Los Pequeños Héroes

Introducción:

La de hoy va a ser una entrada diferente a lo que suelo subir al blog. Y como todo lo diferente tiene su historia: hace cuestión de un mes una buena amiga me propuso escribir una pequeña obra sobre el coronavirus para que fuera reprensentada vía online por los niños del colegio público “El Sauce” de Chauchina (Granada). Para los que habitualmente me seguís sabéis que no suelo escribir literatura infantil precisamente pero lo vi como una oportunidad de aportar mi granito de arena para ayudar a pequeños y mayores a sacar una sonrisa y a afrontar de manera más amena esta “extraña” situación en la que nos encontramos.

Al final este relato se ha convertido, gracias al esfuerzo y la ilusión que han puesto niños, padres, madres y mi amiga Mari Ángeles que hizo la edición y el montaje de las fotos, en un pequeño libro en el que se ha intentado mostrar que la unión, la esperanza, la inocencia y la fuerza de nuestros pequeños héroes nos dan ese empujón necesario que nos hace más fuertes. Ese empujón extra con el que conseguiremos vencer a ese “maldito” virus, salir hacia adelante de esta situación y que, al vencerlo, a todos nos enseñará a ser mejores.

He introducido en el texto algunas fotos mostrando el resultado final del cuento que espero disfrutéis. Y antes de dejaros con el relato, me gustaría dar las gracias a todos los que intentan ayudar a hacer estos días más divertidos, más amenos, más normales. A todos los que arriman el hombro, se ofrecen a ayudar a hacer la compra, a charlar desinteresadamente con gente desconocida para animarlos y, en definitiva, a aportar en la medida que cada uno puede demostrando día a día que no queremos dejar a nadie solo en estos “extraños” días .

Los Pequeños Héroes:

En el colegio nunca paramos de inventar, de jugar, de aprender y de hacer todas estas cosas a la vez. Salimos al patio y corremos unos detrás de otros sin parar; convertimos el suelo en lava y no lo podemos pisar; nuestras mesas son castillos en los que si queréis entrar, la palabra secreta debes recordar. Los profesores nos ayudan, nos enseñan y nos alegran de verdad. Porque en el colegio además de aprender, nos enseñan a ser fuertes, a crecer y a ser héroes para el mundo y para nuestra familia que nos va a necesitar.

Pero un día en el que el Sol brillaba, calentaba y nos hacía sudar, vinieron  nuestros padres a recogernos con cara seria y lento caminar:

— Mañana al colegio no volverás— me vinieron a contar—. A partir de ahora con nosotros en casa te  tendrás que quedar.

Cuarentena lo llamaron y  lo quisieron explicar.

— No hace falta que lo expliques — contesté–. En el cole, hasta más de cuarenta me enseñaron a contar.

Nuestros padres sonrieron, esa cara triste y seria cambiaron y la dejaron atrás.

— Un malvado virus nos busca y, para que no nos encuentre, debemos estar en nuestro hogar, ya que si nos coge, a todos nos hará enfermar. Pero el estar en casa puede ser divertido, será una gran aventura y estos días entre todos los vamos a aprovechar.

Han pasado algunas semanas y hoy a la ventana me he ido a asomar. Fuera hace Sol, mucho sol, es un día tan soleado que ni las hormigas se atreven a pasear por la calle y buscan la tierra para andar y sus recados realizar. ¿Tanto calor le hará daño a ese malvado virus que anda con su corona por las calles y en casa nos obliga a estar?

Porque, ¿qué hago aquí dentro?, ¿qué hacemos todos en casa? Los días son largos pero mamá y papá me hacen cosquillas cuando estoy triste y yo les abrazo cuando ven la televisión, bajan la cabeza y se tapan la cara con las manos. No debemos estar serios porque estamos juntos, no debemos estarlo porque reímos, porque cada día descubrimos una nueva historia que contarnos y un nuevo baile que improvisar. ¿El reír y el jugar le hará daño a ese malvado virus que nos busca, nos busca y nos quiere encontrar?

Pero, ¿de dónde ha venido?, ¿cómo llegó hasta aquí? Una historia he oído y os la voy a contar porque estoy muy seguros de que esta será la verdad. Los virus volaban de ciudad en ciudad, querían encontrar personas a las que dañar, a las que acercarse y a las que poder enfermar. Pero contra todos luchamos, a todos vencimos y a cada uno de ellos le dimos su merecido.

Pero un día llego el malísimo, el horrible y el que más miedo quiere dar. Se puso una corona sin que nadie se la diera y entre todos los virus ha querido reinar. Y mientras  se encuentre con gente en la calle, más y más fuerte se hará. Por eso estamos en casa y lo evitamos, nos asomamos por la ventana y vemos el cielo  azul y claro, tan limpio como todos dentro de poco vamos a estar. ¿Y si nos escondemos de él y nos lavamos las manos con jabón a ese malvado virus que tan importante se cree, lo vamos a vencer? ¡Sí, sí y mil veces sí!

Seremos como esas hormigas que cuidan unas de otras, que traen comida para la más pequeña, que se ayudan y se apoyan para entre todas ser más grandes y más fuertes. Reiremos en casa para vencerle, jugaremos en casa para ganarle, nuestras manos limpias tendremos para no dejarle entrar. Y así más pronto que tarde y más antes que mañana le quitaremos esa corona que nunca mereció, nos la pondremos y diremos alto y fuerte: “Somos los pequeños héroes que nos enseñaron a ser, somos los vencedores y el pelear contra este malvado virus a todos nos ha hecho mejores”.

Escrito por: Fer Alvarado

Edición y Montaje: Mari Ángeles Moreno

Hasta que se Pierde

Introducción:

En muchas ocasiones no somos capaces de valorar lo que tenemos, de apreciar los pequeños (y grandes) detalles que llenan nuestras vidas y que nos hacen el día a día más sencillo. Algunas veces es por orgullo, otras por simple monotonía, o por la facilidad que tenemos de conseguirlo, pero tendemos a normalizar multitud personas o de situaciones fascinantes que nos rodean y las convertimos en algo inherente a nuestras vidas, algo que nos pertenece por y para siempre. Pero, ¿qué ocurre cuando esto nos falta?, ¿cuando lo que creemos qué es de nuestra propiedad (física o emocional) desaparece y nos deja huérfana esa parte de nuestras vidas?, ¿luchamos por volver a recuperarlo, o miramos hacia otro lado y le restamos la importancia que realmente tiene?

Hasta que se Pierde

Odio los martes, son, por mucho,  el peor día de la semana. Antes sin embargo me encantaban, deseaba que el resto de días huyeran del calendario para alcanzarlo  y disfrutarlo como no  lo había hecho con los otros. La razón por la que tanto me gustaban era que los martes por la tarde  iba a clases de canto y siempre había deseado hacer algo así. Pasaba las horas despejando mi garganta de emociones estancadas y expulsándolas en forma de notas.  Aunque no me importaba en absoluto que éstas estuvieran  en el tono correcto o no, en realidad era yo mismo el que  me afinaba. Pero, perdí la voz. Perdí la voz y no la encuentro. No sé dónde está,  ni tengo idea de dónde la he podido dejar. Por lo tanto me es imposible cantar y, ahora, odio los martes.

He intentado descubrir cuál fue el momento exacto en que mi voz me abandonó. Primero, deje de hablar por las mañanas. Los buenos días a los vecinos y conocidos se limitaron a levantar la mano, a alzar tímidamente la barbilla y, cuando apenas tenía trato con la persona saludada, elevaba una ceja de manera esquiva para dar a entender que lo había reconocido. Así que, dejé de hablar por las mañanas pero, por las tardes, seguía cantando.

En el trabajo, no necesitaba comunicarme con mis compañeros. Llevaba una cantidad de años considerable en el puesto y  no tenían que darme ninguna instrucción ya que, conocía todas mis obligaciones. Además siempre llegaba el primero a la oficina, me metía en mi pequeño cubículo y me dedicaba a desempeñar mis labores lo cual facilitaba el no tener que cruzar palabra con nadie. Por lo que, dejé de hablar en el trabajo pero, cuando llegaba a casa, seguía cantando.

En cuanto a mi vuelta a casa, siempre era silenciosa. Los autobuses bullían con personas de rostros monótonos y yo, al sentarme, ladeaba mi cuerpo hacia el exterior y pegaba la cabeza  a la ventanilla evitando así conversaciones vacuas e insustanciales. Dejé de hablar en los trayectos a casa pero, los martes, seguía cantando.

Hasta que llegó lo inesperado. Mi profesor me instó a calentar la voz antes de iniciar la clase. Obediente de mí, inspiré e intenté comenzar con mis ejercicios de calentamiento pero, no emití ningún sonido. Llevaba desde la semana anterior sin hablar con nadie y era como si se me hubiera olvidado hacerlo. Carraspeé y no surgió ruido alguno, en ese momento me asusté y salí corriendo de clase. Había perdido la voz y ya ni siquiera los martes podía cantar.

Desde entonces continúo haciendo mi vida normal: saludo a mis vecinos con la mano, voy al trabajo y vuelvo a casa pero ya no canto, ya he dejado de afinarme. Nadie se ha extrañado de que no hable por el simple hecho de que antes ya no lo hacía. Ahora intento evitar que me miren directamente, que me observen y me comenten cualquier cosa, me daría demasiada vergüenza no poder responderles. Miro al suelo y ando cabizbajo entre la gente. Se me ha olvidado hablar y no sé como recordarlo.

