Políticas de Empresa (Parte 7)

La estupenda música de Toundra que me inspiró para escribir este capítulo y que recomiendo escuchar al leer mi texto para hacer la experiencia más cercana.

Introducción:

La vida es evolución, la vida es adaptarte a un mundo cambiante que te rodea y del que nunca sabes que te espera. Los cambios te acechan detrás de cada esquina y, aunque intentamos mantener nuestra esencia, cambiamos ocasionalmente parte de nuestra personalidad para lograr avanzar en nuestro camino. Pero, ¿son éstos actos lícitos?, ¿podemos volver atrás y volver a ser los que éramos sin olvidar lo que poco a poco hemos dejado en el camino?

Éste es el capítulo más extenso que he publicado hasta la fecha pero, como ya adelanté en mi anterior publicación, tengo la intención de convertir esta historia en novela y he querido cambiar el ritmo y la acción para continuar experimentando y ver hasta dónde llega esta historia. Muchísimas gracias por vuestra paciencia, espero que disfrutéis de esta nueva entrega y siempre estaré agradecido de leer vuestros comentarios y de cambiar opiniones.

Políticas de Empresa (parte 7):

Aquel cuerpo compuesto de posiciones acrobáticas se mantenía inmóvil ocupando los primeros escalones de la planta décima.  Parecía un artista circense que, denostado por el tiempo y, que tras conocer el sonido de los aplausos como nutriente básico del ego del artista, quería realizar su última y más delirante acrobacia que demostrara su valía ante un público demasiado exigente. 

Las palabras que emanaban de las paredes no parecían hacer efecto alguno en aquel  cuerpo de ángulos incorrectos y por un momento llegué a envidiarle por lograr ignorar aquella voz que, como un líquido y desconocido elemento, recorría el edificio y se colaba a hurtadillas por mis oídos llenando mis pensamientos de reglas incoherentes. Él, mientras tanto, permanecía ajeno a toda aquella enajenación colectiva, a toda aquella locura que nos estaba convirtiendo en un grupo alienado de un solo objetivo común y sin ninguna idea que se escapara de aquella avalancha de corbatas negras y camisas blancas. Tal vez, dentro de su inconsciencia, estaba sumido en sueños de recuerdos coloridos e iridiscentes, tal vez éstos eran recientes o tal vez estaban enterrados por experiencias desagradables a las cuales insuflamos de una importancia desmedida; tal vez sus ensoñaciones nunca habían tenido lugar en ningún escenario físico y solamente su imaginación, ajena a aquella vorágine de atropellos y de escaleras que nunca terminan, se atrevía desafiante a susurrarle en aquel destello de inconsciencia pero de consciencia plena cuál era el lugar donde siempre quería haber estado pero que su toma de decisiones le había alejado hasta llegar a la décima planta de aquel edificio beligerante.

El sonido de las paredes dejó atrás la lógica de las palabras para convertirse en un pitido agudo, en una especie de acople que iba aumentando de intensidad para transformarse en un silbido molesto que arañaba y silenciaba el poco juicio que parecía quedarme. Me imaginé a la chica engominada de pie, con su postura solemne de elegancia incorruptible con el dedo índice pulsando continuadamente el interruptor del interfono como si éste fuera una extensión más de su brazo. La vi claramente en mi imaginación con los labios temblorosos y con el dorso de la mano frotándose con vehemencia el lateral de su frente mientras expectante, observaba a aquel número 6 como el ángulo incorrecto que era dentro de tantas líneas sumisas y ordenadas esperando de éste algún atisbo de movimiento que le recondujera de nuevo a la lógica de su redil.

El silbido siguió elevándose como si recorriera una escala de notas y fuera en  busca de alcanzar la más aguda. Llegó hasta un tono desafinado y chirriante que eliminaba de sí mismo todo rastro de musicalidad para, como si se diera cuenta de lo molesta que era su presencia, acomodarse en esta afinación y mantenerse en ella convirtiendo  las facciones de mi rostro en un conjunto de arrugas llenas de desaprobación. Parpadeé varias veces en un intento de sintonizar mi cerebro para lograr aclimatarme a aquel ruido insidioso y, tras sentirme lo suficientemente cómodo dentro de aquel enrarecido ambiente, reanudé mi avance con pasos cortos y cautelosos. No podía dejar de mirar hacia aquel cuerpo al que por la fuerza de la inercia iba acercándome poco a poco. Llegué a su altura, giré para esquivarlo y en ese momento la curiosidad por saber que había podido ocurrirle me poseyó. Con una mirada de aire detectivesco carente del talento deductivo necesario recorrí visualmente las curvas troncadas de su cuerpo.  La rodilla izquierda reposaba en el suelo del descansillo mientras que el peroné se abría hacia un lateral hasta el punto de cruzarse en el camino de la barandilla y apuntar directamente hacia la palabra “SEGURIDAD” que rezaba en la pared del décimo piso. La derecha giraba sobre sí misma desde la cintura dejando entrever una parte del fémur y de una rótula que no debería estar allí. El resto de la pierna se alzaba desafiando la gravedad y apuntando hacia el techo, como señalando el final de un camino que le sería demasiado complicado alcanzar. Pero lo que llamó poderosamente mi atención fue la falta del zapato del pie que indicaba hacia la deseada meta y que  dejaba al descubierto la intimidad de un calcetín negro donde el dedo gordo se colaba como un escapista por un agujero de la punta y mostraba una piel amarillenta y encallecida.

Observé el resto del traje, limpio e impoluto hasta decir basta; paradójicamente no tenía ninguna arruga visible, como si aquella hipotética caída hubiera respetado el esfuerzo realizado por los vapores de la plancha. La camisa perfecta y abotonada hasta el cuello se colaba por dentro de los pantalones sin dejar antiestéticas bolsas en su tela; la corbata doblada en un metódico nudo caía sobre varios de los escalones sin llegar a doblarse en ningún momento; un cinturón plateado pero sobrio ceñía su cintura marcando un torso delgado pero fibroso. Entonces, si todo lo visible estaba perfectamente estudiado para dejar la mejor impresión para el exterior, ¿qué significaba aquel agujero en el calcetín? ¿Era un descuido impropio de alguien que cuidaba tanto su aspecto?, ¿o era un ligero signo de rebelión interior para demostrarse que aún con una imagen tan impostada podría seguir siendo él mismo?

Inicié con la mirada la búsqueda de aquel zapato extraviado, tal vez si lo encontraba mi mente podría rellenar los huecos que faltaban para entender como “Ángulo Incorrecto” había llegado hasta allí. Recorrí infructuosamente el descansillo llegando a agacharme para mirar detrás de la barandilla y por debajo de las curvas de su cuerpo. Me incorporé y alcé la vista escalones arriba pensando en los pasos que podría haber llegado a dar antes de aquella caída y entonces lo vi. Quince escalones más arriba, justo antes del siguiente tramo de escaleras, un zapato negro esperaba ignorante a su dueño como si nada hubiera ocurrido. Pensé en un resbalón fortuito, el pie atascándose contra el borde del peldaño como me ocurrió escasos pisos atrás; sus manos danzantes en el aire buscando algo a lo que asirse que no llega, gira sobre sí mismo, intenta retroceder y su otra pierna se desliza con la esperanza de alcanzar un lugar seguro. En ese momento pierde el equilibrio, su torso inicia una caída que pronto es acompañada por el resto de su cuerpo; el talón, reticente de desandar aquel camino que tanto le ha costado, se le engancha en el borde del escalón dejando a aquel solitario zapato ausente de dueño como única prueba del punto alcanzado en aquella carrera mientras él se encoge, se convierte en un ovillo y comienza a dar volteretas escaleras abajo golpeándose con los bordes de los peldaños y con la barandilla dejándola temblorosa y emitiendo un ligero pitido metálico . Puedo escuchar el crujido de huesos  al romperse en mi cabeza, como estos se desunen y se independizan del que ha sido hasta ese momento su propietario. Imagino los cardenales surgiendo en su escondida piel y como éstos van creciendo convirtiendo el rosado color de sus piernas en un tono púrpura y oscuro. Siendo aquel ángulo incorrecto e inamovible el resultado y el zapato solitario el único testigo de aquella historia.

