La Máscara – Capítulo VIII. Máscara.

Introducción:

Y esta primera temporada llega a su fin. Lo cierto es que, con sus aciertos y sus muchos errores, he acabado bastante satisfecho de esta experiencia y ya estoy trabajando en la segunda temporada de la serie. No esperaba hacer nunca nada así y, como gran aficionado al cine que soy y a todo lo audiovisual, ha sido algo muy interesante el poder crear esta serie de terror. Para la siguiente procuraré aprender, crecer y seguir mejorando hasta llegar al objetivo de hacer algo que nunca había pasado por mi cabeza crear.

Espero que disfrutéis de este último episodio de la temporada, que os guste y sobre todo estaré encantado de conocer vuestras críticas y opiniones para mejorar en un futuro. Como siempre os dejo el texto original que escribí y el episodio animado para apreciar la adaptación. Mil gracias por acompañarme en esta aventura y por estar ahí semana tras semana.

Episodio adaptado a la Animación:

Texto Original:

Los alaridos de aquellos bichos comenzaron a retumbar en el interior del refugio. Tenía la sensación de que con aquellos chillidos nos estaban midiendo, contando  y buscando cuál de nosotros sería el más sencillo de cazar. Todos los murciélagos lo hacían, lo sé, pero éstos era como si se adentraran en tus pensamientos y llegaran a encontrar tus miedos más profundos para atacarte con ellos.

Pensé en la última vez que me los encontré. Fue en el granero, con Clara esparcida por los rincones y yo, ciego de rabia, lanzando raticida indiscriminadamente. Maldita bromodiolona, ahora no soportaba su olor. El techo desapareció y fue allí dónde vi la nube flotando por primera vez. Todos quietos mirándome. Yo, con mi lata de judias y un bote apestoso como armas que no me servían para nada. ¿Cómo salí de allí?, ¿qué fue lo que hice para escapar? Estaba tan aturdido que no llegaba a recordarlo.

—Sara. — Una voz rasgada y gutural sonó desde fuera del edificio, se adentró entre las paredes y me alcanzó provocándome un espasmo que sacudió mi cuerpo. Por un momento llegué a incluso pensar que había aquella monstruosa voz había sonado dentro de mi cabeza.

 —Sara, ¿no vas a salir a saludar a un viejo amigo? Aunque las cosas hayan cambiado las formas y la educación no deben perderse. Bueno, las formas tal vez sí, aunque eso fue gracias a ti, claro.  — Una risa que podía olerse y que provocaba náuseas con solo escucharla acompañó esas palabras.

Mire a la chica, sostenía varios lápices en la mano y estaba totalmente lívida, imaginé que ella era Sara. Había pasado tanto tiempo sin escuchar un solo nombre. El saber quiénes éramos perdió su utilidad en el momento que comenzamos a huir y todo lo que no era útil en este mundo, sobraba.

Las grietas de las paredes se estaban ensanchando. Podía ver como multitud de cabezas de murciélagos se abrían paso a través del acero.  Un escalofrío me recorrió la espalda, acababa de percibir como el hombre alto  se estaba armando con sus cuerdas. Él estaba a mi espalda, no lo veía, pero no sabía por qué estaba sintiendo y visualizando cada uno de sus movimientos.

Me toqué la cicatriz que tenía en la máscara, tal vez aquel arañazo me había conmocionado. Al tocarla, ésta se partió en dos y cayó al suelo. Al mismo tiempo las paredes se abrieron como si fueran mantequilla fundida.  No pude ni ir en busca de mi máscara, en apenas unos segundos aquellos monstruos alados entraron en el refugio chocándose unos con otros mientras nos rodeaban y nos obligaban a movernos. El hombre alto sacó sus cuerdas y comenzó a lanzarlas buscando cuerpos que destrozar. Noté los chasquidos en el aire, las mutilaciones, las alas arrancadas y los cuerpos peludos que caían sobre el suelo para después, intentar arrastrarse usando sus colmillos como patas. Y estaba sintiendo cada uno de esos golpes como si  fuera yo mismo  el que los recibiera.

Caí de rodillas sobre una superficie metálica. El golpe provocó un sonido agudo que pareció despistar a aquellos monstruos. El hombre de las cuerdas aprovechó ese momento para atacar con más virulencia, cercenó una oreja a uno de los murciélagos que se arrastraba por el suelo, yo me eché una mano al oído; le piso la cabeza a otro que se les acercaba, yo, me cogí la sien con las dos manos.

Todo era como una tormenta de dientes y alas cortantes pero, nada me tocaba. De repente, silencio. Los murciélagos se agruparon, cercándonos para no dejarnos escapatoria alguna. Sonó un grito que no dejó ni un centímetro de mi piel sin estremecer. De nuevo,  otra vez silencio. Por la apertura de la pared entró agachándose una criatura gigantesca. Tenía la cabeza llena de ojos enormes que no paraban de moverse y dos pares de colmillos que brillaban a la luz de los fluorescentes. Era cómo una combinación de pesadillas unidas en un solo ser.

