Limpieza General

Introducción:

En muchas ocasiones intentamos silenciar a nuestros monstruos, encerrarlos y guardarlos en algún lugar recóndito en el que creemos que no volveremos a verlos. Pero ellos permanecen ahí, se unen y se acumulan haciéndose cada vez más y más fuertes siendo la única solución posible el enfrentarse a ellos, comprenderlos e intentar saber qué hacen con nosotros y en qué nos influyen. Es lo verdaderamente efectivo para superar nuestros miedos y no el acumularlos o el guardarlos en los rincones dónde nunca miramos.

En este relato he vuelto al tono humorístico, que llevaba tanto tiempo sin usar, ya que el reir es un gran paso para la aceptación de uno mismo y poder superar así a todos esos monstruos que nos acechan y buscan mermarnos y hacernos más pequeños en nuestro día a día. Espero que os guste y, como siempre, estaré agradecido de compartir opiniones y comentarios:

Limpieza General

— Disculpe señor, ¿sabía usted que está guardando sus monstruos en el armario?

La pregunta me cogió totalmente desprevenido. No esperaba que aquella señora más ancha que alta, de brazos rechonchos que eran atraídos hacia el suelo como si fueran puentes colgantes y  de sonrisa amarillenta hubiera conseguido encontrar mis monstruos tan fácilmente.

— Lo peor  de que se escondan ahí es que se pegan a la ropa y  luego dejan un olor horrible, algo así como a cerrado, ¿no se ha dado usted nunca cuenta de lo mucho que le apestan los jerséis? —Continuó aquella mujer sin esperar siquiera a que le respondiera—.  Puedes poner bolas de naftalina, echar pulverizadores, espráis desinfectantes,…, pero no hay manera de que se vayan, siguen ahí desprendiendo ese tufo a inseguridad,  a complejo de Peter Pan, a  inferioridad,…, y no es por nada, pero a usted no le falta ni uno, parece que se ha dedicado toda su vida a coleccionarlos y a guardarlos todos ahí, entre el cajón de los calcetines y el de las camisas limpias, y como soy una mujer de educación tradicional, no quiero decirle nada del complejo que tiene guardado en el cajón de la ropa interior pero tranquilo, ese será un secreto profesional que quedará entre usted y yo.

— Oiga —le repliqué esta vez con el rostro enrojecido con una mezcla entre vergüenza e ira—. ¿No puede dedicarse a limpiarme las ventanas como todas las señoras de la limpieza y dejar de husmear entre mis psicopatías?

— ¡Por supuesto que no! —Me gritó elevando la voz de tal forma que vi como hasta mis monstruos se asustaron resguardándose en lo más profundo del armario —. Soy toda una profesional y si me ha contratado como limpiadora pienso airearle el hogar hasta que quede totalmente impoluto, libre de ácaros y de complejos, ese es mi lema.

Se dirigió al balcón, abrió las ventanas de par en par y escoba en ristre como si de un arma afilada se tratara se colocó en la puerta del armario.

— Venga, iros pitando de aquí, que os quiero fuera en menos de dos minutos, y nada de esconderse bajo la alfombra o escabullirse entre los cojines del sofá que conozco todos vuestros escondrijos.

Todos y cada uno de mis monstruos comenzaron a salir cabizbajos en un extraño desfile de seres deformes de cabezas gigantes y extremidades asimétricas. Algunos eran muy pequeñitos y  andaban dando saltos como si, de alguna manera, quisieran llamar la atención; otros, ladeaban la cabeza evitando ser vistos, hasta el punto que uno de ellos se chocó contra la cama en su intento de  huir por el balcón. Y así, uno a uno, se marcharon de casa dejando en la habitación un aroma de seguridad en mí mismo que nunca había llegado a sentir.

— Y no se preocupe de que vuelvan, al pasar he visto el tamaño desmesurado del coche de su vecino  y creo que con él sus complejos van a encontrar un hogar por mucho tiempo.

Aquella señora de escoba en ristre y pañuelo morado en la cabeza se fue con un fuerte apretón de manos  que acompañó de un guiño a modo de despedida. Cerré la puerta tras de ella y fui hacia al armario para asegurarme de que no había quedado complejo alguno escondido entre los rincones. No había más que ropa limpia, aireada  y fresca  que estaba  libre de polvo, suciedad y complejos.  Pero  cuando iba a marcharme me sorprendió ver  que, donde antes se escondían mis miedos,  había ahora una tarjeta del mismo color morado que el pañuelo de aquella señora en la que se podía leer:

“Si limpio de monstruos quiere estar,  la televisión debe dejar,  sentarse a leer un libro cada ocho horas y un paseo diario matinal parándose de vez en cuando a reflexionar. Siguiendo estas instrucciones y, con alguna limpieza general, en menos que canta un fauno, feliz y contento estará.”

