo en el instante en que logré separarle los labios comenzó a gritar. Su voz era metálica y, a la vez, cavernosa. Como si perteneciera a una máquina que estuviera teniendo conciencia de sí misma por primera vez y dijera sus primeras palabras:

—Hospital General de la Ciudad, habitación 606, entre un mar de emociones llegó, y volverá a mí porque me pertenece y nunca debió dejarme.

La lluvia multicolor cesó, mi compañero se incorporó y se sentó sobre la acera. Le miré con una media sonrisa en el rostro sabedor de que se encontraba perfectamente y que lo próximo que saldría de su boca sería un “vamos Dashiell, me apetece un buen filete”. Lo único que le había ocurrido era que, cómo el decía, le habían hackeado y estaba seguro de que había sido el mismo ser que poseyó a Ginsberg.

—El gran telépata ha hablado y creo que nos ha concertado una ineludible cita para esta tarde Caulfield.

Capítulo III

Le ayudé a incorporarse y, sin mediar palabra entre nosotros, nos tocamos cada uno el ala de nuestro sombrero con un gesto afirmativo, cogimos un taxi y nos dirigimos hacia el Hospital General.

El hospital parecía tan desierto como las calles de la ciudad. Cuando llegamos, las puertas de cristal de la entrada estaban abiertas de par en par  como si nos estuviera ofreciendo  amablemente que nos adentráramos en él.

Fuimos hacia el ascensor, éste no funcionaba. Por casos anteriores conocía el edificio a la perfección y sabía que la habitación 606 estaría en la planta sexta. Miré a Caulfield, miré su barriga  que desafiaba la resistencia de sus pantalones y me giré hacia las escaleras.

—Nos vemos en la planta seis compañero. Creo que puedo ir más ligero y explorar por mi cuenta unos cuantos tramos pero, tranquilo, te escribiré una carta cuando llegue arriba para hacerte saber que estoy bien—le dije con el labio ladeado antes de afrontar a toda prisa el primer tramo de escaleras. Él me respondió con un gruñido con el que no supe exactamente si me daba su consentimiento o si quería golpearme por obligarle a subir a pie las seis plantas.

Alcancé el primer piso sin ver a nadie y sin escuchar un ruido por los pasillos, después vino el segundo, el tercero,…, no había rastro de un ser humano por todo el edificio hasta que, al afrontar el tramo de la quinta planta, me llegó un sollozo ahogado.

Me di prisa con la esperanza de encontrar a alguien que pudiera explicarme qué había podido ocurrir para que hubiera tanto silencio. Salté las escaleras de dos en dos mientras el sudor con restos de purpurina surcaba mi frente dejando tras de mí un rastro colorido como el que deja un indolente pintor al realizar su obra.

Los sollozos se fueron incrementando y al llegar al rellano de la sexta planta me topé, sentada en el suelo, con una mujer de pelo canoso que escondía la cabeza entre las rodillas mientras balbuceaba palabras al aire:

—Creí que iba a morir, lo juro. Y solo fueron unas gotas para que se fuera con un recuerdo feliz. Lo único que quería era que se fuera en paz.

Me acerqué y le toqué con suavidad el hombro para tranquilizarla. Ella sacó la cabeza del refugio que había creado entre sus piernas y me miró.  Sus ojos estaban llenos de lágrimas y no parecía querer parar de hablar.

—Estaba en coma y lo íbamos a desenchufar. Nunca fue felíz, siempre quiso más y más y solo quería darle un último recuerdo, ofrecerle una pequeña luz antes de la oscuridad. En definitiva darle un mar de emociones antes de partir.

¿Mar de emociones?, ¿recuerdos?, ¿gotas? Entonces caí por completo, estaba hablando de “Interferencia” ese maldito anuncio vintage en blanco y negro del colirio con el que revivías el recuerdo más importante de tu existencia.  Aquella mujer le había dado unas gotas a un moribundo por compasión, para que se marchara con un buen recuerdo y el resultado de su evocación había sido catastrófico. Siempre lo dije, odio a las personas que se anclan en el pasado, vivir en él puede ser demasiado peligroso.

Con un gesto con la mano invité a aquella señora a que bajara las escaleras y abandonara el edificio. En cuanto vi que, entre lágrimas y sollozos, comenzaba a descender, abrí la puerta que daba al pasillo de la planta sexta y me adentré en ella. Los fluorescentes tintineaban dejando la luz en un tímido vaivén que escondía de mi vista los muebles y los objetos que poblaban el lugar. Llegué hasta el final del pasillo y giré para continuar en otro corredor más corto y estrecho. Al ver lo que había allí, me tapé la boca para no gritar.