 Ayer, al comer, noté un sabor a óxido en la base de la lengua.  Me levanté del sofá y me dirigí al espejo del baño. Allí abrí la boca y vi como desde lo más profundo de mi garganta el color rosado de mi lengua y de mis amígdalas se estaba tornando cobrizo y acampanado como si se me estuviera oxidando por no cantar, por no expresarme y por no decir absolutamente nada. No quiero verme de esta manera, con las palabras atrancadas  y convirtiéndose en moho. Así que cogí varias mantas que tenía sin usar y cubrí todos los espejos de casa.

Pero lo peor me ha ocurrido esta madrugada al despertarme tras un mal sueño. Todo estaba oscuro, intenté encontrar alguna luz que me guiara y, mientras palpaba la pared,  me di cuenta de que la habitación estaba repleta de objetos que parecían querer encontrarse conmigo y no precisamente con fines pacíficos. Al final logré encontrar la lamparilla de la mesita de noche y la encendí. Todo continuó igual de oscuro. Creo que se me ha olvidado ver y no puedo recordar cómo se hacía. He pensado en qué día de la semana es. Hoy, es martes. Definitivamente y, por mucho, el peor día de la semana.

Fer Alvarado

Las Alas del Sombrero


Introducción:

Los días de lluvia están repletos de sorpresas inesperadas. El mundo se transforma cambiando la tonalidad de sus colores y convirtiendo la rutina de las calles en posibles aventuras. Los encuentros casuales se intensifican y en multitud de ocasiones y, por culpa del manto de agua que acecha, se dejan atrás los saludos llenos de palabras vacías y las sonrisas teñidas de monotonía. No hay tiempo para detenerse, no es lógico, ni tampoco es normal quedarse parado entre el aguacero para hablar, para mirar algo que captó tu atención o simplemente para disfrutar de las gotas de agua. Todo son prisas y desencuentros, batallas de sombrillas hambrientas de espacio y luchas encarnizadas por conseguir el discontinuo cobijo de los techados.

Y, ¿qué puede ocurrir si de verdad nos detenemos e intentamos apreciar la lluvia y todo lo que la rodea?, ¿si intentamos disfrutar de lo diferente, del cambio y apreciamos lo que aporta? Puede que ocurra lo inimaginable o puede que no pase absolutamente nada. Pero el correr este pequeño riesgo de pararse durante o después de la tormenta puede merecer mucho más la pena de lo que creemos.

Las Alas del Sombrero

Los últimos vestigios de la llovizna recién acabada resbalaron por mi sombrero en forma de gotas de lluvia. Una de ellas, tal vez la que más se resistía a caer al suelo y a alienarse junto a los demás charcos, se deslizó por mi mejilla, acarició mi piel y se mantuvo como un funambulista entre el vello de mi mal recortada barba.  Yo no quise tocarla, no deseé inmiscuirme en una batalla que no me incumbía. Era su propia lucha, su anhelo de permanecer ajena a lo que las leyes de la naturaleza le exigían. El suelo la estaba llamando, la deseaba y prácticamente la obligaba a precipitarse hacia él, a perder su apariencia y a difuminarse entre el asfalto para convertirse en una gota más. Pero ella continuaba aferrándose a las entretelas de mi piel, se adhería entre mis poros como si quisiera formar parte del agua de mi cuerpo y vivir así una vida más itinerante y  más humana.

Levanté la vista asegurándome de que aquella gota seguía conmigo y, entre un mar de sombrillas, vislumbré el filo de un codo flotando entre ellas. Éste estaba  adelantado al resto de su cuerpo como si anunciara la urgencia por  llegar a algún lugar que, seguramente, no demandaba tal prisa. A esas horas de la mañana, la calle está abarrotada  de este tipo de personas: hombres y mujeres  de ojos fugaces que desaparecen al ser descubiertos y de roces tímidos de dedos que equivocaron su camino. 

Intentando esquivar aquella filosa amenaza demandante de espacio giré y ladeé la cara para que mi gota no se precipitara al vacío. Así conseguí hacerme un hueco entre la multitud y me detuve para recuperar el aliento. Nadie parecía querer pararse y comencé a pensar que aquel trozo de agua y yo éramos como un pequeña isla entre aquellos retales de gente.  En ese momento sentí como aquella gota había humedecido parte de mi barba haciéndola suya y  que ésta continuaba descendiendo en dirección a la barbilla. Lo tomé como una señal de que su resistencia estaba mermando y que más temprano que tarde acabaría por precipitarse y abandonarme. Así que, me quité el sombrero, y la guarecí entre sus alas dejándola descansar de su cruenta lucha.

Observé como el borde de la acera estaba más despoblado y decidí continuar mi camino por el filo para evitar las mareas de gente que oscilaban por el resto de la calle. Comencé a  avanzar  manteniendo el equilibrio separado del  oleaje humano y de su inercia,  igual que  aquella gota  había hecho minutos antes con los charcos.

 Me sentí fluir, me sentí ajeno, me sentí yo.

Tan sumergido estaba en estos pensamientos que, al torcer hacia la izquierda, choqué con alguien que ocupaba el borde de la acera. De inmediato intenté taparme el sombrero para evitar que mi gota se separara de mí, pero ésta ya había salido disparada. Alcé la mano buscando agarrarla,  deseando detener su caída con la desnudez de mi piel y empaparme de ella. Mis dedos, en esa búsqueda, se cruzaron con dedos ajenos que parecían imitar mis movimientos. Mi gota de llovizna recién acabada topó en su camino con otra igual fundiéndose con ella. Mi mano chocó y se entrelazó con aquella mano  que intentaba atrapar su agua y, tras ver  como mi acuosa amiga se escapaba de los charcos y huía entre las rendijas de una alcantarilla, levanté la vista y vi a una chica mirándome sonriente que agarraba con fuerza las alas de su sombrero.

Fer Alvarado

Un Toque de Sangre y Humor Negro

Recopilación de relatos cortos de humor negro que he ido escribiendo estos últimos meses.

Introducción:

Me encanta el humor negro. El leer historias excesivas en las que se juega entre el límite del terror y el humor siempre me resultó muy estimulante. Puede ser que en mi caso influya que cuando veo una película o leo un libro de terror (y en ciencia ficción me ocurre igual) le perdono que esta sea mala o que incluso roce lo ridículo, lo disfruto y lo devoro igualmente. Se puede decir que sea mi dulce placer culpable. Creo que la hipérbole, en lo que a lo narrativo se refiere, por inverosímil, puede llegar a ser graciosa. Hasta el punto que muchas obras llegan a ser divertidas sin apenas proponérselo. Así que hoy traigo tres de mis intentos de realizar relatos excesivos que deambulen entre el terror y la comedia que espero disfrutéis y con los que personalmente me divertí mucho al escribirlos:

EL SEGUNDO PASTEL

Carlos fue colocando las velas una a una encima de la tarta y se dio cuenta de que comenzaban a ser demasiadas para la limitada superficie del pastel. “Tal vez para la próxima vez las reparta en dos tartas” pensó. Estaba demasiado orgulloso de todas y cada  una de aquellas velas como para simplificar sus celebraciones con un sencillo número. Aquello le quitaría toda la magia a lo conseguido hasta el momento.  “Hay que contarlas cada vez y sentirse feliz por todas ellas, porque todas, absolutamente todas son únicas y son especiales” solía decir en voz alta cada vez que las colocaba y contaba. 

—Ya estoy listo para la sorpresa —. Una  voz masculina escaló desde el sótano  y le hizo perder la cuenta pero no le importó, ya que aquellas palabras eran la señal que aguardaba.

Apagó las luces y, con la tarta en una mano y un cuchillo en la otra, se dio la vuelta y comenzó a bajar las escaleras.  En el piso inferior, un chico con los ojos tapados y una media sonrisa le estaba esperando. Se acercó sigiloso a él intentando aguantar la emoción que solía embargarle  en estas situaciones  y, con un movimiento rápido y certero, le rebanó el cuello como si  fuera  mantequilla caliente lo que cortaba. El suelo se cubrió de sangre y aquella sonrisa se congeló en el rostro del muchacho. Carlos, tras observar como sus pies comenzaban a pegarse al ahora rojizo pavimento, cogió la tarta y colocó una vela en el último hueco que quedaba libre. Ya estaba completamente seguro, para poder celebrar su siguiente víctima, debería comprar un segundo pastel.

Fer Alvarado

UN APLAUSO DE IDA Y VUELTA

Salió al balcón de casa cabizbajo, sin demasiado ánimo de participar en el aplauso colectivo que su comunidad le iba a dedicar a los que habían perecido  a causa del accidente.

Aún faltaban un par de minutos para la hora acordada, así que miró hacia su izquierda y observó  las obras del nuevo ascensor. Como presidente de la junta vecinal que le había tocado ese año no entendía cómo la gente se dio tanta prisa para aquella derrama y más aún después del desafortunado incidente que había acaecido con el anterior hacía apenas un mes. Nunca le habían entusiasmado esos minúsculos habitáculos pero después de aquello se había jurado y perjurado que solamente usaría las escaleras y que no volvería a usar esas cajas cerradas del demonio. Los aplausos emergieron desde las ventanas cercanas sorprendiéndole en un primer momento, pero pronto se dejó llevar y comenzó a silbar y soltar vítores que le hicieron destacar como el más animoso de aquel homenaje.