Fer Alvarado

Los Pequeños Héroes

Introducción:

La de hoy va a ser una entrada diferente a lo que suelo subir al blog. Y como todo lo diferente tiene su historia: hace cuestión de un mes una buena amiga me propuso escribir una pequeña obra sobre el coronavirus para que fuera reprensentada vía online por los niños del colegio público “El Sauce” de Chauchina (Granada). Para los que habitualmente me seguís sabéis que no suelo escribir literatura infantil precisamente pero lo vi como una oportunidad de aportar mi granito de arena para ayudar a pequeños y mayores a sacar una sonrisa y a afrontar de manera más amena esta “extraña” situación en la que nos encontramos.

Al final este relato se ha convertido, gracias al esfuerzo y la ilusión que han puesto niños, padres, madres y mi amiga Mari Ángeles que hizo la edición y el montaje de las fotos, en un pequeño libro en el que se ha intentado mostrar que la unión, la esperanza, la inocencia y la fuerza de nuestros pequeños héroes nos dan ese empujón necesario que nos hace más fuertes. Ese empujón extra con el que conseguiremos vencer a ese “maldito” virus, salir hacia adelante de esta situación y que, al vencerlo, a todos nos enseñará a ser mejores.

He introducido en el texto algunas fotos mostrando el resultado final del cuento que espero disfrutéis. Y antes de dejaros con el relato, me gustaría dar las gracias a todos los que intentan ayudar a hacer estos días más divertidos, más amenos, más normales. A todos los que arriman el hombro, se ofrecen a ayudar a hacer la compra, a charlar desinteresadamente con gente desconocida para animarlos y, en definitiva, a aportar en la medida que cada uno puede demostrando día a día que no queremos dejar a nadie solo en estos “extraños” días .

Los Pequeños Héroes:

En el colegio nunca paramos de inventar, de jugar, de aprender y de hacer todas estas cosas a la vez. Salimos al patio y corremos unos detrás de otros sin parar; convertimos el suelo en lava y no lo podemos pisar; nuestras mesas son castillos en los que si queréis entrar, la palabra secreta debes recordar. Los profesores nos ayudan, nos enseñan y nos alegran de verdad. Porque en el colegio además de aprender, nos enseñan a ser fuertes, a crecer y a ser héroes para el mundo y para nuestra familia que nos va a necesitar.

Pero un día en el que el Sol brillaba, calentaba y nos hacía sudar, vinieron  nuestros padres a recogernos con cara seria y lento caminar:

— Mañana al colegio no volverás— me vinieron a contar—. A partir de ahora con nosotros en casa te  tendrás que quedar.

Cuarentena lo llamaron y  lo quisieron explicar.

— No hace falta que lo expliques — contesté–. En el cole, hasta más de cuarenta me enseñaron a contar.

Nuestros padres sonrieron, esa cara triste y seria cambiaron y la dejaron atrás.

— Un malvado virus nos busca y, para que no nos encuentre, debemos estar en nuestro hogar, ya que si nos coge, a todos nos hará enfermar. Pero el estar en casa puede ser divertido, será una gran aventura y estos días entre todos los vamos a aprovechar.

Han pasado algunas semanas y hoy a la ventana me he ido a asomar. Fuera hace Sol, mucho sol, es un día tan soleado que ni las hormigas se atreven a pasear por la calle y buscan la tierra para andar y sus recados realizar. ¿Tanto calor le hará daño a ese malvado virus que anda con su corona por las calles y en casa nos obliga a estar?

Porque, ¿qué hago aquí dentro?, ¿qué hacemos todos en casa? Los días son largos pero mamá y papá me hacen cosquillas cuando estoy triste y yo les abrazo cuando ven la televisión, bajan la cabeza y se tapan la cara con las manos. No debemos estar serios porque estamos juntos, no debemos estarlo porque reímos, porque cada día descubrimos una nueva historia que contarnos y un nuevo baile que improvisar. ¿El reír y el jugar le hará daño a ese malvado virus que nos busca, nos busca y nos quiere encontrar?

Pero, ¿de dónde ha venido?, ¿cómo llegó hasta aquí? Una historia he oído y os la voy a contar porque estoy muy seguros de que esta será la verdad. Los virus volaban de ciudad en ciudad, querían encontrar personas a las que dañar, a las que acercarse y a las que poder enfermar. Pero contra todos luchamos, a todos vencimos y a cada uno de ellos le dimos su merecido.

Pero un día llego el malísimo, el horrible y el que más miedo quiere dar. Se puso una corona sin que nadie se la diera y entre todos los virus ha querido reinar. Y mientras  se encuentre con gente en la calle, más y más fuerte se hará. Por eso estamos en casa y lo evitamos, nos asomamos por la ventana y vemos el cielo  azul y claro, tan limpio como todos dentro de poco vamos a estar. ¿Y si nos escondemos de él y nos lavamos las manos con jabón a ese malvado virus que tan importante se cree, lo vamos a vencer? ¡Sí, sí y mil veces sí!

