Una pizca de sal 2.0

Introducción:

Subí este relato al blog hace unos días y no me llegaba a convencer. Sin embargo, cuando lo escribí, me sentía satisfecho del resultado. Fue a las pocas horas y después de varias relecturas cuando noté que algo le faltaba. Sentía que la idea inicial me había gustado mucho y que no le estaba sacando todo el juego que merecía. Así que, hice algo que nunca había hecho hasta ahora: borré la entrada del blog y rehíce la historia por completo.

En muchas ocasiones he estado tentado a hacer algo así pero, muchas veces, me entraba miedo de empeorar la historia en vez de mejorarla. Pero esta vez he intentado experimentar y, lo cierto, es que me siento medianamente satisfecho con el resultado.

Espero que disfrutéis de esta aventura vecinal y, si habéis leído la versión anterior, me comentéis cuál preferís para saber si el experimento ha acabado siendo satisfactorio o no. Besos y abrazos para todos y que paséis un gran día.

Una pizca de sal

Pedir sal es una gran forma de entablar conversación. Al principio comencé a hacerlo por sociabilizar. Acababa de mudarme a un barrio en las afueras de la ciudad y, como toda mi vida me había costado conocer gente nueva, lo acabé haciendo por costumbre. Cogía mi vasito de plástico y visitaba a cada uno de mis vecinos pidiéndoles una ración, una pizca, un puñado, una cucharadita, una miaja, un montoncito… Las formas de decirlo son infinitas. Y, para mantener una buena charla, es muy importante no repetirse. Incluso busqué en un diccionario de sinónimos para no ser redundante en mis demandas.

Lo que me sorprendió, fue lo agradecida que es la gente cuando se le escucha. La mayoría de mis vecinos comenzaron a abrirme sus puertas sin preguntarme qué quería. Me invitaban a pasar y a sentarme en sus sillones atiborrándome de galletas, cafés y chocolates para pasar pronto al siguiente nivel con cervezas, embutidos y patatas fritas. Pero eso era lo único que hacían, hablar, hablar y, aunque estuvieran masticando, seguían hablando. 

Había momentos en los que podía ver los trozos de comida bailando dentro de sus bocas. Sus dientes manchados, algunos con restos a los que habría que hacerle la prueba del carbono catorce para saber cuánto tiempo llevaban agarrados a sus molares. Otros, con caries incipientes que se escondían avergonzadas de su existencia tras el bolo alimenticio.  Y aun así, con ese ecosistema propio viviendo en sus paladares, no paraban de parlotear contándome una y otra vez las mismas historias.

 ¿Tanto tenían que decir? ¿Es que solo querían escucharse a sí mismos? Yo intentaba aprovechar los escasos instantes en los que el silencio se apoderaba de la sala pero, en seguida soltaban el típico “parece que ha pasado un ángel” y volvían a sus aburridos recuerdos. Llegué a pensar en hacerles un regalo a cada uno de ellos: un diccionario de sinónimos y antónimos como el mío. Tal vez así enriquecerían su lenguaje, limpiarían sus bocas de aperitivos a medio triturar y se dedicarían a construir charlas más interesantes. Aunque éstas fueran sobre gramática y sobre la riqueza lingüística del castellano. Cualquier cosa mejor que volver a escuchar otra historia sobre la mili, bodas en blanco y negro y viajes que nunca llegaron a realizarse.

Estaba claro que mi plan no era perfecto. Algo tenía que modificar. Sí, había conseguido que me diesen la merienda y que me invitaran a probar sus bizcochos experimentales pero yo, también quería hablar. Como todo ser humano, necesito expresarme y prefiero estar solo a tener mi oído colocado en el botón de escucha permanente.

Lo que no sabía era que pronto me iba a llegar esa oportunidad.

Hace unos días, por la tarde, mi estómago empezó a suplicar por comida y bajé a la cocina. Solo tenía sal. Había engordado en el último mes cuatro kilos y lo único que tenía era sal. Observé los vasitos colocados encima de la encimera. Los ordeno por portales, por la comida que suelen ofrecerme y por el tiempo que llevo sin acercarme a cada apartamento. Me fijé que el vaso asignado al sexto B estaba casi vacío. Así que lo cogí, salí de casa y me dirigí al ascensor. Le di al botón y mientras esperaba me toqué mi creciente barriga.

—Será mejor que suba por las escaleras —dije suspirando antes de acometer las cuatro plantas que me separaban de mi nueva remesa de sal.

Cuando iba por el quinto piso, escuché unos golpes descender por las escaleras. Cristales que se quebraban, puertas que se abrían con excesiva fuerza y un intercambio de reproches entre los que logré entender una única frase:  

—Suelta eso ahí mismo y salgamos corriendo de aquí.