Me acerqué a él con sigilo, intentando apoyar la menor superficie posible de mis pies sobre el mármol. Tenía miedo de tocarle, de acercar mi piel a la suya y de notar como su cuerpo se enfriaba paulatinamente bajo mis manos. Sentía pavor de que mi rostro, próximo a él, notara una última exhalación escapando de sus labios; que éste último suspiro dejara sobre las escaleras un recipiente vacio de músculos y de huesos que se perdería con el resto de aquel aire impregnado en sudor y sal  para dejar de ser el número 6 o cualquiera que fuera su nombre. Una punzada de  culpabilidad por no haber estado en aquella planta en el momento exacto me atravesó el pecho. Mi mano extendida hacia él como hizo “El Menudo” conmigo le hubiera salvado de una avalancha de bordes punzantes y de afilados escalones; le habría dado la posibilidad de elegir caer o de poder mantenerse;  la opción de preferir una derrota momentánea en la subida pero lograr un  indudable aplazamiento de aquel dolor recibido. Pero no estuve allí, no le escuché gritar, ni le vi caer; solo hacía suposiciones sobre zapatos que se enganchan y escalones que te  acaban devorando. Y lo que más me carcomía era que no estaba seguro de que de haber estado allí le hubiera tendido la mano.

“Tranquilo Damián, seguro que la ayuda está en camino y tú con solo mirarlo no vas a lograr nada. Si no han suspendido la prueba es que todo está bajo control. Debe estarlo. Si no, ¿qué significado tiene esto?, ¿enfrentarnos?, ¿matarnos unos a otros?, ¿recubrir nuestro cuerpo de insensibilidad? Ya la escuchaste, está asustada, habrá llamado a alguien. Debe llamar. No está en tu mano lo que le pase, no puedes hablar, no puedes gritar y este tipo de problemas siempre hay otra persona que se ocupa de resolverlos. Debe haberlo. “

Este  convencimiento  interior en aquella décima planta me hizo darme cuenta de que no podía hacer nada más que observarle y llenar mi cabeza con elucubraciones que no me llevaban a ninguna parte. Me prometí no mirarle, no hacerme más preguntas sobre él, sobre su posible pasado y sobre su incierto futuro. Así que puse un pie en el siguiente escalón y después en el siguiente y en el siguiente dejando poco a poco atrás a aquel hombre primero convertido en número y después transformado en ángulo.

El silbido chirriante que colmaba el ambiente cesó en el mismo instante que me adelanté al cuerpo de número  6. “Engominada” había dejado de pulsar el interfono y estaba seguro de que aquello tenía que significar algo. Apoyé la mano en la barandilla para coger impulso y justo cuando la superficie de mi guante se posó sobre la madera del pasamanos, tibia por el sol que osaba adentrarse desde los ventanales, escuché un tamborileo de dedos nerviosos a mi espalda. Era un sonido arrítmico repleto de duda que, como la mano que palpa la pared en mitad de la noche en busca de un interruptor que le ilumine, parecía buscar un elemento reconocible que le aportara información sobre el lugar en el que se encontraba.

En ese momento me detuve. Una de mis piernas estaba atrasada en un escalón inferior  y la otra flexionada adelantándose un par de peldaños marcando así el camino a seguir. Puse la espalda recta evitando mi habitual encorvamiento y de cierta manera colocando mi cuerpo en guardia y, sin llegar a mirar atrás, giré el cuello hasta dejar mi oído apuntando hacia la dirección de aquel ruido. Sonó un golpe seco acompañado de un crujir de uñas que parecían doblarse como ramas forzadas por el viento seguido por un arrastrar de botones acercándose a mí y que, al frotarse contra el mármol tranco del suelo, dejaban notas sibilantes y entrecortadas en el aire.  Eché el codo hacia atrás abandonando la rectitud de mi cuerpo para poder girarme por completo y ver qué o quién era lo que se me aproximaba. En ese momento la mano  de “Ángulo Incorrecto” se agarró a mi tobillo y comenzó a tirar hacia abajo con una fuerza desmedida. Mi pie, al ser sorprendido por aquel encuentro inesperado, se despegó del suelo cogiendo la dirección que le ordenaban;  yo intenté mantener el equilibrio sujetándome a la barandilla, pero mi pierna adelantada cedió, se  flexionó y dejó caer mi rodilla con todo su peso sobre el escalón inferior. En este súbito descenso la parte superior de mi espalda cayó  por suerte sobre el descansillo que anunciaba el siguiente tramo de escaleras evitando un golpe en la nuca que podría haber resultado fatal. Un dolor incipiente me recorrió los hombros como un escalofrío, escaló por mi garganta para intentar materializarse en un conjunto de aullidos propagados al viento pero en aquel momento no tenía tiempo de gritar, de intentar comprender qué estaba ocurriendo, ni de agradecer que mi cabeza no hubiera golpeado el suelo;  la otra mano de número 6 se acababa de aferrar a mi pierna a la altura de la rótula y parecía que éste quería ascender sobre mí. Estiré la pierna aprisionada en un vacuo forcejeo para intentar liberarme, él al notar mi resistencia se abrazó a mi muslo y levantó la cabeza  dedicándome una mirada poblada de venas enrojecidas que teñían de sangre el blanco de sus ojos convirtiéndolos en un hálito lleno de rabia. No distinguí súplicas de ayuda, ni deseos de conmiseración en él; se había convertido en un amasijo de huesos distorsionados que se arrastraba escaleras arriba con la única idea de adelantarme fuera el que fuese el precio a pagar.

Alcé mi otro brazo e intenté alcanzar el pasamanos para encontrar un punto de apoyo en el que sostenerme. Metí el antebrazo entre las barandillas verticales e hice palanca con el codo intentando incorporarme y poder dejar así una distancia entre “Ángulo” y yo que me diera unos segundos de ventaja para pensar con algo más de claridad. En este ligero ascenso mi baja espalda se raspó sobre el borde del escalón y sentí como mi piel se agrietaba cediendo por la fricción del mármol. Conseguí alzarme justo antes de que él llegara a alcanzar mi cintura aportándome  este ligero triunfo la tranquilidad que da el saberte superior a tu oponente. En ese instante me di cuenta de que tenía que apartarlo de mí. Aquel hombre, enajenado por el dolor que colmaba sus nervios, parecía capaz de cualquier cosa por tal de avanzar y comencé a temer porque a mí pudiera ocurrirme exactamente lo mismo. Él levantó el brazo hasta poner su mano a la altura de mi cara eclipsando  por un instante la luz del fluorescente que iluminaba aquella décima planta, ésta descendió súbitamente para apoyarse en el borde del peldaño en el que estaba sentado, cogió impulso y continuó su ascenso a través de mí. Noté como, sin dejar de mirarme fijamente, su puntiaguda  barbilla  se clavaba en mi ombligo, presionaba mi vientre y subía a través de mi torso  atascándose en todos y cada uno de los botones de mi camisa. En ese momento no  lo dudé,  o era él o yo, así que despegué una de mis manos de la barandilla y empecé a palpar el suelo en busca de algo con lo que poder defenderme encontrando  rápidamente a mi derecha el zapato solitario y ausente de dueño que “Ángulo Incorrecto” había dejado en su camino.  Lo empuñé como si de un arma se tratara sintiendo como el cuero, de aquel antes calzado y ahora arma, cedía y perdía su forma original gracias a la presión ejercida por mis dedos. Eché el brazo hacia atrás para coger impulso y comencé a golpearle en el costado una y otra vez. Llegué a perder la cuenta de las veces que aquella desgastada suela chocaba contra su cuerpo, el agobio que sentía al tenerlo encima de mí me poseyó y dejé de apuntar mis golpes; le di en las costillas, la cintura, la espalda, los hombros,…, pero  solo obtenía gruñidos quejumbrosos como respuesta. El cansancio de aquellos innumerables golpes se mezcló con el calor que aquel cuerpo adherido a mí me proporcionaba  convirtiéndose en un tibio sudor que empezó a recorrerme el pecho y transformando el nudo de mi corbata en un yugo asfixiante. No podía permanecer más tiempo en aquella situación, así que apreté los dientes dejando entrever el rojo de mis encías y auné todas las fuerzas que me quedaban para golpear desde abajo el estómago de “Ángulo”.  La violencia del choque del zapato contra su bajo vientre fue tal que su cuerpo llegó a levantarse del suelo varios centímetros.  Esta vez no respondió con ningún quejido, sino que apoyó sus manos en los escalones de mi izquierda y giró con torpeza su dolorido cuerpo para liberarme. Yo me levanté con premura sin dejar de mirarle. Él, por su parte y tal vez avergonzado por aquella batalla perdida, había ladeado la cabeza para que nuestros ojos no se cruzaran. Me di la vuelta y comencé a trotar por las escaleras como si huyera despavorido de un terrible enemigo. Tras subir los dieciséis escalones correspondientes alcancé la planta undécima y en ese momento me di cuenta de que seguía sosteniendo en la mano derecha el zapato como prueba de mi culpa. Me agaché y lo deposité con suavidad en el suelo, tratándolo con  mucha más delicadeza de lo que había llegado a tratar a su dueño y al incorporarme y sin querer mirar hacia atrás, pude observar por el rabillo del ojo como “Ángulo Incorrecto” no cejaba en su lucha y continuaba arrastrándose con sus manos, sus codos y sus brazos escaleras arriba hacia una meta que le sería demasiado complicado alcanzar.