Seremos como esas hormigas que cuidan unas de otras, que traen comida para la más pequeña, que se ayudan y se apoyan para entre todas ser más grandes y más fuertes. Reiremos en casa para vencerle, jugaremos en casa para ganarle, nuestras manos limpias tendremos para no dejarle entrar. Y así más pronto que tarde y más antes que mañana le quitaremos esa corona que nunca mereció, nos la pondremos y diremos alto y fuerte: “Somos los pequeños héroes que nos enseñaron a ser, somos los vencedores y el pelear contra este malvado virus a todos nos ha hecho mejores”.

Escrito por: Fer Alvarado

Edición y Montaje: Mari Ángeles Moreno

Hasta que se Pierde

Introducción:

En muchas ocasiones no somos capaces de valorar lo que tenemos, de apreciar los pequeños (y grandes) detalles que llenan nuestras vidas y que nos hacen el día a día más sencillo. Algunas veces es por orgullo, otras por simple monotonía, o por la facilidad que tenemos de conseguirlo, pero tendemos a normalizar multitud personas o de situaciones fascinantes que nos rodean y las convertimos en algo inherente a nuestras vidas, algo que nos pertenece por y para siempre. Pero, ¿qué ocurre cuando esto nos falta?, ¿cuando lo que creemos qué es de nuestra propiedad (física o emocional) desaparece y nos deja huérfana esa parte de nuestras vidas?, ¿luchamos por volver a recuperarlo, o miramos hacia otro lado y le restamos la importancia que realmente tiene?

Hasta que se Pierde

Odio los martes, son, por mucho,  el peor día de la semana. Antes sin embargo me encantaban, deseaba que el resto de días huyeran del calendario para alcanzarlo  y disfrutarlo como no  lo había hecho con los otros. La razón por la que tanto me gustaban era que los martes por la tarde  iba a clases de canto y siempre había deseado hacer algo así. Pasaba las horas despejando mi garganta de emociones estancadas y expulsándolas en forma de notas.  Aunque no me importaba en absoluto que éstas estuvieran  en el tono correcto o no, en realidad era yo mismo el que  me afinaba. Pero, perdí la voz. Perdí la voz y no la encuentro. No sé dónde está,  ni tengo idea de dónde la he podido dejar. Por lo tanto me es imposible cantar y, ahora, odio los martes.

He intentado descubrir cuál fue el momento exacto en que mi voz me abandonó. Primero, deje de hablar por las mañanas. Los buenos días a los vecinos y conocidos se limitaron a levantar la mano, a alzar tímidamente la barbilla y, cuando apenas tenía trato con la persona saludada, elevaba una ceja de manera esquiva para dar a entender que lo había reconocido. Así que, dejé de hablar por las mañanas pero, por las tardes, seguía cantando.

En el trabajo, no necesitaba comunicarme con mis compañeros. Llevaba una cantidad de años considerable en el puesto y  no tenían que darme ninguna instrucción ya que, conocía todas mis obligaciones. Además siempre llegaba el primero a la oficina, me metía en mi pequeño cubículo y me dedicaba a desempeñar mis labores lo cual facilitaba el no tener que cruzar palabra con nadie. Por lo que, dejé de hablar en el trabajo pero, cuando llegaba a casa, seguía cantando.

En cuanto a mi vuelta a casa, siempre era silenciosa. Los autobuses bullían con personas de rostros monótonos y yo, al sentarme, ladeaba mi cuerpo hacia el exterior y pegaba la cabeza  a la ventanilla evitando así conversaciones vacuas e insustanciales. Dejé de hablar en los trayectos a casa pero, los martes, seguía cantando.

Hasta que llegó lo inesperado. Mi profesor me instó a calentar la voz antes de iniciar la clase. Obediente de mí, inspiré e intenté comenzar con mis ejercicios de calentamiento pero, no emití ningún sonido. Llevaba desde la semana anterior sin hablar con nadie y era como si se me hubiera olvidado hacerlo. Carraspeé y no surgió ruido alguno, en ese momento me asusté y salí corriendo de clase. Había perdido la voz y ya ni siquiera los martes podía cantar.

Desde entonces continúo haciendo mi vida normal: saludo a mis vecinos con la mano, voy al trabajo y vuelvo a casa pero ya no canto, ya he dejado de afinarme. Nadie se ha extrañado de que no hable por el simple hecho de que antes ya no lo hacía. Ahora intento evitar que me miren directamente, que me observen y me comenten cualquier cosa, me daría demasiada vergüenza no poder responderles. Miro al suelo y ando cabizbajo entre la gente. Se me ha olvidado hablar y no sé como recordarlo.

 Ayer, al comer, noté un sabor a óxido en la base de la lengua.  Me levanté del sofá y me dirigí al espejo del baño. Allí abrí la boca y vi como desde lo más profundo de mi garganta el color rosado de mi lengua y de mis amígdalas se estaba tornando cobrizo y acampanado como si se me estuviera oxidando por no cantar, por no expresarme y por no decir absolutamente nada. No quiero verme de esta manera, con las palabras atrancadas  y convirtiéndose en moho. Así que cogí varias mantas que tenía sin usar y cubrí todos los espejos de casa.

