La Canción de la Araña

Este es el primer relato de más de cuatrocientas palabras que escribo en un año. Me ha dado vértigo. Me ha costado animarme a escribirlo. Esto es algo que me resulta curioso y, sobre todo, porque mis comienzos fueron con estos relatos de mayor extensión. Empecé a trabajar los micros varios años después de iniciarme en la escritura pero hasta entonces era algo que ni me había planteado. Enseguida me encandiló la idea de expresar mucho en pocas palabras. La concisión, frases cortas, mucho contenido y no demasiado continente. Fue como un reto. Pero el querer trabajar relatos más largos seguía ahí. Fuera por la razón que fuera, no decidía trabajar en estas historias. No me veía capaz. En muchas ocasiones dejas espacio con lo que más te gusta y acabas cogiéndole miedo. ¿Saber mantener el interés durante tantas palabras? ¿Que no haya bajones, que los personajes y las historias evolucionen? Demasiado para mí. Las ganas siempre están. Los miedos también.

Supongo que todo esto depende del momento en el que te encuentres. Hay veces que te crees invencible y otras te sientes vencible por cualquier cosa. En este caso he conseguido dar el paso y desarrollar una historia con más matices y elaborada. Lo he hecho yo solo: no. Me han ayudado. Me han apoyado. Han confiado en mí y me han dado un empujón de los que creía que ya no existían. Eso es algo por lo que no me caben las palabras para agradecerlo y me siento muy afortunado.

En este relato me he acercado al suspense con un toque fantástico y, en parte, también terror. Creo que hasta hoy no había escrito nada parecido. Supongo que me siento animado a experimentar y en eso me hallo a día de hoy: experimentando, conociéndome e intentando crecer.

Espero que disfrutéis del relato. Gracias por leerme, feliz día y muy felices lecturas.

La Canción de la Araña

—Un elefante se balanceaba sobre la tela de la araña. —La canción surgía de un muchacho de diez años con la voz demasiado ronca para su edad. Estaba de pie frente a la pared de su cuarto y, con interés creciente, observaba uno de los rincones.  En él, una mosca peleaba por su vida con la desventaja de carecer de alas y de estar envuelta en una telaraña. El chico  conocía con certeza el final del espectáculo. Él mismo lo había diseñado y no le gustaba dejar hilos sueltos. Nunca lo hacía.

La araña, mientras tanto, descendía en busca de su presa con la tranquilidad de saber que tenía la cena preparada. Acompasaba sus cuatro pares de patas en lentos movimientos. Era como si le gustara hacer esperar a su presa. Siempre hacía el mismo ritual y al muchacho le encantaba. Primero, se dejaba ver por un lateral. Su cena la veía e intentaba escapar de la trampa. Esto alimentaba su curiosidad y se acercaba con lentitud. Cuando llegaba a su altura, se detenía y la observaba durante unos segundos. Después, comenzaba a dar vueltas a su alrededor. Cada giro iba más y más rápido. Las moscas, desesperadas, intentaban saltar, darse la vuelta y arrancar aquellos hilos que las aprisionaban. Era inútil. El esfuerzo se convertía, junto al movimiento circular de la araña, en un concurso de baile en el que pronto alguien dejaría de participar. En ese momento, con los bailarines envueltos en su ritual, el chico entonaba su canción:

—Un elefante se balanceaba… —Era el punto y final del espectáculo. Terminaba de cantar y la danza llegaba a su fin. La telaraña se detenía y solo permanecía una habitante sobre ella. El muchacho, satisfecho, volvía a su cama, abría el cajón de la mesita, colocaba a su alrededor trampas para insectos embadurnadas en pegamento y, tras tumbarse en el colchón, caía profundamente dormido.

Pero aquella vez fue diferente. Aquella noche, tras mucho tiempo sin hacerlo, soñó.

