Interferencia

Introducción:

Siempre me han encantado las historias en las que los géneros narrativos se entremezclan introduciendo así personajes y situaciones que normalmente nunca llegarían a darse. Creo que es una forma de romper los límites, de agrandar la imaginación y mostrar mundos en los que todo puede ser posible, en los que no hay normas y en los que cualquier recurso utilizado, por inverosímil que sea, se acepta y se disfruta. Y es en este terreno donde más a gusto me siento. Es donde desato todas las ideas que me vienen a la cabeza y procuro dejarme llevar y disfrutar en mi escritura. Puede ser que, personalmente, no me guste la continua acumulación de normas (sobre todo las no escritas) con las que se nos bombardea a diario y el utilizar la libertad de expresión que nos brinda la escritura para contar historias locas, llenas de giros y de situaciones extrañas me haga sentir un poco más libre y, por ello, tanto las disfruto.

En esta ocasión he recuperado a uno de mis personajes favoritos, el detective Dashiell (detective de lo paranormal), para hacer una mezcla de humor, noir, fantasía y terror. No sé si os gustará esta coctelera pero os aseguro que yo he disfrutado enormemente creando esta historia detectivesca. Así que estoy muy contento de poder ofrecer este relato que espero disfrutéis y, que para seguir saltándome esta vez mis propias normas y, para variar un poco que para ello se dice que en la variedad está el gusto, es bastante más extenso de lo que suelo publicar.

Interferencia:

Capítulo I

Las aspas del ventilador giraban en el sentido de las agujas del reloj. En algunas ocasiones me gustaba mirarlas y pensar que eran como las manecillas que marcan el tiempo que discurre ajeno a todo lo que lo rodea y mucho más veloz de lo que los humanos somos capaces de asimilar.

Inconscientemente miré el reloj de mi muñeca, se acercaba la hora del almuerzo y ningún cliente había traspasado la puerta de mi despacho. Ni hoy, ni ayer, ni en toda la semana pasada. Después de tantos años en el negocio, sabía que los eventos sobrenaturales eran algo así como los virus: parecían remitir en verano y en épocas de calor asfixiante. Pero, en las contadas ocasiones en las que el mal se materializaba cuando el sol más abrasaba, se convertían en tormentas eléctricas muy difíciles de controlar. Leí mi nombre recién pintado en el cristal de la puerta: “Detective Dashiell, Investigador de lo Paranormal” y sonreí al ver como, por primera vez en años, algo en mi vida había salido recto, sin fisuras y dejaba un mensaje claro sobre mí que se podía entender a la perfección.

Decidí encender el televisor. No era algo que hiciera normalmente en horas de trabajo pero, eran ya tantos días con la mirada perdida entre los rincones del techo, que había llegado a familiarizarme con las telarañas que protegían del polvo las esquinas de mi despacho.

En la pantalla sonó un click y surgió aquel maldito anuncio que pretendía ser vintage y tanto odiaba. No podía soportar a la gente que se anclaba en el pasado. Me gustaban aquellos a los que Melancolía los poseía; entendiendo por Melancolía a aquel espíritu burlón que se dedicaba a poseer a los humanos y hacerlos creer que vivían en la corte de Luis XIV o los vestía de romanos para lanzarlos a la calle en paños menores invitándolos a invadir las Galias. Al menos cuando me surgía algún caso con él me divertía, no era de los espíritus que poseía maldad inherente, simplemente como todos los seres que viven en una eternidad demasiado repleta de virtudes, se aburría y le gustaba  hacer alguna trastada mezclando a los humanos con las épocas históricas.  Quién podía culparle, seguramente si yo tuviera ese poder estaría en este momento de aburrimiento supino haciendo exactamente lo mismo. Sería genial ver a la beata de mi vecina creyéndose el marqués de Sade o al policía de la esquina que siempre me buscaba las cosquillas convirtiéndose en Bukowski. Las risas estarían garantizadas, además de los litros de whiskey y las noches en vela. Pero claro, solo podrían estar en ese estado máximo 72 horas, a partir de ahí, los conflictos espacio temporales dejaban un daño irreversible en el cerebro. Malditas leyes físicas, no podrían ser tan sencillas como las aspas del ventilador de mi despacho que estaban girando a mi voluntad.