El ascensor comenzó a ascender, me adelantó y se paró en la sexta planta. Me quedé quieto esperando algún movimiento. Era un bloque familiar, muy tranquilo y aquella situación era toda una novedad. Me sequé el sudor en el mismo momento que el ascensor comenzó a descender. Al ver que todo volvía a la normalidad respiré y continué con mi camino.

En el rellano había ropa, un encendedor, una cartera vacía y cristales rotos. Todo parecía provenir del apartamento al que me dirigía. Comencé a andar con lentitud, no había ningún ruido alrededor. Era como si todos los vecinos de aquella planta se hubieran marchado y solo estuviéramos aquellos objetos diseminados por el suelo y yo. Seguí avanzando, la puerta del sexto B estaba entreabierta. Decidí no pensarlo más, coloqué la mano sobre el pomo y empujé. Me encontré un mueble en la entrada con los cajones abiertos y vaciados. Miré al suelo. Los cristales, como si fueran migas de pan, formaban una hilera que me indicaba el camino a seguir. Di un paso. Pisé un vidrio que se había apartado de sus compañeros y el silencio se quebró. Alentada por aquel  sonido, una voz me llegó a borbotones desde el salón.

—A-yuuu-da.

Esquivé como pude aquel río vidrioso y seguí aquella súplica. Me topé con una puerta acristalada  que, agrietada en ángulos filosos, había conocido tiempos mejores. Se podía ver a través de ella. Me asomé apartándome de las aristas y fue entonces cuando lo vi. Manuel, el dueño del apartamento, reposaba sobre un charco de sangre con un profundo corte en el cuello.

—San-ti, avisa a la po-licía —balbuceó mientras señalaba con la mano el teléfono de casa.

Alcé el antebrazo y me acerqué al pomo de la puerta. Pero tenía el puño cerrado. Mi cuerpo parecía querer decirme algo que mi cabeza no llegaba a entender. “¿Tanto tienen que decir? ¿Es que solo quieren escucharse a sí mismos?” El pensamiento cruzó mi cerebro como una exhalación. Aquella sí sería una gran historia. Un asalto, un vecino en apuros y un héroe de la calle que lucha por salvar al desamparado. Se acabarían los relatos repetitivos. Yo sí iba a tener algo interesante que contar.

Durante mi vida había leído hasta el hartazgo novelas de suspense y sabía qué debía hacer a continuación. Toda buena historia necesita un cadáver. Así que, bajé el brazo y me quedé observando el tembloroso cuerpo de Manuel. En su mirada algo cambió. Se había dado cuenta de que no iba a mover ni un músculo por él. Pero, aún así, no despegaba los ojos de mí.  Sus ojos parecían dos diminutas bolas de billar que comenzaban a perder su color. Y en aquella mirada sentí frustración, rabia, ira y, al final, abandono.

Un último aliento salió de su cuerpo. Desde mi posición me cercioré de que no respiraba. Su pecho estaba inmóvil. Me di la vuelta para salir de allí lo más rápido posible pero, al pasar por la cocina, vi sobre la encimera varios granos de sal y un paquete abierto. Me acerqué y llené parte del vaso. Conseguir sal gratis se había convertido en costumbre y no podía dejar pasar una oportunidad como esa.

Llegué a casa y llamé a la policía para alertarles de lo ocurrido. Las sirenas cruzaron las calles escoltadas por curiosos que comenzaban a poblar los balcones. Me llevaron a comisaría y me interrogaron durante horas. Pero tenía todos los ingredientes de mi coartada preparados. Así que, me remangué, liberé mis muñecas para demostrar que no ocultaba nada y comencé a hablar:

—No lo toqué en ningún momento. Cuando llegué, ya estaba muerto. Lo único que yo quería era un poco más de sal.—Levanté el vaso a medio llenar para corroborar mi historia, tragué saliva y dejé una pausa antes de continuar—.  Manuel siempre daba lo poco que tenía. Seguro que si esos malnacidos hubieran ido de buenas él no se hubiera resistido. Era la mejor persona de todo el edificio. —Había condimentado con sensiblería mis palabras. Eso siempre funciona. Además, cocí a fuego lento un par de aspavientos de manos, le agregué unas lágrimas y lo mezclé todo con una mirada dirigida al infinito. La declaración me había quedado en su punto exacto.

Como ocurre en estos casos, lo más obvio se acaba escapando y me creyeron. Salí libre de toda sospecha y el alba me acompañó de vuelta a casa. En el portal, un destacamento de periodistas afilaban sus plumas para atacarme con sus preguntas. Mis vecinos estaban con ellos y apenas distinguía a unos de otros. Llevaba toda la noche sin dormir pero, aún así, me detuve a contestar sin dejarme ni un detalle. Y  todos me escuchaban. El silencio  me  rodeaba mientras mis palabras rociaban sus libretas y su imaginación. Ni una interrupción, ni un pero, ni siquiera un “perdona, no te escucho, ¿puedes hablar más alto?” Para ellos era un héroe, era el vecino ejemplar y, sobre todo, un pobre chico que sufría por haberse topado con tan traumática  situación. Y yo, disfrutaba como nunca.