Pero lo peor me ha ocurrido esta madrugada al despertarme tras un mal sueño. Todo estaba oscuro, intenté encontrar alguna luz que me guiara y, mientras palpaba la pared,  me di cuenta de que la habitación estaba repleta de objetos que parecían querer encontrarse conmigo y no precisamente con fines pacíficos. Al final logré encontrar la lamparilla de la mesita de noche y la encendí. Todo continuó igual de oscuro. Creo que se me ha olvidado ver y no puedo recordar cómo se hacía. He pensado en qué día de la semana es. Hoy, es martes. Definitivamente y, por mucho, el peor día de la semana.

Fer Alvarado

Las Alas del Sombrero


Introducción:

Los días de lluvia están repletos de sorpresas inesperadas. El mundo se transforma cambiando la tonalidad de sus colores y convirtiendo la rutina de las calles en posibles aventuras. Los encuentros casuales se intensifican y en multitud de ocasiones y, por culpa del manto de agua que acecha, se dejan atrás los saludos llenos de palabras vacías y las sonrisas teñidas de monotonía. No hay tiempo para detenerse, no es lógico, ni tampoco es normal quedarse parado entre el aguacero para hablar, para mirar algo que captó tu atención o simplemente para disfrutar de las gotas de agua. Todo son prisas y desencuentros, batallas de sombrillas hambrientas de espacio y luchas encarnizadas por conseguir el discontinuo cobijo de los techados.

Y, ¿qué puede ocurrir si de verdad nos detenemos e intentamos apreciar la lluvia y todo lo que la rodea?, ¿si intentamos disfrutar de lo diferente, del cambio y apreciamos lo que aporta? Puede que ocurra lo inimaginable o puede que no pase absolutamente nada. Pero el correr este pequeño riesgo de pararse durante o después de la tormenta puede merecer mucho más la pena de lo que creemos.

Las Alas del Sombrero

Los últimos vestigios de la llovizna recién acabada resbalaron por mi sombrero en forma de gotas de lluvia. Una de ellas, tal vez la que más se resistía a caer al suelo y a alienarse junto a los demás charcos, se deslizó por mi mejilla, acarició mi piel y se mantuvo como un funambulista entre el vello de mi mal recortada barba.  Yo no quise tocarla, no deseé inmiscuirme en una batalla que no me incumbía. Era su propia lucha, su anhelo de permanecer ajena a lo que las leyes de la naturaleza le exigían. El suelo la estaba llamando, la deseaba y prácticamente la obligaba a precipitarse hacia él, a perder su apariencia y a difuminarse entre el asfalto para convertirse en una gota más. Pero ella continuaba aferrándose a las entretelas de mi piel, se adhería entre mis poros como si quisiera formar parte del agua de mi cuerpo y vivir así una vida más itinerante y  más humana.

Levanté la vista asegurándome de que aquella gota seguía conmigo y, entre un mar de sombrillas, vislumbré el filo de un codo flotando entre ellas. Éste estaba  adelantado al resto de su cuerpo como si anunciara la urgencia por  llegar a algún lugar que, seguramente, no demandaba tal prisa. A esas horas de la mañana, la calle está abarrotada  de este tipo de personas: hombres y mujeres  de ojos fugaces que desaparecen al ser descubiertos y de roces tímidos de dedos que equivocaron su camino. 

Intentando esquivar aquella filosa amenaza demandante de espacio giré y ladeé la cara para que mi gota no se precipitara al vacío. Así conseguí hacerme un hueco entre la multitud y me detuve para recuperar el aliento. Nadie parecía querer pararse y comencé a pensar que aquel trozo de agua y yo éramos como un pequeña isla entre aquellos retales de gente.  En ese momento sentí como aquella gota había humedecido parte de mi barba haciéndola suya y  que ésta continuaba descendiendo en dirección a la barbilla. Lo tomé como una señal de que su resistencia estaba mermando y que más temprano que tarde acabaría por precipitarse y abandonarme. Así que, me quité el sombrero, y la guarecí entre sus alas dejándola descansar de su cruenta lucha.

Observé como el borde de la acera estaba más despoblado y decidí continuar mi camino por el filo para evitar las mareas de gente que oscilaban por el resto de la calle. Comencé a  avanzar  manteniendo el equilibrio separado del  oleaje humano y de su inercia,  igual que  aquella gota  había hecho minutos antes con los charcos.

 Me sentí fluir, me sentí ajeno, me sentí yo.