Un minuto de gritos al aire y de agridulces silbidos retumbaron por la calle elevándose y perdiéndose entre  los muros del edificio. De repente a su espalda le llegó el sonido de un campana metálica como el que hace un ascensor al llegar a la planta elegida. Sus palmas cejaron en su empeño de juntarse y sus labios se separaron convirtiendo sus siseos en silencios y sus palabras de ánimo en incertidumbre. Notó como una lengua áspera le recorrió el lóbulo de la oreja. Intentó girarse pero sus músculos se tensaron convirtiendo sus movimientos en torpes espasmos que no le llevaron a ninguna parte.

— Hola, señor presidente. — Una voz metálica que parecía oscilar, caer desde el techo y volver a subir le llegó desde varios lados a la vez. — Tuvimos que morir para saber quién se negó a poner el nuevo el ascensor. Pero tranquilo, ya le tenemos preparada su propia  caja.

En los balcones el homenaje había terminado. Los pocos vecinos que aún permanecían asomados a las ventanas comenzaban a adentrarse de nuevo en sus hogares cuando algo les detuvo. Un grito de los que hiela la sangre surgió desde las entrañas del edificio, cruzó los pasillos acompañado de aplausos que sonaban a un tañer de campanas para, finalmente, descender y perderse por el hueco del nuevo ascensor.

Fer Alvarado

UN VECINO SERVICIAL

El domingo por la mañana es mi día favorito de la semana. Me encanta despertarme temprano, disfrutar de un frugal desayuno y volver a tumbarme ocioso en la cama mientras me pierdo entre los pequeños ruidos que empiezan a surgir a lo largo y ancho de mi edificio. Desde que era niño, en casa me enseñaron a recibir este día con los brazos abiertos, me enseñaron a compartirlo y a ayudar a que tus vecinos lo disfruten lo máximo posible. Mi madre siempre me decía que una comunidad unida era como una gran familia unida y mientras a más gente fueras capaz de hacer feliz, mucho más lo serías tú mismo. Así que,  con el paso de los años, me he dado cuenta de que la mayoría de mis vecinos son gente de costumbres y he sabido adaptarme a las necesidades que les puedan surgir en cada momento de este maravilloso y familiar día que es el domingo.

Doña Rosa, del segundo B, siempre prepara un delicioso arroz para deleitar a sus hijos en sus visitas y así de camino también obligarles un poco a que vayan a verla,  que la verdad la señora pasa demasiado tiempo sola. Yo, para que ningún imprevisto le pueda arruinar esta velada,  siempre tengo preparado un kilo del mejor arroz bomba del mercado por si lo necesitara y en mi pequeño balcón, hace tiempo que planté romero, que gracias a mi prodigioso olfato, logré  adivinar que es el ingrediente secreto de sus estupendos arroces.

Roberto y Luisa viven en el segundo A y una vez al mes, gustan de hacer una pequeña barbacoa para sus amigos en su terraza. Pues que menos que por mi parte tener preparado para ellos un paquetito de sal en escamas que va genial con estas parrilladas y sé de buena tinta que especialmente a Luisa le pirra en las carnes que suelen preparar.

Alberto y José viven en el único piso habitado de la tercera planta y son bastante menos familiares o sociables que el resto de nuestra comunidad. Para ellos, el domingo es su día de sentarse en el sofá y disfrutar de tantas películas como la tarde pueda dar de sí. Así que después de mucho pensar en cómo podría ayudarles, empecé a perfeccionar mis técnicas haciendo palomitas caseras con mantequilla y cada jornada dominical les llevo un bol rebosante de mis ya legendarios snacks palomiteros.

Todo este servir a la comunidad me hace sentir inmensamente feliz. Para mí, no hay nada mejor en la vida que ver las caras sonrientes de mis vecinos al saludarme por la escalera o disfrutar de sus abrazos sinceros cada vez que les hago alguno de estos favores.  Con esos pequeños gestos me hacen sentir uno más  en sus reuniones familiares y en sus planes de cada domingo.

El único día que no pude cumplir con las expectativas que esta gente maravillosa tiene depositadas en mí, fue hace tres domingos y fue uno de los días más tristes de mi vida. Raúl, mi vecino de enfrente, el único que igual que yo vive solo, vino a pedirme un destornillador plano para intentar desmontar la parte trasera de su arcón congelador, el cual se le había estropeado aquella misma tarde. Le hice pasar al salón mientras buscaba una completísima caja de herramientas que había comprado hace poco para poder prestarles una mejor ayuda a mis vecinos. Pero por más que buscaba no la encontraba por ningún lado. Busqué en el trastero, en la terraza, incluso bajé al garaje comunitario, pero esta había desaparecido por completo. Desesperado saqué todos los cajones de los muebles de la cocina y logré encontrar un solitario destornillador de estrella. En ese momento al darme cuenta de que no era el destornillador que Raúl me pedía, sentí miedo, ¿cómo podía decepcionar así a alguno de mis amigos cuando más me necesitaba?, ¿iría Raúl apartamento por apartamento propagando que yo no tenía ese dichoso destornillador y que no había podido ayudarle? No podía permitirlo de ninguna manera, aquel sería mi fin, dejaría de formar parte de esta enorme y maravillosa familia que era todo para mí. Los había decepcionado a todos, había fallado a doña Rosa, a Alberto y a José, a Roberto y a Luisa y sobre todo a mi madre que tanto insistía en que todo el mundo tendría que estar unido y darlo todo por los demás. Así que me decidí por la única opción posible. Agarré con fuerza el destornillador y se lo clavé a Raúl repetidas veces en el cuello. Él, mientras se desangraba sin que su garganta emitiera ruido alguno, me miraba con unos ojos sorprendidos, como si no pudiese entender lo que realmente le estaba ocurriendo. Desde entonces, como parte de mi castigo, tengo el cadáver de Raúl guardado en mi arcón congelador y cada vez que lo abro, me mira con ese rostro  de sorpresa permanente para recordarme que no puedo volver a fallar a esta maravillosa comunidad.

Fer Alvarado

Volátil / La Sed / Sola…

Tres microrrelatos variados para esta semana.

Introducción:

Me gusta experimentar dentro de mi narrativa. Probar cosas nuevas, nuevos métodos de escritura e intentar siempre reinventarme, crecer y evolucionar. Para ello, he descubierto que el microrrelato es un formato que me ayuda aún más a conocerme a mí mismo. Es una forma directa de encontrar lo que sientes y lo que quieres expresar y plasmarlo en el papel. Para mí me he dado cuenta, de que el microrrelato a día de hoy es mi línea recta, mi camino directo, mi palabra elegida y mi piedra filosofal. No hay desvíos, no hay curvas, no hay nada más que lo esencial. La sencillez llevada al contar historias.

Y hoy traigo tres micros distintos entre sí, en los que he intentado jugar con los distintos géneros que me gustan y en los que me siento más (in)cómodo escribiendo. “Volátil” fue un intento de iniciar un micro de humor y acabó sin rastro de risa llenándose de sombras e intentando hablar de comprensión, indecisión y ante todo de cambio. “La Sed” trata sobre la obsesión y sobre la idea equivocada o no de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Y para terminar este menú de micros,”Sola…” ha sido un nuevo acercamiento al género de terror después de mucho tiempo en un intento de no oxidarme en un tipo de narrativa que me encanta. Como siempre espero que os gusten y estaré más que encantado de compartir comentarios y opiniones:

VÓLATIL

Tras aquel cristal colmado de inmundicia pudo ver las calles desiertas, pudo  degustar el silencio obligado por la ausencia y se mojó los labios para notar en su garganta  el sabor de la soledad y la calma reinante. En ese instante de paz, después de años de paredes cercanas y de pieles lejanas, aquel agorafóbico se sintió comprendido, se acercó a la abandonada puerta de su hogar y  tuvo la irrefrenable necesidad de volver a salir al exterior.

Fer Alvarado

LA SED

Se levantó con los ojos cargados de recientes sueños que, al no esforzarse por retenerlos, pronto se enmohecieron amontonándose en ceniza. Se incorporó, se calzó únicamente con un par de calcetines de pasado blanco y de presente ennegrecido y  bajó las escaleras al ritmo de la  inercia y de la costumbre.

Su objetivo, su único objetivo de cada mañana, era alcanzar la tierra de nadie que era su cocina, atrincherarse entre los apolillados muebles que le resguardaban del exterior y abstraerse entre los efluvios cargados de nostalgia  que emanaban de su recalentada taza de café. Su muñeca agarró con fuerza la cucharilla y, borracha de insaciable melancolía, giró y giró en un deboulé  casi sempiterno que  provocó remolinos de tiempo en aquel líquido elemento. Un aroma ascendió hasta su memoria tranportándole a  verdes prados y a incontables carreras tras los vuelos tentadores de una  falda que le invitaba a acercarse, a risas enterradas en silencios posteriores y a cabellos moldeados primero por el viento y después por las caricias de sus manos.