Continuará

Fer Alvarado

Políticas de Empresa (Parte 6)

Introducción:

Esta es la canción que me inspiró para escribir este capítulo. Siempre que escucho música para escribir me gusta perderme en su cadencia y en su ritmo así que recomiendo el escuchar este tema mientras se lee para hacer más cercano mi proceso de creación.

Las dudas nos acechan en cada esquina. Nunca sabemos si el camino escogido es el correcto o si tal vez hubiera sido mejor atravesar el sendero que dejamos a nuestra espalda. Siempre dudamos de nuestras elecciones, de lo realizado y sobre todo de lo que dejamos sin hacer. Las posibilidades se convierten en infinitas y en muchas ocasiones creemos que lo elegido ha sido lo más erróneo. Le echamos las culpas a las circunstancias, al entorno, incluso a nuestra situación actual pero lo que realmente nos acaba definiendo son estas decisiones y nuestra capacidad de llevarlas hacia las últimas consecuencias o de saber rectificar en un momento dado. ¿Somos capaces de aprender de nuestros errores, de actuar diferente frente a una situación que se nos repite?

Nunca pensé que este relato llegaría hasta aquí, comienzo a dudar si alargarlo e intentar embarcarme en el arduo camino de convertirlo en novela. Pero nunca hubiera llegado sin todos vosotros que me seguís y me dáis palabras de ánimo. Así que os adelanto que en breve llegará a una conclusión y que en un futuro tengo en mente el arreglarlo y tratar de convertir la historia de Damián en un intento de novela. Como siempre gracias por leerme, agradeceré vuestras sugerencias y comentarios y espero que disfrutéis de este capítulo tanto como lo he hecho yo escribiéndolo.

Políticas de Empresa (Parte 6):

Los escalones volvieron a pasar lentamente bajo mis pies. Una mezcolanza de sentimientos estaba luchando en mi interior ralentizando así mis movimientos. ¿Cómo había sido capaz de apartarle la mano a aquel chico?, ¿en qué momento me había involucrado tanto en aquel juego que preferí casi dejarme caer escaleras abajo antes de aceptar la ayuda de un desconocido en el cuál primaban sus buenas intenciones por encima de su ambición? 

El número seis en la pared me dio la bienvenida a aquella planta devolviéndome de nuevo a mi solitaria y particular escalada. Seguía con la cabeza agachada buscando un lugar seguro en el que afianzar mis pisadas lentas pero seguras. Al llegar al descansillo observé como la luz de los fluorescentes se reflejaba en las vetas del mármol creando así formas luminiscentes que fragmentaban la luz recibida en varias direcciones. A cada paso cubría con mis pies aquellos borrones  de luz que comenzaron a parecerme manchas de Rorschach a las que mi imaginación les iba dando formas reales y palpables. De esta manera pude distinguir en el suelo la forma de un guante, o tal vez de una mano desnuda e insolente que desafiaba con su atrevida desnudez aquellas normas establecidas que había interiorizado con demasiada rapidez; alcé el pie y lo tapé de inmediato para silenciar aquel atisbo de sublevación interior. Algunos pasos más allá pude ver como las vetas se redondeaban alargándose en los extremos para crear una elipsis perfecta que, si se miraba con la suficiente atención, tomaban la forma de ojos vacíos que parecían devolverme la mirada y  juzgarme con la frialdad que mis recientes actos merecían. Cerré los míos para evitar aquella mirada inquisitiva formada por rocas calizas y calcáreas a las que mi conciencia había dotado de vida para proseguir con la mayor tranquilidad posible mi marcha. Preferí seguir a ciegas y agudizar el resto de  mis sentidos para que éstos me guiaran y al hacerlo sentí los ecos de los pasos  de los pisos superiores que parecían precipitarse sobre mí como  gotas de lluvia. Alargué los brazos  en la dirección de aquella llovizna de pisadas para empaparme de ellas como un explorador que en tierra indómita intenta aclimatarse a  su entorno para prever las posibles adversidades que le acechan. Pero aquel sonido agolpado se había convertido en una amalgama de zarandeos y golpes indefinibles en las que apenas se podía extraer  un rastro  medianamente aprovechable.

De lo que sí logré percatarme fue de que mi ritmo sosegado pero carente de pausa me acercaba a mis competidores. El desgaste producido por una salida atropellada y un inicio demasiado efusivo estaba haciendo mella en los que habían confiado sobremanera en su estado físico y  en los que, como yo, no tuvieron en mente estrategia alguna desde el principio.  Pero poseía una ventaja sobre éstos últimos y ésta era la duda que me arrastraba a un avance que, al ser intermitente, lograba dosificar mis esfuerzos.

— Número 8 eliminado por levantarse la máscara por encima de la nariz para tomar aire. — Aquella voz glacial surgida de las paredes que asocié a horas frente al espejo perfeccionando posturas intimidantes y gestos afilados me asaltó al llegar a la planta séptima convirtiéndose, aparte de la masa de gruñidos y repiqueteos uniformes, en mi única compañía.

La punta de mi zapato se topó con el escalón que anunciaba el siguiente tramo de escaleras evitando así que la parte inferior de mi tibia se golpeara con el borde anhelante de golpes y tropezones del peldaño. Suspiré aliviado  y afronté los treinta y dos escalones siguientes.

— Números 16 y 20 eliminados por perder varios botones al empujarse el uno al otro e intentar agarrarse a la camisa del oponente para evitar la caída. — El octavo número desapareció a mi espalda mientras la dicción estudiada de la chica engominada parecía contagiar su fuerza a mis pies en el ascenso.

— ¿6?, ¿Número 6? ¿Se puede saber qué hace? —  En esta ocasión su voz sonó quebrada envolviendo las sílabas de sus palabras en un armazón de inseguridad totalmente impropio de ella.  Igual que cada una de sus frases eliminatorias me animaban a continuar llenando mis músculos de una energía que creía inexistente en mí, aquel indicio de duda hizo que me  detuviera y girara mi cuerpo para cerciorarme del lugar exacto en el que me encontraba.  Miré hacia abajo y vi como acababa de dejar atrás el nivel nueve. Proseguí dubitativo agarrándome con toda la fuerza de la que era capaz a la barandilla mientras notaba como las puntas de mis dedos se clavaban en la palma de mi mano enrojeciéndola y dejando a su paso un leve y, por extraño que parezca, placentero cosquilleo. Apenas me quedaban unos pasos para alcanzar el décimo piso; la planta diez; la quinta parte de mi ascenso; un pequeño triunfo considerando que el número de mis contrincantes se había reducido prácticamente a la mitad.

Llegué hasta el descansillo y miré en derredor para disfrutar de aquella nimia victoria. En la pared de enfrente el tamaño del número que anunciaba cada piso había disminuido significativamente y en el espacio que solía ocupar se podía leer con letras grandes, oscuras y redondeadas el primero de los valores de los que tanto se enorgullecían en “El Espejo”:   “SEGURIDAD”.