Tan sumergido estaba en estos pensamientos que, al torcer hacia la izquierda, choqué con alguien que ocupaba el borde de la acera. De inmediato intenté taparme el sombrero para evitar que mi gota se separara de mí, pero ésta ya había salido disparada. Alcé la mano buscando agarrarla,  deseando detener su caída con la desnudez de mi piel y empaparme de ella. Mis dedos, en esa búsqueda, se cruzaron con dedos ajenos que parecían imitar mis movimientos. Mi gota de llovizna recién acabada topó en su camino con otra igual fundiéndose con ella. Mi mano chocó y se entrelazó con aquella mano  que intentaba atrapar su agua y, tras ver  como mi acuosa amiga se escapaba de los charcos y huía entre las rendijas de una alcantarilla, levanté la vista y vi a una chica mirándome sonriente que agarraba con fuerza las alas de su sombrero.

Fer Alvarado

Un Toque de Sangre y Humor Negro

Recopilación de relatos cortos de humor negro que he ido escribiendo estos últimos meses.

Introducción:

Me encanta el humor negro. El leer historias excesivas en las que se juega entre el límite del terror y el humor siempre me resultó muy estimulante. Puede ser que en mi caso influya que cuando veo una película o leo un libro de terror (y en ciencia ficción me ocurre igual) le perdono que esta sea mala o que incluso roce lo ridículo, lo disfruto y lo devoro igualmente. Se puede decir que sea mi dulce placer culpable. Creo que la hipérbole, en lo que a lo narrativo se refiere, por inverosímil, puede llegar a ser graciosa. Hasta el punto que muchas obras llegan a ser divertidas sin apenas proponérselo. Así que hoy traigo tres de mis intentos de realizar relatos excesivos que deambulen entre el terror y la comedia que espero disfrutéis y con los que personalmente me divertí mucho al escribirlos:

EL SEGUNDO PASTEL

Carlos fue colocando las velas una a una encima de la tarta y se dio cuenta de que comenzaban a ser demasiadas para la limitada superficie del pastel. “Tal vez para la próxima vez las reparta en dos tartas” pensó. Estaba demasiado orgulloso de todas y cada  una de aquellas velas como para simplificar sus celebraciones con un sencillo número. Aquello le quitaría toda la magia a lo conseguido hasta el momento.  “Hay que contarlas cada vez y sentirse feliz por todas ellas, porque todas, absolutamente todas son únicas y son especiales” solía decir en voz alta cada vez que las colocaba y contaba. 

—Ya estoy listo para la sorpresa —. Una  voz masculina escaló desde el sótano  y le hizo perder la cuenta pero no le importó, ya que aquellas palabras eran la señal que aguardaba.

Apagó las luces y, con la tarta en una mano y un cuchillo en la otra, se dio la vuelta y comenzó a bajar las escaleras.  En el piso inferior, un chico con los ojos tapados y una media sonrisa le estaba esperando. Se acercó sigiloso a él intentando aguantar la emoción que solía embargarle  en estas situaciones  y, con un movimiento rápido y certero, le rebanó el cuello como si  fuera  mantequilla caliente lo que cortaba. El suelo se cubrió de sangre y aquella sonrisa se congeló en el rostro del muchacho. Carlos, tras observar como sus pies comenzaban a pegarse al ahora rojizo pavimento, cogió la tarta y colocó una vela en el último hueco que quedaba libre. Ya estaba completamente seguro, para poder celebrar su siguiente víctima, debería comprar un segundo pastel.

Fer Alvarado

UN APLAUSO DE IDA Y VUELTA

Salió al balcón de casa cabizbajo, sin demasiado ánimo de participar en el aplauso colectivo que su comunidad le iba a dedicar a los que habían perecido  a causa del accidente.

Aún faltaban un par de minutos para la hora acordada, así que miró hacia su izquierda y observó  las obras del nuevo ascensor. Como presidente de la junta vecinal que le había tocado ese año no entendía cómo la gente se dio tanta prisa para aquella derrama y más aún después del desafortunado incidente que había acaecido con el anterior hacía apenas un mes. Nunca le habían entusiasmado esos minúsculos habitáculos pero después de aquello se había jurado y perjurado que solamente usaría las escaleras y que no volvería a usar esas cajas cerradas del demonio. Los aplausos emergieron desde las ventanas cercanas sorprendiéndole en un primer momento, pero pronto se dejó llevar y comenzó a silbar y soltar vítores que le hicieron destacar como el más animoso de aquel homenaje.

Un minuto de gritos al aire y de agridulces silbidos retumbaron por la calle elevándose y perdiéndose entre  los muros del edificio. De repente a su espalda le llegó el sonido de un campana metálica como el que hace un ascensor al llegar a la planta elegida. Sus palmas cejaron en su empeño de juntarse y sus labios se separaron convirtiendo sus siseos en silencios y sus palabras de ánimo en incertidumbre. Notó como una lengua áspera le recorrió el lóbulo de la oreja. Intentó girarse pero sus músculos se tensaron convirtiendo sus movimientos en torpes espasmos que no le llevaron a ninguna parte.

— Hola, señor presidente. — Una voz metálica que parecía oscilar, caer desde el techo y volver a subir le llegó desde varios lados a la vez. — Tuvimos que morir para saber quién se negó a poner el nuevo el ascensor. Pero tranquilo, ya le tenemos preparada su propia  caja.