Pues bien, Melancolía llevaba tiempo sin hacer de las suyas, el calor asfixiante me había obligado a desprenderme de parte de mi vestuario y la única compañía que tenía era mi secretario y máquina de escribir Ginsberg y aquel anuncio que pretendía dejarnos viviendo para siempre en tiempos del blanco y negro. ¿Cómo se llamaba el producto que anunciaba? En ese momento el televisor subió automáticamente de volumen remarcando cada una de las palabras del maldito eslogan:

“Cualquier tiempo pasado fue mejor. Y con el colirio “Interferencia” podrá revivir el momento más importante de su vida siempre que lo desee. Recuerde, un par de gotas se convertirán en un mar de emociones”

No soportaba a estos televisores duendiligentes, maldigo el día en el que lo compré y al configurarlo me preguntó: “¿quiere que el pequeño duende que vive entre los canales del televisor se meta en sus pensamientos y le ofrezca los programas que desee ver? “, le di sin querer al “ok” y aquí estoy, a merced de un leprechaun que ha preferido vivir entre las frecuencias de un televisor a correr libre por las praderas de Irlanda. No puedes fiarte nunca de un ser sobrenatural que antepone el progreso a su propia naturaleza. Me quejaba de la tecnología digital pero, este avance sobrenatural creo que hace mucho tiempo que se nos fue de las manos.

A través de la puerta del despacho me llegó un ruido agudo y metálico. Parecía que mi máquina de escribir Ginsberg había detectado a un posible cliente acercándose. Si no salía rápido a recibirle mi máquina-secretario creería de nuevo que era un poeta de la generación beat y comenzaría a recitarle su versión libre del célebre poema a la que él llamaba “Maullido”. Había perdido demasiados clientes potenciales por culpa de esa aberración de versos mecanografiados al aire con los que mi mecanizado secretario amenizaba las esperas de mis visitas. Así que me ajusté la corbata, me puse la chaqueta y me coloqué el sombrero para, levantarme de la silla dejando un pequeño cerco de sudor en la misma con cierto parecido a una mancha de Rochard y salir por la puerta del despacho para poder atender personalmente a la persona, ser, ente, espíritu o similar que viniera a mi humilde negocio.  

En la antesala no me encontré con absolutamente nadie. Ginsberg seguía encima de la mesa y no había comenzado a teclear su infame poema. En su lugar, seguía emitiendo ese ruido agudo a modo de aviso que soltaba al llegar el rodillo hasta su tope. Abrí la puerta que daba a la escalera, allí tampoco había nadie. Mi máquina de escribir-secretario comenzó a emitir aquel sonido más asiduamente, “click”, “click”,“click”,… La velocidad de aquel pitido se iba incrementando mientras no distinguía a nadie ni en la sala, ni en los alrededores de mi oficina. En ese momento, mi máquina de escribir dejó quieto el rodillo y comenzó a teclear sola. La miré fijamente, estaba convencido de que no estaba escribiendo su odiosa poesía sin métrica. Sus teclas iban danzando y mezclándose entre sí, lanzándose velozmente contra un rodillo sin papel. Cogí uno de los folios que había en el cajón del escritorio y lo introduje como pude en la parte más alejada de las teclas para que éstas no me golpearan. La máquina, hambrienta de papel y deseosa de plasmar su mensaje, devoró el folio, lo giró y comenzó a plasmar letra a letra aquello de lo que me quería advertir:

“E  N  T  R  E     U  N      M  A  R      D  E      E  M  O  C  I  O  N  E  S       L  L  E G Ó,

T  U      H  O  G  A  R    E  S      M  I      H  O  G  A  R         Y,

A  U  N  Q  U  E      L  A      M  U  E  R  T  E      T  E      C  U  E  S  T  E,

M  E       L  O      D  E  V  O  L  V  E  R  Á  S.”