—El miedo trae la tranquilidad, Sara —dijo sin mover boca alguna —. Tú siempre lo decías pero al final he tenido que ser yo el que se haga cargo de ello.

La chica no respondió, estaba paralizada observándolo como si quisiera reconocer en él algo que ya no existía.  En ese momento uno de su multitud de ojos giró y se posó en mí.

—Gracias Máscara. — De nuevo sonaron sus palabras dentro de mi cabeza. —Has hecho un buen trabajo, ahora me toca a mí terminar lo empezado.

¿Trabajo?, ¿máscara?, ¿qué decía aquel ser? Entonces caí, el refugio no era la trampa. Yo, era la verdadera trampa. Las ratas no me atacaban, tuvieron multitud de ocasiones para destrozarme pero no lo hicieron en ningún momento. Lo que en realidad hacían era seguirme como si fuera el flautista de Hamelín llevándolas a por su cena.

Me incorporé y vi mi reflejo sin máscara en los cristales. Tenía los ojos completamente rojos, sin pupila alguna, mi cara estaba repleta de vello y mis dientes estaban comenzando a afilarse y a sobresalir de mi boca. Odiaba el olor a bromodiolona y me estaba convirtiendo en uno de ellos pero, ¿cómo?, ¿qué había ocurrido en aquel granero?

—Carlos, no por favor — llegó a balbucear aquella muchacha entre temblores.

—Él ya no existe —le contestó. —Para mi nuevo cometido, puedes llamarme Hacedor.

Cometido, ¿esa era mi función ahora?, ¿Traicionar todo lo que había sido?, ¿todo lo que creía que era? ¿Mi función era traicionar a Clara?

Aquel monstruo autoproclamado Hacedor estaba abriendo sus fauces dejando al descubierto una boca enorme repleta de afilados dientes. Miré hacia abajo, el golpe metálico que había sonado al caer desplomado lo había provocado al chocarme con una trampilla que parecía dar a un pasaje subterráneo. Tal vez tuviéramos una oportunidad. Cogí la lata de judías y se la lancé a Sara.

—Guárdala como si fuera un lápiz —le dije antes de lanzarme a por aquel ser mientras le señalaba la trampilla de salida.

A aquella criatura le cogió por sorpresa, no esperaba  para nada mi rebelión. La agarré y la inercia del golpe nos hizo atravesar la pared y saltar por detrás de la plataforma. Sentí como sus poderosas fauces se clavaban en mi cuerpo, pero no la solté. Cerré los ojos y mientras nos precipitábamos hacia una inevitable caída, percibí como Sara y Cuerdas abrían la trampilla, noté los chasquidos de sus látigos y el dolor de los murciélagos al ser destrozados. Pero en ese momento no sentí daño alguno. Una sonrisa se dibujó en mi deformada boca justo antes de que nos chocáramos contra el suelo desde veinte metros de altura. Después de mucho tiempo y, aunque fuera por un mísero instante, me sentí lleno, me sentí feliz, me sentí completo: acababa de encontrar mi nueva función en el mundo.

FIN DE LA PRIMERA TEMPORADA

Escrito por: Fer Alvarado

Animado por: Míster Bizarro

Sonido por: J.J. Rec

Voz Cuerdas: Sergio González

Voz Lápiz: Adela Guiu

La Máscara – Capítulo VII. Cuerdas

Introducción:

Este es el penúltimo episodio de esta temporada y, cuando terminemos nos plantearemos realizar una segunda. Hay ideas que van volando por nuestras cabezas y que creemos que pueden ser interesantes para continuar la historia. En principio, nos gustaría poder seguir, todo depende de, como siempre, la acogida, el apoyo y lo que esté gustando este pequeño proyecto.

Como aficionado al cine que siempre he sido, para mí es un verdadero lujo el poder realizar esta pequeña serie. El ver cómo, semana tras semana, ha ido cogiendo forma, ha habido más seguidores y más gente animándonos a seguir en un proyecto que, a nivel creativo, estábamos llevando hacia adelante únicamente tres personas pero, que se han ido uniendo muchos amigos que nos están ayudando a crecer y a seguir haca adelante. Así que, mil gracias a todos por apoyarnos en esta aventura.

En cuanto al episodio creo que es el más importante para la historia hasta este momento, recomiendo a todos los que nos estáis siguiendo que os fijéis en todos los detalles ya que, todos tienen importancia para el futuro y, sobre todo y estoy adelantando acontecimientos, para una posible segunda temporada.