En los balcones el homenaje había terminado. Los pocos vecinos que aún permanecían asomados a las ventanas comenzaban a adentrarse de nuevo en sus hogares cuando algo les detuvo. Un grito de los que hiela la sangre surgió desde las entrañas del edificio, cruzó los pasillos acompañado de aplausos que sonaban a un tañer de campanas para, finalmente, descender y perderse por el hueco del nuevo ascensor.

Fer Alvarado

UN VECINO SERVICIAL

El domingo por la mañana es mi día favorito de la semana. Me encanta despertarme temprano, disfrutar de un frugal desayuno y volver a tumbarme ocioso en la cama mientras me pierdo entre los pequeños ruidos que empiezan a surgir a lo largo y ancho de mi edificio. Desde que era niño, en casa me enseñaron a recibir este día con los brazos abiertos, me enseñaron a compartirlo y a ayudar a que tus vecinos lo disfruten lo máximo posible. Mi madre siempre me decía que una comunidad unida era como una gran familia unida y mientras a más gente fueras capaz de hacer feliz, mucho más lo serías tú mismo. Así que,  con el paso de los años, me he dado cuenta de que la mayoría de mis vecinos son gente de costumbres y he sabido adaptarme a las necesidades que les puedan surgir en cada momento de este maravilloso y familiar día que es el domingo.

Doña Rosa, del segundo B, siempre prepara un delicioso arroz para deleitar a sus hijos en sus visitas y así de camino también obligarles un poco a que vayan a verla,  que la verdad la señora pasa demasiado tiempo sola. Yo, para que ningún imprevisto le pueda arruinar esta velada,  siempre tengo preparado un kilo del mejor arroz bomba del mercado por si lo necesitara y en mi pequeño balcón, hace tiempo que planté romero, que gracias a mi prodigioso olfato, logré  adivinar que es el ingrediente secreto de sus estupendos arroces.

Roberto y Luisa viven en el segundo A y una vez al mes, gustan de hacer una pequeña barbacoa para sus amigos en su terraza. Pues que menos que por mi parte tener preparado para ellos un paquetito de sal en escamas que va genial con estas parrilladas y sé de buena tinta que especialmente a Luisa le pirra en las carnes que suelen preparar.

Alberto y José viven en el único piso habitado de la tercera planta y son bastante menos familiares o sociables que el resto de nuestra comunidad. Para ellos, el domingo es su día de sentarse en el sofá y disfrutar de tantas películas como la tarde pueda dar de sí. Así que después de mucho pensar en cómo podría ayudarles, empecé a perfeccionar mis técnicas haciendo palomitas caseras con mantequilla y cada jornada dominical les llevo un bol rebosante de mis ya legendarios snacks palomiteros.

Todo este servir a la comunidad me hace sentir inmensamente feliz. Para mí, no hay nada mejor en la vida que ver las caras sonrientes de mis vecinos al saludarme por la escalera o disfrutar de sus abrazos sinceros cada vez que les hago alguno de estos favores.  Con esos pequeños gestos me hacen sentir uno más  en sus reuniones familiares y en sus planes de cada domingo.

El único día que no pude cumplir con las expectativas que esta gente maravillosa tiene depositadas en mí, fue hace tres domingos y fue uno de los días más tristes de mi vida. Raúl, mi vecino de enfrente, el único que igual que yo vive solo, vino a pedirme un destornillador plano para intentar desmontar la parte trasera de su arcón congelador, el cual se le había estropeado aquella misma tarde. Le hice pasar al salón mientras buscaba una completísima caja de herramientas que había comprado hace poco para poder prestarles una mejor ayuda a mis vecinos. Pero por más que buscaba no la encontraba por ningún lado. Busqué en el trastero, en la terraza, incluso bajé al garaje comunitario, pero esta había desaparecido por completo. Desesperado saqué todos los cajones de los muebles de la cocina y logré encontrar un solitario destornillador de estrella. En ese momento al darme cuenta de que no era el destornillador que Raúl me pedía, sentí miedo, ¿cómo podía decepcionar así a alguno de mis amigos cuando más me necesitaba?, ¿iría Raúl apartamento por apartamento propagando que yo no tenía ese dichoso destornillador y que no había podido ayudarle? No podía permitirlo de ninguna manera, aquel sería mi fin, dejaría de formar parte de esta enorme y maravillosa familia que era todo para mí. Los había decepcionado a todos, había fallado a doña Rosa, a Alberto y a José, a Roberto y a Luisa y sobre todo a mi madre que tanto insistía en que todo el mundo tendría que estar unido y darlo todo por los demás. Así que me decidí por la única opción posible. Agarré con fuerza el destornillador y se lo clavé a Raúl repetidas veces en el cuello. Él, mientras se desangraba sin que su garganta emitiera ruido alguno, me miraba con unos ojos sorprendidos, como si no pudiese entender lo que realmente le estaba ocurriendo. Desde entonces, como parte de mi castigo, tengo el cadáver de Raúl guardado en mi arcón congelador y cada vez que lo abro, me mira con ese rostro  de sorpresa permanente para recordarme que no puedo volver a fallar a esta maravillosa comunidad.