Capítulo II

Me quedé mirando aquel nuevo mensaje de advertencia. Era el primero que me había llegado en el último mes y medio y, aunque por inercia lo saqué de un tirón de mi máquina-secretario y estuve a punto de guardarlo en el fichero de “amenazas-insultos-faltas de respeto a mi árbol genealógico”, lo cogí finalmente entre mis manos para leerlo con detenimiento. Mi intuición me estaba gritando mientras se desperezaba víctima del bochorno imperante. No era raro que recibiera amenazas prácticamente a diario. Además tenía muchos enemigos etéreos que  se colaban en mis subconsciente para realizar pequeñas venganzas como poner el yogur en el fregadero después de comerlo y tirar a la basura la cuchara. Los más poderosos llegaron a infiltrarse en mis sueños provocándome pesadillas subidas de tono con mi vecina beata, con el melindroso  policía de la esquina o incluso con los dos a la vez como protagonistas de juegos gimnásticos  imposibles de olvidar. Pero nunca ninguno de estos adversarios se habían atrevido a tocar a Ginsberg. Todo el mundo sabía que, aunque no soportara sus plagios poéticos, adoraba a esa máquina de escribir. Así que fuera quién fuera el que la hubiera poseído se acababa de pasar de la tecla.

Volví a mi despacho sujetando el papel en la mano y me dirigí a descolgar el teléfono para llamar a mi compañero el detective Caulfield, tal vez él supiera algo sobre este extraño mensaje. Lo que más me gustaba de mi amigo era que siempre se podía contar con él. Y cuando digo siempre, es siempre. Hace unos años comenzó un curso de telepatía por correspondencia y gracias a él, cada vez que algún amigo cercano descolgaba un teléfono, pronunciaba su nombre y le dejaba un mensaje, éste le llegaba a su cerebro inmediatamente conociendo exactamente la localización de su interlocutor. Lo único malo es que la empresa en la que cursaba telepatía quebró en mitad de su formación y él nunca llegó a terminar sus estudios extrasensoriales. Así que no llegó a aprender a contestar el mensaje mentalmente y, si era algo urgente, debía presentarse en persona en el lugar que había percibido para ayudar. Lo bueno es que sus colegas y amigos estábamos ahorrando una barbaridad en llamadas telefónicas y, tal y cómo estaba rindiendo el negocio, cualquier céntimo no gastado era un céntimo ganado.

Descolgué el auricular y dije su nombre un par de veces en voz alta antes de desvelarle el verdadero mensaje, en verano solía estar tan adormilado que si no le gritabas no llegaba a enterarse:

—Caulfield, Caulfield soy Dashiell. He recibido una amenaza y esta vez no suena a farol. —Mientras hablaba, desde el papel que sostenía en la mano  me llegó un olor que, en los últimos años, se había convertido en una fragancia demasiado familiar. Acerqué aquel trozo de celulosa a mis fosas nasales, inspiré profundamente y continué:

—Incluso la tinta del mensaje huele a odio acumulado. Llevaba mucho tiempo sin percibir tanto rencor vertido en tan pocas letras. Hazme un favor, deja lo que estés haciendo y veámonos en el bar Albar en media hora. Sé que no te gusta el sitio, pero es el lugar más seguro donde podemos reunirnos.

Colgué el teléfono y me puse la gabardina. Salí por la puerta de cristal y, antes de salir, le serví a Ginsberg una copa de vino barato mezclado con unas gotas de tinta de la mejor calidad y se la vertí por encima de las teclas. Seguro que recibir aquel mensaje le había dejado exhausto y, como toda máquina de escribir con aspiraciones artísticas, un poco de caldo de vid le proporcionaría tanto, una milagrosa recuperación, como  una inspiración creativa.

Cerré la puerta tras de mí y me dirigí a Albar, comenzaba a estar completamente seguro de a qué tipo de enemigo me estaba enfrentando.