Os dejo el episodio animado y el texto original que escribí para que podáis apreciar la adaptación y observar más detalles de la historia. Y, como siempre, estaré encantado de intercambiar opiniones y comentarios. Muchas gracias a todos.

Episodio adaptado a la Animación:

Texto Original:

“POR MI CULPA COMENZÓ TODA ESTA PESADILLA”

Tuve que volver a releer aquellas palabras derramadas en el papel y “derramadas” era la palabra adecuada para definir los trazos llenos de curvas de aquellas letras. Estaba  acostumbrado a leer por todas partes las frases que Lápiz había dejado escritas por toda la ciudad y la forma de sus letras no tenía nada que ver con lo que había en ese papel. Era como si el mero hecho de escribirlo le hubiera aterrado.

Tomé el ascensor y fui en su busca, necesitaba alguna explicación. Al encontrarme ella por sorpresa en lo alto de la plataforma se quedó mirándome sabedora de que acababa de desvelar su secreto. Las máscaras ocultaban las emociones de nuestros rostros pero los dos sabíamos lo que el otro estaba pensando. Se echó la mano a la boca en un intento de que no saliera por ella nada de lo que pudiera arrepentirse. Yo la miré incapaz de hablar, estaba demasiado confuso. Se dio la vuelta sin mediar palabra y volvió a salir corriendo hacia las escaleras donde comenzó a gritar con nerviosismo.

Huyendo fue como la conocí y así era como continuábamos nuestros días.

No fue hace mucho tiempo cuando nos encontramos por primera vez. Ahora los días, las horas y las semanas se mezclan y convierten los recuerdos en parpadeos. Ese día por la mañana descubrí lo de las colas de las ratas. Si se sienten amenazadas las sueltan y las dejan en el suelo moviéndose, serpenteando buscando a su dueña pero, si en vez de un cuerpo encuentran otra cola, se unen y se convierten en cuerdas más fuertes y elásticas. Mi falta de paciencia por acorralar ratas para alargar mis cuerdas me hizo ir en su búsqueda directamente. Comencé a cortarles las colas a machetazos aunque ya no las necesitara. Me gustaba escucharlas chillar, retorcerse, era como si se les arrancaba la cola se acabasen marchitando entre alaridos. Y aquellos gritos de ratas moribundas se convirtieron en música para mis oídos. Aunque lo mejor estaba por llegar, podía usar mis cuerdas contra ellas como si fueran látigos. Las desmembraba, las partía por la mitad incluso cuando estaban unidas y aún así, seguían moviéndose. Lo único efectivo para matarlas, era cortarles sus malditas colas.

Aquello me hizo crecerme, me creí un salvador que iba de edificio en edificio limpiándolos de asquerosas ratas dejando tras de mí regueros de cuerpos peludos desmembrados y así, fue como la encontré. Entré en una habitación blanca, resplandeciente, sin un ápice de suciedad. Todo lo que había visto hasta entonces estaba repleto de mugre con paredes repletas de sangre así que quedé sorprendido por lo impoluto de aquel lugar.

Di un paso para adentrarme y oí un pequeño chirrido, como si una asquerosa rata estuviera royendo los restos de un hueso. Me acerqué sonriente deseoso de usar mis cuerdas y allí estaba ella, en el suelo escribiendo sin parar con sus lápices, a su lado una enorme jeringuilla goteaba lo que parecían ser restos de sangre fresca.

En aquellas paredes blancas fue dónde conocí por primera vez los trazos de sus letras: “LAS PESADILLAS SON LA PAZ”,  “EL MIEDO TRAE LA TRANQUILIDAD”, “EL CONTROL ES  LA VIDA”.  No le hice demasiado caso a aquellas frases, todos estábamos fuera de sí desde que todo se descontroló. Así que la cogí entre mis brazos y me dispuse a buscar un refugio a la que llevarla. Ella giró la cabeza y se quedó mirando la jeringuilla en el suelo.

—Me dijo que así sería más fácil protegerme, que así podríamos vencerlas. Pero  convertirse en eso era lo que realmente quería .—Fue lo último que me dijo en horas, en días, en semanas,  ahora el tiempo se mezcla y convierte los recuerdos en parpadeos.

Lápiz me trajo al presente volviendo de las escaleras con la respiración entrecortada. Junto a ella, venía un hombre con una lata en la mano. Y con él, comenzaron los golpes. Milagrosamente conseguimos entrar en el refugio y fui a buscar el resto de mis cuerdas, estaba seguro de que las iba a necesitar. Giré el folio, por detrás había un dibujo, una cabeza ovalada repleta de enormes ojos con colmillos que cortaban con tan solo mirarlos. A mi alrededor comencé a escuchar como el acero se desgarraba bajo la fuerza devastadora de aquellos malditos bichos. Volví la vista hacia el papel, debajo del dibujo habían, escritas a lápiz, las siguientes palabras:

“LOS MURCIÉLAGOS LE ABRIRÁN LA PUERTA Y ÉL SE ENCARGARÁ DE NOSOTROS”

Escrito por: Fer Alvarado

Animado por: Míster Bizarro

Sonido por: J.J. Rec

Voz Cuerdas: Sergio González

Voz Lápiz: Adela Guiu

La Máscara – Capítulo IV. Peldaños.