Me giré satisfecho  para enfrentarme al siguiente tramo y al toparme con  lo que allí había la sien comenzó a palpitarme con fuerza y las venas de mi frente empezaron a sobresalir por mi piel dejando entrever sus cauces sanguíneos. Alcé la mano en un acto reflejo en un intento de silenciar aquellos latidos tapando el lugar donde debería estar mi boca mientras mis ojos se abrieron de tal manera que noté como mis pestañas tocaron y sobrepasaron las ranuras de mi máscara.

En el suelo había un hombre inmóvil, con el torso extendido sobre los primeros escalones y la cabeza ladeada reposando sobre uno de los peldaños. Sus piernas abiertas se extendían por el descansillo creando ángulos imposibles entre los muslos, las rodillas y los pies convirtiendo la parte inferior de su cuerpo en un conjunto de puntiagudas aristas que colocaban los huesos en lugares donde no deberían estar. En aquel instante, la voz de la chica engominada retumbó por aquella décima planta dejando un eco de ansiedad creciente entre sus palabras:

— Número 6, ¿quiere hacer el favor de moverse?, ¿es que no me escucha?, ¡MUÉVASE DE UNA VEZ NÚMERO 6!

Continuará…

Fer Alvarado

Políticas de Empresa (Parte 5)

Introducción:

Mientras escribía este capítulo escuchaba esta canción de fondo para relajarme e inspirarme, algunas veces en bucle, otras veces la quitaba unos minutos para volver a escucharla al rato y que no perdiera su valor de tanto oírla. Recomiendo que también la escuchéis mientras lo leéis y me comentéis la experiencia. Y ante todo gracias, siempre gracias.

Siempre hay un resquicio para la esperanza. En los lugares más insospechados uno puede encontrarse una mano amiga, puedes encontrarte a alguien que decide ayudarte aunque pueda perjudicarle o pueda perder algo en el camino. Y en definitiva todo esto forma parte de la vida, el encontrar malas personas en los mejores lugares y a gente amable y buena en las peores situaciones. Depende de nosotros el valorar a estas amistades, saber lo que nos dan y lo que nos aportan y sobre todo gestionar nuestras emociones ante situaciones difíciles y si en estos momentos nuestra gente nos tiende la mano o no.

Damián continúa su ascenso, continúa con sus dudas de si todo esto valdrá la pena, pero ante todo continúa luchando y sin pensamiento alguno de rendirse ante esta situación. Pero puede, que tal vez, no se sabe si quizás, la siguiente experiencia le haga pensar (aún más) sobre todo lo que está ocurriendo:

Políticas de empresa (Parte 5):

Al ver aquella  especie de invitación al duelo mis piernas despertaron de su letargo y  comenzaron a moverse y acelerar por cuenta propia. Me encontraba en una lucha interna en la que mi cerebro deseaba agarrarse a su lado racional mientras que el resto de mi cuerpo solo quería dejarse llevar.

 Un número dos enorme de color negro oscuro que ocupaba todo el lateral de la pared me anunció la llegada a aquella planta. Atravesé el descansillo de aquel piso alargando mis pasos y transformando así mis anteriores avances cohibidos en seguras zancadas. Llegué al final de aquel rellano, me agarré a la barandilla y, con un ligero impulso, acometí el siguiente tramo.  Había dejado parte de mis dudas en la planta anterior y una sonrisa que se perdió por la inexpresividad de mi máscara se tatuó en mi rostro.

Para afianzar esta confianza creciente pensé en mecanizar la subida para de esta manera mantener mi mente ocupada,  evitar pensamientos que lastraran mis movimientos y  lograr dosificar esfuerzos.  En silencio comencé a contar: “uno, dos, tres,…, ocho, nueve,…, quince, dieciséis escalones, giro, dieciséis  más, rellano, planta tercera, impulso en el pasamanos;  de nuevo, uno, dos,…, giro,…, planta cuarta”. Siempre me relajó el buscarle algún sentido lógico a mis acciones aun en casos que, como este, carecen totalmente de ella, por lo que sacar esta vena racional conseguía rebajar ostensiblemente mis niveles de tensión.

Había decidido seguir mi camino con la vista fijada al suelo para poder sortear con facilidad los afilados bordes de los peldaños cuando, por no mirar hacia delante, choqué contra uno de los aspirantes que estaba intentando recuperar el aliento en la planta quinta.  Era un hombre menudo y bajito al que con facilidad desplacé  hacia adelante por culpa de este accidental encuentro. Por mi parte, más por lo inesperado que por la violencia del choque, mi espalda se arqueó  hacia atrás de tal manera que noté como el resto de mi cuerpo empezaba a precipitarse escaleras abajo. En un acto reflejo, lancé la pierna en busca de algún lugar que me diera estabilidad, mi pie llegó a posarse en un peldaño tres escalones abajo, pero la excesiva fuerza que había empleado en aquel desesperado movimiento hizo que mi zapato resbalara y que el tacón del mismo se quedara atorado en el borde. Mis rodillas cedieron y mis brazos comenzaron una improvisada coreografía para  intentar agarrarme a cualquier parte. Estiré el brazo con la palma de la mano apuntando al suelo mientras giraba la muñeca intentando palpar el aire como si de esta manera pudiera acercarme al pasamanos. En ese momento, vi al chico menudo  desde el descansillo tendiendo su mano hacia a mí. En un principio estuve tentado de aceptar su desinteresada ayuda, pero recordé las normas enumeradas apenas cinco plantas atrás y aparté de él mis brazos con toda la agilidad que mi escaso equilibrio me permitía.  En esta  apresurada huida la punta filosa de mi codo se encontró con la barandilla para golpearse violentamente contra ella justo antes de conseguir agarrarla con firmeza. Sentí como un cosquilleo recorrió mi antebrazo como si de una corriente eléctrica se tratara, llegó hasta la punta de mis dedos, noté como éstos se adormecían, para dar la vuelta y ascender por mi brazo, mi hombro y llegar hasta mi garganta convertido ahora en un escalofrío de dolor. Mordí mis labios con vehemencia para impedir que maldiciones primigenias salieran de mi boca al mismo tiempo que mis ojos empezaron a humedecerse. Mis dientes rasgaron la piel interior de mis labios y mi lengua se llenó del sabor metálico de la sangre. No podía permitir que mi máscara se empapara con ella así que encontré rápidamente la herida interna y la succioné convirtiendo  mi saliva en una mezcla viscosa y amarga. Con mi boca sellada y mi brazo rígido por el dolor agarrado a la barandilla, conseguí incorporarme y avanzar hasta el descansillo de la quinta planta donde “El Menudo” parecía esperarme.

Llegué hasta el lugar donde se encontraba y cruzamos nuestras miradas. Entre las perforaciones de nuestras máscaras pude distinguir a través de sus ojos como aquel chico parecía pedirme disculpas.  Yo le dediqué una sonrisa de “no tiene importancia” que él no llegaría a ver. Me sujeté el brazo aún agarrotado, le adelanté y me dirigí hacia el siguiente tramo de escaleras. Cuando llegué hasta ellas, me giré.  Él seguía quieto, observándose expectante, con sus cortos brazos pegados a su delgado cuerpo desde el borde del descansillo.  Y en este cruce de miradas nos encontrábamos hasta que la voz de la chica engominada volvió a surgir de las paredes sacándonos a ambos de aquel momento de reflexión:

— Número 3 eliminado por intentar ayudar a un contrincante.

Al escuchar estas palabras el chico se quitó uno de los guantes y lo lanzó con rabia contra el suelo, se dio la vuelta y comenzó a descender por las escaleras. Me acerqué con premura hasta el borde y recogí aquel guante lleno de frustración para intentar lanzárselo de vuelta pero cuando me asomé por la barandilla “El Menudo” había desaparecido de mi vista. Así que me lo guardé en el bolsillo interior de la chaqueta como si fuera un valioso recuerdo y atravesé de nuevo aquel rellano. De mis ojos humedecidos brotó una solitaria lágrima que me apresuré a secar con la piel que quedaba al descubierto de mi muñeca  antes de que ésta llegara a tocar la máscara. “¿Por el golpe?, ¿la lágrima habrá sido por el golpe?” pensé por un instante antes de enfrentarme al siguiente tramo. Respiré hondo, coloqué el pie en el peldaño más próximo y continué mi ascenso hasta la planta cincuenta.