La calle estaba desierta. Aquel verano nos había tocado la migración de hadas que se dirigían hacia su reunión anual “El Reino feliz”. Cada año aquella maldita fiesta cambiaba mágicamente de sitio y justo aquel año apareció de la nada en un bosque a las afueras de la ciudad. En cualquier momento aquellas devoradoras de hongos surcarían el cielo dejando tras ellas una lluvia de sudor multicolor que era más difícil de quitar de la ropa que las manchas de vino. Además a nadie le gustaba llenarse la boca de purpurina con sabor a abono fluorescente. Así que me di más prisa de lo habitual para llegar al punto de encuentro con Caulfield  y por ello llegué cinco minutos antes de la hora acordada.

Él, aún no estaba en el garito, así que me senté en una mesa libre y pedí un whiskey doble con hielo. Miré alrededor, decir que la clientela de aquel establecimiento era variada era quedarse bastante corto aunque ello tenía una razón lógica:  Albar era el único lugar libre de telépatas de toda la ciudad. Cuando fue construido toda su estructura fue revestida de una aleación de acero y papel de aluminio y, todo lo que estuviera hecho de metal, se convertía en un punto ciego para todo lo extrasensorial.  Por esa razón aquel bar estaba lleno de policías y maleantes, de infieles en potencia y de trabajadores de hacienda. Todo el mundo podía ser él mismo en aquel sitio sin que nadie le juzgara leyéndole la mente, solo te bastaba con firmar un documento de confidencialidad a la entrada, un pacto de no agresión y un cacheo para asegurarte de que no eras telépata y llevaras algo de metal encima. Mezclar metal con telepatía era como introducir papel de aluminio en el microondas, era de todo menos aconsejable, a no ser que no le tuvieras demasiado cariño a tu microondas, a tu cocina, ni a todo tu apartamento. Y lo más curioso de aquel lugar era que, por muy diferentes que fuéramos los humanos,  el desear que nuestros secretos no salieran a la luz nos hacía a todos iguales.

Caulfield entró por la puerta del bar y me vio de inmediato. En Albar sus escasos poderes telepáticos no tenían mucha presencia  pero siempre le quedaba algún ligero rastro al que él le le gustaba llamar intuición. Se acercó a la mesa donde estaba y se sentó a mi lado.

—Maldito Dashiell —dijo demostrando su habitual mal humor cuando quedábamos allí.— Sabes que odio este sitio. Me has despertado con tu mensaje, no me ha dado tiempo ni a comer y aquí con los cubiertos de plástico antitelépatas no puede uno disfrutar de un filete en condiciones.

—Genial —contesté mientras me calaba el sombrero hasta prácticamente no ver el resto del bar.— Me gusta hablar contigo cuando estás hambriento. Es el único momento del día en el que prestas atención aunque sea para terminar rápido la conversación y poder aumentar aún más el volumen de tu estómago.

Él soltó una risotada mientras se agarraba su prominente barriga. Con aquella broma había conseguido cambiar su actitud aunque fuera por un momento, así que aproveché para contarle todo lo ocurrido con Ginsberg, el mensaje y cuáles eran mis sospechas:

—El que me mandó el mensaje fue un telépata. Estoy convencido de ello y además de los buenos, si es que de verdad existen de esos.

—¡Venga ya! Si sabes que la mayoría se convirtieron en atracciones de circo cobrando un dólar por adivinación o se quedaron en espectáculos de televisión doblando cucharas como si fuera el mayor logro del mundo. —Siempre me sorprendía la incredulidad de mi amigo en cuanto a telepatía astral se refería. Imagino que como se quedó a medias con su formación  no quería saber con seguridad que hubiera humanos con mayores poderes que él.  Hizo una pausa, se quitó el sombrero y comenzó a abanicarse con él antes de continuar:

—Además, nadie ha sido capaz de hackear una máquina-secretario y te aseguro que ésta es imposible que haya sido la primera vez. — ¿Hackear?, ¿había dicho la palabra hackear en vez de poseer? Ya era el colmo del escepticismo en los tiempos que vivíamos y sinceramente creo que Caulfield y yo habíamos tenido demasiadas experiencias juntos para que usara ese lenguaje tan arcaico.