Introducción:

Llegamos al ecuador de esta primera temporada y tengo que reconocer que, aunque el trabajo está siendo de muchas horas diarias, está siendo una experiencia muy interesante en la que estamos aprendiendo muchísimo. A partir de ahora la idea es que la historia comience a acelerar y los acontecimientos se vayan sucediendo uno tras otro. Os dejo el texto original que escribí y la adaptación a la serie animada para que se pueda comparar cómo se ha llevado la historia a la animación. Espero que os guste y como siempre estaré encantado de compartir comentarios y opiniones de este humilde proyecto.

La Máscara – Capítulo IV. Peldaños

Episodio:

Texto Original:

Corría. El polvo que cubría la carretera saltaba tras de mí tapando en parte las huellas que dejaba  a mi paso. Yo, que hasta que todo esto comenzó nunca había sentido lo que era realmente el miedo, ahora corría tanto que había olvidado cómo se dejaba de correr.

La alarma del vehículo estaba dejando un sonido acampanado marcado en la noche. Aquel tañido haría que las ratas se despertaran, las haría salir de sus escondrijos y las haría interponerse en mi camino hacia el puesto 11. Como si aquellas alimañas hubieran oído mis pensamientos,  comenzaron a surgir de entre la tierra amontonada, saltaron desde las ventanas de los edificios y se alzaron por la basura acumulada en las calles. Algunas tenían parte de sus costillas al descubierto, como si en un frenesí de insaciable hambre se hubieran comenzado a devorar unas a otras. Pero aún con cráneos al aire, miembros cercenados, ojos arrancados por sus propias garras,…, aún así, seguían babeando en busca de algo que poder arrojar a sus fauces.

Giré a la izquierda y me topé de frente con el puesto de encuentro. Éste brillaba alzándose unos veinte metros del suelo mientras reposaba sobre una base de hierro y acero. Rodeé la estructura buscando la forma de poder acceder al edificio, toda ella apestaba a bromodiolona, un raticida que usábamos cuando creíamos que éramos los dueños del mundo. Pero, ¿ahora funcionaría contra estas asquerosas mutaciones  o sería el recuerdo de este olor lo que las haría huir?

Tras dar una vuelta completa divisé, a unos tres metros de altura, unas escaleras que se alzaban hasta el lugar de supuesta salvación. Al verlas, mi mano se lanzó a tocar la lata de judías  para asegurarme de que seguía ahí. Escaleras, peldaños y raticida, hace no mucho tiempo un granero, Clara y madera. Los dos subiendo a empujones buscando un lugar seguro mientras esparcía tras de mí esa maldita bromodiolona, ahora, no soportaba su olor. Apenas un par de metros por debajo, una jauría de colmillos reclamando nuestros cuerpos; ella delante de mí,  un peldaño carcomido que cedió; yo, debería haber ido delante, su cuerpo cayendo, mis manos intentando agarrarla y llenándose de aire. Colmillos, ropa desgarrada, gritos, mi nombre en su boca por última vez. Yo, debería haber saltado tras  ella.

Las ratas estaban acercándose rápidamente, uniéndose y convirtiéndose en  monstruos con huesos al aire y patas astilladas.  Me sentí rodeado, incapaz de volverme a enfrentar a una escalera que me traía gritos de dolor a la memoria. En ese momento, y desde lo alto de la plataforma,  una  voz de mujer me despertó:

— Por favor, trepe hasta la escalera, ellas no se acercarán a la estructura. Por favor, suba, no se quede ahí.

“¿Clara?”, pensé por un instante, “Clara, no puedes ser tú. No eres tú”. Comenzaron a  lloverme un sinfín de porfavores que, como si fueran un canto de sirena, hicieron que cerrara mis ojos, me dejara llevar por aquella voz  y saltara  hacia el amasijo de hierros entrecruzados que tenía enfrente.

Comencé a  escalar  buscando los primeros peldaños de la escalera, pero, antes de lograr alcanzarlos, una garra arañó mi cinturón arrancando de mí el abrelatas. Éste cayó y se clavó de pie en la tierra. Al verlo caer, de mí brotó una lágrima que se deslizó por el interior de mi máscara y  se precipitó en su búsqueda. Qué fácil sería resbalar, qué sencillo dejarme caer como debería haber hecho aquel día en el granero. Escaleras, ratas y bromidiolona, sería la mejor forma de terminar con todo esto y volver a estar con Clara.