Todo el personal del hospital estaba adherido a las paredes. Tenían  las palmas de las manos, la cara y el cuerpo unidos a los muros, la boca sellada y los ojos totalmente abiertos. No parecía que hubiera cuerdas que los ataran, ni nada que los sujetara. Estaban totalmente pegados e inmóviles, solo pudiendo mover los ojos. Y esos ojos, presas del desconocimiento, ignorantes de qué les había llevado a aquella situación, sin poder hablar, sin poder hacer nada más que estar callados adheridos a la pared, mostraban un terror que jamás había visto. El fluorescente del techo parpadeó un par de veces más y se quedó encendido permitiéndome ver el resto del pasillo. Justo enfrente de mí había una puerta de madera y, en ella, un cartel dorado en el que se podía leer “habitación 606”.

Giré el pomo y empujé la puerta con suavidad. Di un paso, el corazón comenzó a latirme rápidamente; di otro, la garganta se me secó dejándome en la boca un ligero sabor a arcilla, a cemento y, a odio; di un tercer paso y dentro de mi cabeza sonó de nuevo aquella voz metálica que había surgido de Caulfield apenas unos minutos atrás: “entre un mar de recuerdos llegó”.

No me dio tiempo a nada más, una fuerza invisible me levantó en volandas como si fuera un muñeco de trapo y me lanzó contra la pared. Intenté gritar, pero mis labios se cerrarón dejando a mis gritos ahogándose en mi garganta. Quise cerrar los ojos pero esa misma fuerza levantó mis párpados obligándome a mirar lo que tenía enfrente.

En la única cama de la habitación había un anciano inmóvil tumbado con los ojos abiertos mirando al techo. A su alrededor, los objetos que deberían estar colocados por la habitación: sillas, jarrones, la mesita de noche,…, volaban en círculos concéntricos rodeándole y protegiéndole de cualquiera amenaza que quisera atacarle. 

“Dashiell”, de nuevo aquella voz sonó dentro de mí ,“tu hogar es mi hogar”. A mi cabeza llegaron golpeándome, como si fueran olas en una tormenta, los recuerdos de aquel anciano. Él vestido con capa y sombrero en mi casa, vivía en mi casa. Timaba a la gente diciendo que podía leer sus mentes. Lo hacía, pero solo en la superficie, solo adivinaba su comida favorita, si les gustaba la lluvia o el sol, si tenían algún hermano o si amaban a alguien. Él se frustraba, quería ser el mejor telépata de la historia. Comenzó a engañarlos, a manipularlos con medias verdades para conseguir más reputación y dinero y, para lograrlo, les hablaba de futuro cuando no sabía nada de ello. Un accidente, hubo un accidente y como siempre ocurre con estos percances, estuvo involucrada la persona menos adecuada. Venganza, se vengaron de él, le pegaron contra la pared, le golpearon, tenía un hijo, le obligaron a mirar, tenía un hijo y desde aquel día no lo tuvo más y le obligaron a mirar. Y ahora era él quién quería venganza. Nos pegaba contra la pared y nos obligaba a mirar. No era yo quién le importaba, era la casa, era el recuerdo de su hijo que al perder su hogar se le fue arrebatado. Aquel había sido su recuerdo más importante y aquella mujer al darle el colirio “Interferencia” se lo estaba haciendo revivir una y otra vez. Su intención fue buena pero aquel mar de recuerdos le estaba ahogando mientras le hacía enloquecer.

Los objetos que volaban a su alrededor estaban girando cada vez a mayor velocidad, aumentando a la vez el diámetro de su circunferencia. La silla de madera comenzó a astillarse convirtiendo sus cuatro patas en afiladas estacas y,a cada vuelta, estaba más cerca de mí. La ventana estaba abierta y  vi como un rastro de purpurina iba desde el cristal hasta su cama manchándole todo el brazo. Si aquel maldito fluido de hada había logrado potenciar los poderes de Caulfield hasta llegar a captar el mensaje desde el hospital, con aquel anciano, que era mejor telépata y que, además, estaba repleto de odio acumulado, lo habría convertido en un ser prácticamente invencible.

En ese momento pude ver, por el rabillo del ojo, como mi compañero entró en la habitación de un salto y lanzó varios objetos brillantes hacia el telépata. Los objetos se le clavaron en el brazo y reflejaron la luz procedente de la ventana por un instante. Eran dos tenedores de metal y, mezclar metal con telepatía, era como introducir papel de aluminio en un microondas.

El hombre de la cama soltó un profundo suspiro tras el cual, todos los muebles volantes y yo volvimos a ser atraídos por la fuerza de la gravedad y caímos contra el suelo. Caulfield me ayudó a incorporarme y me guiñó un ojo:

—Como no me escribiste esa carta al llegar, me preocupé y vine a por ti por si necesitabas ayuda.

Le sonreí y le iba a soltar mi réplica cuando me llegó un silbido desde la cama del anciano. Aquel microondas telepático iba a explotar de un momento a otro. Cogí a mi amigo de la gabardina y lo saqué de la habitación a empujones. Ya en el pasillo vimos al personal del hospital que se había despegado de las paredes y estaba pestañeando con vehemencia, como si así pudieran recuperar el tiempo que habían pasado con los ojos abiertos. Caulfield y yo les gritamos a la vez un “tírense al suelo” mientras saltábamos para intentar pegar nuestros cuerpos al mármol del piso y así evitar en la medida de lo posible las consecuencias de una más que posible explosión.  Caímos uno sobre el otro en el momento justo que el silbido que producía el anciano se acalló para, a continuación, convertirse en un gran estruendo que convirtió las paredes en proyectiles y la madera en afilados cuchillos.