—Mira, si no quieres creerme es cosa tuya. Pero, te aseguro que aquí hay telépata encerrado —le dije mientras intentaba no decir la palabra gato. Desde nuestra experiencia en “El Pueblo que no Arde” procuraba evitar nombrar a ese animal a toda costa.

Él me miró negando con la cabeza y se terminó mi whiskey de un trago para, instarme justo después a cambiar de local y encendernos un cigarrillo por el camino. Sabedor de lo incómodo que se ponía en aquel lugar forrado de acero asentí, cogí mi gabardina y apuré las últimas gotas de mi bebida espirituosa que lloraban por el borde del vaso.

No tardamos mucho en salir del establecimiento y en cuanto pusimos el pie en la calle, Caulfield se agarró la sien con fuerza con las dos manos.

—Jodido Albar —me dijo mientras apretaba los dientes.— Cuando estás en un lugar antitelépatas se te acumulan los mensajes que no puedes recibir y luego te llegan todos a la vez como si fueras un contestador automático.

En ese momento una gota morada se posó en mi mano con suavidad. A esta mota purpúrea se unieron otras que, en escasos segundos, transformaron los colores ocres de la ciudad en un cuadro impresionista.  Las malditas hadas estaban pasando por la ciudad pringándonos con sus asquerosos fluidos iridiscentes.

Sentí un golpe cercano y miré hacia mi izquierda. Caulfield estaba en el suelo temblando y soltando espumarajos por la boca. Me incliné sobre él, cogí una rama alargada que había en la acera y se la puse entre los dientes para que no se mordiera la lengua.  Justo en el instante en que logré separarle los labios comenzó a gritar. Su voz era metálica y, a la vez, cavernosa. Como si perteneciera a una máquina que estuviera teniendo conciencia de sí misma por primera vez y dijera sus primeras palabras:

—Hospital General de la Ciudad, habitación 606, entre un mar de emociones llegó, y volverá a mí porque me pertenece y nunca debió dejarme.

La lluvia multicolor cesó, mi compañero se incorporó y se sentó sobre la acera. Le miré con una media sonrisa en el rostro sabedor de que se encontraba perfectamente y que lo próximo que saldría de su boca sería un “vamos Dashiell, me apetece un buen filete”. Lo único que le había ocurrido era que, cómo el decía, le habían hackeado y estaba seguro de que había sido el mismo ser que poseyó a Ginsberg.

—El gran telépata ha hablado y creo que nos ha concertado una ineludible cita para esta tarde Caulfield.

Capítulo III

Le ayudé a incorporarse y, sin mediar palabra entre nosotros, nos tocamos cada uno el ala de nuestro sombrero con un gesto afirmativo, cogimos un taxi y nos dirigimos hacia el Hospital General.

El hospital parecía tan desierto como las calles de la ciudad. Cuando llegamos, las puertas de cristal de la entrada estaban abiertas de par en par  como si nos estuviera ofreciendo  amablemente que nos adentráramos en él.

Fuimos hacia el ascensor, éste no funcionaba. Por casos anteriores conocía el edificio a la perfección y sabía que la habitación 606 estaría en la planta sexta. Miré a Caulfield, miré su barriga  que desafiaba la resistencia de sus pantalones y me giré hacia las escaleras.

—Nos vemos en la planta seis compañero. Creo que puedo ir más ligero y explorar por mi cuenta unos cuantos tramos pero, tranquilo, te escribiré una carta cuando llegue arriba para hacerte saber que estoy bien—le dije con el labio ladeado antes de afrontar a toda prisa el primer tramo de escaleras. Él me respondió con un gruñido con el que no supe exactamente si me daba su consentimiento o si quería golpearme por obligarle a subir a pie las seis plantas.

Alcancé el primer piso sin ver a nadie y sin escuchar un ruido por los pasillos, después vino el segundo, el tercero,…, no había rastro de un ser humano por todo el edificio hasta que, al afrontar el tramo de la quinta planta, me llegó un sollozo ahogado.

