Una Historia Real

Introducción:

Podría decir que hoy es mi primera vez. Hasta este momento, nunca había compartido ninguna experiencia personal en el blog pero, después de casi dos años publicando, creo que ha llegado la hora de subir una vivencia propia. Siempre en mis relatos, por muy fantásticos que sean, hay emociones y sentimientos con los que aderezo mis historias pero nunca había decidido escribir nada autobiográfico. Puede ser que me haya animado porque me acerco a los cuarenta años y empiezo a hacer balance de experiencias tanto buenas como malas. De ahí que últimamente haya convertido este blog en un espacio más personal que uso más frecuentemente para desahogarme con mis lectores/amigos.

Esta historias no sabría catalogarla. Lo que estoy convencido es que fue una de esas experiencias de vida que te acaban marcando y te hacen ver el mundo con otros ojos. Aunque, antes de relatarla, creo que debo hacer una introducción:

He sido militar durante algo más de dieciochos años de mi vida. Ha sido un trabajo que me ha aportado tanto cosas positivas como negativas. Durante estos años estuve desplegado en Cabo Verde y en Líbano. Esto me hizo crecer, aprender y, en parte, apreciar lo que creo que es realmente importante. Hace casi dos años decidí que este trabajo no podía aportarme nada más y que debía buscar otro camino. En ello me encuentro actualmente. Estudiando, reinventándome y decidiendo qué es lo que me llena. Hay días que, como todo, es muy complicado después de tantos años de «seguridad laboral» pero, en general, estoy convencido de que tomé la decisión correcta.

Este relato/historia me ocurrió durante mi estancia en Líbano en 2006. Tuve la «suerte» de ir a la primera misión que se realizó allí. La guerra con Israel terminó y apenas quince días después ya estaba Fer allí desplegado. Podría contar mil historias sobre una de las que considero como experiencias más importantes de mi vida pero esta entrada se haría eterna y tampoco pretendo que mis amigos y lectores estén todo el día leyendo mis «batallitas». Así que me centraré en el evento que marcó toda mi misión.

Esta entrada se la quiero dedicar especialmente a Sabiusblog ya que hace unos meses leí un estupendo relato de su autoría que me transportó directamente a aquellos tiempos. De camino dejo aquí su más que recomendable blog para aquellos que quieran sumergirse en sus maravillosos relatos:

https://sabiusblog.wordpress.com/

Espero que os guste esta historia ya que me ha costado mucho relatar algo tan personal. Besos y abrazos para todos, feliz día y felices lecturas.

Una Historia Real

Mis compañeros me decían que se habían acostumbrado pero, para mí, dormir en el suelo era tan incómodo como el primer día. Llevábamos más de tres meses esperando las nuevas tiendas de campaña con camas incorporadas pero éstas no parecían conocer el camino para llegar al Líbano. Y, mientras tanto, el suelo, por mucho que intentaran convencerme, continuaba teniendo las propiedades físicas más inadecuadas para garantizar el descanso. Es decir, continuaba siendo suelo.


El día llegó sin sorprenderme. La razón era que dormía tan rematadamente mal con una única lona separándome de los guijarros que llegué a dejar de usar el despertador. Aquella mañana me tocaba pastoreo. Odiaba realizar ese trabajo pero, más que por la labor en sí, por el nombre que recibía. ¿Y de qué trataba este menester? Varios trabajadores locales hacían algunas de las labores más desagradables en nuestra base: limpiar los baños químicos, adecentar las tiendas de los mandos o recoger la basura de los contenedores que, por una deliberada falta de puntería, estaba más esparcida en sus alrededores que dentro de los mismos. Nosotros, los soldados, debíamos acompañar a los libaneses mientras realizaban estos menesteres. ¿Y cómo se llamaba esta misión? ¿Vigilancia de seguridad? ¿Acaso cuidado de las instalaciones? No, se llamaba pastoreo. Como si acaso las gentes fueran borregos y nosotros los fuéramos guiando a dónde realmente debían estar. Quería pensar que el nombre no había sido intencionado pero, lo que estaba claro, era que el que se lo puso tuvo una considerable falta de empatía.