Todo pasó en un instante, no hubo fuego ni sangre, solo polvo y piedra volando que fue hacia adelante para luego regresar de nuevo pasando sobre nuestras cabezas a gran velocidad. El personal del hospital estaba perfectamente, no sabíamos cómo, pero nadie tenía un rasguño. Mi compañero y yo nos levantamos y fuimos a inspeccionar la habitación 606. La pared que daba a la calle ya no existía, pero tampoco habían caído los cascotes al exterior, era como si hubiera sido una implosión. La cama seguía allí, ennegrecida y sin el cuerpo del anciano, solamente  quedaban como testigos los dos tenedores de metal sobre el colchón.

En ese momento volvió la electricidad a todo el edificio y el ventilador del techo comenzó a girar en el sentido de las agujas del reloj. Me gustaba mirar las aspas y pensar que eran como las manecillas que marcaban a toda velocidad el verdadero paso del tiempo. Las aspas solo iban en una dirección, si iban hacia atrás se estropeaban y tarde o temprano no cumplirían su función, lo mejor es que éstas fueran siempre hacia adelante aunque los humanos, en muchas ocasiones, no supiéramos asimilarlo.

Fer Alvarado

La Máscara – Capítulo II. Abrelatas.

Introducción:

La aventura continúa y lo que fue un pequeño experimento junto a mi buen amigo Andrés Cadena se está convirtiendo en una humilde serie de animación online. Como ya comenté la semana pasada, procuraré publicar el texto original que escribí junto a la adaptación audiovisual para que se vea cómo se ha adaptado y para hacer la experiencia más cercana a todos aquellos que me seguís. Espero que disfrutéis de la serie, el texto y, como siempre, estaré más que encantado de poder comentar cómo ha ido la adaptación y qué os parece este pequeño proyecto en el que me he embarcado.

La Máscara – Capítulo II. Abrelatas.

Capítulo:

Texto Original:

“Todo saldrá bien, todo va a salir bien”.

El sonido de aquel vetusto mensaje se convirtió en mi única compañía mientras observaba las solitarias calles de la ciudad. Me  estaba deleitando con aquel silencio cuando un remolino de polvo me sorprendió desde la espalda y, al intentar apartarlo, la lata de judías que sujetaba entre las manos se escurrió de  entre mis dedos, cayó al suelo y levantó una capa de tierra dejándome ver por un instante el desnudo asfalto de la carretera.

Palabras y cemento, eran dos conceptos que llevaba infinidad de días sin que me vinieran a la cabeza. Eran como recuerdos de una vida pasada que intentaban llamarme a gritos, que procuraban hacerme recordar cómo había llegado hasta aquí. Pero que en realidad se habían convertido, como todo lo demás, en cadáveres de rocas lanzadas al viento, se habían transformado, como todo lo demás, en polvo.

Me agaché y recogí la lata del suelo, la sujeté con fuerza y  aparté de ella los restos de tierra que se le habían adherido. Era como si todo lo que tocara este mundo putrefacto pasara a  formar parte de su propiedad pero yo, no iba a permitir que me la arrebatara. Aquella lata era el último vestigio de mi vida, de nuestra vida, de LA vida. Llevaba anclada a mi cinturón desde mucho antes de que este maldito mensaje comenzara a asomarse incansable por la megafonía. Este mensaje que ha sobrevivido a mis amigos, a mi familia, a  Clara. Y fue con ella con quién compré esta lata de judías, la última lata que quedaba entre los arrasados estantes del supermercado. La cogimos juntos, nos miramos  y nos prometimos que cuando no encontráramos más comida, cuando todo nos superara,  aquella sería nuestra última cena. Pero ahora ella no está y su recuerdo lo guardo envasado en esta  lata que, al igual que yo, se resiste a ser devorada.

La acerqué a mi cara, necesitaba sentirla, tocarla, saber que estaba ahí para mí. De fondo el mensaje continuaba “todo saldrá bien, todo va a salir bien”, cogí el abrelatas, había llegado el momento de recuperarla, aunque fuera por un instante, Lo acerqué al borde:  ”…saldrá bien, … va a salir bien”.

Justo cuando iba a  atravesar el aluminio, aquel aviso se detuvo y mi mano, se detuvo con él. El abrelatas  permaneció suspendido en el aire anhelando realizar su función para  así regalarme un  último recuerdo de Clara. Hasta que la megafonía, cambió de tono y volvió a sonar por los altavoces:

“No están solos, no estamos solos. Buscamos supervivientes, por favor vayan al punto de encuentro número once. Tenemos que reunirnos. Juntos seremos más fuertes. No están solos, repito, no estamos solos”.

