Compartimentos

Introducción:

Acaba de ocurrirme con este relato algo que, hasta hoy, nunca me había pasado. Normalmente las historias más cortas que escribo las comparto vía privada en el estado de mi Whatsapp o en Facebook. Así que después de escribir este relato decidí subirlo a estas plataformas. No pasaron más de diez minutos y varios amigos me escribieron diciéndome que no sabían qué estaba mal y si necesitaba algo. Extrañado, les pregunté por el motivo de sus preocupaciones y me contestaron que era por el relato. Así que tuve que aclarar que se trataba de una historia de ficción que no tenía nada que ver con mi estado anímico y que, por lo tanto, me encontraba perfectamente. Agradeciendo anteriormente, y por supuesto, la preocupación mostrada.

Eso me lleva a plantearme la línea que separa la voz del narrador de sus personajes. Es cierto que todos los que intentamos escribir tomamos cierta inspiración de la vida real y del momento en el que, emocionalmente, nos encontramos. Pero de ahí a ser los protagonistas absolutos de nuestras historias pienso que hay una enorme diferencia. Personalmente tomo prestadas situaciones o experiencias vividas para escribir pero no me gusta llevarlas de manera literal al papel. Siempre las deformo, les doy un toque fantástico y, en muchas ocasiones, humorístico. En resumen, me gusta contar o hablar sobre la realidad pero alejándome de ella.

En esta historia he hecho exactamente eso pero, eso sí, desde una perspectiva algo más oscura. Simplemente por experimentar y por ver el tema de los monstruos interiores y su aceptación (prácticamente el leitmotiv de mi blog) desde otro punto de vista.

Así que quiero aclarar que este relato NO tiene nada que ver con mi estado anímico. Me encuentro muy bien y con ganas de seguir escribiendo y creando relatos. Muchas gracias a los que os habéis preocupado.

Por último, os dejo por aquí el enlace a mi relato «Limpieza General» que pienso funciona como díptico junto a este relato y tiene un tono mucho más humorístico y amable.

Muchas gracias siempre por leerme. Feliz día y felices lecturas.

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El sonido proveniente del armario llevaba días incomodándome. Era un repiqueteo constante. Como si fuera una gota de agua que escapa de un grifo a medio abrir. Cada vez que entraba en mi cuarto comenzaba a sonar incansable para cesar en el instante en el que salía de la habitación.

Cansado de aquel martilleo, decidí abrir las puertas y conocer al causante de tal alboroto. No pude disimular mi sorpresa al encontrarme a mi monstruo interior agazapado en un rincón del armario. Estaba jugueteando con los botones de unas camisas como si fuera un felino falto de atención. Al verme cesó sus actividades y, mirándome con ojos vidriosos, habló:

—¿Sabes cuánto tiempo llevo aquí encerrado?

—No el suficiente —contesté  —. Creí que habías desaparecido de mi vida y mírate. Aquí sigues sin haber cambiado un ápice. Tan miedoso e inseguro cómo siempre.

—Tú tampoco has cambiado. Vas por ahí pensando que superas tus inseguridades y, a la mínima duda que te surge, la sacas de tu cabeza y la enjaulas. Somos tantos aquí que pronto tendrás que ampliar tu guardarropa.

Harto de escucharle hablar saqué un láser que guardaba en el bolsillo y lo apunté contra la pared del armario. Él, poseído por su instinto infantil, detuvo su discurso e intento cazar aquel halo de luz. Aproveché el momento para cerrar las puertas, quitar la llave y lanzarla por la ventana. Acababa de perder un puñado de camisas y algún que otro pantalón que aún sostenía mi creciente barriga pero también me quitaba de en medio a mis monstruos por un tiempo. Puestos en una balanza merecía totalmente la pena.

—Esta no es la solución —comenzó a gritar el ser que había vuelto a encerrar —. Tarde o temprano tendrás que aceptarnos. ¡Acéptanos!