Como si aquella voz se hubiera percatado de lo que estaba rondando por mi cabeza, transformó su lluvia de súplicas en palabras de aliento. No sé explicar la razón, pero aquel cambio me animó. Así que miré hacia arriba y comencé a ascender con premura  dejando atrás  aquel abridor y con él, ahogándose en un mar de ratas, parte de mi antiguo yo.

Escrito por: Fer Alvarado

Animado por: Mr. Bizarro

Sonido por: J. J. Rec

Interferencia

Introducción:

Siempre me han encantado las historias en las que los géneros narrativos se entremezclan introduciendo así personajes y situaciones que normalmente nunca llegarían a darse. Creo que es una forma de romper los límites, de agrandar la imaginación y mostrar mundos en los que todo puede ser posible, en los que no hay normas y en los que cualquier recurso utilizado, por inverosímil que sea, se acepta y se disfruta. Y es en este terreno donde más a gusto me siento. Es donde desato todas las ideas que me vienen a la cabeza y procuro dejarme llevar y disfrutar en mi escritura. Puede ser que, personalmente, no me guste la continua acumulación de normas (sobre todo las no escritas) con las que se nos bombardea a diario y el utilizar la libertad de expresión que nos brinda la escritura para contar historias locas, llenas de giros y de situaciones extrañas me haga sentir un poco más libre y, por ello, tanto las disfruto.

En esta ocasión he recuperado a uno de mis personajes favoritos, el detective Dashiell (detective de lo paranormal), para hacer una mezcla de humor, noir, fantasía y terror. No sé si os gustará esta coctelera pero os aseguro que yo he disfrutado enormemente creando esta historia detectivesca. Así que estoy muy contento de poder ofrecer este relato que espero disfrutéis y, que para seguir saltándome esta vez mis propias normas y, para variar un poco que para ello se dice que en la variedad está el gusto, es bastante más extenso de lo que suelo publicar.

Interferencia:

Capítulo I

Las aspas del ventilador giraban en el sentido de las agujas del reloj. En algunas ocasiones me gustaba mirarlas y pensar que eran como las manecillas que marcaban el verdadero tiempo que pasaba impertérrito y ajeno a todo lo que lo rodea mucho más veloz de lo que los humanos somos capaces de asimilar.

Inconscientemente miré el reloj de mi muñeca, se acercaba la hora del almuerzo y ningún cliente había traspasado la puerta de mi despacho. Ni hoy, ni ayer, ni en toda la semana pasada. Después de tantos años en el negocio, sabía que los eventos sobrenaturales eran algo así como los virus, parecían remitir en verano y en épocas de calor asfixiante. Pero, en las contadas ocasiones en las que el mal se materializaba cuando el sol más abrasaba, se convertían en tormentas eléctricas muy difíciles de controlar. Leí mi nombre recién pintado en el cristal de la puerta: “Detective Dashiell, Investigador de lo Paranormal” y sonreí al ver como, por primera vez en años, algo en mi vida había salido recto, sin fisuras  y dejaba un mensaje claro de mí que se podía entender a la perfección.

Decidí encender el televisor, no era algo que hiciera normalmente en horas de trabajo pero, eran ya tantos días con la mirada perdida entre los rincones del techo, que había llegado a familiarizarme con las telarañas que parecían proteger del polvo las esquinas de mi despacho.

En la pantalla sonó un click y surgió aquel maldito anuncio que pretendía ser vintage y tanto odiaba. No podía soportar a la gente que se anclaba en el pasado. Me gustaban aquellos a los que Melancolía los poseía; entendiendo por Melancolía a aquel espíritu burlón que se dedicaba a poseer a los humanos y hacerlos creer que vivían en la corte de Luis XIV o los vestía de romanos para lanzarlos a la calle en paños menores invitándolos a invadir las Galias. Al menos cuando me surgía algún caso con él me divertía, no era de los espíritus que poseía maldad inherente, simplemente como todos los seres que viven en una eternidad demasiado repleta de virtudes, se aburría y le gustaba  hacer alguna trastada mezclando a los humanos con las épocas históricas.  Quién podía culparle, seguramente si yo tuviera ese poder estaría en este momento de aburrimiento supino haciendo exactamente lo mismo. Sería genial ver a la beata de mi vecina creyéndose el marqués de Sade o al policía de la esquina que siempre me buscaba las cosquillas convirtiéndose en Bukowski. Las risas estarían garantizadas, además de los litros de whiskey y las noches en vela. Pero claro, solo podrían estar en ese estado máximo 72 horas, a partir de ahí, los conflictos espacio temporales dejaban un daño irreversible en el cerebro. Malditas leyes físicas, no podrían ser tan sencillas como las aspas del ventilador de mi despacho que estaban girando a mi voluntad.