Me incorporé y  coloqué de nuevo la lata de judías y el abrelatas en su lugar original.

— Puesto número 11, allá voy  — dije en voz alta—.  Tal vez sea la hora de luchar por una nueva vida, la hora de pelear por LA vida.

Escrito por: Fer Alvarado

Animado por: Mr. Bizarro

Sonido por: J.J. Rec

La Máscara – Capítulo I. Paredes.

Imagen promocional de la serie de animación de terror: “La Máscara”.

Introducción:

La vida es inesperada y en ocasiones te brinda oportunidades irrechazables que sabes que te harán aprender y crecer. Hace algún tiempo mi buen amigo Andrés (alias Mr. Bizarro) me propuso crear una serie de animación de terror basada en la cuarentena. Nunca me había planteado hacer algo así pero, conocedor de su trabajo, buen hacer y creatividad, decidí aceptar su invitación y escribir esta humilde serie que, aunque en un principio se inspiró en el confinamiento, pronto cogió su propio camino y recorrió otros caminos más fantásticos y terroríficos.

A partir de hoy y cada semana publicaré en el blog el capítulo de la serie que vaya saliendo a la luz junto al relato/texto original que escribí para que así se pueda apreciar el trabajo de adaptación hacia el formato audiovisual. Espero que os guste ya que hay invertidas muchas horas de ilusión, trabajo y sobre todo de aprendizaje y, como siempre, estaré más que encantado de poder compartir opiniones y comentarios sobre este proyecto.

La Máscara – Capítulo I. Paredes. Vídeo:

Relato:

El frío del exterior me despertó colándose entre las rendijas de la ventana. Hace tiempo que tenía que haberla arreglado  pero no sabía cómo hacerlo y no tenía a nadie que lo hiciera. Aquel aire gélido que poblaba la noche me forzaba a abrir los ojos y a mí me gustaba dormir ya que cuando lo hacía,  no  escuchaba a las paredes cuchicheando a mis espaldas hablándome con arañazos, dentelladas y mordiscos; reclamando su sito, su lugar, lo que ahora es suyo. 

Me incorporé sobre la cama y miré con ojos desorbitados hacia las paredes, no podía creer lo que veía, éstas  se estaban moviendo,  había bultos temblorosos que me rodeaban   y se desplazaban por el techo, por el suelo,  parecía que querían salir, estaba seguro de que querían entrar.  El ruido cambió, las uñas que arañaban mi cerebro se volvieron agudas y se unieron en un coro  que taladró mis oídos. Algo estaba traspasando las paredes. En ese momento se produjo un silencio mientras por los agujeros del techo ojos enrojecidos  y  colmillos insaciables comenzaron a observarme. Ratas,  cientos de ratas me devolvieron la mirada conocedoras de que nos habían adelantado en la pirámide alimenticia. Yo no podía pararme,  no podía  esperar a que probaran mi sangre o no se detendrían nunca. Así que salí corriendo y ellas me persiguieron,  se unieron unas a otras convirtiéndose en un ser enorme repleto de garras que buscaban mi  carne y mis huesos. Pero por suerte, conseguí llegar a la puerta, salir de casa y cerrarla  tras de mí antes de que un golpe seco hiciera temblar las paredes anunciándome que me encontraba momentáneamente a salvo. Ya en la calle me di cuenta de que, por primera vez en mucho tiempo, estaba desprotegido bajo  una noche sin estrellas, ahora nunca había estrellas, ahora nunca había luna y ni siquiera de día  se veía un rayo de luz.

Desde la megafonía me llegó aquel aviso que se había convertido en la huella de lo que nunca nos tomamos demasiado en serio hasta que fue demasiado tarde:

“Esto no es un simulacro, por favor, permanezcan en sus casas y usen su equipo de protección en todo momento. No teman, todo saldrá bien pero les repito, esto no es un simulacro, les rogamos que no salgan a la calle bajo ningún concepto, apuntalen puertas y ventanas y esperen en sus hogares hasta recibir nuevas instrucciones. Todo saldrá bien, todo va a salir bien”.

Todo fue una sarta de mentiras.

Me ajusté mi máscara y miré hacia atrás sabedor de que aquel refugio ya no era seguro. Así que me armé de valor, di un paso adelante y me sumergí en este mundo en el que  palabras  escupidas por una polvorienta megafonía, eran lo más cercano a calor humano que había sentido en mucho, mucho tiempo.

Escrito por Fer Alvarado

Producido y animado por Mr. Bizarro

Sonido por J.J. Rec

Limpieza General

Introducción:

En muchas ocasiones intentamos silenciar a nuestros monstruos, encerrarlos y guardarlos en algún lugar recóndito en el que creemos que no volveremos a verlos. Pero ellos permanecen ahí, se unen y se acumulan haciéndose cada vez más y más fuertes siendo la única solución posible el enfrentarse a ellos, comprenderlos e intentar saber qué hacen con nosotros y en qué nos influyen. Es lo verdaderamente efectivo para superar nuestros miedos y no el acumularlos o el guardarlos en los rincones dónde nunca miramos.

