Pasos de Cebra

Introducción

Cuando quiero desconectar del mundo, salgo a la calle, me coloco los auriculares y me pongo a pasear perdiéndome en el último album con el que esté obsesionado en ese momento. Camino intentando dejar la mente en blanco y cruzo las calles sumergido en la música dejándome llevar por lo que ésta me inspira. Un día, mientras recorría las calles de mi ciudad con los oídos llenos de melodías, observé a un señor que miraba dubitativo un paso de peatones. Parecía no estar seguro de cruzar cuando veía un coche acercarse o esperar a que éste pasara por el peligro que podría entrañarle. Y de esta mezcla de escuchar música y observar el mundo fue como surgió este relato:

Pasos de Cebra


El día era soleado y Daniel pensó en bajar la capota de su coche nuevo para disfrutar en plenitud de su viaje inaugural. Había ahorrado durante años para conseguir aquel modelo en concreto. Renunció a viajes con amigos que sobrepasaran los límites de su provincia, a fiestas que alargan la noche y acortan la tarjeta de crédito y a cenas románticas en restaurantes que no olieran a aceite quemado y mayonesa agria. Pero todo el esfuerzo había merecido la pena. Aquel coche ronroneaba bajo sus manos, se deslizaba en cada curva como la danza firme y elegante de una bailarina clásica.

Ensimismado en las subidas y bajadas de notas que entonaba su vehículo recién adquirido al cambiar de marcha, no se percató que estaba entrando en una zona residencial. Pasó una curva cerrada y se encontró en una recta larga en la que se veían más badenes que viandantes. No se veía pasear a nadie por aquella calle solitaria, ni siquiera se llegaba a escuchar el reír de niños que jugasen en algún parque cercano, ni ladridos de perros juguetones. Sin ruido alguno que lo tapase, la melodía del coche de Daniel sonaba con una fuerza que dejaba el eco de aquel canto de engranajes marcada en el viento.

Desvió la mirada de la carretera para deleitarse con las redondeces del interior de su vehículo. Acarició el salpicadero suavemente mientras seguía con sus dedos el ritmo del motor con un ligero y cariñoso tamborileo. Estaba en este viaje interior hasta que la manecilla del cuentakilómetros le avisó de que la velocidad era excesiva para aquella carretera.

Levantó la vista y terminó de despertar al percatarse de que en el paso de peatones más cercano un señor estaba esperando para pasar. Era elegante como lo eran los señores de antaño, vestía una gabardina gris que le llegaba hasta los pies y un sombrero de pico redondeado a juego que dejaba pendiente de duda una posible calvicie. Tenía la tez rosada y un espeso bigote le tapaba los labios. Daniel redujo tan rápido como pudo, las marchas fueron cayendo una tras otra hasta dejar la fantástica canción de su motor en un pequeño ruido molesto como si éste fuera un acorde fuera de escala.

El hombre del sombrero miró a Daniel, le sonrió y le hizo un gesto con la mano para decirle que pasara. Él le miró boquiabierto, había interrumpido la melodía más bonita que un ser humano hubiera escuchado jamás para que un señor chapado a la antigua, de sonrisa bobalicona no supiera si iba o si venía. Pisó un par de veces el acelerador para engancharse de nuevo al ritmo perdido. Metió primera y aceleró. Empezó a temblar al notar el cosquilleo en el volante que provocaban las revoluciones del vehículo. Aquel iba a ser el segundo acto de su ópera particular y la obra no estaba haciendo más que mejorar.

Trazó una curva sin apenas variar de velocidad. Se sentía como un bailarín que hacía sus mejores trucos y piruetas mientras se fusionaba con el asfalto. El coche terminó de girar, de nuevo se encontró una larga recta, de nuevo un paso de cebra y de nuevo un señor de sombrero redondeado y gabardina esperando.

Esta vez no estaba dispuesto a estropear su obra, seguramente aquel hombre tampoco querría pasar. No iba a volver a desafinar ni a despegarse del metrónomo que le pedía ese segundo acto. Miró al hombre de la gabardina y pisó el acelerador. El hombre dio un paso hacia la carretera. Daniel no lo vio, notó un golpe metálico y unos pequeños arañazos en la parte trasera de algo que comenzaba a alejarse.

Ese sonido seco fue para él como un tambor que marcó su cambio de tempo,  un sonido que le pedía una nueva aceleración para poder terminar su obra por todo lo alto. De nuevo un giro, un cruce, una rotonda que completó dos veces para no interrumpir el in crescendo en el que se encontraba. Salió de la rotonda con el pecho lleno de compases y notas que se duplicaban en el momento álgido de su partitura.

Llegó a una larga recta, el pie de Daniel pisó el freno hasta prácticamente traspasarlo y tocar la alfombrilla de su coche. Se detuvo dejando una pausa incómoda en su canción, un silencio que empezó a alargarse demasiado. En frente había un paso de cebra, dos pasos, tres; y en todos ellos, un señor elegante como eran los hombres de antaño con gabardina gris hasta los pies y sombrero de pico redondeado a juego haciendo gestos con la mano señalándole que continuara su viaje.

Fer Alvarado

3 comentarios en “Pasos de Cebra

  1. Me imagino sentada en mi coche y te juro que describes la Avenida de la constitución de mi pueblo llena de plazas y badenes … falta el señor del sombrero y la gabardina pero… poco más. Genial, como siempre

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  2. Pues por eso te digo que me siento dentro de tu relato, porque hay tantas plazas y pasos de cebras que es como estar dentro de un bucle: rotonda, recta, paso de peatones, rotonda, recta, paso de peatones, y así, hasta 4,5 km… En ocasiones pienso que el Alcalde compró las rotondas al peso, es exagerado jaja

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