Pues bien, Melancolía llevaba tiempo sin hacer de las suyas, el calor asfixiante me había obligado a desprenderme de parte de mi vestuario y la única compañía que tenía era mi secretario y máquina de escribir Ginsberg y aquel anuncio que pretendía dejarnos viviendo para siempre en tiempos del blanco y negro. ¿Cómo se llamaba el producto que anunciaba? En ese momento el televisor subió automáticamente de volumen remarcando cada una de las palabras del maldito eslogan:

“Cualquier tiempo pasado fue mejor. Y con el colirio “Interferencia” podrá revivir el momento más importante de su vida siempre que lo desee. Recuerde, un par de gotas se convertirán en un mar de emociones”

No soportaba a estos televisores duendiligentes, maldigo el día en el que lo compré y al configurarlo me preguntó: “¿quiere que el pequeño duende que vive entre los canales del televisor se meta en sus pensamientos y le ofrezca los programas que desee ver? “, le di sin querer al “ok” y aquí estoy, a merced de un leprechaun que ha preferido vivir entre las frecuencias de un televisor a correr libre por las praderas de Irlanda. No puedes fiarte nunca de un ser sobrenatural que antepone el progreso a su propia naturaleza. Me quejaba de la tecnología digital pero, este avance sobrenatural creo que hace mucho tiempo que se nos fue de las manos.

A través de la puerta del despacho me llegó un ruido agudo y metálico. Parecía que mi máquina de escribir Ginsberg había detectado a un posible cliente acercándose. Si no salía rápido a recibirle mi máquina-secretario creería de nuevo que era un poeta de la generación beat y comenzaría a recitarle su versión libre del célebre poema a la que él llamaba “Maullido”. Había perdido demasiados clientes potenciales por culpa de esa aberración de versos mecanografiados al aire con los que mi mecanizado secretario amenizaba las esperas de mis visitas. Así que me ajusté la corbata, me puse la chaqueta y me coloqué el sombrero para, levantarme de la silla dejando un pequeño cerco de sudor en la misma con cierto parecido a una mancha de Rochard y salir por la puerta del despacho para poder atender personalmente a la persona, ser, ente, espíritu o similar que viniera a mi humilde negocio.  

En la antesala no me encontré con absolutamente nadie. Ginsberg seguía encima de la mesa y no había comenzado a teclear su infame poema. En su lugar, seguía emitiendo ese ruido agudo a modo de aviso que soltaba al llegar el rodillo hasta su tope. Abrí la puerta que daba a la escalera, allí tampoco había nadie. Mi máquina de escribir-secretario comenzó a emitir aquel sonido más asiduamente, “click”, “click”,“click”,… La velocidad de aquel pitido se iba incrementando mientras no distinguía a nadie ni en la sala, ni en los alrededores de mi oficina. En ese momento, mi máquina de escribir dejó quieto el rodillo y comenzó a teclear sola. La miré fijamente, estaba convencido de que no estaba escribiendo su odiosa poesía sin métrica. Sus teclas iban danzando y mezclándose entre sí, lanzándose velozmente contra un rodillo sin papel. Cogí uno de los folios que había en el cajón del escritorio y lo introduje como pude en la parte más alejada de las teclas para que éstas no me golpearan. La máquina, hambrienta de papel y deseosa de plasmar su mensaje, devoró el folio, lo giró y comenzó a plasmar letra a letra aquello de lo que me quería advertir:

“E  N  T  R  E     U  N      M  A  R      D  E      E  M  O  C  I  O  N  E  S       L  L  E G Ó,

T  U      H  O  G  A  R    E  S      M  I      H  O  G  A  R         Y,

A  U  N  Q  U  E      L  A      M  U  E  R  T  E      T  E      C  U  E  S  T  E,

M  E       L  O      D  E  V  O  L  V  E  R  Á  S.”

Capítulo II

Me quedé mirando aquel nuevo mensaje de advertencia. Era el primero que me había llegado en el último mes y medio y, aunque por inercia lo saqué de un tirón de mi máquina-secretario y estuve a punto de guardarlo en el fichero de “amenazas-insultos-faltas de respeto a mi árbol genealógico”, lo cogí finalmente entre mis manos para leerlo con detenimiento. Mi intuición me estaba gritando mientras se desperezaba víctima del bochorno imperante. No era raro que recibiera amenazas prácticamente a diario. Además tenía muchos enemigos etéreos que  se colaban en mis subconsciente para realizar pequeñas venganzas como poner el yogur en el fregadero después de comerlo y tirar a la basura la cuchara. Los más poderosos llegaron a infiltrarse en mis sueños provocándome pesadillas subidas de tono con mi vecina beata, con el melindroso  policía de la esquina o incluso con los dos a la vez como protagonistas de juegos gimnásticos  imposibles de olvidar. Pero nunca ninguno de estos adversarios se habían atrevido a tocar a Ginsberg. Todo el mundo sabía que, aunque no soportara sus plagios poéticos, adoraba a esa máquina de escribir. Así que fuera quién fuera el que la hubiera poseído se acababa de pasar de la tecla.