En este relato he vuelto al tono humorístico, que llevaba tanto tiempo sin usar, ya que el reir es un gran paso para la aceptación de uno mismo y poder superar así a todos esos monstruos que nos acechan y buscan mermarnos y hacernos más pequeños en nuestro día a día. Espero que os guste y, como siempre, estaré agradecido de compartir opiniones y comentarios:

Limpieza General

— Disculpe señor, ¿sabía usted que está guardando sus monstruos en el armario?

La pregunta me cogió totalmente desprevenido. No esperaba que aquella señora más ancha que alta, de brazos rechonchos que eran atraídos hacia el suelo como si fueran puentes colgantes y  de sonrisa amarillenta hubiera conseguido encontrar mis monstruos tan fácilmente.

— Lo peor  de que se escondan ahí es que se pegan a la ropa y  luego dejan un olor horrible, algo así como a cerrado, ¿no se ha dado usted nunca cuenta de lo mucho que le apestan los jerséis? —Continuó aquella mujer sin esperar siquiera a que le respondiera—.  Puedes poner bolas de naftalina, echar pulverizadores, espráis desinfectantes,…, pero no hay manera de que se vayan, siguen ahí desprendiendo ese tufo a inseguridad,  a complejo de Peter Pan, a  inferioridad,…, y no es por nada, pero a usted no le falta ni uno, parece que se ha dedicado toda su vida a coleccionarlos y a guardarlos todos ahí, entre el cajón de los calcetines y el de las camisas limpias, y como soy una mujer de educación tradicional, no quiero decirle nada del complejo que tiene guardado en el cajón de la ropa interior pero tranquilo, ese será un secreto profesional que quedará entre usted y yo.

— Oiga —le repliqué esta vez con el rostro enrojecido con una mezcla entre vergüenza e ira—. ¿No puede dedicarse a limpiarme las ventanas como todas las señoras de la limpieza y dejar de husmear entre mis psicopatías?

— ¡Por supuesto que no! —Me gritó elevando la voz de tal forma que vi como hasta mis monstruos se asustaron resguardándose en lo más profundo del armario —. Soy toda una profesional y si me ha contratado como limpiadora pienso airearle el hogar hasta que quede totalmente impoluto, libre de ácaros y de complejos, ese es mi lema.

Se dirigió al balcón, abrió las ventanas de par en par y escoba en ristre como si de un arma afilada se tratara se colocó en la puerta del armario.

— Venga, iros pitando de aquí, que os quiero fuera en menos de dos minutos, y nada de esconderse bajo la alfombra o escabullirse entre los cojines del sofá que conozco todos vuestros escondrijos.

Todos y cada uno de mis monstruos comenzaron a salir cabizbajos en un extraño desfile de seres deformes de cabezas gigantes y extremidades asimétricas. Algunos eran muy pequeñitos y  andaban dando saltos como si, de alguna manera, quisieran llamar la atención; otros, ladeaban la cabeza evitando ser vistos, hasta el punto que uno de ellos se chocó contra la cama en su intento de  huir por el balcón. Y así, uno a uno, se marcharon de casa dejando en la habitación un aroma de seguridad en mí mismo que nunca había llegado a sentir.

— Y no se preocupe de que vuelvan, al pasar he visto el tamaño desmesurado del coche de su vecino  y creo que con él sus complejos van a encontrar un hogar por mucho tiempo.

Aquella señora de escoba en ristre y pañuelo morado en la cabeza se fue con un fuerte apretón de manos  que acompañó de un guiño a modo de despedida. Cerré la puerta tras de ella y fui hacia al armario para asegurarme de que no había quedado complejo alguno escondido entre los rincones. No había más que ropa limpia, aireada  y fresca  que estaba  libre de polvo, suciedad y complejos.  Pero  cuando iba a marcharme me sorprendió ver  que, donde antes se escondían mis miedos,  había ahora una tarjeta del mismo color morado que el pañuelo de aquella señora en la que se podía leer:

“Si limpio de monstruos quiere estar,  la televisión debe dejar,  sentarse a leer un libro cada ocho horas y un paseo diario matinal parándose de vez en cuando a reflexionar. Siguiendo estas instrucciones y, con alguna limpieza general, en menos que canta un fauno, feliz y contento estará.”

Fer Alvarado

Los Pequeños Héroes

Introducción:

La de hoy va a ser una entrada diferente a lo que suelo subir al blog. Y como todo lo diferente tiene su historia: hace cuestión de un mes una buena amiga me propuso escribir una pequeña obra sobre el coronavirus para que fuera reprensentada vía online por los niños del colegio público “El Sauce” de Chauchina (Granada). Para los que habitualmente me seguís sabéis que no suelo escribir literatura infantil precisamente pero lo vi como una oportunidad de aportar mi granito de arena para ayudar a pequeños y mayores a sacar una sonrisa y a afrontar de manera más amena esta “extraña” situación en la que nos encontramos.