La cucharilla se topó con el borde de la porcelana rompiendo aquel trance. Dejó el café sobre la encimera y, antes de girarse y volverse hacia las escaleras, observó sus manos vacías del tacto perdido. Se acabó marchadno convencido de que a la mañana siguiente y a la misma hora, volvería a bajar a la tierra de nadie que era su cocina,  volvería a atrincherarse en ella y volvería  a calentar aquella taza de café para enfriarla bajo sus manos y sus recuerdos. El aroma, se había perdido; el sabor, apenas lo recordaba; estaba ensimismado en su dosis de diaria melancolía  pero, como cada día,  se marcharía  sin ni siquiera haberse mojado sus sedientos labios en aquel, aunque fuera por un instante, humeante y delicioso café.

Fer Alvarado

SOLA

Mientras aquella aspirante a escritora acariciaba las teclas de su portátil buscando una melodía narrativa que no llegaba, la puerta de su habitación decidió abrirse por cuenta propia dejando adentrarse en la estancia una corriente de escarcha. Inmiscuida en encontrar las ansiadas  palabras para su relato dejó caer un indolente “pase y siéntase como en casa” que fue respondido por un susurro ininteligible ausente de cuerpo y carne. Ella se giró creyendo ver el reflejo de una sombra sin rostro  en la pantalla de su ordenador, aquella mañana en la televisión informaron que, por culpa de aquel incidente, nadie podía salir de sus casas pero en ningún momento dijeron quién o qué podría entrar.

Fer Alvarado

A Partir de ahora / La Danza del Roble

Mi primera incursión en los microrrelatos o relatos cortos.

Introducción:

Siempre intento aprender nuevas técnicas narrativas para crecer, para intentar mejorar mi estilo y para ir añadiendo repertorio a mi forma de escribir. Hace poco me recomendaron explorar el maravilloso mundo del microrrelato, campo que apenas había trabajado y he intentado iniciarme en este micro(macro)universo de historias mínimas pero fascinantes en las que la síntesis y la imaginación se unen para contar lo máximo en lo mínimo posible. Para ello hoy traigo dos pequeños experimentos: “A Partir de Ahora” se puede considerar microrrelato y surgió de una improvisación que se agrandó hasta una pequeña historia y “La Danza del Roble” es algo más extenso ya que no llegaba a encontrar en tan pocas palabras lo que quería contar, cuestión de experiencia será, cuestión de práctica imagino. Gracias por leerme siempre, espero que los disfrutéis y como siempre agradeceré vuestros comentarios, sugerencias y opiniones:

A Partir de Ahora

Sus miradas se cruzaron accidentalmente. Eran miradas rodeadas de dunas ondulantes que surgieron indecisas años atrás ahondando en los laterales de sus caras y que, como en todos los desiertos,  fueron expandiéndose para  agrietar sus rostros, secarlos y convertir en tierra yerma sus facciones y en herrumbre sus voces.  Miradas  repletas de tiempos pasados mejores, de humedales extintos y de lodazales presentes. Miradas que convertían la piedra en volátil arena y la mar en agria sal. Y aquellas miradas de frío constante, enrojecidas por cerrarse demasiado y por hacer del atisbo una forma de vida, permanecieron cruzadas durante un instante que se prolongó a un momento para alimentarse del tiempo y convertirse en pausa. Y de tanto mirarse al final se vieron, se reconocieron y se sonrieron; y en ese ahora él supo que llevaba infinidad de escenarios sin verse y multitud de paisajes itinerantes sin cruzarse con aquella mirada goteante que le gritaba con  sordos parpadeos a través del espejo “vuelve, sé tú; regresa y simplemente sé”.

Fer Alvarado

La Danza del Roble

Llegué a perder la cuenta de las horas que detuve el tiempo observando el  viejo roble del vecindario en el que pasé mi infancia.  Desde el primer instante en el que me crucé con sus ramas aristadas y con sus hojas danzarinas, pude notar como su existir silencioso se sobreponía a la ignorancia beligerante de los demás sintiendo así una conexión con él como nunca la había tenido con nadie en mis pocos años de existencia. Lo  convertí en mi amigo, en mi confidente, en mi compañero de juegos y de rebeldías. Cada tarde, cuando mi madre me obligaba a salir de casa para jugar, corría a su lado, me sentaba junto a él y sentía bajo mis dedos el  áspero tacto de su centenaria madera. Me gustaba perderme en mundos no vividos al  pegar mi oído a su tronco e imaginar sus ramas creando crujientes  melodías inspiradas al ritmo del viento. Le hablaba y mi mente dibujaba respuestas construidas de palabras antiguas sobre tierra olvidada y subterránea agua.

Hasta que un día el árbol me respondió. Era una tarde silenciosa, una tarde ausente de los deslavazados gritos y las punzantes palabras ajenas que se  me adherían en el camino diario hacia mi nuevo viejo amigo. Me acerqué y lo vi agrandándose ante mí  como el único observador de un mundo inquisitorial en el que la magia se juzga y la realidad se construye de adoquines,  de asfalto y de barro.  Deslicé mi mano entre las rugosidades de su corteza y en aquel momento escuché un silbido entrecortado como el que hace el huidizo aire al  escaparse entre los dientes. Lo observé y vi como sus alargadas hojas danzaban apuntando hacia arriba, como si éstas me invitasen a subir marcándome el camino. Levanté el brazo y me así a la rama más cercana, mis pies siguieron este ascenso y con una facilidad pasmosa, como si él me allanara un camino escarpado repleto de falsos asideros y de afilados peligros, conseguí adentrarme entre su espesura.

— ¿Dónde está el niño árbol? Como tanto le gusta la naturaleza, hoy le teníamos madera preparada para merendar. — Unas voces disfrazadas de niños, cargadas de un odio que mi infante mente no comprendía, me llegaron desde el suelo. Eran palabras acompañadas de filo y  anhelantes de herida, pero que esta vez ni llegaron a tocarme ni a adherirse a mis entrañas. El  aire se alzó para silenciarlas convirtiéndolas en torpes lanzas sin sino. En ese momento las ramas del árbol bailaron al ritmo del viento acunándome y alborotando mi cabello con suaves y tranquilizadoras caricias. Ayudado por las danzas silentes de las ramas, un hueco se abrió paso entre la espesura y desde lo alto del viejo roble del vecindario donde pasé mi infancia,  pude ver como en la distancia, mucho más cerca de lo que llegué a imaginar, se extendían ante mí montañas inmensas y frondosos bosques carentes de gritos, vacíos de represalias y llenas de oportunidades.

Fer Alvarado

Políticas de Empresa (Parte 7)

La estupenda música de Toundra que me inspiró para escribir este capítulo y que recomiendo escuchar al leer mi texto para hacer la experiencia más cercana.

Introducción:

La vida es evolución, la vida es adaptarte a un mundo cambiante que te rodea y del que nunca sabes que te espera. Los cambios te acechan detrás de cada esquina y, aunque intentamos mantener nuestra esencia, cambiamos ocasionalmente parte de nuestra personalidad para lograr avanzar en nuestro camino. Pero, ¿son éstos actos lícitos?, ¿podemos volver atrás y volver a ser los que éramos sin olvidar lo que poco a poco hemos dejado en el camino?

Éste es el capítulo más extenso que he publicado hasta la fecha pero, como ya adelanté en mi anterior publicación, tengo la intención de convertir esta historia en novela y he querido cambiar el ritmo y la acción para continuar experimentando y ver hasta dónde llega esta historia. Muchísimas gracias por vuestra paciencia, espero que disfrutéis de esta nueva entrega y siempre estaré agradecido de leer vuestros comentarios y de cambiar opiniones.

Políticas de Empresa (parte 7):

Aquel cuerpo compuesto de posiciones acrobáticas se mantenía inmóvil ocupando los primeros escalones de la planta décima.  Parecía un artista circense que, denostado por el tiempo y, que tras conocer el sonido de los aplausos como nutriente básico del ego del artista, quería realizar su última y más delirante acrobacia que demostrara su valía ante un público demasiado exigente. 

Las palabras que emanaban de las paredes no parecían hacer efecto alguno en aquel  cuerpo de ángulos incorrectos y por un momento llegué a envidiarle por lograr ignorar aquella voz que, como un líquido y desconocido elemento, recorría el edificio y se colaba a hurtadillas por mis oídos llenando mis pensamientos de reglas incoherentes. Él, mientras tanto, permanecía ajeno a toda aquella enajenación colectiva, a toda aquella locura que nos estaba convirtiendo en un grupo alienado de un solo objetivo común y sin ninguna idea que se escapara de aquella avalancha de corbatas negras y camisas blancas. Tal vez, dentro de su inconsciencia, estaba sumido en sueños de recuerdos coloridos e iridiscentes, tal vez éstos eran recientes o tal vez estaban enterrados por experiencias desagradables a las cuales insuflamos de una importancia desmedida; tal vez sus ensoñaciones nunca habían tenido lugar en ningún escenario físico y solamente su imaginación, ajena a aquella vorágine de atropellos y de escaleras que nunca terminan, se atrevía desafiante a susurrarle en aquel destello de inconsciencia pero de consciencia plena cuál era el lugar donde siempre quería haber estado pero que su toma de decisiones le había alejado hasta llegar a la décima planta de aquel edificio beligerante.