Fer Alvarado

Volátil / La Sed / Sola…

Tres microrrelatos variados para esta semana.

Introducción:

Me gusta experimentar dentro de mi narrativa. Probar cosas nuevas, nuevos métodos de escritura e intentar siempre reinventarme, crecer y evolucionar. Para ello, he descubierto que el microrrelato es un formato que me ayuda aún más a conocerme a mí mismo. Es una forma directa de encontrar lo que sientes y lo que quieres expresar y plasmarlo en el papel. Para mí me he dado cuenta, de que el microrrelato a día de hoy es mi línea recta, mi camino directo, mi palabra elegida y mi piedra filosofal. No hay desvíos, no hay curvas, no hay nada más que lo esencial. La sencillez llevada al contar historias.

Y hoy traigo tres micros distintos entre sí, en los que he intentado jugar con los distintos géneros que me gustan y en los que me siento más (in)cómodo escribiendo. “Volátil” fue un intento de iniciar un micro de humor y acabó sin rastro de risa llenándose de sombras e intentando hablar de comprensión, indecisión y ante todo de cambio. “La Sed” trata sobre la obsesión y sobre la idea equivocada o no de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Y para terminar este menú de micros,”Sola…” ha sido un nuevo acercamiento al género de terror después de mucho tiempo en un intento de no oxidarme en un tipo de narrativa que me encanta. Como siempre espero que os gusten y estaré más que encantado de compartir comentarios y opiniones:

VÓLATIL

Tras aquel cristal colmado de inmundicia pudo ver las calles desiertas, pudo  degustar el silencio obligado por la ausencia y se mojó los labios para notar en su garganta  el sabor de la soledad y la calma reinante. En ese instante de paz, después de años de paredes cercanas y de pieles lejanas, aquel agorafóbico se sintió comprendido, se acercó a la abandonada puerta de su hogar y  tuvo la irrefrenable necesidad de volver a salir al exterior.

Fer Alvarado

LA SED

Se levantó con los ojos cargados de recientes sueños que, al no esforzarse por retenerlos, pronto se enmohecieron amontonándose en ceniza. Se incorporó, se calzó únicamente con un par de calcetines de pasado blanco y de presente ennegrecido y  bajó las escaleras al ritmo de la  inercia y de la costumbre.

Su objetivo, su único objetivo de cada mañana, era alcanzar la tierra de nadie que era su cocina, atrincherarse entre los apolillados muebles que le resguardaban del exterior y abstraerse entre los efluvios cargados de nostalgia  que emanaban de su recalentada taza de café. Su muñeca agarró con fuerza la cucharilla y, borracha de insaciable melancolía, giró y giró en un deboulé  casi sempiterno que  provocó remolinos de tiempo en aquel líquido elemento. Un aroma ascendió hasta su memoria tranportándole a  verdes prados y a incontables carreras tras los vuelos tentadores de una  falda que le invitaba a acercarse, a risas enterradas en silencios posteriores y a cabellos moldeados primero por el viento y después por las caricias de sus manos.

La cucharilla se topó con el borde de la porcelana rompiendo aquel trance. Dejó el café sobre la encimera y, antes de girarse y volverse hacia las escaleras, observó sus manos vacías del tacto perdido. Se acabó marchadno convencido de que a la mañana siguiente y a la misma hora, volvería a bajar a la tierra de nadie que era su cocina,  volvería a atrincherarse en ella y volvería  a calentar aquella taza de café para enfriarla bajo sus manos y sus recuerdos. El aroma, se había perdido; el sabor, apenas lo recordaba; estaba ensimismado en su dosis de diaria melancolía  pero, como cada día,  se marcharía  sin ni siquiera haberse mojado sus sedientos labios en aquel, aunque fuera por un instante, humeante y delicioso café.

Fer Alvarado

SOLA

Mientras aquella aspirante a escritora acariciaba las teclas de su portátil buscando una melodía narrativa que no llegaba, la puerta de su habitación decidió abrirse por cuenta propia dejando adentrarse en la estancia una corriente de escarcha. Inmiscuida en encontrar las ansiadas  palabras para su relato dejó caer un indolente “pase y siéntase como en casa” que fue respondido por un susurro ininteligible ausente de cuerpo y carne. Ella se giró creyendo ver el reflejo de una sombra sin rostro  en la pantalla de su ordenador, aquella mañana en la televisión informaron que, por culpa de aquel incidente, nadie podía salir de sus casas pero en ningún momento dijeron quién o qué podría entrar.

Fer Alvarado

A Partir de ahora / La Danza del Roble

Mi primera incursión en los microrrelatos o relatos cortos.