Al final este relato se ha convertido, gracias al esfuerzo y la ilusión que han puesto niños, padres, madres y mi amiga Mari Ángeles que hizo la edición y el montaje de las fotos, en un pequeño libro en el que se ha intentado mostrar que la unión, la esperanza, la inocencia y la fuerza de nuestros pequeños héroes nos dan ese empujón necesario que nos hace más fuertes. Ese empujón extra con el que conseguiremos vencer a ese “maldito” virus, salir hacia adelante de esta situación y que, al vencerlo, a todos nos enseñará a ser mejores.

He introducido en el texto algunas fotos mostrando el resultado final del cuento que espero disfrutéis. Y antes de dejaros con el relato, me gustaría dar las gracias a todos los que intentan ayudar a hacer estos días más divertidos, más amenos, más normales. A todos los que arriman el hombro, se ofrecen a ayudar a hacer la compra, a charlar desinteresadamente con gente desconocida para animarlos y, en definitiva, a aportar en la medida que cada uno puede demostrando día a día que no queremos dejar a nadie solo en estos “extraños” días .

Los Pequeños Héroes:

En el colegio nunca paramos de inventar, de jugar, de aprender y de hacer todas estas cosas a la vez. Salimos al patio y corremos unos detrás de otros sin parar; convertimos el suelo en lava y no lo podemos pisar; nuestras mesas son castillos en los que si queréis entrar, la palabra secreta debes recordar. Los profesores nos ayudan, nos enseñan y nos alegran de verdad. Porque en el colegio además de aprender, nos enseñan a ser fuertes, a crecer y a ser héroes para el mundo y para nuestra familia que nos va a necesitar.

Pero un día en el que el Sol brillaba, calentaba y nos hacía sudar, vinieron  nuestros padres a recogernos con cara seria y lento caminar:

— Mañana al colegio no volverás— me vinieron a contar—. A partir de ahora con nosotros en casa te  tendrás que quedar.

Cuarentena lo llamaron y  lo quisieron explicar.

— No hace falta que lo expliques — contesté–. En el cole, hasta más de cuarenta me enseñaron a contar.

Nuestros padres sonrieron, esa cara triste y seria cambiaron y la dejaron atrás.

— Un malvado virus nos busca y, para que no nos encuentre, debemos estar en nuestro hogar, ya que si nos coge, a todos nos hará enfermar. Pero el estar en casa puede ser divertido, será una gran aventura y estos días entre todos los vamos a aprovechar.

Han pasado algunas semanas y hoy a la ventana me he ido a asomar. Fuera hace Sol, mucho sol, es un día tan soleado que ni las hormigas se atreven a pasear por la calle y buscan la tierra para andar y sus recados realizar. ¿Tanto calor le hará daño a ese malvado virus que anda con su corona por las calles y en casa nos obliga a estar?

Porque, ¿qué hago aquí dentro?, ¿qué hacemos todos en casa? Los días son largos pero mamá y papá me hacen cosquillas cuando estoy triste y yo les abrazo cuando ven la televisión, bajan la cabeza y se tapan la cara con las manos. No debemos estar serios porque estamos juntos, no debemos estarlo porque reímos, porque cada día descubrimos una nueva historia que contarnos y un nuevo baile que improvisar. ¿El reír y el jugar le hará daño a ese malvado virus que nos busca, nos busca y nos quiere encontrar?

Pero, ¿de dónde ha venido?, ¿cómo llegó hasta aquí? Una historia he oído y os la voy a contar porque estoy muy seguros de que esta será la verdad. Los virus volaban de ciudad en ciudad, querían encontrar personas a las que dañar, a las que acercarse y a las que poder enfermar. Pero contra todos luchamos, a todos vencimos y a cada uno de ellos le dimos su merecido.

Pero un día llego el malísimo, el horrible y el que más miedo quiere dar. Se puso una corona sin que nadie se la diera y entre todos los virus ha querido reinar. Y mientras  se encuentre con gente en la calle, más y más fuerte se hará. Por eso estamos en casa y lo evitamos, nos asomamos por la ventana y vemos el cielo  azul y claro, tan limpio como todos dentro de poco vamos a estar. ¿Y si nos escondemos de él y nos lavamos las manos con jabón a ese malvado virus que tan importante se cree, lo vamos a vencer? ¡Sí, sí y mil veces sí!

Seremos como esas hormigas que cuidan unas de otras, que traen comida para la más pequeña, que se ayudan y se apoyan para entre todas ser más grandes y más fuertes. Reiremos en casa para vencerle, jugaremos en casa para ganarle, nuestras manos limpias tendremos para no dejarle entrar. Y así más pronto que tarde y más antes que mañana le quitaremos esa corona que nunca mereció, nos la pondremos y diremos alto y fuerte: “Somos los pequeños héroes que nos enseñaron a ser, somos los vencedores y el pelear contra este malvado virus a todos nos ha hecho mejores”.