Volví a mi despacho sujetando el papel en la mano y me dirigí a descolgar el teléfono para llamar a mi compañero el detective Caulfield, tal vez él supiera algo sobre este extraño mensaje. Lo que más me gustaba de mi amigo era que siempre se podía contar con él. Y cuando digo siempre, es siempre. Hace unos años comenzó un curso de telepatía por correspondencia y gracias a él, cada vez que algún amigo cercano descolgaba un teléfono, pronunciaba su nombre y le dejaba un mensaje, éste le llegaba a su cerebro inmediatamente conociendo exactamente la localización de su interlocutor. Lo único malo es que la empresa en la que cursaba telepatía quebró en mitad de su formación y él nunca llegó a terminar sus estudios extrasensoriales. Así que no llegó a aprender a contestar el mensaje mentalmente y, si era algo urgente, debía presentarse en persona en el lugar que había percibido para ayudar. Lo bueno es que sus colegas y amigos estábamos ahorrando una barbaridad en llamadas telefónicas y, tal y cómo estaba rindiendo el negocio, cualquier céntimo no gastado era un céntimo ganado.

Descolgué el auricular y dije su nombre un par de veces en voz alta antes de desvelarle el verdadero mensaje, en verano solía estar tan adormilado que si no le gritabas no llegaba a enterarse:

—Caulfield, Caulfield soy Dashiell. He recibido una amenaza y esta vez no suena a farol. —Mientras hablaba, desde el papel que sostenía en la mano  me llegó un olor que, en los últimos años, se había convertido en una fragancia demasiado familiar. Acerqué aquel trozo de celulosa a mis fosas nasales, inspiré profundamente y continué:

—Incluso la tinta del mensaje huele a odio acumulado. Llevaba mucho tiempo sin percibir tanto rencor vertido en tan pocas letras. Hazme un favor, deja lo que estés haciendo y veámonos en el bar Albar en media hora. Sé que no te gusta el sitio, pero es el lugar más seguro donde podemos reunirnos.

Colgué el teléfono y me puse la gabardina. Salí por la puerta de cristal y, antes de salir, le serví a Ginsberg una copa de vino barato mezclado con unas gotas de tinta de la mejor calidad y se la vertí por encima de las teclas. Seguro que recibir aquel mensaje le había dejado exhausto y, como toda máquina de escribir con aspiraciones artísticas, un poco de caldo de vid le proporcionaría tanto, una milagrosa recuperación, como  una inspiración creativa.

Cerré la puerta tras de mí y me dirigí a Albar, comenzaba a estar completamente seguro de a qué tipo de enemigo me estaba enfrentando.

La calle estaba desierta. Aquel verano nos había tocado la migración de hadas que se dirigían hacia su reunión anual “El Reino feliz”. Cada año aquella maldita fiesta cambiaba mágicamente de sitio y justo aquel año apareció de la nada en un bosque a las afueras de la ciudad. En cualquier momento aquellas devoradoras de hongos surcarían el cielo dejando tras ellas una lluvia de sudor multicolor que era más difícil de quitar de la ropa que las manchas de vino. Además a nadie le gustaba llenarse la boca de purpurina con sabor a abono fluorescente. Así que me di más prisa de lo habitual para llegar al punto de encuentro con Caulfield  y por ello llegué cinco minutos antes de la hora acordada.

Él, aún no estaba en el garito, así que me senté en una mesa libre y pedí un whiskey doble con hielo. Miré alrededor, decir que la clientela de aquel establecimiento era variada era quedarse bastante corto aunque ello tenía una razón lógica:  Albar era el único lugar libre de telépatas de toda la ciudad. Cuando fue construido toda su estructura fue revestida de una aleación de acero y papel de aluminio y, todo lo que estuviera hecho de metal, se convertía en un punto ciego para todo lo extrasensorial.  Por esa razón aquel bar estaba lleno de policías y maleantes, de infieles en potencia y de trabajadores de hacienda. Todo el mundo podía ser él mismo en aquel sitio sin que nadie le juzgara leyéndole la mente, solo te bastaba con firmar un documento de confidencialidad a la entrada, un pacto de no agresión y un cacheo para asegurarte de que no eras telépata y llevaras algo de metal encima. Mezclar metal con telepatía era como introducir papel de aluminio en el microondas, era de todo menos aconsejable, a no ser que no le tuvieras demasiado cariño a tu microondas, a tu cocina, ni a todo tu apartamento. Y lo más curioso de aquel lugar era que, por muy diferentes que fuéramos los humanos,  el desear que nuestros secretos no salieran a la luz nos hacía a todos iguales.