Salí de mi habitación a toda prisa dejando el eco de un portazo vibrando en el aire. Tras de mí las palabras de mi monstruo me perseguían. «Acéptanos, acéptanos»; bajé las escaleras de tres en tres en dirección a la cocina. «Acéptanos, acéptanos»; aumenté la velocidad intentando dejarlas atrás, abrí un cajón y saqué un bote de aspirinas. «Acéptanos, acéptanos»; llené un vaso de agua e ingerí tres píldoras de un trago. Noté como se apilaban a la entrada de mi garganta e incrementé la cantidad de agua consiguiendo así que desfilaran en dirección a mi estómago. En mi cabeza las palabras comenzaron a adormecerse gracias al efecto de las pastillas. Así logré sacarlas de mi mente aposentándolas en la palma de mi mano. No eran tan grandes como el monstruo de mi armario. Parecían pequeñas e indefensas pero eran ruidosas como ellas solas. En la piel tenían escrito su nombre: «remordimientos». Comencé a pasear por casa buscando un lugar para encerrarlas pero me di cuenta de que apenas me quedaba sitio. En la nevera había un enorme candado con «ansiedad» aislada dentro. La televisión estaba descolgada dentro de su caja con «soledad» haciéndole compañía y los espejos de casa estaban cubiertos cada uno con una manta y un «complejo» distinto atado en su interior.

Miré hacia mi mano. Los remordimientos estaban aumentando de tamaño por segundos pero no tenía un lugar seguro en el que silenciarlos. Empezaban a cubrir mis dedos y mi muñeca así que hice lo único que se me ocurrió: abrí la ventana y los lancé a la calle. No pude cometer mayor error. Crecieron, se multiplicaron al tocar el aire y rodearon la casa esperando mi salida.

Ahora, no voy a ninguna parte temeroso de que ellos me aborden; no tengo ropa que ponerme ya que mi armario está cerrado; sufro al entrar al baño por si un espejo se desprende y aunque el hambre me consuma no quiero enfrentarme a lo que he escondido en la nevera.

No me ha quedado más remedio que encerrarme en el cuarto de invitados pero, aún así,  las voces no cesan. Me tapo los oídos e intento no escucharlas pero me han rodeado por completo.

—Te queda algo por expulsar —me susurran a través de las paredes —. Saca de ti a «orgullo» y todos  los demás tendremos hueco.

No, todo menos eso. Es el único que no me hace pensar ni plantearme nada. Ni me fuerza ni me contradice. ¿Cómo voy a apartar de mi vida a alguien así?

Acabo de escuchar ceder la puerta del armario. Creo que mi monstruo ha escapado y está liberando al resto.

—No los escuches. Tú llevas toda la razón. Ellos ni siquiera te conocen cómo van a saber lo que necesitas—. «Orgullo» me habla. Solo dice frases cortas pero son las que quiero oír.

En el exterior siento pisadas ascendiendo por la escalera. Se acercan a la puerta y la golpean con fuerza. No sé cuánto tiempo aguantará pero, aunque la traspasen, no pienso aceptarlos en mi vida. 

Los goznes ceden y la habitación se llena de sentimientos que intento esquivar. Cierro los ojos y me lleno de orgullo.  No pienso mirarlos. Para mí nunca han estado ahí. Lo mejor será que duerma y los olvide; que me sumerja en sueños que esquiven lo que me rodea. Consigo abrazarme al subconsciente y empiezo a caer en sus proposiciones oníricas. Me deslizo por sus pendientes y llego hasta donde quería llegar: a tierra de nadie. Estoy dormido pero no sueño. He sacado tanto de mí que ni siquiera soy capaz de hacerlo. A mi espalda noto como algo me ha seguido por la pendiente. Me doy la vuelta y lo miro: es una piedra. En seguida cae otra más; la avalancha cesa un momento y se desprenden varias. Pronto estalla una tormenta de rocas que, al caer a mi alrededor, se apilan unas junto a otras formando palabras que llevo tiempo intentando no escuchar pero, en ese momento, aislado en mi propios pensamientos, no tengo más remedio que leerlas:

«ACÉPTANOS, ACÉPTANOS, ACÉPTANOS»

Fer Alvarado

11 comentarios en “Compartimentos

  1. Muy buena y aunque no lo sea; onírica entrada!! Todos sin excepción, tenemos muy cerca nuestros propios demonios, a los que solo podemos controlar a través de la concentración de nuestra mente. De lo contrario, seriamos Mr. Hyde y el Dr. Jekyll… Ahora bien; supongo que tus amigos habrán creído que repentinamente sufrías una patologia psicópata; y han ido a tu búsqueda. Eso; como corolario te confirma que tienes muy buenos amigos. Un abrazo.

    Le gusta a 1 persona

    • Totalmente de acuerdo, de onírico no tiene nada. Le añadí el subtítulo para tranquilizar a los que me habían llamado para que vieran que era un relato irreal. En cuanto a los demonios pienso igual que tú. Creo que es mejor tenerlos cerca para controlarlos y saber qué son y por qué están ahí. El encerrarlos nos sirve más bien de poco o, mejor dicho, provoca que llenemos nuestra cabeza de emociones sin resolver.
      En cuanto a lo de los amigos, lo cierto es que me sentí con suerte al ver que la gente me escribía. Me resultó curioso que tomasen ficción por realidad pero tengo mucho que agradecer que tenga personas cerca que se preocupen por la poca salud mental que me queda jajaja.
      Espero que todo te esté yendo genial amigo. Un fuerte abrazo y feliz semana.

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  2. A mí me ha pasado más de una vez que mis amigos interpretan que yo soy la protagonista de alguna historia que cuento, aunque esté muy lejos de la realidad. Y, por otro lado, han pensado que era algo ficticio cuando conté alguna anécdota totalmente real…
    Todos tenemos nuestros propios monstruos, encerrados y libres.
    Genial relato. Ambos.
    Un abrazo

    Le gusta a 2 personas

    • Entonces nos ha ocurrido exactamente lo mismo. Tengo relatos muchos más personales en el blog que nadie ha pensado en que fueran sobre mí y, sin embargo, con esta historia me han bombardeado a mensajes preocupándose por mí.

      No sé si te habrá pasado a ti también pero, he llegado a cambiar algún personaje de mis historias de género para que no se confunda con conocidos de la vida real. Parece que nuestros amigos y lectores buscan las similitudes entre nuestra vida personal y la literaria. Esa es una de las razones por las que me gusta vestir mis historias de humor y fantasía, a ver quién es capaz de desvestirlas y saber qué es real y qué no.

      Muchas gracias por leer estas dos historias. Espero que hayas empezado la semana de forma fantástica. Un fortísimo abrazo.

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      • A mí me gusta esa ambigüedad que pueden provocar los textos o relatos. Y hay infinitas posibilidades de interpretación. Unos acertarán con el fondo de la cuestión de lo que hemos imaginado al escribir, otros ni se asomarán. Ahí está la gracia. Es maravilloso esto…
        Feliz semana, Fer.

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    • Pienso que somos quiénes somos por nosotros mismos y por nuestros monstruos. Forman parte de nosotros y, hasta cierto punto, moldean parte de nuestra personalidad, De ahí que, como bien dices, sea necesario aceptarlos y ser conocedores de su existencia. Es el encanto que tiene nuestra imperfección.

      Muchas gracias por tan interesante comentario. Me has hecho reflexionar. Espero que todo que todo te esté yendo genial. Un fuerte abrazo.

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  3. Este no lo había leído y me ha gustado mucho. Miedos, traumas, obsesiones, inseguridades, monstruos interiores que encerramos en el lado oscuro o allí donde no molesten. Pero, tarde o temprano, si no nos enfrentarnos a esos monstruos se vuelven invencibles y acaban con nosotros. En esa batalla dejaste al protagonista del relato. Y esa alarma que provocaste en tus allegados, pone de manifiesto la pericia narrativa del autor. Empatizaron con el cuarto oscuro de tu personaje porque conocen las penumbras del suyo.

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