Continuará:

Fer Alvarado

Políticas de Empresa (Parte 4)

Introducción:

Una batalla es una batalla. Nos hace enfrentarnos a los semejantes en luchas desiguales y llenas de oscuros recovecos en los que muchas veces se buscan las trampas necesarias para alcanzar una ansiada victoria, aunque ésta se produzca sin honor alguno. Estas luchas puede que no nos aporten el beneficio personal que deseamos pero muchas veces al sentirnos dentro de una competición, aunque ésta no haya sido buscada, se despierta en nosotros un espíritu competitivo el cual desconocíamos totalmente de su existencia. En estos momentos es cuando conocemos nuestros instintos y muchas veces éstos anulan toda nuestra parte racional.

No quería hacer éste relato tan extenso, no deseaba hacerlo tan largo, pero creo que es coherente con la historia y creo que es interesante ver la evolución de Damián en una situación que cada vez se vuelve más extrema. Espero que disfrutéis de este capítulo(prometo no alargarme mucho más, lo juro de verdad) y como siempre agradezco vuestras opiniones y sugerencias:

Políticas de Empresa (parte 4):

Aquel “ahora” retumbó por mis oídos como si fuera el ruido de una taladradora,  pareció danzar por aquella sala durante un instante para, poco después, elevarse y convertirse en un eco ascendente que se perdió escaleras arriba mostrándonos así el camino a seguir.

Por mero instinto seguí con la mirada aquella resonancia que se estaba alejando de mí planta, tras planta; para ser más exactos  cincuenta plantas, cien tramos de escalera y cien descansillos. No pude mirar más hacia arriba, un leve mareo acompañado de una sensación de vértigo al pensar en aquella distancia me hizo volver al piso dónde me encontraba.

Volví la cabeza hacia mis contrincantes y me sorprendí al ver que ninguno de ellos había comenzado aquella desesperada carrera. Todos seguíamos quietos en la misma hilera y en el mismo puesto del principio, pero  se podía sentir que algo en el ambiente había cambiado.  Por las ranuras de las máscaras pude distinguir miradas de alerta. Parecíamos observarnos y estudiarnos unos a otros a la espera de que alguien realizara el primer movimiento. Estaba convencido de que en el momento que uno de nosotros diera el primer paso, no habría marcha atrás y todos le seguiríamos en  una irrefrenable estampida. El enmascarado más alto de la hilera de enfrente se giró hacia mí y me dedicó una mirada desafiante en la que incluso pude distinguir un ápice de odio. Esos ojos profundos y oscuros que irradiaban rencor hacia un desconocido me hicieron comprender uno de los motivos de llevar máscaras. Si  no veíamos nuestras caras, sentiríamos menos empatía por el resto de aspirantes, no veríamos ni sus gestos, ni sus emociones, nos deshumanizaríamos y la competición sería más descarnada.

El “Alto” viró sobre sí mismo, adelantó la pierna derecha, lanzó el brazo hacia atrás y, como si hubiera esperado hasta ese mismo instante para hacerlo, comenzó a correr escaleras arriba. Su compañero de la izquierda hizo el amago de seguirle pero el codo del “Alto”, que estaba cogiendo impulso para iniciar la carrera, le golpeó  en el rostro. Aquel hombre se desplomó en el suelo y comenzó a sangrar profusamente por la nariz.

— Máscara estropeada, número 12 eliminado —dijo la chica engominada  usando un tono frío y opaco.

A mi alrededor no hubo ni frases airadas, ni palabras de protestas  por lo que a todas luces se veía  que había sido una agresión premeditada. De mis compañeros solo me llegaron sonidos de gruñidos quejumbrosos y de carraspeos de gargantas  colmadas de rabia. Por un instante me quedé observando como la máscara de aquel hombre cambiaba de color oscureciéndose por culpa de la sangre que no dejaba de emanar de su nariz hasta que la visión del primer eliminado fue interrumpida por cuerpos en movimiento que se entrelazaban y se empujaban en un intento desesperado de coger la mejor posición para iniciar el ascenso. En aquel altercado había  toda una declaración de intenciones siendo también el verdadero pistoletazo de salida.

— Número 17, ¿no te mueves?, ¿renuncias acaso a la entrevista? —Por un momento no supe ni de quién era aquella voz, ni a quién se estaba refiriendo. Me erguí y vi como la muchacha me  estaba mirando fijamente. “¿Número 17?, ese el número de la oficina en la que tuve que presentarme, ¿ese es mi nombre para esta prueba?” pensé mientras le devolvía la mirada con los ojos abiertos y llenos de sorpresa. Ella que pareció adivinar mis pensamientos, me dedicó un movimiento afirmativo con la cabeza mientras se humedecía ligeramente los labios.

Tal vez porque quería dejar de ver la sangre que comenzaba a traspasar aquella máscara y a gotear sobre el, ya no tan, impoluto mármol del suelo o porque no deseaba enfrentarme más a aquella chica, me dirigí a las escaleras, me enfrenté a ellas y, mientras sentía como el sudor incipiente de mi frente atraía el tejido rugoso de la máscara adhiriéndola a mi rostro, inicié el ascenso hacia la primera planta.

Los primeros escalones parecieron alzarse ante mí como muros infranqueables. La curiosidad de querer saber hasta dónde sería capaz de llegar y de cuáles eran mis posibilidades reales de alcanzar el objetivo se mezclaron con la eterna y devastadora inseguridad que sacude tu mundo cuando tienes un cambio visible al alcance de tu mano.  Por culpa de estos pensamientos  avanzaba tan despacio que mis tímidos ascensos discordaban sobremanera con el sonido acelerado de las frenéticas pisadas que me llegaban desde los pisos superiores.

Alcancé la primera planta prácticamente sin darme cuenta.  Poco a poco había conseguido aislarme de los jadeos necesitados de oxígeno de mis competidores  y del sonido metálico  de la  barandilla al ser zarandeada al mismo tiempo por 19 aspirantes a una vida mejor. Pero lo que no lograba dejar atrás era la voz fría y distante de la chica engominada que parecía perseguirme al surgir a través de las paredes:

— Números 7 y 11 eliminados por apoyarse el uno en el otro evitando así una posible caída… Número 4 se ha enganchado el pantalón en el pasamanos rasgándolo de arriba a abajo, eliminado… Número 18 ha dicho usted una palabra malsonante al resbalar y golpearse la rodilla con el filo de un escalón, eliminado por emitir sonidos congruentes.

Por extraño que parezca sentí alivio al saber que tenía cinco competidores menos sin haber  llegado aún  a la segunda planta. Me detuve y miré hacia arriba en busca de algún movimiento que pudiera sugerirme la distancia que me separaba del primer clasificado. Quedé petrificado al ver como, tres plantas más arriba, “el Alto” estaba quieto y, agarrado con ambas manos a la barandilla, parecía observarme fijamente con su mirada de odio perenne. En la planta inferior a la que él se encontraba un hombre de barriga prominente y de brazos demasiado pequeños  comparados con el resto de su orondo cuerpo, se detuvo, alzó el cuello y le dedicó al ”Alto” un sonoro gruñido.  Apenas habíamos ascendido cinco pisos y aquella competición nos había convertido en un grupo que gruñía en vez de hablar y que transformaba su odio acumulado en miradas combativa hacia sus semejantes.