Pues bien, me tocó acompañar a una señora de mediana edad. Los años han borrado su nombre de mi memoria pero nunca borrarán ni su rostro, ni sus ganas de seguir adelante. Era muy educada, enfermera de profesión, hablaba tres idiomas y cuarto: árabe, inglés, francés y, como decían en mi época de la EGB, progresaba adecuadamente con el español. La guerra le apartó de su vocación y le había llevado a limpiar unos baños químicos que, recalentados por el calor imperante, emitían unos efluvios complicados de definir. Cuando coincidíamos en los turnos conseguíamos comunicarnos con fluidez. Yo usaba para ello mi idioma materno, un cuarto de inglés que gesticulaba más que hablaba y unas cuantas palabras sueltas que había aprendido del árabe («gracias», «buenos días», «ven aquí», «ayúdame con esto» y, por supuesto y que no falte nunca, «¿cuánto cuesta la cerveza?»). Me encantaba conversar con ella. Me hablaba sobre la guerra, sobre cómo se mudaba constantemente porque no se fiaba de sus vecinos cuando eran de una religión distinta por si intentaban atacarla y de que cuándo los disparos comenzaban, no podía fiarse ni de su propia familia. Era una persona de mundo que había visto mucho más de lo que unos ojos deberían ver. Aquel día, mientras limpiaba una de las duchas más anti higiénicas que vi en mi vida, se dio la vuelta y me dijo algo que nunca olvidaré:


—Gracias.

La miré y observé las duchas. Tenían ciertas sustancias invasivas adheridas en las paredes que no debían estar allí sino en un lavabo y con la cadena tirada varias veces para no volver a encontrarlas. Y, mientras ella se enfrentaba a estos depósitos que se habían confundido de lugar, acababa de darme las gracias. No entendía nada. Pareció darse cuenta de mi desconcierto y siguió hablando:


—Creo que no te lo he dicho pero, tengo un hijo, ¿lo sabías? Tiene diez años y hace dos que perdió una pierna al pisar una mina anti-persona. Desde entonces, cada noche la ha pasado en vela gritando y llorando. Veinticuatro meses prácticamente sin dormir ¿te imaginas lo que es? Dos años viviendo con tanto miedo que no puedes ni cerrar los ojos. Pero, desde que vuestro ejército llegó aquí duerme como cuando era un bebé. Llevaba tanto sin verlo tan tranquilo y relajado. Y eso os lo debo a vosotros. Solamente por ello os estaré eternamente agradecida.


En ese momento no supe qué contestar. Podría decir que solté un discurso en el que resaltara nuestro sacrificio, la ayuda desinteresada y que nuestra misión estaba por encima de todo o, en su caso, comentar que intentábamos cambiar el mundo y hacer de cada lugar un sitio mejor para vivir. Pero mentiría si lo hiciera. Creo que la mayoría de nosotros no conocíamos la verdadera razón por la cuál estábamos allí y lo que realmente significa ayudar simplemente estando en el lugar y momento adecuados.


Lo que sí sé es que, a partir de ese día, dormir sobre el suelo dejó de molestarme. Las noches pasaron a ser plácidas y mis quejas disminuyeron ostensiblemente. Aquello me hizo abrir los ojos. Lo que te hace faltar a la cita con el sueño no es la incomodidad, ni siquiera los nervios, ni lo problemas; lo que realmente te impide dormir es no tener una razón que te aporte esperanza para seguir adelante.


Fer Alvarado

19 comentarios en “Una Historia Real

  1. Maravillosa por humana y creíble entrada! Supe desde que te leo ni siquiera me intereso saber mas de ti, como no lo hago con nadie en particular, que tienes valores morales que son difíciles de encontrar en una sociedad atormentada y al borde de un ataque de nervios. Lo que has relatado, nos pone en eje de la finitud de la vida y a lo que verdaderamente debemos darle importancia. La empatía y la misericordia con el otro, deberían ser siempre nuestras banderas. Muchas gracias. Un abrazo. Ahhh…me olvidaba en cuanto a Sabius ya hemos tenido algunos intercambios y solo debo decir que adoro sus genialidades. Estoy esperando que edite un libro-si lo ha hecho, no lo sé y que lo anuncie en su blog….