Me di prisa con la esperanza de encontrar a alguien que pudiera explicarme qué había podido ocurrir para que hubiera tanto silencio. Salté las escaleras de dos en dos mientras el sudor con restos de purpurina surcaba mi frente dejando tras de mí un rastro colorido como el que deja un indolente pintor al realizar su obra.

Los sollozos se fueron incrementando y al llegar al rellano de la sexta planta me topé, sentada en el suelo, con una mujer de pelo canoso que escondía la cabeza entre las rodillas mientras balbuceaba palabras al aire:

—Creí que iba a morir, lo juro. Y solo fueron unas gotas para que se fuera con un recuerdo feliz. Lo único que quería era que se fuera en paz.

Me acerqué y le toqué con suavidad el hombro para tranquilizarla. Ella sacó la cabeza del refugio que había creado entre sus piernas y me miró.  Sus ojos estaban llenos de lágrimas y no parecía querer parar de hablar.

—Estaba en coma y lo íbamos a desenchufar. Nunca fue felíz, siempre quiso más y más y solo quería darle un último recuerdo, ofrecerle una pequeña luz antes de la oscuridad. En definitiva darle un mar de emociones antes de partir.

¿Mar de emociones?, ¿recuerdos?, ¿gotas? Entonces caí por completo, estaba hablando de “Interferencia” ese maldito anuncio vintage en blanco y negro del colirio con el que revivías el recuerdo más importante de tu existencia.  Aquella mujer le había dado unas gotas a un moribundo por compasión, para que se marchara con un buen recuerdo y el resultado de su evocación había sido catastrófico. Siempre lo dije, odio a las personas que se anclan en el pasado, vivir en él puede ser demasiado peligroso.

Con un gesto con la mano invité a aquella señora a que bajara las escaleras y abandonara el edificio. En cuanto vi que, entre lágrimas y sollozos, comenzaba a descender, abrí la puerta que daba al pasillo de la planta sexta y me adentré en ella. Los fluorescentes tintineaban dejando la luz en un tímido vaivén que escondía de mi vista los muebles y los objetos que poblaban el lugar. Llegué hasta el final del pasillo y giré para continuar en otro corredor más corto y estrecho. Al ver lo que había allí, me tapé la boca para no gritar.

Todo el personal del hospital estaba adherido a las paredes. Tenían  las palmas de las manos, la cara y el cuerpo unidos a los muros, la boca sellada y los ojos totalmente abiertos. No parecía que hubiera cuerdas que los ataran, ni nada que los sujetara. Estaban totalmente pegados e inmóviles, solo pudiendo mover los ojos. Y esos ojos, presas del desconocimiento, ignorantes de qué les había llevado a aquella situación, sin poder hablar, sin poder hacer nada más que estar callados adheridos a la pared, mostraban un terror que jamás había visto. El fluorescente del techo parpadeó un par de veces más y se quedó encendido permitiéndome ver el resto del pasillo. Justo enfrente de mí había una puerta de madera y, en ella, un cartel dorado en el que se podía leer “habitación 606”.

Giré el pomo y empujé la puerta con suavidad. Di un paso, el corazón comenzó a latirme rápidamente; di otro, la garganta se me secó dejándome en la boca un ligero sabor a arcilla, a cemento y, a odio; di un tercer paso y dentro de mi cabeza sonó de nuevo aquella voz metálica que había surgido de Caulfield apenas unos minutos atrás: “entre un mar de recuerdos llegó”.

No me dio tiempo a nada más, una fuerza invisible me levantó en volandas como si fuera un muñeco de trapo y me lanzó contra la pared. Intenté gritar, pero mis labios se cerrarón dejando a mis gritos ahogándose en mi garganta. Quise cerrar los ojos pero esa misma fuerza levantó mis párpados obligándome a mirar lo que tenía enfrente.

En la única cama de la habitación había un anciano inmóvil tumbado con los ojos abiertos mirando al techo. A su alrededor, los objetos que deberían estar colocados por la habitación: sillas, jarrones, la mesita de noche,…, volaban en círculos concéntricos rodeándole y protegiéndole de cualquiera amenaza que quisera atacarle. 