Continuará…

Fer Alvarado

Políticas de Empresa (Parte 3)

Introducción:

El final de este pequeño experimento se va acercando, aunque aviso de que no será en esta parte de la historia. Recomiendo a los que empecéis por aquí leer “Avance de Relato” y la “Parte 2” y agradeceros siempre que hayáis empezado a leer mi humilde blog. En este capítulo he querido ir oscureciendo paulatinamente el tono de la historia mientras la entrevista de Damián da comienzo. Creo que es algo interesante el ver las reacciones de las personas ante hechos extraños, peligrosos o inauditos. Muchas veces las personas más tranquilas y relajadas se convierten en depredadores competitivos ansiosos de una victoria, aunque sea efímera, que se les ha resistido demasiado tiempo. En otras ocasiones se rinden ante la primera adversidad y se decide coger otros caminos más fáciles y directos . Pero, ¿cómo reaccionará Damian?, ¿cómo queridos lectores reaccionaríais ante esta situación u otra más relajada pero parecida en su contexto? Espero que disfrutéis con este capítulo y como siempre estaré encantado de leer vuestros comentarios, sugerencias y opiniones:

Políticas de Empresa ( Parte 3) :

Atravesamos un largo pasillo en el que el silencio parecía envolvernos por doquier. Era como si el hecho de escuchar el bullicio propio de unas grandes oficinas rompiera la estética  y la forma de proceder de aquella empresa.  Agudicé el oído y pude escuchar ruidos de pisadas perdidas detrás de las paredes, algunos ecos lejanos de teclas golpeadas con celeridad y de ficheros abiertos con calma, pero en ningún momento vi a  la gente que realizaba aquellas tareas.

Seguimos avanzando  por el edificio y mientras más nos adentrábamos aquellos nimios ruidos parecían alejarse para así  sumergirnos de lleno en una calma externa que chocaba con la inquietud creciente de mi interior. Llegamos al final de aquel casi quimérico pasillo y nos topamos con una doble puerta de ébano que nos impedía el paso. La muchacha engominada se detuvo y, con una sonrisa y una actitud jocosa, me invitó a abrirla.

— No sea tímido señor Salas. Tras esta puerta va a comenzar la gran oportunidad de su vida —me dijo a la vez que, con un gesto informal e impropio de la sobriedad que había mostrado hasta entonces, golpeó varias veces la superficie lisa de la madera con la palma de la mano.

La miré sorprendido por aquel cambio repentino de actitud, era como si estuviera disfrutando de toda aquella situación, incluso llegué a intuir por su comportamiento que estaba deseosa porque  todo comenzara.

Agarré la manilla metálica de la puerta y la accioné. No quería mostrar más debilidad frente a la que parecía ser mi evaluadora, me había comido demasiado terreno moral y esa sonrisa me hizo darme cuenta de que ella sabía que estaba prácticamente a su merced. Con un empujón terminé de abrir la puerta y me adentré en aquella nueva estancia. Un fogonazo de luz me cegó por un instante, me tapé las dos ranuras de los ojos con el dorso de la mano mientras me llegaba a acostumbrar  a aquella luminosidad y di varios pasos adelante en un intento de  recuperar la seguridad perdida.

Aquel espacio era enorme, diáfano y de una claridad sobrecogedora. Una cristalera, que invitaba a que oleadas de luz solar se adentraran e invadieran la estancia, ocupaba toda la pared llegando ésta hasta lo alto del edificio. En frente de mí había unas escaleras de mármol que, planta tras planta,  ascendían incansables hasta donde la vista me alcanzaba. A la derecha de éstas, impertérritas y silenciosas, había una hilera en la que pude contar diez personas con  traje negro, corbata a juego y camisa blanca que parecían esperar una señal para moverse; enfrentadas a ellas y a unos metros de distancia, otras nueve vestidas exactamente igual. Todas con la misma máscara beige, todas con sus pequeñas ranuras en los ojos  y todas con los mismos guantes marrones. Un mutismo impostado atravesaba la estancia, no se escuchaban palabras pero si un coro de respiraciones forzadas que intentaban fluir a través del tejido rugoso que envolvía sus fosas nasales.

La chica engominada se adelantó a mí y se colocó en el centro  exacto de la sala. Volvió a entrecruzar los brazos entre sí como si esa fuera su postura habitual cuando quería imponer respeto y con una voz limpia y confiada que parecía proyectarse por todo aquel lugar comenzó a hablar:

— Por favor, complete la hilera de mi derecha. —Bajé la cabeza y me incorporé a la fila de nueve personas con la sensación de aquella chica había vuelto a ganarme una pieza en la particular partida de confianza personal en la que nos encontrábamos. Ella sin percatarse de su pequeña victoria, continuó hablando:

 — Seguridad, competitividad, eficacia y ambición. Son los valores que propugnamos en esta empresa. Son los valores por los que luchamos en el día a día y son los que exigimos a nuestros empleados para poder mantener un grado de confianza mutua y continuar con nuestro valor de mercado al alza. — Detuvo su discurso durante un momento, desenredó sus manos y las echó hacia atrás juntándolas en su baja espalda, comenzó a andar entre las dos hileras de aspirantes y siguió hablando:

 — En “El Espejo” somos el fiel reflejo de nuestros clientes  y nuestros clientes deben poseer también estos valores que son indispensables para que una sociedad sea próspera y que esté en continuo crecimiento. — Dejó un silencio recorriendo el aire para darle un mayor énfasis a lo que acababa de decir mientras seguía caminando arriba y abajo en aquel pasillo de enmascarados.

— El puesto al que optan es el de “Selector de posibles aspirantes” y su oficina está en la planta 50 de este edificio. Si quieren obtenerlo deben tener la SEGURIDAD personal de que pueden  alcanzar esa planta subiendo por estas escaleras;  la COMPETITIVIDAD para llegar sin ayudar a sus compañeros en este ascenso; la EFICACIA  suficiente para conseguirlo en el menor tiempo posible, si consiguen bajar el tiempo del año pasado, el cual no se les dirá para que den el máximo de sí mismos, recibirán un plus económico; y por último, la AMBICIÓN de conseguir ser el primero en entrar en la oficina de la planta 50, porque solo habrá un ganador y solamente el que se siente en la silla vacía que estará esperándoles obtendrá esta plaza.

Tras estas palabras moví la cabeza a derecha y a izquierda en lo que en un principio creí que era la búsqueda de una mirada cómplice entre el resto de aspirantes que me confirmara que esta  entrevista se estaba convirtiendo en una auténtica locura.  Pero tras observar con detenimiento a los enmascarados que seguían parados, inamovibles y con una postura solemne, me di cuenta de que lo que estaba  haciendo en realidad era analizar cuáles podrían ser mis mayores rivales y cuáles los más débiles para conseguir tal ansiado y suculento trabajo. Sin darme cuenta me estaba dejando llevar por aquel ambiente de competitividad extrema, me  estaba adentrando  en aquel juego y lo peor, es que estaba empezando a gustarme.

— Por último y para que nadie llegue a ningún tipo de error, comentaré unas sencillas reglas que deberán cumplir al pie de la letra si quieren salir victoriosos en este proceso selectivo: si hablan quedarán eliminados; si se quitan la chaqueta, se desanudan la corbata o incluso accidentalmente se desabrochan algún botón, quedarán eliminados. No podrán prestar ayuda a sus competidores. Si los ven tropezar, alguno de ellos cae al suelo, ustedes van a axuliarle y el caído  acepta esta ayuda, ambos quedarán eliminados.  Sobra decir que si en algún momento se quitan la máscara o los guantes, quedarán inmediatamente eliminados. La llegada al piso cincuenta deberá ser con el mismo atuendo que tienen en este mismo momento, sin roturas y sin desgarrones en la ropa. En el caso de que el supuesto vencedor alcance el objetivo con el traje estropeado o sin alguno de los elementos de su kit personal  para la entrevista, la victoria y, el consiguiente puesto de trabajo en nuestra empresa,  se considerará nula y éste será para el siguiente en orden de llegada —terminó de enumerar estas normas y con un paso lento y acompasado se colocó a un lado de la escalera, miró el reloj de pulsera de su mano izquierda y extendió el brazo derecho hacia arriba con la palma de la mano apuntando hacia nosotros. Realizó una breve pausa para asegurarse de la hora que marcaba su reloj y continuó hablando:

— Sin más dilaciones y, tras dejar suficientemente claras las normas y objetivos de este proceso selectivo, creo que es el momento adecuado  para iniciar la prueba. La cual, comenzará exactamente  a mi señal que, atención prepárense señores, será en 3,2,1 ,… ¡AHORA!