El sonido de las paredes dejó atrás la lógica de las palabras para convertirse en un pitido agudo, en una especie de acople que iba aumentando de intensidad para transformarse en un silbido molesto que arañaba y silenciaba el poco juicio que parecía quedarme. Me imaginé a la chica engominada de pie, con su postura solemne de elegancia incorruptible con el dedo índice pulsando continuadamente el interruptor del interfono como si éste fuera una extensión más de su brazo. La vi claramente en mi imaginación con los labios temblorosos y con el dorso de la mano frotándose con vehemencia el lateral de su frente mientras expectante, observaba a aquel número 6 como el ángulo incorrecto que era dentro de tantas líneas sumisas y ordenadas esperando de éste algún atisbo de movimiento que le recondujera de nuevo a la lógica de su redil.

El silbido siguió elevándose como si recorriera una escala de notas y fuera en  busca de alcanzar la más aguda. Llegó hasta un tono desafinado y chirriante que eliminaba de sí mismo todo rastro de musicalidad para, como si se diera cuenta de lo molesta que era su presencia, acomodarse en esta afinación y mantenerse en ella convirtiendo  las facciones de mi rostro en un conjunto de arrugas llenas de desaprobación. Parpadeé varias veces en un intento de sintonizar mi cerebro para lograr aclimatarme a aquel ruido insidioso y, tras sentirme lo suficientemente cómodo dentro de aquel enrarecido ambiente, reanudé mi avance con pasos cortos y cautelosos. No podía dejar de mirar hacia aquel cuerpo al que por la fuerza de la inercia iba acercándome poco a poco. Llegué a su altura, giré para esquivarlo y en ese momento la curiosidad por saber que había podido ocurrirle me poseyó. Con una mirada de aire detectivesco carente del talento deductivo necesario recorrí visualmente las curvas troncadas de su cuerpo.  La rodilla izquierda reposaba en el suelo del descansillo mientras que el peroné se abría hacia un lateral hasta el punto de cruzarse en el camino de la barandilla y apuntar directamente hacia la palabra “SEGURIDAD” que rezaba en la pared del décimo piso. La derecha giraba sobre sí misma desde la cintura dejando entrever una parte del fémur y de una rótula que no debería estar allí. El resto de la pierna se alzaba desafiando la gravedad y apuntando hacia el techo, como señalando el final de un camino que le sería demasiado complicado alcanzar. Pero lo que llamó poderosamente mi atención fue la falta del zapato del pie que indicaba hacia la deseada meta y que  dejaba al descubierto la intimidad de un calcetín negro donde el dedo gordo se colaba como un escapista por un agujero de la punta y mostraba una piel amarillenta y encallecida.

Observé el resto del traje, limpio e impoluto hasta decir basta; paradójicamente no tenía ninguna arruga visible, como si aquella hipotética caída hubiera respetado el esfuerzo realizado por los vapores de la plancha. La camisa perfecta y abotonada hasta el cuello se colaba por dentro de los pantalones sin dejar antiestéticas bolsas en su tela; la corbata doblada en un metódico nudo caía sobre varios de los escalones sin llegar a doblarse en ningún momento; un cinturón plateado pero sobrio ceñía su cintura marcando un torso delgado pero fibroso. Entonces, si todo lo visible estaba perfectamente estudiado para dejar la mejor impresión para el exterior, ¿qué significaba aquel agujero en el calcetín? ¿Era un descuido impropio de alguien que cuidaba tanto su aspecto?, ¿o era un ligero signo de rebelión interior para demostrarse que aún con una imagen tan impostada podría seguir siendo él mismo?

Inicié con la mirada la búsqueda de aquel zapato extraviado, tal vez si lo encontraba mi mente podría rellenar los huecos que faltaban para entender como “Ángulo Incorrecto” había llegado hasta allí. Recorrí infructuosamente el descansillo llegando a agacharme para mirar detrás de la barandilla y por debajo de las curvas de su cuerpo. Me incorporé y alcé la vista escalones arriba pensando en los pasos que podría haber llegado a dar antes de aquella caída y entonces lo vi. Quince escalones más arriba, justo antes del siguiente tramo de escaleras, un zapato negro esperaba ignorante a su dueño como si nada hubiera ocurrido. Pensé en un resbalón fortuito, el pie atascándose contra el borde del peldaño como me ocurrió escasos pisos atrás; sus manos danzantes en el aire buscando algo a lo que asirse que no llega, gira sobre sí mismo, intenta retroceder y su otra pierna se desliza con la esperanza de alcanzar un lugar seguro. En ese momento pierde el equilibrio, su torso inicia una caída que pronto es acompañada por el resto de su cuerpo; el talón, reticente de desandar aquel camino que tanto le ha costado, se le engancha en el borde del escalón dejando a aquel solitario zapato ausente de dueño como única prueba del punto alcanzado en aquella carrera mientras él se encoge, se convierte en un ovillo y comienza a dar volteretas escaleras abajo golpeándose con los bordes de los peldaños y con la barandilla dejándola temblorosa y emitiendo un ligero pitido metálico . Puedo escuchar el crujido de huesos  al romperse en mi cabeza, como estos se desunen y se independizan del que ha sido hasta ese momento su propietario. Imagino los cardenales surgiendo en su escondida piel y como éstos van creciendo convirtiendo el rosado color de sus piernas en un tono púrpura y oscuro. Siendo aquel ángulo incorrecto e inamovible el resultado y el zapato solitario el único testigo de aquella historia.

Me acerqué a él con sigilo, intentando apoyar la menor superficie posible de mis pies sobre el mármol. Tenía miedo de tocarle, de acercar mi piel a la suya y de notar como su cuerpo se enfriaba paulatinamente bajo mis manos. Sentía pavor de que mi rostro, próximo a él, notara una última exhalación escapando de sus labios; que éste último suspiro dejara sobre las escaleras un recipiente vacio de músculos y de huesos que se perdería con el resto de aquel aire impregnado en sudor y sal  para dejar de ser el número 6 o cualquiera que fuera su nombre. Una punzada de  culpabilidad por no haber estado en aquella planta en el momento exacto me atravesó el pecho. Mi mano extendida hacia él como hizo “El Menudo” conmigo le hubiera salvado de una avalancha de bordes punzantes y de afilados escalones; le habría dado la posibilidad de elegir caer o de poder mantenerse;  la opción de preferir una derrota momentánea en la subida pero lograr un  indudable aplazamiento de aquel dolor recibido. Pero no estuve allí, no le escuché gritar, ni le vi caer; solo hacía suposiciones sobre zapatos que se enganchan y escalones que te  acaban devorando. Y lo que más me carcomía era que no estaba seguro de que de haber estado allí le hubiera tendido la mano.

“Tranquilo Damián, seguro que la ayuda está en camino y tú con solo mirarlo no vas a lograr nada. Si no han suspendido la prueba es que todo está bajo control. Debe estarlo. Si no, ¿qué significado tiene esto?, ¿enfrentarnos?, ¿matarnos unos a otros?, ¿recubrir nuestro cuerpo de insensibilidad? Ya la escuchaste, está asustada, habrá llamado a alguien. Debe llamar. No está en tu mano lo que le pase, no puedes hablar, no puedes gritar y este tipo de problemas siempre hay otra persona que se ocupa de resolverlos. Debe haberlo. “

Este  convencimiento  interior en aquella décima planta me hizo darme cuenta de que no podía hacer nada más que observarle y llenar mi cabeza con elucubraciones que no me llevaban a ninguna parte. Me prometí no mirarle, no hacerme más preguntas sobre él, sobre su posible pasado y sobre su incierto futuro. Así que puse un pie en el siguiente escalón y después en el siguiente y en el siguiente dejando poco a poco atrás a aquel hombre primero convertido en número y después transformado en ángulo.

El silbido chirriante que colmaba el ambiente cesó en el mismo instante que me adelanté al cuerpo de número  6. “Engominada” había dejado de pulsar el interfono y estaba seguro de que aquello tenía que significar algo. Apoyé la mano en la barandilla para coger impulso y justo cuando la superficie de mi guante se posó sobre la madera del pasamanos, tibia por el sol que osaba adentrarse desde los ventanales, escuché un tamborileo de dedos nerviosos a mi espalda. Era un sonido arrítmico repleto de duda que, como la mano que palpa la pared en mitad de la noche en busca de un interruptor que le ilumine, parecía buscar un elemento reconocible que le aportara información sobre el lugar en el que se encontraba.