En su sueño las paredes cambiaron el color blanco por el negro. Pero no un negro cualquiera. Este andaba y se desplazaba como una marea. Se acercó y aquel oscuro color se transformó en olas que surcaban su habitación de lado a lado.  Dio un paso más, alargó el brazo y las olas hicieron movimientos concéntricos alrededor de su mano. Cuando estuvo cerca pudo ver que aquella negrura estaba formada por miles de peludas patas. Distinguió cuerpos, ojos, mandíbulas… Eran arañas. Tantas como no había llegado a ver en su vida y, además, lo rodeaban. Algunas caían sobre él y se arrastraban por su cabeza, por sus brazos, por su cuello. Las sentía caminar por la espalda, cruzando sus hombros. Era como si le estuvieran creando una armadura de peludos artrópodos. La marea negra se concentró en el techo justo encima de él. Las arañas comenzaron a escalar unas sobre otras creando una pirámide inversa que apuntaba a la cabeza del chico. Este, lejos de asustarse, alzó los brazos, los puso en cruz e irguió la cabeza en dirección a la cúspide para recibirla. Las tenía cerca de la cara. Podía escuchar sus mandíbulas entrechocando y sus patas enlazándose unas con otras. Como si intentaran comunicarse con él en un idioma ya extinto. Las arañas, ajenas a lo que sucedía debajo de ellas, seguían apilándose unas sobre otras. Las primeras en crear la pirámide estaban a punto de alcanzar al muchacho cuando un ruido seco lo despertó.

Al abrir los ojos se dio cuenta de que estaba de pie con las palmas apuntando al techo y la cabeza levantada. Justo como en su sueño. Creía que continuaba dormido hasta que se dio cuenta de que las paredes habían recuperado su color habitual. Tampoco había rastro de la marea por ninguna parte. Inspeccionó los rincones. Las telarañas estaban en el mismo lugar y no localizaba a ninguna de sus habitantes. Se dio la vuelta. En el colchón el sudor había dibujado su cuerpo y parte de los movimientos que realizó durmiendo. Como cuando se hace un ángel y se distorsionan las marcas de brazos y piernas sobre la nieve. La forma de la cabeza era la misma pero,  los brazos se habían movido tanto que se habían dibujado varios sobre las sábanas.  Los apuntó con el dedo índice y comenzó a contarlos:

—Uno, dos, tres y cuatro en un costado. Y en el otro también cuatro. Igual que las ara…

De nuevo un ruido le interrumpió. Eran una serie de golpes rítmicos que venían de la planta de abajo. Abrió la puerta y observó el pasillo. Solo había oscuridad. De fondo, un silbido asmático le informó que su madre dormía. Avanzó y salió de su habitación. Los golpes volvieron a sonar y, esta vez, con mayor intensidad. Giró la cabeza. El sonido le había cogido por sorpresa y  casi cae por las escaleras. No le pasaría más. Estaba seguro de que el sueño había sido una señal. Sabía que alguien o algo rondaba la casa y él era el único que podía defenderla. Entró en la habitación de invitados y, del armario, sacó varias cuerdas que su madre guardaba para tender la ropa. Se las echó al hombro y comenzó a descender por las escaleras. Se apoyó en la barandilla con delicadeza, puso un pie en el primer escalón y alargó el cuello para intentar ampliar su campo de visión. En la planta baja las luces permanecían apagadas. Bajó hasta el siguiente y, al girar, la cuerda chocó con el pasamano dejando un leve silbido metálico en el ambiente. Se apresuró a agarrarlo con fuerza para evitar que este siguiera vibrando.  Casi se le escapó un “mierda” de entre los labios y, para evitarlo, se tapó la boca con la otra mano. No podía hacer el mínimo ruido o el visitante lo descubriría. Se paró a escuchar. Tenía miedo de que lo hubieran descubierto. Pero obtuvo silencio como respuesta. Tras varios segundos de espera reanudó su descenso. Un escalón más y el sudor comenzó a invadir su frente. Otro más y el pijama se le pegó al pecho. Ahora le costaba mantener una respiración sosegada. Unos cristales que se multiplicaron cayendo contra el suelo no ayudaron a tranquilizarle. El visitante seguía allí. El chico, que había llegado al descansillo de las escaleras, pudo ver desde su posición la puerta abierta del salón y tuvo una idea. Iba a reanudar la marcha cuando, en el pasillo de la planta baja, se detuvo una sombra. Era enorme. Podría triplicarle en tamaño con facilidad y, fuera lo que fuera lo que estaba abajo, miraba en dirección al muchacho. Se pegó a la pared y aguantó la respiración para evitar emitir sonido alguno. La sombra seguía observando. El chico permaneció callado. En ese momento se dio cuenta de que el brillo de la cuerda podía delatarlo y bajó el brazo con lentitud para esconderla tras su torso. Transcurrieron unos segundos que parecieron no tener fin, el visitante miró hacia un lado y se marchó. El muchacho se despegó de la pared y volvió a respirar. En la palma de las manos se le había formado una masa mezcla del sudor y de pintura procedente de la pared. Escuchó unos pasos que se alejaban por el pasillo y supo que era su momento. La sombra estaba ya alerta y él debía actuar con rapidez. Aprovechó que no veía a nadie y bajó los escalones de dos en dos. Antes de darse cuenta se había sumergido en el pasillo. Agudizó el oído. El visitante hurgaba en la cocina. Cogió la cuerda y ató uno de los extremos a las barras de hierro que sostenían los pasamanos. Se giró y de un salto se adentró en el salón. Allí se acercó a la inmensa mesa de caoba que lo presidía e intentó anudar el otro extremo. En la cocina cesó el ruido. La sombra se había percatado de que algo no iba bien y se dirigía al pasillo. El chico lo sabía e intentó apresurarse. La cuerda, ayudada por la mezcla de pintura y sudor, se le escurrió entre las manos y cayó al suelo. Agarró el extremo, se levantó  y volvió a intentar anudarla. No le daría tiempo. El visitante ya estaba a la altura del salón. Era rápido. Mucho más que él. Era grande. Mucho más de lo que había visto desde el descansillo. La pata estaba a escasos centímetros. «Tan cerca y a la vez tan lejos» pensó. Entonces supo lo que debía hacer. Enrolló la cuerda sobre su muñeca, dejó la punta sobre la palma de la mano, la cerró y tiró  hacia él con todas sus fuerzas. Esta se tensó en el momento que el visitante llegaba a su altura. Iba tan rápido que no llegó a distinguirla. Tropezó con ella y cayó como si fuera un saco lleno de tierra. El chico dio un grito de dolor al clavársele la cuerda en el antebrazo y salir disparado casi medio metro en dirección al pasillo. Se levantó. Entre la oscuridad distinguió un cuerpo inmóvil. Había caído sobre los cristales que se habían desmenuzado minutos antes. En la planta de arriba se encendió una luz, se escuchó un armario abriéndose y a alguien que se dirigía hacia las escaleras. Era su madre.