Escrito por: Fer Alvarado

Edición y Montaje: Mari Ángeles Moreno

Hasta que se Pierde

Introducción:

En muchas ocasiones no somos capaces de valorar lo que tenemos, de apreciar los pequeños (y grandes) detalles que llenan nuestras vidas y que nos hacen el día a día más sencillo. Algunas veces es por orgullo, otras por simple monotonía, o por la facilidad que tenemos de conseguirlo, pero tendemos a normalizar multitud personas o de situaciones fascinantes que nos rodean y las convertimos en algo inherente a nuestras vidas, algo que nos pertenece por y para siempre. Pero, ¿qué ocurre cuando esto nos falta?, ¿cuando lo que creemos qué es de nuestra propiedad (física o emocional) desaparece y nos deja huérfana esa parte de nuestras vidas?, ¿luchamos por volver a recuperarlo, o miramos hacia otro lado y le restamos la importancia que realmente tiene?

Hasta que se Pierde

Odio los martes, son, por mucho,  el peor día de la semana. Antes sin embargo me encantaban, deseaba que el resto de días huyeran del calendario para alcanzarlo  y disfrutarlo como no  lo había hecho con los otros. La razón por la que tanto me gustaban era que los martes por la tarde  iba a clases de canto y siempre había deseado hacer algo así. Pasaba las horas despejando mi garganta de emociones estancadas y expulsándolas en forma de notas.  Aunque no me importaba en absoluto que éstas estuvieran  en el tono correcto o no, en realidad era yo mismo el que  me afinaba. Pero, perdí la voz. Perdí la voz y no la encuentro. No sé dónde está,  ni tengo idea de dónde la he podido dejar. Por lo tanto me es imposible cantar y, ahora, odio los martes.

He intentado descubrir cuál fue el momento exacto en que mi voz me abandonó. Primero, deje de hablar por las mañanas. Los buenos días a los vecinos y conocidos se limitaron a levantar la mano, a alzar tímidamente la barbilla y, cuando apenas tenía trato con la persona saludada, elevaba una ceja de manera esquiva para dar a entender que lo había reconocido. Así que, dejé de hablar por las mañanas pero, por las tardes, seguía cantando.

En el trabajo, no necesitaba comunicarme con mis compañeros. Llevaba una cantidad de años considerable en el puesto y  no tenían que darme ninguna instrucción ya que, conocía todas mis obligaciones. Además siempre llegaba el primero a la oficina, me metía en mi pequeño cubículo y me dedicaba a desempeñar mis labores lo cual facilitaba el no tener que cruzar palabra con nadie. Por lo que, dejé de hablar en el trabajo pero, cuando llegaba a casa, seguía cantando.

En cuanto a mi vuelta a casa, siempre era silenciosa. Los autobuses bullían con personas de rostros monótonos y yo, al sentarme, ladeaba mi cuerpo hacia el exterior y pegaba la cabeza  a la ventanilla evitando así conversaciones vacuas e insustanciales. Dejé de hablar en los trayectos a casa pero, los martes, seguía cantando.

Hasta que llegó lo inesperado. Mi profesor me instó a calentar la voz antes de iniciar la clase. Obediente de mí, inspiré e intenté comenzar con mis ejercicios de calentamiento pero, no emití ningún sonido. Llevaba desde la semana anterior sin hablar con nadie y era como si se me hubiera olvidado hacerlo. Carraspeé y no surgió ruido alguno, en ese momento me asusté y salí corriendo de clase. Había perdido la voz y ya ni siquiera los martes podía cantar.

Desde entonces continúo haciendo mi vida normal: saludo a mis vecinos con la mano, voy al trabajo y vuelvo a casa pero ya no canto, ya he dejado de afinarme. Nadie se ha extrañado de que no hable por el simple hecho de que antes ya no lo hacía. Ahora intento evitar que me miren directamente, que me observen y me comenten cualquier cosa, me daría demasiada vergüenza no poder responderles. Miro al suelo y ando cabizbajo entre la gente. Se me ha olvidado hablar y no sé como recordarlo.

 Ayer, al comer, noté un sabor a óxido en la base de la lengua.  Me levanté del sofá y me dirigí al espejo del baño. Allí abrí la boca y vi como desde lo más profundo de mi garganta el color rosado de mi lengua y de mis amígdalas se estaba tornando cobrizo y acampanado como si se me estuviera oxidando por no cantar, por no expresarme y por no decir absolutamente nada. No quiero verme de esta manera, con las palabras atrancadas  y convirtiéndose en moho. Así que cogí varias mantas que tenía sin usar y cubrí todos los espejos de casa.

Pero lo peor me ha ocurrido esta madrugada al despertarme tras un mal sueño. Todo estaba oscuro, intenté encontrar alguna luz que me guiara y, mientras palpaba la pared,  me di cuenta de que la habitación estaba repleta de objetos que parecían querer encontrarse conmigo y no precisamente con fines pacíficos. Al final logré encontrar la lamparilla de la mesita de noche y la encendí. Todo continuó igual de oscuro. Creo que se me ha olvidado ver y no puedo recordar cómo se hacía. He pensado en qué día de la semana es. Hoy, es martes. Definitivamente y, por mucho, el peor día de la semana.