En ese momento me detuve. Una de mis piernas estaba atrasada en un escalón inferior  y la otra flexionada adelantándose un par de peldaños marcando así el camino a seguir. Puse la espalda recta evitando mi habitual encorvamiento y de cierta manera colocando mi cuerpo en guardia y, sin llegar a mirar atrás, giré el cuello hasta dejar mi oído apuntando hacia la dirección de aquel ruido. Sonó un golpe seco acompañado de un crujir de uñas que parecían doblarse como ramas forzadas por el viento seguido por un arrastrar de botones acercándose a mí y que, al frotarse contra el mármol tranco del suelo, dejaban notas sibilantes y entrecortadas en el aire.  Eché el codo hacia atrás abandonando la rectitud de mi cuerpo para poder girarme por completo y ver qué o quién era lo que se me aproximaba. En ese momento la mano  de “Ángulo Incorrecto” se agarró a mi tobillo y comenzó a tirar hacia abajo con una fuerza desmedida. Mi pie, al ser sorprendido por aquel encuentro inesperado, se despegó del suelo cogiendo la dirección que le ordenaban;  yo intenté mantener el equilibrio sujetándome a la barandilla, pero mi pierna adelantada cedió, se  flexionó y dejó caer mi rodilla con todo su peso sobre el escalón inferior. En este súbito descenso la parte superior de mi espalda cayó  por suerte sobre el descansillo que anunciaba el siguiente tramo de escaleras evitando un golpe en la nuca que podría haber resultado fatal. Un dolor incipiente me recorrió los hombros como un escalofrío, escaló por mi garganta para intentar materializarse en un conjunto de aullidos propagados al viento pero en aquel momento no tenía tiempo de gritar, de intentar comprender qué estaba ocurriendo, ni de agradecer que mi cabeza no hubiera golpeado el suelo;  la otra mano de número 6 se acababa de aferrar a mi pierna a la altura de la rótula y parecía que éste quería ascender sobre mí. Estiré la pierna aprisionada en un vacuo forcejeo para intentar liberarme, él al notar mi resistencia se abrazó a mi muslo y levantó la cabeza  dedicándome una mirada poblada de venas enrojecidas que teñían de sangre el blanco de sus ojos convirtiéndolos en un hálito lleno de rabia. No distinguí súplicas de ayuda, ni deseos de conmiseración en él; se había convertido en un amasijo de huesos distorsionados que se arrastraba escaleras arriba con la única idea de adelantarme fuera el que fuese el precio a pagar.

Alcé mi otro brazo e intenté alcanzar el pasamanos para encontrar un punto de apoyo en el que sostenerme. Metí el antebrazo entre las barandillas verticales e hice palanca con el codo intentando incorporarme y poder dejar así una distancia entre “Ángulo” y yo que me diera unos segundos de ventaja para pensar con algo más de claridad. En este ligero ascenso mi baja espalda se raspó sobre el borde del escalón y sentí como mi piel se agrietaba cediendo por la fricción del mármol. Conseguí alzarme justo antes de que él llegara a alcanzar mi cintura aportándome  este ligero triunfo la tranquilidad que da el saberte superior a tu oponente. En ese instante me di cuenta de que tenía que apartarlo de mí. Aquel hombre, enajenado por el dolor que colmaba sus nervios, parecía capaz de cualquier cosa por tal de avanzar y comencé a temer porque a mí pudiera ocurrirme exactamente lo mismo. Él levantó el brazo hasta poner su mano a la altura de mi cara eclipsando  por un instante la luz del fluorescente que iluminaba aquella décima planta, ésta descendió súbitamente para apoyarse en el borde del peldaño en el que estaba sentado, cogió impulso y continuó su ascenso a través de mí. Noté como, sin dejar de mirarme fijamente, su puntiaguda  barbilla  se clavaba en mi ombligo, presionaba mi vientre y subía a través de mi torso  atascándose en todos y cada uno de los botones de mi camisa. En ese momento no  lo dudé,  o era él o yo, así que despegué una de mis manos de la barandilla y empecé a palpar el suelo en busca de algo con lo que poder defenderme encontrando  rápidamente a mi derecha el zapato solitario y ausente de dueño que “Ángulo Incorrecto” había dejado en su camino.  Lo empuñé como si de un arma se tratara sintiendo como el cuero, de aquel antes calzado y ahora arma, cedía y perdía su forma original gracias a la presión ejercida por mis dedos. Eché el brazo hacia atrás para coger impulso y comencé a golpearle en el costado una y otra vez. Llegué a perder la cuenta de las veces que aquella desgastada suela chocaba contra su cuerpo, el agobio que sentía al tenerlo encima de mí me poseyó y dejé de apuntar mis golpes; le di en las costillas, la cintura, la espalda, los hombros,…, pero  solo obtenía gruñidos quejumbrosos como respuesta. El cansancio de aquellos innumerables golpes se mezcló con el calor que aquel cuerpo adherido a mí me proporcionaba  convirtiéndose en un tibio sudor que empezó a recorrerme el pecho y transformando el nudo de mi corbata en un yugo asfixiante. No podía permanecer más tiempo en aquella situación, así que apreté los dientes dejando entrever el rojo de mis encías y auné todas las fuerzas que me quedaban para golpear desde abajo el estómago de “Ángulo”.  La violencia del choque del zapato contra su bajo vientre fue tal que su cuerpo llegó a levantarse del suelo varios centímetros.  Esta vez no respondió con ningún quejido, sino que apoyó sus manos en los escalones de mi izquierda y giró con torpeza su dolorido cuerpo para liberarme. Yo me levanté con premura sin dejar de mirarle. Él, por su parte y tal vez avergonzado por aquella batalla perdida, había ladeado la cabeza para que nuestros ojos no se cruzaran. Me di la vuelta y comencé a trotar por las escaleras como si huyera despavorido de un terrible enemigo. Tras subir los dieciséis escalones correspondientes alcancé la planta undécima y en ese momento me di cuenta de que seguía sosteniendo en la mano derecha el zapato como prueba de mi culpa. Me agaché y lo deposité con suavidad en el suelo, tratándolo con  mucha más delicadeza de lo que había llegado a tratar a su dueño y al incorporarme y sin querer mirar hacia atrás, pude observar por el rabillo del ojo como “Ángulo Incorrecto” no cejaba en su lucha y continuaba arrastrándose con sus manos, sus codos y sus brazos escaleras arriba hacia una meta que le sería demasiado complicado alcanzar.

Continuará

Fer Alvarado

Políticas de Empresa (Parte 6)

Introducción:

Esta es la canción que me inspiró para escribir este capítulo. Siempre que escucho música para escribir me gusta perderme en su cadencia y en su ritmo así que recomiendo el escuchar este tema mientras se lee para hacer más cercano mi proceso de creación.

Las dudas nos acechan en cada esquina. Nunca sabemos si el camino escogido es el correcto o si tal vez hubiera sido mejor atravesar el sendero que dejamos a nuestra espalda. Siempre dudamos de nuestras elecciones, de lo realizado y sobre todo de lo que dejamos sin hacer. Las posibilidades se convierten en infinitas y en muchas ocasiones creemos que lo elegido ha sido lo más erróneo. Le echamos las culpas a las circunstancias, al entorno, incluso a nuestra situación actual pero lo que realmente nos acaba definiendo son estas decisiones y nuestra capacidad de llevarlas hacia las últimas consecuencias o de saber rectificar en un momento dado. ¿Somos capaces de aprender de nuestros errores, de actuar diferente frente a una situación que se nos repite?

Nunca pensé que este relato llegaría hasta aquí, comienzo a dudar si alargarlo e intentar embarcarme en el arduo camino de convertirlo en novela. Pero nunca hubiera llegado sin todos vosotros que me seguís y me dáis palabras de ánimo. Así que os adelanto que en breve llegará a una conclusión y que en un futuro tengo en mente el arreglarlo y tratar de convertir la historia de Damián en un intento de novela. Como siempre gracias por leerme, agradeceré vuestras sugerencias y comentarios y espero que disfrutéis de este capítulo tanto como lo he hecho yo escribiéndolo.

Políticas de Empresa (Parte 6):

Los escalones volvieron a pasar lentamente bajo mis pies. Una mezcolanza de sentimientos estaba luchando en mi interior ralentizando así mis movimientos. ¿Cómo había sido capaz de apartarle la mano a aquel chico?, ¿en qué momento me había involucrado tanto en aquel juego que preferí casi dejarme caer escaleras abajo antes de aceptar la ayuda de un desconocido en el cuál primaban sus buenas intenciones por encima de su ambición? 

El número seis en la pared me dio la bienvenida a aquella planta devolviéndome de nuevo a mi solitaria y particular escalada. Seguía con la cabeza agachada buscando un lugar seguro en el que afianzar mis pisadas lentas pero seguras. Al llegar al descansillo observé como la luz de los fluorescentes se reflejaba en las vetas del mármol creando así formas luminiscentes que fragmentaban la luz recibida en varias direcciones. A cada paso cubría con mis pies aquellos borrones  de luz que comenzaron a parecerme manchas de Rorschach a las que mi imaginación les iba dando formas reales y palpables. De esta manera pude distinguir en el suelo la forma de un guante, o tal vez de una mano desnuda e insolente que desafiaba con su atrevida desnudez aquellas normas establecidas que había interiorizado con demasiada rapidez; alcé el pie y lo tapé de inmediato para silenciar aquel atisbo de sublevación interior. Algunos pasos más allá pude ver como las vetas se redondeaban alargándose en los extremos para crear una elipsis perfecta que, si se miraba con la suficiente atención, tomaban la forma de ojos vacíos que parecían devolverme la mirada y  juzgarme con la frialdad que mis recientes actos merecían. Cerré los míos para evitar aquella mirada inquisitiva formada por rocas calizas y calcáreas a las que mi conciencia había dotado de vida para proseguir con la mayor tranquilidad posible mi marcha. Preferí seguir a ciegas y agudizar el resto de  mis sentidos para que éstos me guiaran y al hacerlo sentí los ecos de los pasos  de los pisos superiores que parecían precipitarse sobre mí como  gotas de lluvia. Alargué los brazos  en la dirección de aquella llovizna de pisadas para empaparme de ellas como un explorador que en tierra indómita intenta aclimatarse a  su entorno para prever las posibles adversidades que le acechan. Pero aquel sonido agolpado se había convertido en una amalgama de zarandeos y golpes indefinibles en las que apenas se podía extraer  un rastro  medianamente aprovechable.