Como colofón me inundaron de flashes. El calor de los focos provocó que el sudor floreciera en mi frente. Alcé el brazo y, en un gesto instintivo, lo sequé con el dorso de la mano. Aún sujetaba el vaso. Respiré hondo para regalar mi mejor pose, una pizca de sal se coló por mis fosas nasales y tosí. Lo hice con tanta fuerza que el contenido del vaso salió volando. De nuevo estallaron los flashes pero, ahora, no me los dedicaban a mí. La sal se había amontonado en la acera y un cristal manchado de sangre coronaba su cima. Había encontrado el arma homicida. Estaba escondida en el paquete de la cocina, después pasó a mi vaso y, en ese momento, me fotografiaban con ella. Comenzó a llover y aquel montón de salitre se diluyó igual de rápido que mi declaración.

Creo que fue entonces cuando las cámaras cesaron su baile, los halagos de los vecinos se silenciaron y las sirenas volvieron a hacer acto de presencia. Me quedé mirando los restos de aquel condimento que acababa de inculparme. Estaba tan feliz que no podía dejar de sonreír. Por fin, tenía una gran historia que contar.

Fer Alvarado

34 comentarios en “Una pizca de sal 2.0

    • En la versión anterior que hice comentábamos sobre lo interesante que es dejarse llevar cuando escribes y ver hacia dónde te lleva la historia. Y, mira por dónde, me he desdicho de todo y la he reescrito por completo.

      Tenía esa sensación de que estaba dejando escapar muchos matices y creo que volver a afrontarlo ha sido la mejor opción. Como casi todo en la vida, es mejor buscar el punto medio entre improvisación y análisis.

      Muchas gracias por comentar, por tu apoyo y por dejarme tu opinión. Siempre es un placer verte por aquí. Un gran saludo.

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    • A veces peco de impulsivo y lanzo a volar historias con alas rotas antes de tiempo. Al menos tenía esa sensación con esta historia. Así que he decidido cambiarle el enfoque y, por lo que comentas, parece que le ha venido bien este lavado de cara.

      Me alegra mucho que te haya gustado. Gracias por releer esta historia y dejarme tu opinión sobre la misma. Un gran abrazo.

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  1. Sin duda, Fer, esta versión es mucho mejor. Menudo vecino… no quisiera tenerlo en mi bloque, y menos, si me pasa algo. Quería sentirse protagonista, ser el héroe, alguien a quién escuchar sin interrumpir. Pues vaya que sí lo consiguió!! A costa de su propia libertad. Muy bueno, te engancha y es muy fácil de leer. El ritmo es rápido y el final… perfecto. A veces es mejor rectificar, sobre todo, si no te sientes a gusto con tu propia creación.

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    • Lo más inquietante de todo esto es que realmente nunca sabemos qué vecinos llegamos a tener y cómo estos reaccionarían ante ciertas situaciones. Yo por si las moscas no tengo demasiado trato con ninguno y mucho menos le abro la puerta a alguien sin asegurarme de quién es.

      Hay veces que es mejor dar ese paso atrás e intentar mejorar las cosas. Ya sabes que soy muy impulsivo escribiendo y, en ocasiones, tengo la sensación de que algunas de mis historias podían haber dado más de sí. Con este relato no he querido tener esa sensación y he preferido cambiarlo y no arrepentirme. Me alegra mucho que te guste esta historia, al final me estás ayudando en lo de trabajar más los textos. Un abrazo grande y muchas gracias.

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  2. Buenísimo. Me ha encantado. Aunque me quedo con las ganas de saber si ha mejorado al primero porque no lo había leído. Pero te diré que eres muy valiente por haberlo borrado. Yo no me atrevo, y eso que siempre que leo algo que escribí con anterioridad pienso que le falta algo… pero lo dejo ahí para recordármelo y aprender.
    Un abrazo, Fer.

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    • Ya no tengo el anterior porque escribí encima si no te lo hubiera pasado. Normalmente suelo guardar todos mis escritos y versiones pero aquí como me dio el instinto de cambiarlo ni lo pensé siquiera.

      Pues es la primera vez que he hecho esto. Tengo relatos en el blog que los leo y a día de hoy les cambiaría muchas cosas. Pero me pasa como a ti, los dejo así para ver la evolución y aprender de los errores. Pero en este caso es que tenía demasiado claro que le podía sacar más al relato y me lancé. Por ahora el cien por cien de los que leyeron ambos me han dicho que este es bastante mejor. Así que parece que sin que sirva de precedente, acerté en cambiarlo jaja.