Fer Alvarado

Las Alas del Sombrero


Introducción:

Los días de lluvia están repletos de sorpresas inesperadas. El mundo se transforma cambiando la tonalidad de sus colores y convirtiendo la rutina de las calles en posibles aventuras. Los encuentros casuales se intensifican y en multitud de ocasiones y, por culpa del manto de agua que acecha, se dejan atrás los saludos llenos de palabras vacías y las sonrisas teñidas de monotonía. No hay tiempo para detenerse, no es lógico, ni tampoco es normal quedarse parado entre el aguacero para hablar, para mirar algo que captó tu atención o simplemente para disfrutar de las gotas de agua. Todo son prisas y desencuentros, batallas de sombrillas hambrientas de espacio y luchas encarnizadas por conseguir el discontinuo cobijo de los techados.

Y, ¿qué puede ocurrir si de verdad nos detenemos e intentamos apreciar la lluvia y todo lo que la rodea?, ¿si intentamos disfrutar de lo diferente, del cambio y apreciamos lo que aporta? Puede que ocurra lo inimaginable o puede que no pase absolutamente nada. Pero el correr este pequeño riesgo de pararse durante o después de la tormenta puede merecer mucho más la pena de lo que creemos.

Las Alas del Sombrero

Los últimos vestigios de la llovizna recién acabada resbalaron por mi sombrero en forma de gotas de lluvia. Una de ellas, tal vez la que más se resistía a caer al suelo y a alienarse junto a los demás charcos, se deslizó por mi mejilla, acarició mi piel y se mantuvo como un funambulista entre el vello de mi mal recortada barba.  Yo no quise tocarla, no deseé inmiscuirme en una batalla que no me incumbía. Era su propia lucha, su anhelo de permanecer ajena a lo que las leyes de la naturaleza le exigían. El suelo la estaba llamando, la deseaba y prácticamente la obligaba a precipitarse hacia él, a perder su apariencia y a difuminarse entre el asfalto para convertirse en una gota más. Pero ella continuaba aferrándose a las entretelas de mi piel, se adhería entre mis poros como si quisiera formar parte del agua de mi cuerpo y vivir así una vida más itinerante y  más humana.

Levanté la vista asegurándome de que aquella gota seguía conmigo y, entre un mar de sombrillas, vislumbré el filo de un codo flotando entre ellas. Éste estaba  adelantado al resto de su cuerpo como si anunciara la urgencia por  llegar a algún lugar que, seguramente, no demandaba tal prisa. A esas horas de la mañana, la calle está abarrotada  de este tipo de personas: hombres y mujeres  de ojos fugaces que desaparecen al ser descubiertos y de roces tímidos de dedos que equivocaron su camino. 

Intentando esquivar aquella filosa amenaza demandante de espacio giré y ladeé la cara para que mi gota no se precipitara al vacío. Así conseguí hacerme un hueco entre la multitud y me detuve para recuperar el aliento. Nadie parecía querer pararse y comencé a pensar que aquel trozo de agua y yo éramos como un pequeña isla entre aquellos retales de gente.  En ese momento sentí como aquella gota había humedecido parte de mi barba haciéndola suya y  que ésta continuaba descendiendo en dirección a la barbilla. Lo tomé como una señal de que su resistencia estaba mermando y que más temprano que tarde acabaría por precipitarse y abandonarme. Así que, me quité el sombrero, y la guarecí entre sus alas dejándola descansar de su cruenta lucha.

Observé como el borde de la acera estaba más despoblado y decidí continuar mi camino por el filo para evitar las mareas de gente que oscilaban por el resto de la calle. Comencé a  avanzar  manteniendo el equilibrio separado del  oleaje humano y de su inercia,  igual que  aquella gota  había hecho minutos antes con los charcos.

 Me sentí fluir, me sentí ajeno, me sentí yo.

Tan sumergido estaba en estos pensamientos que, al torcer hacia la izquierda, choqué con alguien que ocupaba el borde de la acera. De inmediato intenté taparme el sombrero para evitar que mi gota se separara de mí, pero ésta ya había salido disparada. Alcé la mano buscando agarrarla,  deseando detener su caída con la desnudez de mi piel y empaparme de ella. Mis dedos, en esa búsqueda, se cruzaron con dedos ajenos que parecían imitar mis movimientos. Mi gota de llovizna recién acabada topó en su camino con otra igual fundiéndose con ella. Mi mano chocó y se entrelazó con aquella mano  que intentaba atrapar su agua y, tras ver  como mi acuosa amiga se escapaba de los charcos y huía entre las rendijas de una alcantarilla, levanté la vista y vi a una chica mirándome sonriente que agarraba con fuerza las alas de su sombrero.

Fer Alvarado