De lo que sí logré percatarme fue de que mi ritmo sosegado pero carente de pausa me acercaba a mis competidores. El desgaste producido por una salida atropellada y un inicio demasiado efusivo estaba haciendo mella en los que habían confiado sobremanera en su estado físico y  en los que, como yo, no tuvieron en mente estrategia alguna desde el principio.  Pero poseía una ventaja sobre éstos últimos y ésta era la duda que me arrastraba a un avance que, al ser intermitente, lograba dosificar mis esfuerzos.

— Número 8 eliminado por levantarse la máscara por encima de la nariz para tomar aire. — Aquella voz glacial surgida de las paredes que asocié a horas frente al espejo perfeccionando posturas intimidantes y gestos afilados me asaltó al llegar a la planta séptima convirtiéndose, aparte de la masa de gruñidos y repiqueteos uniformes, en mi única compañía.

La punta de mi zapato se topó con el escalón que anunciaba el siguiente tramo de escaleras evitando así que la parte inferior de mi tibia se golpeara con el borde anhelante de golpes y tropezones del peldaño. Suspiré aliviado  y afronté los treinta y dos escalones siguientes.

— Números 16 y 20 eliminados por perder varios botones al empujarse el uno al otro e intentar agarrarse a la camisa del oponente para evitar la caída. — El octavo número desapareció a mi espalda mientras la dicción estudiada de la chica engominada parecía contagiar su fuerza a mis pies en el ascenso.

— ¿6?, ¿Número 6? ¿Se puede saber qué hace? —  En esta ocasión su voz sonó quebrada envolviendo las sílabas de sus palabras en un armazón de inseguridad totalmente impropio de ella.  Igual que cada una de sus frases eliminatorias me animaban a continuar llenando mis músculos de una energía que creía inexistente en mí, aquel indicio de duda hizo que me  detuviera y girara mi cuerpo para cerciorarme del lugar exacto en el que me encontraba.  Miré hacia abajo y vi como acababa de dejar atrás el nivel nueve. Proseguí dubitativo agarrándome con toda la fuerza de la que era capaz a la barandilla mientras notaba como las puntas de mis dedos se clavaban en la palma de mi mano enrojeciéndola y dejando a su paso un leve y, por extraño que parezca, placentero cosquilleo. Apenas me quedaban unos pasos para alcanzar el décimo piso; la planta diez; la quinta parte de mi ascenso; un pequeño triunfo considerando que el número de mis contrincantes se había reducido prácticamente a la mitad.

Llegué hasta el descansillo y miré en derredor para disfrutar de aquella nimia victoria. En la pared de enfrente el tamaño del número que anunciaba cada piso había disminuido significativamente y en el espacio que solía ocupar se podía leer con letras grandes, oscuras y redondeadas el primero de los valores de los que tanto se enorgullecían en “El Espejo”:   “SEGURIDAD”.

Me giré satisfecho  para enfrentarme al siguiente tramo y al toparme con  lo que allí había la sien comenzó a palpitarme con fuerza y las venas de mi frente empezaron a sobresalir por mi piel dejando entrever sus cauces sanguíneos. Alcé la mano en un acto reflejo en un intento de silenciar aquellos latidos tapando el lugar donde debería estar mi boca mientras mis ojos se abrieron de tal manera que noté como mis pestañas tocaron y sobrepasaron las ranuras de mi máscara.

En el suelo había un hombre inmóvil, con el torso extendido sobre los primeros escalones y la cabeza ladeada reposando sobre uno de los peldaños. Sus piernas abiertas se extendían por el descansillo creando ángulos imposibles entre los muslos, las rodillas y los pies convirtiendo la parte inferior de su cuerpo en un conjunto de puntiagudas aristas que colocaban los huesos en lugares donde no deberían estar. En aquel instante, la voz de la chica engominada retumbó por aquella décima planta dejando un eco de ansiedad creciente entre sus palabras:

— Número 6, ¿quiere hacer el favor de moverse?, ¿es que no me escucha?, ¡MUÉVASE DE UNA VEZ NÚMERO 6!

Continuará…

Fer Alvarado

Políticas de Empresa (Parte 5)

Introducción:

Mientras escribía este capítulo escuchaba esta canción de fondo para relajarme e inspirarme, algunas veces en bucle, otras veces la quitaba unos minutos para volver a escucharla al rato y que no perdiera su valor de tanto oírla. Recomiendo que también la escuchéis mientras lo leéis y me comentéis la experiencia. Y ante todo gracias, siempre gracias.

Siempre hay un resquicio para la esperanza. En los lugares más insospechados uno puede encontrarse una mano amiga, puedes encontrarte a alguien que decide ayudarte aunque pueda perjudicarle o pueda perder algo en el camino. Y en definitiva todo esto forma parte de la vida, el encontrar malas personas en los mejores lugares y a gente amable y buena en las peores situaciones. Depende de nosotros el valorar a estas amistades, saber lo que nos dan y lo que nos aportan y sobre todo gestionar nuestras emociones ante situaciones difíciles y si en estos momentos nuestra gente nos tiende la mano o no.

Damián continúa su ascenso, continúa con sus dudas de si todo esto valdrá la pena, pero ante todo continúa luchando y sin pensamiento alguno de rendirse ante esta situación. Pero puede, que tal vez, no se sabe si quizás, la siguiente experiencia le haga pensar (aún más) sobre todo lo que está ocurriendo:

Políticas de empresa (Parte 5):

Al ver aquella  especie de invitación al duelo mis piernas despertaron de su letargo y  comenzaron a moverse y acelerar por cuenta propia. Me encontraba en una lucha interna en la que mi cerebro deseaba agarrarse a su lado racional mientras que el resto de mi cuerpo solo quería dejarse llevar.

 Un número dos enorme de color negro oscuro que ocupaba todo el lateral de la pared me anunció la llegada a aquella planta. Atravesé el descansillo de aquel piso alargando mis pasos y transformando así mis anteriores avances cohibidos en seguras zancadas. Llegué al final de aquel rellano, me agarré a la barandilla y, con un ligero impulso, acometí el siguiente tramo.  Había dejado parte de mis dudas en la planta anterior y una sonrisa que se perdió por la inexpresividad de mi máscara se tatuó en mi rostro.

Para afianzar esta confianza creciente pensé en mecanizar la subida para de esta manera mantener mi mente ocupada,  evitar pensamientos que lastraran mis movimientos y  lograr dosificar esfuerzos.  En silencio comencé a contar: “uno, dos, tres,…, ocho, nueve,…, quince, dieciséis escalones, giro, dieciséis  más, rellano, planta tercera, impulso en el pasamanos;  de nuevo, uno, dos,…, giro,…, planta cuarta”. Siempre me relajó el buscarle algún sentido lógico a mis acciones aun en casos que, como este, carecen totalmente de ella, por lo que sacar esta vena racional conseguía rebajar ostensiblemente mis niveles de tensión.

Había decidido seguir mi camino con la vista fijada al suelo para poder sortear con facilidad los afilados bordes de los peldaños cuando, por no mirar hacia delante, choqué contra uno de los aspirantes que estaba intentando recuperar el aliento en la planta quinta.  Era un hombre menudo y bajito al que con facilidad desplacé  hacia adelante por culpa de este accidental encuentro. Por mi parte, más por lo inesperado que por la violencia del choque, mi espalda se arqueó  hacia atrás de tal manera que noté como el resto de mi cuerpo empezaba a precipitarse escaleras abajo. En un acto reflejo, lancé la pierna en busca de algún lugar que me diera estabilidad, mi pie llegó a posarse en un peldaño tres escalones abajo, pero la excesiva fuerza que había empleado en aquel desesperado movimiento hizo que mi zapato resbalara y que el tacón del mismo se quedara atorado en el borde. Mis rodillas cedieron y mis brazos comenzaron una improvisada coreografía para  intentar agarrarme a cualquier parte. Estiré el brazo con la palma de la mano apuntando al suelo mientras giraba la muñeca intentando palpar el aire como si de esta manera pudiera acercarme al pasamanos. En ese momento, vi al chico menudo  desde el descansillo tendiendo su mano hacia a mí. En un principio estuve tentado de aceptar su desinteresada ayuda, pero recordé las normas enumeradas apenas cinco plantas atrás y aparté de él mis brazos con toda la agilidad que mi escaso equilibrio me permitía.  En esta  apresurada huida la punta filosa de mi codo se encontró con la barandilla para golpearse violentamente contra ella justo antes de conseguir agarrarla con firmeza. Sentí como un cosquilleo recorrió mi antebrazo como si de una corriente eléctrica se tratara, llegó hasta la punta de mis dedos, noté como éstos se adormecían, para dar la vuelta y ascender por mi brazo, mi hombro y llegar hasta mi garganta convertido ahora en un escalofrío de dolor. Mordí mis labios con vehemencia para impedir que maldiciones primigenias salieran de mi boca al mismo tiempo que mis ojos empezaron a humedecerse. Mis dientes rasgaron la piel interior de mis labios y mi lengua se llenó del sabor metálico de la sangre. No podía permitir que mi máscara se empapara con ella así que encontré rápidamente la herida interna y la succioné convirtiendo  mi saliva en una mezcla viscosa y amarga. Con mi boca sellada y mi brazo rígido por el dolor agarrado a la barandilla, conseguí incorporarme y avanzar hasta el descansillo de la quinta planta donde “El Menudo” parecía esperarme.