Introducción:

Siempre intento aprender nuevas técnicas narrativas para crecer, para intentar mejorar mi estilo y para ir añadiendo repertorio a mi forma de escribir. Hace poco me recomendaron explorar el maravilloso mundo del microrrelato, campo que apenas había trabajado y he intentado iniciarme en este micro(macro)universo de historias mínimas pero fascinantes en las que la síntesis y la imaginación se unen para contar lo máximo en lo mínimo posible. Para ello hoy traigo dos pequeños experimentos: “A Partir de Ahora” se puede considerar microrrelato y surgió de una improvisación que se agrandó hasta una pequeña historia y “La Danza del Roble” es algo más extenso ya que no llegaba a encontrar en tan pocas palabras lo que quería contar, cuestión de experiencia será, cuestión de práctica imagino. Gracias por leerme siempre, espero que los disfrutéis y como siempre agradeceré vuestros comentarios, sugerencias y opiniones:

A Partir de Ahora

Sus miradas se cruzaron accidentalmente. Eran miradas rodeadas de dunas ondulantes que surgieron indecisas años atrás ahondando en los laterales de sus caras y que, como en todos los desiertos,  fueron expandiéndose para  agrietar sus rostros, secarlos y convertir en tierra yerma sus facciones y en herrumbre sus voces.  Miradas  repletas de tiempos pasados mejores, de humedales extintos y de lodazales presentes. Miradas que convertían la piedra en volátil arena y la mar en agria sal. Y aquellas miradas de frío constante, enrojecidas por cerrarse demasiado y por hacer del atisbo una forma de vida, permanecieron cruzadas durante un instante que se prolongó a un momento para alimentarse del tiempo y convertirse en pausa. Y de tanto mirarse al final se vieron, se reconocieron y se sonrieron; y en ese ahora él supo que llevaba infinidad de escenarios sin verse y multitud de paisajes itinerantes sin cruzarse con aquella mirada goteante que le gritaba con  sordos parpadeos a través del espejo “vuelve, sé tú; regresa y simplemente sé”.

Fer Alvarado

La Danza del Roble

Llegué a perder la cuenta de las horas que detuve el tiempo observando el  viejo roble del vecindario en el que pasé mi infancia.  Desde el primer instante en el que me crucé con sus ramas aristadas y con sus hojas danzarinas, pude notar como su existir silencioso se sobreponía a la ignorancia beligerante de los demás sintiendo así una conexión con él como nunca la había tenido con nadie en mis pocos años de existencia. Lo  convertí en mi amigo, en mi confidente, en mi compañero de juegos y de rebeldías. Cada tarde, cuando mi madre me obligaba a salir de casa para jugar, corría a su lado, me sentaba junto a él y sentía bajo mis dedos el  áspero tacto de su centenaria madera. Me gustaba perderme en mundos no vividos al  pegar mi oído a su tronco e imaginar sus ramas creando crujientes  melodías inspiradas al ritmo del viento. Le hablaba y mi mente dibujaba respuestas construidas de palabras antiguas sobre tierra olvidada y subterránea agua.

Hasta que un día el árbol me respondió. Era una tarde silenciosa, una tarde ausente de los deslavazados gritos y las punzantes palabras ajenas que se  me adherían en el camino diario hacia mi nuevo viejo amigo. Me acerqué y lo vi agrandándose ante mí  como el único observador de un mundo inquisitorial en el que la magia se juzga y la realidad se construye de adoquines,  de asfalto y de barro.  Deslicé mi mano entre las rugosidades de su corteza y en aquel momento escuché un silbido entrecortado como el que hace el huidizo aire al  escaparse entre los dientes. Lo observé y vi como sus alargadas hojas danzaban apuntando hacia arriba, como si éstas me invitasen a subir marcándome el camino. Levanté el brazo y me así a la rama más cercana, mis pies siguieron este ascenso y con una facilidad pasmosa, como si él me allanara un camino escarpado repleto de falsos asideros y de afilados peligros, conseguí adentrarme entre su espesura.

— ¿Dónde está el niño árbol? Como tanto le gusta la naturaleza, hoy le teníamos madera preparada para merendar. — Unas voces disfrazadas de niños, cargadas de un odio que mi infante mente no comprendía, me llegaron desde el suelo. Eran palabras acompañadas de filo y  anhelantes de herida, pero que esta vez ni llegaron a tocarme ni a adherirse a mis entrañas. El  aire se alzó para silenciarlas convirtiéndolas en torpes lanzas sin sino. En ese momento las ramas del árbol bailaron al ritmo del viento acunándome y alborotando mi cabello con suaves y tranquilizadoras caricias. Ayudado por las danzas silentes de las ramas, un hueco se abrió paso entre la espesura y desde lo alto del viejo roble del vecindario donde pasé mi infancia,  pude ver como en la distancia, mucho más cerca de lo que llegué a imaginar, se extendían ante mí montañas inmensas y frondosos bosques carentes de gritos, vacíos de represalias y llenas de oportunidades.

Fer Alvarado