Continuará…

FER ALVARADO

Políticas de Empresa (Parte 2)

Introducción:

Tras la gran acogida que tuvo el avance de este relato y, viendo que va ser más extenso de lo que normalmente suelo publicar, he decidido ir subiendo a modo de experimento y de serial los siguientes capítulos. Para aquellos que habéis comenzado por esta entrada, recomiendo que leáis “Políticas de Empresa (Avance del Relato)” para poder seguir la historia en su totalidad y recordaros que este relato será moldeable y que para su publicación íntegra puede que haya cambios y modificaciones. Muchas gracias por leer, espero que sea de vuestro agrado y ante todo sería estupendo conocer vuestras opiniones y comentarios.

Políticas de Empresa (Parte 2) :

La noche acabó para nosotros poco después de aquella supuesta revelación. Nos despedimos  en la puerta de aquel antro con un fuerte apretón de manos y con el sincero  “eres un tío genial y gracias por todo” que acompaña  la mayoría de las noches de intimidades confesadas entre hombres y alcohol.  Me di la vuelta y comencé a caminar calle abajo mientras mi cabeza parecía flotar víctima de aquella noche de envenenamiento consentido y el resto de mi cuerpo oscilaba indeciso como si intentara sobrevivir a una travesía en un barco atrapado en una tormenta.

Al llegar a casa dejé la tarjeta plastificada encima de la mesita de noche y desnudé únicamente mis pies para  lanzarme vestido sobre el colchón. No recuerdo  ni cuántas horas pasé arrugando mi mejor camisa entre las sábanas, ni  el tiempo que transcurrió mientras  luchaba entre desvelos para que el pantalón de mi traje no se alzara por encima de mis gemelos en cada giro de mi cuerpo. Pero aún así, dormí como si no hubiera dormido durante lustros. Fue un sueño tan reparador que desperté carente de resaca y con mis pensamientos limpios y cristalinos. Me incorporé en la cama, me desenrollé la pernera del pantalón que al final había logrado su objetivo de dejar al descubierto mis pantorrillas y cogí la tarjeta que me había entregado Ramón.  La observé con detenimiento, leí de nuevo la escasa información que ésta proporcionaba y, tras una profunda inspiración, dejé que mi voz sonara libre por mi dormitorio como si el escucharme a mí mismo diera consistencia a mis palabras:

— Tengo cuarenta y ocho años y estoy en paro. No te pongas nervioso Damián, no la cagues como siempre. Pero ésta… —tragué saliva y dejé una pequeña pausa en el aire—. Ésta puede ser mi última oportunidad para cambiar de vida.

En ese momento fue cuando comenzó el trance del que acababa de salir de golpe al escuchar mi nombre a través los altavoces de aquella sala de espera. Fue un trance que duró los nueve días que me separaban de la entrevista de trabajo. Como en cada ocasión que se te brindan nuevas oportunidades, pasé más de una semana repasando errores irreparables de mi vida  y posibles aciertos. Tomé notas y las rompí, alcancé epifanías  al crear frases que podrían ayudarme a deslumbrar a mi entrevistador utilizando a mi favor mis años de experiencia laboral para olvidarlas poco después. Y toda esta presión que había añadido a mi, ya de por sí, insegura y nerviosa personalidad, se estaba materializando en ese instante en un sudor frío recorriendo mis manos.

Para no alimentar más mi nerviosismo giré sin esperar a ser de nuevo llamado  el pomo de la puerta de la oficina número diecisiete, dibujé en mi rostro la mejor de mis sonrisas y me dispuse a enfrentarme con lo que fuera que me iba esperar allí.

— ¿Salas?, ¿es usted el señor Damián Salas? —Una chica menuda, morena de pelo corto y peinado hacia atrás me habló tras un escritorio plateado que parecía agigantarse al ser comparado con las delgadas formas de aquella mujer.

Para contestar a aquella simple pregunta intenté recordar todas las frases que, durante aquellos nueve días de trance, había construido en mi cabeza para parecer profesional, maduro e interesante. Pero toda esa búsqueda de oraciones perfectas y de fórmulas infalibles de éxito se transformó en un torpe y silencioso movimiento afirmativo de mi cabeza.

Ella abrió un cajón y extrajo una bolsa de plástico negra cerrada al vacío. Se levantó de su silla,  esquivó aquel escritorio que parecía engullirla con un quiebro ágil de su cadera, se acercó a mí y me ofreció la bolsa.

— Aquí tiene su kit personal para la entrevista. Abra la bolsa y póngase la máscara que contiene y los guantes. En esta empresa no tenemos en cuenta el físico de los trabajadores que  aspiran a trabajar con nosotros.  Y para asegurarnos de que el proceso selectivo es totalmente justo y, de que no nos influye ningún detalle físico del entrevistado, a todos los aspirantes se les pide que traigan la misma vestimenta, que se pongan estas máscaras y estos guantes y así no poder distinguir a ninguno de otro. Con ello, se evitan las preferencias y así podemos basarnos en el talento innato que buscamos en nuestros trabajadores para su correcta elección.

Me quedé unos segundos perplejo intentando entender  todo lo que aquella chica de cabello engominado y de mirada atrevida acababa de decirme a la vez que mis manos acariciaban el plástico de aquella bolsa como si fuera uno de esos objetos relajantes de baratillo y ese gesto infantil pudiera calmar mis nervios.

— Dentro de su kit también encontrará algo que creo le motivará para que dé lo mejor de sí mismo en su evaluación —me comentó para que mi mente volviera a aquella oficina a la vez que comenzaba a darme la espalda para, abrir la puerta y, con un gesto parecido a una alabanza pasada de moda, ofrecerme a salir de la misma —. Por favor señor  Salas, póngase la máscara y sígame. El resto de aspirantes le esperan para comenzar el proceso.

Incitado por el tono recriminatorio de aquellas palabras, rasgué la bolsa con una fuerza desmesurada dejando que el contenido de la misma cayera y se esparciera por el mármol blanco e impoluto de la oficina. Diseminados por el suelo ahora se podían ver una máscara de color beige oscuro, unos guantes marrones de plástico y un papel triangular con una cifra escrita que no llegaba a distinguir desde la distancia a la que me encontraba. Primero cogí la máscara, era elástica, cubría toda la cabeza y tenía una textura rugosa muy parecida a la de las medias que una mujer se enfunda para  deslumbrar en posibles ocasiones de noches en vela y de respiraciones compartidas.  En ella solo había dos perforaciones para que los ojos pudieran cumplir su misión de observar lo que hay a nuestro alrededor;  sin agujeros para la boca, ni para la nariz, ni para los oídos, solo para los ojos. Me la coloqué con premura, agarré los guantes  que se deslizaron por mis manos lubricadas por el sudor para, volver a agacharme, coger aquel  triángulo hecho de papel y acercármelo a las estrechas ranuras a las que se había limitado mi campo de visión.  Al ver el  desfile excesivo de ceros y comas que contenía abrí la boca en un acto reflejo e infructuoso de encontrar un excedente necesario de oxígeno. Mis labios se llenaron de las texturas arenosas de aquella máscara para, al instante, pronunciar unas palabras que sonaron frenadas y apagadas al intentar traspasar el tejido opaco que envolvía mi rostro:

— ¿Todo esto cobraré al mes? —pregunté en un vano intento de sonar relajado  —. Pero, ¿qué tipo de trabajo se realiza aquí?

—  Este sería su sueldo  a la semana, señor Salas. A la semana. Y sin contar posibles incentivos por logros especiales. ¿Acaso no le parece motivación suficiente? —Aquella pregunta resonó desafiante por las paredes de la habitación.