Llegué hasta el lugar donde se encontraba y cruzamos nuestras miradas. Entre las perforaciones de nuestras máscaras pude distinguir a través de sus ojos como aquel chico parecía pedirme disculpas.  Yo le dediqué una sonrisa de “no tiene importancia” que él no llegaría a ver. Me sujeté el brazo aún agarrotado, le adelanté y me dirigí hacia el siguiente tramo de escaleras. Cuando llegué hasta ellas, me giré.  Él seguía quieto, observándose expectante, con sus cortos brazos pegados a su delgado cuerpo desde el borde del descansillo.  Y en este cruce de miradas nos encontrábamos hasta que la voz de la chica engominada volvió a surgir de las paredes sacándonos a ambos de aquel momento de reflexión:

— Número 3 eliminado por intentar ayudar a un contrincante.

Al escuchar estas palabras el chico se quitó uno de los guantes y lo lanzó con rabia contra el suelo, se dio la vuelta y comenzó a descender por las escaleras. Me acerqué con premura hasta el borde y recogí aquel guante lleno de frustración para intentar lanzárselo de vuelta pero cuando me asomé por la barandilla “El Menudo” había desaparecido de mi vista. Así que me lo guardé en el bolsillo interior de la chaqueta como si fuera un valioso recuerdo y atravesé de nuevo aquel rellano. De mis ojos humedecidos brotó una solitaria lágrima que me apresuré a secar con la piel que quedaba al descubierto de mi muñeca  antes de que ésta llegara a tocar la máscara. “¿Por el golpe?, ¿la lágrima habrá sido por el golpe?” pensé por un instante antes de enfrentarme al siguiente tramo. Respiré hondo, coloqué el pie en el peldaño más próximo y continué mi ascenso hasta la planta cincuenta.

Continuará:

Fer Alvarado

Políticas de Empresa (Parte 4)

Introducción:

Una batalla es una batalla. Nos hace enfrentarnos a los semejantes en luchas desiguales y llenas de oscuros recovecos en los que muchas veces se buscan las trampas necesarias para alcanzar una ansiada victoria, aunque ésta se produzca sin honor alguno. Estas luchas puede que no nos aporten el beneficio personal que deseamos pero muchas veces al sentirnos dentro de una competición, aunque ésta no haya sido buscada, se despierta en nosotros un espíritu competitivo el cual desconocíamos totalmente de su existencia. En estos momentos es cuando conocemos nuestros instintos y muchas veces éstos anulan toda nuestra parte racional.

No quería hacer éste relato tan extenso, no deseaba hacerlo tan largo, pero creo que es coherente con la historia y creo que es interesante ver la evolución de Damián en una situación que cada vez se vuelve más extrema. Espero que disfrutéis de este capítulo(prometo no alargarme mucho más, lo juro de verdad) y como siempre agradezco vuestras opiniones y sugerencias:

Políticas de Empresa (parte 4):

Aquel “ahora” retumbó por mis oídos como si fuera el ruido de una taladradora,  pareció danzar por aquella sala durante un instante para, poco después, elevarse y convertirse en un eco ascendente que se perdió escaleras arriba mostrándonos así el camino a seguir.

Por mero instinto seguí con la mirada aquella resonancia que se estaba alejando de mí planta, tras planta; para ser más exactos  cincuenta plantas, cien tramos de escalera y cien descansillos. No pude mirar más hacia arriba, un leve mareo acompañado de una sensación de vértigo al pensar en aquella distancia me hizo volver al piso dónde me encontraba.

Volví la cabeza hacia mis contrincantes y me sorprendí al ver que ninguno de ellos había comenzado aquella desesperada carrera. Todos seguíamos quietos en la misma hilera y en el mismo puesto del principio, pero  se podía sentir que algo en el ambiente había cambiado.  Por las ranuras de las máscaras pude distinguir miradas de alerta. Parecíamos observarnos y estudiarnos unos a otros a la espera de que alguien realizara el primer movimiento. Estaba convencido de que en el momento que uno de nosotros diera el primer paso, no habría marcha atrás y todos le seguiríamos en  una irrefrenable estampida. El enmascarado más alto de la hilera de enfrente se giró hacia mí y me dedicó una mirada desafiante en la que incluso pude distinguir un ápice de odio. Esos ojos profundos y oscuros que irradiaban rencor hacia un desconocido me hicieron comprender uno de los motivos de llevar máscaras. Si  no veíamos nuestras caras, sentiríamos menos empatía por el resto de aspirantes, no veríamos ni sus gestos, ni sus emociones, nos deshumanizaríamos y la competición sería más descarnada.

El “Alto” viró sobre sí mismo, adelantó la pierna derecha, lanzó el brazo hacia atrás y, como si hubiera esperado hasta ese mismo instante para hacerlo, comenzó a correr escaleras arriba. Su compañero de la izquierda hizo el amago de seguirle pero el codo del “Alto”, que estaba cogiendo impulso para iniciar la carrera, le golpeó  en el rostro. Aquel hombre se desplomó en el suelo y comenzó a sangrar profusamente por la nariz.

— Máscara estropeada, número 12 eliminado —dijo la chica engominada  usando un tono frío y opaco.

A mi alrededor no hubo ni frases airadas, ni palabras de protestas  por lo que a todas luces se veía  que había sido una agresión premeditada. De mis compañeros solo me llegaron sonidos de gruñidos quejumbrosos y de carraspeos de gargantas  colmadas de rabia. Por un instante me quedé observando como la máscara de aquel hombre cambiaba de color oscureciéndose por culpa de la sangre que no dejaba de emanar de su nariz hasta que la visión del primer eliminado fue interrumpida por cuerpos en movimiento que se entrelazaban y se empujaban en un intento desesperado de coger la mejor posición para iniciar el ascenso. En aquel altercado había  toda una declaración de intenciones siendo también el verdadero pistoletazo de salida.

— Número 17, ¿no te mueves?, ¿renuncias acaso a la entrevista? —Por un momento no supe ni de quién era aquella voz, ni a quién se estaba refiriendo. Me erguí y vi como la muchacha me  estaba mirando fijamente. “¿Número 17?, ese el número de la oficina en la que tuve que presentarme, ¿ese es mi nombre para esta prueba?” pensé mientras le devolvía la mirada con los ojos abiertos y llenos de sorpresa. Ella que pareció adivinar mis pensamientos, me dedicó un movimiento afirmativo con la cabeza mientras se humedecía ligeramente los labios.

Tal vez porque quería dejar de ver la sangre que comenzaba a traspasar aquella máscara y a gotear sobre el, ya no tan, impoluto mármol del suelo o porque no deseaba enfrentarme más a aquella chica, me dirigí a las escaleras, me enfrenté a ellas y, mientras sentía como el sudor incipiente de mi frente atraía el tejido rugoso de la máscara adhiriéndola a mi rostro, inicié el ascenso hacia la primera planta.

Los primeros escalones parecieron alzarse ante mí como muros infranqueables. La curiosidad de querer saber hasta dónde sería capaz de llegar y de cuáles eran mis posibilidades reales de alcanzar el objetivo se mezclaron con la eterna y devastadora inseguridad que sacude tu mundo cuando tienes un cambio visible al alcance de tu mano.  Por culpa de estos pensamientos  avanzaba tan despacio que mis tímidos ascensos discordaban sobremanera con el sonido acelerado de las frenéticas pisadas que me llegaban desde los pisos superiores.

Alcancé la primera planta prácticamente sin darme cuenta.  Poco a poco había conseguido aislarme de los jadeos necesitados de oxígeno de mis competidores  y del sonido metálico  de la  barandilla al ser zarandeada al mismo tiempo por 19 aspirantes a una vida mejor. Pero lo que no lograba dejar atrás era la voz fría y distante de la chica engominada que parecía perseguirme al surgir a través de las paredes:

— Números 7 y 11 eliminados por apoyarse el uno en el otro evitando así una posible caída… Número 4 se ha enganchado el pantalón en el pasamanos rasgándolo de arriba a abajo, eliminado… Número 18 ha dicho usted una palabra malsonante al resbalar y golpearse la rodilla con el filo de un escalón, eliminado por emitir sonidos congruentes.

Por extraño que parezca sentí alivio al saber que tenía cinco competidores menos sin haber  llegado aún  a la segunda planta. Me detuve y miré hacia arriba en busca de algún movimiento que pudiera sugerirme la distancia que me separaba del primer clasificado. Quedé petrificado al ver como, tres plantas más arriba, “el Alto” estaba quieto y, agarrado con ambas manos a la barandilla, parecía observarme fijamente con su mirada de odio perenne. En la planta inferior a la que él se encontraba un hombre de barriga prominente y de brazos demasiado pequeños  comparados con el resto de su orondo cuerpo, se detuvo, alzó el cuello y le dedicó al ”Alto” un sonoro gruñido.  Apenas habíamos ascendido cinco pisos y aquella competición nos había convertido en un grupo que gruñía en vez de hablar y que transformaba su odio acumulado en miradas combativa hacia sus semejantes.

Continuará…

Fer Alvarado