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    • Me dejas boquiabierto con tu comentario amigo. A mí me ocurre igual que a ti, no soy persona de inmiscuirme en la vida personal de cada uno. Es más, creo que en este medio nuestras letras hablan por nosotros mismos y que nuestras historias cuentan más de cada uno de nosotros que lo que podríamos decir con la voz. Es lo que tiene ser aficionado a la escritura, que siempre dejamos algo de nuestros sueños y anhelos en cada uno de nuestros relatos. De ahí que la conexión con nuestros lectores, compañeros de letras y amigos sea aún mayor porque a la vez que nos leemos nos entendemos mutuamente.

      Respecto al texto en sí, compartimos la misma opinión. El mundo sería un lugar mucho mejor si nos dedicáramos a escuchar, a intentar comprender y a ayudar. Quiero pensar que hay mucha gente concienciada que está ahí para echar una mano y que, al menos en parte, la sociedad puede ir por el camino correcto. Pero aún así falta mucho que caminar para que todos seamos conscientes de lo que hay en el mundo y de cómo podemos mejorarlo.

      Muchísimas gracias por tus palabras. Comentarios como el tuyo hacen mi día mucho mejor. Un gran abrazo y que tengas el mejor de los viernes.

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    • Muchísimas gracias de verdad. No sé si es el mejor de mis textos pero sí es cierto que es el más personal que jamas haya escrito. Puede que de las experiencias más complicadas se obtengan las reflexiones más profundas y de ahí que este relato sea algo más introspectivo que otros textos. De lo que estoy seguro es que te agradezco muchísimo tu comentario. Para mí fue complicado abrirme tanto con un relato. Siempre da miedo mostrarse así de desnudo y tuve mis dudas de publicarlo o no.Pero con palabras como las tuyas me animas mucho. Gracias por tu humanidad y por tus palabras. Un fuerte abrazo.

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  2. Qué maravilla de relato. Tan humano que `pone la carne de gallina. Estoy segura de que tendrías cientos de historias reales para contar por aquí. Pero también eres un as de la ficción.
    Gracias por toda esa humanidad que habrás desplegado a lo largo de esos dieciocho años de carrera militar.
    Un abrazo, Fer.

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    • Lo cierto es que fueron experiencias muy intensas pero de las que me gusta llevarme la parte buena. Además es increíble las ganas que tienen estas personas de seguir adelante aferrándose a cualquier cosa. Ves cómo viven, gastando bromas y sonriendo muchos de ellos todo el tiempo, y solo puedes que aprender de ellos e intentar hacer lo posible por echar una mano.

      Muchísimas gracias por lo que dices y por leer esta historia. Y, por cierto, tú sí que eres una AS de la ficción y en mayúsculas. Un fuerte abrazo.

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    • Las gracias te las debo a ti por leer esta historia y emocionarte con ella. Me cuesta mucho escribir sobre mí mismo y mis vivencias. Digamos que soy muy celoso de mi intimidad y me cuesta una barbaridad hacer públicas ciertas partes de mi vida. Pero esta historia me ha marcado sobremanera, siempre quise escribir sobre ella y compartirla pero nunca daba el paso. A veces es mejor no pensar demasiado, lanzarse a la piscina y compartir lo que uno cree que es importante. Es bonito el intercambiar experiencias y crecer de ellas.

      Gracias sinceras por leerme. Un enorme abrazo y que tengas el mejor de los días.

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    • Me fue muy complicado escribir sobre este tema en concreto así que ni te imaginas lo que me anima y reconforta leer comentarios como el tuyo.

      Muchísimas gracias por tus palabras y bienvenida a este humilde blog. Un gran abrazo.

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    • Has leído justo la única historia que he escrito basada cien por cien en una experiencia personal. Tal vez por eso me costó tanto enfrentarme a ella. Pero después de ver reflexiones tan acertadas como la tuya veo que merece la pena compartir este tipo de historias.

      Muchísimas gracias por leer mi relato. Te mando un abrazo y espero que estés teniendo un gran día.

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