      Un abrazo y gracias por leerlo.

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  3. Hola, Fer. No sé como era el otro, pero este es buenísimo

    Nos pones en situación muy rápido y haces que sea muy fácil seguir la historia.
    Me has creado intriga desde el principio y el final, no me lo esperaba, la verdad.
    A partir de ahora, que mis vecinos se vayan al Mercadona a por la sal o lo que quieran. Ja, ja, ja.

    Resumiendo… me ha encantado. Ah, disfruto mucho con tus escritos.

    Un abrazo, Fer.

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    • Hola y buenos días. El primer relato era la mitad en extensión de este y creo que le faltaban muchas cosas. Es la primera vez que borro una entrada y reescribo un relato pero creo que, en este caso, fue un acierto dar ese paso.

      Recuerdo que cuando era niño sí se pedían más cosas entre vecinos, ahora ya no se hace tanto y con mi ligero punto asocial casi lo agradezco jaja. Además si vienen dos veces seguidas a pedir sal ya sospecharía.
      Muchas gracias por todas las palabras que le dedicas al relato. Mis intenciones eran las que comentas: giro inesperado, ritmo, cambio de tono a mitad del relato,… Así que me alegra mucho que me digas que funciona.

      Muchas gracias por pasarte también por aquí. Un fuerte abrazo.

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  4. Muy buen relato, muy sólido, Muy bien dosificado y se lee con interés creciente hasta la resolución final, pasando por etapas intermedias intrigantes igualmente sólidas. Es cierto que mucha gente necesita hablar, incluso parece que no les interesara otra cosa. El protagonista también necesita hablar, no solo rellenar su vasito de sal. Pero creo que le pudo al final, su propia vanidad y por ello pagó un alto precio. La escena de cuando entra en el 6B es sumamente inquietante, en su búsqueda de una historia que le permitiera protagonismo. Me ha gustado mucho. Yo en mi casa, conozco a varios vecinos, pero es verdad que en muchos casos no sabemos más allá de un saludo. Y quién sabe, tal vez, alguna vez, me han pedido sal….
    Excelente Fer, un placer leerte. Un abrazo.

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    • Durante mi vida he conocido a multitud de personas de las que comentas, parecen que no les interesa mantener una conversación y solo desean montar un monólogo interminable. A mí estas personas me agotan muchísimo. Y en parte quise montar este relato en torno a ellos. Gente que hace cualquier cosa por hablar sin importarle nada más.
      Cuando vivía en Madrid me pasaba como a ti, a los vecinos apenas los conocía y creo que ni siquiera llegamos a intercambiar sal. Lo cual me tranquiliza viendo los resultados que puede llegar a tener.
      Me alegra mucho que recalques las partes inquietantes con la idea del relato. En parte estoy buscando un estilo en el que mezclar los géneros que me gustan y con tu comentario me animas mucho a seguir experimentando.
      Muchas gracias por leer el relato y por tu muy acertado comentario. Siempre es un placer verte por aquí. Un gran abrazo.

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    • Lo inesperado es lo que, muchas veces, desbarata los planes y pone a cada uno en su lugar. En este caso un simple estornudo.

      En mi caso es la primera vez que reescribo un relato tan en profundidad. Pero no me sentía para nada a gusto con la historia. Estaba tan convencido de que tenía que afrontarla con otro enfoque que no pude resistirme a cambiarla. Y lo cierto es que quedé bastante satisfecho con el resultado final aunque, siendo sincero, reescribir es algo que me agota mucho más que crear algo desde cero.

      Muchas gracias por pasarte y leer esta historia desde todos los ángulos posibles. Un gran saludo.

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    • El anterior relato era bastante más corto y al releerlo, no sé si te habrá pasado con tus escritos, lo notaba frío y que algo le faltaba.
      Nunca he reescrito ninguno de mis textos pero esta vez estaba convencido de que debía cambiar algo y que la historia daba mucho más de sí.

      Me alegra que te haya gustado el relato. Ha sido una historia de esas que se suda para sacarla a la luz pero la experiencia ha sido gratificante. Un saludo y muchas gracias por leerlo y comentar.

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      • Cada vez que veo un relato antiguo le doy una pequeña vuelta. Creo que es bueno el ver que se aprende y se mejora con el tiempo y que se ven fallos que antes no se veían. En general, no me gusta retocar demasiado textos antiguos pero, de vez en cuando, no es mala opción ver lo que pueden dar más de sí con el paso de los años.

        Mucha suerte con esa reescritura y espero poder leer las versiones antigua y nueva de cada uno. Un saludo.

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  5. Pingback: Una pizca de sal 2.0 — Sobre Monstruos Reales y Humanos Invisibles – Soy Peter Navarro

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