No podía permitir que bajara y se encontrara cara a cara con el visitante. Podía ser peligroso para ella. Siempre lo había sido y no iba a permitir que ocurriera de nuevo.

Así que comenzó su ritual.

 Se incorporó como pudo. Tenía el brazo quemado y goteaba sangre pero no le importó. Primero, dejó que su presa lo viera por un lateral.

—Ah, eres tú. No sé qué ha pasado. Ven inmediatamente y ayúdame a levantarme —masculló el visitante al recuperar la conciencia.

Esto alimentó su curiosidad y se acercó con lentitud. Cuando estuvo a su altura comenzó a dar vueltas a su alrededor. Cada vez más y más rápido. La sombra, desesperada, intentó levantarse. El tobillo no le respondió y volvió a estrellarse contra el suelo.

—Esto no tiene ninguna gracia — dijo intentando incorporarse de nuevo.

—¿Qué ocurre? Montáis demasiado ruido — Ella descendía por el descansillo de las escaleras. Iba a verlo todo y seguro que acabaría pagando por ello. Cada noche ocurría lo mismo. No podía atrasarlo más. Debía hacerlo en ese mismo instante.

Se agachó y cogió un cristal del suelo. La sombra se incorporó un instante. La madre había alcanzado el pasillo. Estaba de pie. Se agarraba la bata y, avergonzada, intentaba tapar un lado de su cara para que su hijo no lo viera.

—¿Qué haces? —gritó —Sabes que tu padre siempre llega del bar a estas horas.

El chico la miró. Vio la parte amoratada de su rostro y se giró hacia la sombra a la que acababa de poner nombre.

—Papá… —suspiró con los labios a medio abrir, alzó el brazo y, antes de bajarlo repetidas veces, comenzó a cantar:

—Un elefante se balanceaba sobre la tela de MI araña…

Fer Alvarado

13 comentarios en “La Canción de la Araña

    • No sabía bien cómo afrontar esta historia y, la verdad, he tenido que dar casi tantas vueltas como la araña del relato para terminarla. Gracias por tan alentadoras palabras. Me animas mucho a seguir por este camino. Un abrazo y que tengas un excelente día.

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