De nuevo en silencio me paré a observarla, aquella chica parecía agigantarse a cada palabra que emitía. Ya no la veía ni tan menuda, ni tan pequeña comparada con aquel escritorio plateado que comenzaba a parecerme de tamaño normal. Se estaba convirtiendo en un paradigma de seguridad y de confianza transformando así  mis escasas palabras en torpes balbuceos.  En ese momento recordé lo que había recitado en voz alta en la soledad de mi dormitorio: “tengo cuarenta y ocho años y estoy en paro. No la cagues, esta puede ser tu última oportunidad de cambiar de vida”. Miré el papel que reposaba sobre la palma de mi mano y cerré el puño con fuerza como si sentir aquella cifra arrugarse entre mis dedos, una paga inimaginable en cualquiera de mis trabajos anteriores, lo convirtiera en algo de mi propiedad.  Levanté la cabeza y volví a realizar con ella un gesto afirmativo que comenzaba a convertirse en algo recurrente en aquella entrevista  que parecía ir en una sola dirección.

— Perfecto entonces. No se preocupe por nada más, todo le será revelado en su preciso momento. — Se adentró en el pasillo, giró totalmente el cuerpo, cruzó los brazos y me dedicó una mirada amenazante —.  A partir de este instante comienza su proceso selectivo, no podrá decir ni una palabra o será eliminado.  En esta empresa nos interesan más las actitudes que las dialécticas. Y ahora, por favor señor Salas, sígame  de una vez que el resto de aspirantes estarán impacientes por comenzar.

Totalmente sumiso a la presencia colosal de aquella chica y, esta vez obligado por el temporal voto de silencio en el que me encontraba, volví a afirmar y, guiándome por el camino invisible  que marcaba el ruido sus tacones en el aire, me dirigí a la fase definitiva de mi entrevista.

Continuará

Fer Alvarado

Políticas de Empresa (Avance relato)

Introducción:

La de hoy va a ser una publicación atípica por varios motivos. La primera es por la celebración del primer mes de la inauguración del blog y para celebrar esta efímera efeméride quiero hacer algo que nunca había hecho hasta ahora y es publicar el inicio del nuevo relato en el que estoy trabajando. Creo que es algo curioso el ver el proceso de creación y cambio de los relatos que vamos acometiendo los aficionados a la escritura en nuestros escritos. Y para acercar a todo el mundo a este proceso quiero mostrar parte del trabajo del que será mi nuevo relato y que espero os guste. Seguramente en la publicación definitiva, que será dentro de unos días, habrá cambios e intentos de mejora y de cohesión, pero para ello muestro este pequeño avance, para ver lo que una idea original puede cambiar cuando esta avanza y te dejas llevar por el desarrollo de la historia. Espero y agradezo vuestros comentarios para saber si esta historia es de vuestro interés o no, aunque ya os adelanto que la terminaré sí o sí, pero siempre estoy abierto a vuestros consejos y opiniones.

Política de Empresa (Adelanto del relato):

El eco apagado del micrófono de la sala de espera recitando mi nombre hizo que un escalofrío recorriera mis manos. Generalmente soy de esas personas proclives a que las manos le suden en una abundancia fuera de lo normal. Por este motivo he sentido miedo en  ocasiones de índole social al ver una mano alargarse hacia mí en un claro gesto de saludo o presentación formal. En estas situaciones mis manos han comenzado a humedecerse como si hubieran sido colocadas debajo de un grifo con el agua caliente a medio abrir y la humedad y el vapor provocado por éste calor se mezclaran convirtiendo mis extremidades en una masa de carne pegajosa e incómoda.  Y tras escuchar mi nombre recitado por segunda vez a través de los altavoces que tapaban las esquinas de aquel lugar me di cuenta de que aquella iba a ser una de esas ocasiones de sudoración inesperada.

— Salas, Damián Salas. Por favor, pase por la oficina número 17 a recibir instrucciones para su entrevista de trabajo.

La voz  que reclamaba mi presencia era de una dulzura tal, que mi apellido sonó como un silbido musical al que reaccioné levantándome de un salto de mi asiento, como si hasta entonces hubiera estado bajo el efecto de algún trance y mi nombre susurrado por el pasillo fuera la palabra mágica que me despertara.

Pero aquel trance no había comenzado en el momento que aporté mis datos en recepción y que, con una amabilidad de manual, me mandaron a esperar  mi turno sentado en aquel pasillo de tubos fluorescentes de luminosidad  radiante y de sillas tan pulcras que uno creía que sentarse en ellas sería como mancillarlas.

 Toda esta  especie de ensoñación empezó hace alrededor de una semana atrás. Para ser más exactos comenzó la madrugada del viernes al sábado de hacía exactamente nueve días. Tras mi reciente despido de mi anterior empleo decidí pasar una tarde demasiado alargada con  mi amigo y compañero de correrías nocturnas Ramón Cabanellas para, junto a él y su casi legendario aguante alcohólico, ahogar mi reciente pérdida laboral en efluvios etílicos de dudosa calidad. Para alcanzar esta amnesia deseada acudimos a un bar que  era todo lo contrario al edifico en el que me encontraba. Olía a colillas secas de cigarrillos consumidos en la clandestinidad de la noche y a cerveza barata derramada por discusiones de bocas pastosas y faltas de vocalización. Pero  en aquel momento no nos importaba nada el aspecto de aquel sucio tugurio. Absortos en nuestra misión etílica, fuimos trayendo a la mesa uno tras otro y, acompañados de una ingente cantidad de copas y sonoras risotadas,  antiguos recuerdos felices para olvidar con ellos otros más recientes y dolorosos cuando, de repente, a Ramón se le iluminó el rostro, se levantó de la silla que parecía que hasta ese momento nos tenía anclados al whiskey y a los cacahuetes de bolsa  y con una voz clara y  sorprendentemente ausente de embriaguez me dijo:

— Damián, acabo de acordarme de la que va a ser la solución a todos tus problemas.

Yo le miré todo lo recto que las consecuencias de aquella larga tarde de copas me permitieron.

— Vamos hombre, sabes que los tiempos de lámparas mágicas y de milagros de pastorcillos y cavernas hace tiempo que se  acabaron.  Tengo cuarenta y ocho años y acabo de perder mi empleo así que en vez de buscar soluciones dudosas a problemas reales, lo mejor será que los dos nos vayamos a dormir y mañana intentemos verlo todo con más claridad —le contesté mientras mis pupilas entablaban una batalla perdida de antemano para mantenerse estáticas  y parecer así  lo más sereno posible.

Él arrastró sus labios hacia la izquierda mientras se mordía la punta de la lengua como si mi respuesta le hubiera indignado y ofendido sobremanera.

— Te lo digo totalmente en serio, es más, es lo más serio que he dicho en mucho tiempo. La empresa en la que trabajo busca un nuevo empleado y creo que das el perfil perfecto para este empleo —me dijo a la vez que, con rápidos movimientos, se sacaba una tarjeta plastificada de la chaqueta y alargaba el brazo para, con un giro lento y estudiado de muñeca, ofrecérmela como si fuera una reliquia perdida —. El próximo lunes es la entrevista, aquí tienes la dirección y el número de teléfono, pero no te preocupes por nada, yo hablaré por ti. Tú solamente preséntate a primera hora de la mañana con un traje oscuro, corbata oscura y camisa a juego. Vestido así y de ninguna otra manera, parece una tontería pero es algo muy importante. Puede que sus métodos te resulten algo peculiares pero tranquilo, el sueldo es excelente y lo demás digamos que es… —se detuvo un momento mientras con su dedo índice comenzó a frotarse la nariz con vehemencia, como si aquel gesto le ayudara a recordar  las palabras exactas que parecían estar escondidas en su garganta—. Digamos que es su política de empresa.

Tras dedicarle a mi amigo unos torpes parpadeos y, asimilar a un ritmo sosegado la información que acababa de proporcionarme, miré la tarjeta que tenía sujeta con ambas manos. Era blanca e impoluta y no se distinguía en ella doblez alguna,  como si fuera  un objeto frágil en apariencia pero imposible de doblegar en la realidad. Tampoco se veía un teléfono de contacto para poder concertar una cita o preguntar una incidencia, solamente rezaba en ella una dirección, por cierto bastante cerca de mi apartamento,  y en la que, con una letra de una negrura elegante  que parecía danzar con sus formas curvas y redondeadas, se podía leer:

CONGLOMERADO DE EMPRESAS

“EL ESPEJO”

SOMOS EL FIEL REFLEJO DE NUESTROS CLIENTES

Continuará…

Fer Alvarado