“Dashiell”, de nuevo aquella voz sonó dentro de mí ,“tu hogar es mi hogar”. A mi cabeza llegaron golpeándome, como si fueran olas en una tormenta, los recuerdos de aquel anciano. Él vestido con capa y sombrero en mi casa, vivía en mi casa. Timaba a la gente diciendo que podía leer sus mentes. Lo hacía, pero solo en la superficie, solo adivinaba su comida favorita, si les gustaba la lluvia o el sol, si tenían algún hermano o si amaban a alguien. Él se frustraba, quería ser el mejor telépata de la historia. Comenzó a engañarlos, a manipularlos con medias verdades para conseguir más reputación y dinero y, para lograrlo, les hablaba de futuro cuando no sabía nada de ello. Un accidente, hubo un accidente y como siempre ocurre con estos percances, estuvo involucrada la persona menos adecuada. Venganza, se vengaron de él, le pegaron contra la pared, le golpearon, tenía un hijo, le obligaron a mirar, tenía un hijo y desde aquel día no lo tuvo más y le obligaron a mirar. Y ahora era él quién quería venganza. Nos pegaba contra la pared y nos obligaba a mirar. No era yo quién le importaba, era la casa, era el recuerdo de su hijo que al perder su hogar se le fue arrebatado. Aquel había sido su recuerdo más importante y aquella mujer al darle el colirio “Interferencia” se lo estaba haciendo revivir una y otra vez. Su intención fue buena pero aquel mar de recuerdos le estaba ahogando mientras le hacía enloquecer.

Los objetos que volaban a su alrededor estaban girando cada vez a mayor velocidad, aumentando a la vez el diámetro de su circunferencia. La silla de madera comenzó a astillarse convirtiendo sus cuatro patas en afiladas estacas y,a cada vuelta, estaba más cerca de mí. La ventana estaba abierta y  vi como un rastro de purpurina iba desde el cristal hasta su cama manchándole todo el brazo. Si aquel maldito fluido de hada había logrado potenciar los poderes de Caulfield hasta llegar a captar el mensaje desde el hospital, con aquel anciano, que era mejor telépata y que, además, estaba repleto de odio acumulado, lo habría convertido en un ser prácticamente invencible.

En ese momento pude ver, por el rabillo del ojo, como mi compañero entró en la habitación de un salto y lanzó varios objetos brillantes hacia el telépata. Los objetos se le clavaron en el brazo y reflejaron la luz procedente de la ventana por un instante. Eran dos tenedores de metal y, mezclar metal con telepatía, era como introducir papel de aluminio en un microondas.

El hombre de la cama soltó un profundo suspiro tras el cual, todos los muebles volantes y yo volvimos a ser atraídos por la fuerza de la gravedad y caímos contra el suelo. Caulfield me ayudó a incorporarme y me guiñó un ojo:

—Como no me escribiste esa carta al llegar, me preocupé y vine a por ti por si necesitabas ayuda.

Le sonreí y le iba a soltar mi réplica cuando me llegó un silbido desde la cama del anciano. Aquel microondas telepático iba a explotar de un momento a otro. Cogí a mi amigo de la gabardina y lo saqué de la habitación a empujones. Ya en el pasillo vimos al personal del hospital que se había despegado de las paredes y estaba pestañeando con vehemencia, como si así pudieran recuperar el tiempo que habían pasado con los ojos abiertos. Caulfield y yo les gritamos a la vez un “tírense al suelo” mientras saltábamos para intentar pegar nuestros cuerpos al mármol del piso y así evitar en la medida de lo posible las consecuencias de una más que posible explosión.  Caímos uno sobre el otro en el momento justo que el silbido que producía el anciano se acalló para, a continuación, convertirse en un gran estruendo que convirtió las paredes en proyectiles y la madera en afilados cuchillos.

Todo pasó en un instante, no hubo fuego ni sangre, solo polvo y piedra volando que fue hacia adelante para luego regresar de nuevo pasando sobre nuestras cabezas a gran velocidad. El personal del hospital estaba perfectamente, no sabíamos cómo, pero nadie tenía un rasguño. Mi compañero y yo nos levantamos y fuimos a inspeccionar la habitación 606. La pared que daba a la calle ya no existía, pero tampoco habían caído los cascotes al exterior, era como si hubiera sido una implosión. La cama seguía allí, ennegrecida y sin el cuerpo del anciano, solamente  quedaban como testigos los dos tenedores de metal sobre el colchón.

En ese momento volvió la electricidad a todo el edificio y el ventilador del techo comenzó a girar en el sentido de las agujas del reloj. Me gustaba mirar las aspas y pensar que eran como las manecillas que marcaban a toda velocidad el verdadero paso del tiempo. Las aspas solo iban en una dirección, si iban hacia atrás se estropeaban y tarde o temprano no cumplirían su función, lo mejor es que éstas fueran siempre hacia adelante aunque los humanos, en muchas ocasiones, no supiéramos asimilarlo.

Fer Alvarado

7 comentarios en “Interferencia

  1. Adoro y añoro las máquinas de escribir, tocando su música toda la noche hasta el amanecer, las letras que salen de los dedos-teclas saltan saltan dando vida a los sentimientos y pensamientos, ya vas para una novela en Amazon o un screep de cine noir quizás los tengas y yo no lo sé. Muy buena semana de avance en todo trabajo sueños familia afectos 😁 🙌🌈

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    • Me ocurre exactamente lo mismo Fabiola, escuchar una máquina de escribir funcionando lo considero como escuchar música. Aprendí de niño mecanografía con una y me trae muchos recuerdos, además de que creo que en ellas se guarda la esencia del romanticismo del/la escritor/a..
      No, aún no escribí nada en plan libro pero empiezo a creer que si me lanzara a ello me decidiría por esta mezcolanza de géneros con la que siempre disfruto enormemente cada vez que los afronto.
      Espero que todo esté yendo genial por tu país para tú y los tuyos, que tengas una gran semana llena de proyectos, sueños cumplidos y otros nuevos que te aporten mucho a tu vida.
      Un gran saludo desde España y muchísimas gracias por todo siempre.

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      • Muchas Gracias por tus hermosos deseos 🙏🏻 😊 y por compartir máquina de dactilografía, yo la llamo máquina de escribir y no tuve dactilografía porque fui a bachillerato pero si tenían en otros cursos igual mi madre me compró dos Olivetti que aún conservo. ❤️❤️

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  2. Hola, Fernando, gracias por el exquisito cóctel de géneros. Creaste una trama muy divertida, llena de ocurrencias y giros improvistos.Dashiell me recordó al detective protagonista de «Pulp», última novela que publicó Bukowski, también con esta mezcla de humor, novela negra y fenómenos paranormales. Después de esta lectura volveré a repetir con el detective Dashiell, ha sido un grato descubrimiento. Un abrazo!

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    • Hola Javier. Pues justo el sábado hice un tour por mis librerías preferidas de Granada buscando “Pulp” ya que es una novela que me han recomendado mucho y aún la tengo pendiente e inexplicablemente no la encontré, pero seguro que será una de mis próximas compras y lecturas y más si me la recomiendas. Muchas gracias por tus palabras, el mezclar géneros es algo que siempre me hace desconectar y me divierto mucho creando estas historias repletas de giros y mundos sobrenaturales en los que cualquier cosa puede ocurrir. De verdad que me alegra que te haya gustado esta mezcolanza. Tengo otro relato con el detective al mando pero quiero rebajarle los niveles de hemoglobina antes de publicarlo ya que metí algunos pasajes muy cercanos al gore. Es lo que tiene venirse arriba que de vez en cuando se te va de las manos. Un abrazo enorme y de verdad que muchas gracias por leer mi relato y por tus opiniones que siempre me aportan mucho.

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    • Muchísimas gracias por tus palabras. Me divierte mucho el crear este tipo de historias algo “alocadas” y el ver que gustan me anima mucho a seguir intentando crearlas. Un gran saludo y gracias enormes de verdad.

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