Caulfield entró por la puerta del bar y me vio de inmediato. En Albar sus escasos poderes telepáticos no tenían mucha presencia  pero siempre le quedaba algún ligero rastro al que él le le gustaba llamar intuición. Se acercó a la mesa donde estaba y se sentó a mi lado.

—Maldito Dashiell —dijo demostrando su habitual mal humor cuando quedábamos allí.— Sabes que odio este sitio. Me has despertado con tu mensaje, no me ha dado tiempo ni a comer y aquí con los cubiertos de plástico antitelépatas no puede uno disfrutar de un filete en condiciones.

—Genial —contesté mientras me calaba el sombrero hasta prácticamente no ver el resto del bar.— Me gusta hablar contigo cuando estás hambriento. Es el único momento del día en el que prestas atención aunque sea para terminar rápido la conversación y poder aumentar aún más el volumen de tu estómago.

Él soltó una risotada mientras se agarraba su prominente barriga. Con aquella broma había conseguido cambiar su actitud aunque fuera por un momento, así que aproveché para contarle todo lo ocurrido con Ginsberg, el mensaje y cuáles eran mis sospechas:

—El que me mandó el mensaje fue un telépata. Estoy convencido de ello y además de los buenos, si es que de verdad existen de esos.

—¡Venga ya! Si sabes que la mayoría se convirtieron en atracciones de circo cobrando un dólar por adivinación o se quedaron en espectáculos de televisión doblando cucharas como si fuera el mayor logro del mundo. —Siempre me sorprendía la incredulidad de mi amigo en cuanto a telepatía astral se refería. Imagino que como se quedó a medias con su formación  no quería saber con seguridad que hubiera humanos con mayores poderes que él.  Hizo una pausa, se quitó el sombrero y comenzó a abanicarse con él antes de continuar:

—Además, nadie ha sido capaz de hackear una máquina-secretario y te aseguro que ésta es imposible que haya sido la primera vez. — ¿Hackear?, ¿había dicho la palabra hackear en vez de poseer? Ya era el colmo del escepticismo en los tiempos que vivíamos y sinceramente creo que Caulfield y yo habíamos tenido demasiadas experiencias juntos para que usara ese lenguaje tan arcaico.

—Mira, si no quieres creerme es cosa tuya. Pero, te aseguro que aquí hay telépata encerrado —le dije mientras intentaba no decir la palabra gato. Desde nuestra experiencia en “El Pueblo que no Arde” procuraba evitar nombrar a ese animal a toda costa.

Él me miró negando con la cabeza y se terminó mi whiskey de un trago para, instarme justo después a cambiar de local y encendernos un cigarrillo por el camino. Sabedor de lo incómodo que se ponía en aquel lugar forrado de acero asentí, cogí mi gabardina y apuré las últimas gotas de mi bebida espirituosa que lloraban por el borde del vaso.

No tardamos mucho en salir del establecimiento y en cuanto pusimos el pie en la calle, Caulfield se agarró la sien con fuerza con las dos manos.

—Jodido Albar —me dijo mientras apretaba los dientes.— Cuando estás en un lugar antitelépatas se te acumulan los mensajes que no puedes recibir y luego te llegan todos a la vez como si fueras un contestador automático.

En ese momento una gota morada se posó en mi mano con suavidad. A esta mota purpúrea se unieron otras que, en escasos segundos, transformaron los colores ocres de la ciudad en un cuadro impresionista.  Las malditas hadas estaban pasando por la ciudad pringándonos con sus asquerosos fluidos iridiscentes.

Sentí un golpe cercano y miré hacia mi izquierda. Caulfield estaba en el suelo temblando y soltando espumarajos por la boca. Me incliné sobre él, cogí una rama alargada que había en la acera y se la puse entre los dientes para que no se mordiera la lengua.  Justo en el instante en que logré separarle los labios comenzó a gritar. Su voz era metálica y, a la vez, cavernosa. Como si perteneciera a una máquina que estuviera teniendo conciencia de sí misma por primera vez y dijera sus primeras palabras:

—Hospital General de la Ciudad, habitación 606, entre un mar de emociones llegó, y volverá a mí porque me pertenece y nunca debió dejarme.

La lluvia multicolor cesó, mi compañero se incorporó y se sentó sobre la acera. Le miré con una media sonrisa en el rostro sabedor de que se encontraba perfectamente y que lo próximo que saldría de su boca sería un “vamos Dashiell, me apetece un buen filete”. Lo único que le había ocurrido era que, cómo el decía, le habían hackeado y estaba seguro de que había sido el mismo ser que poseyó a Ginsberg.

—El gran telépata ha hablado y creo que nos ha concertado una ineludible cita para esta tarde Caulfield.

Capítulo III

Le ayudé a incorporarse y, sin mediar palabra entre nosotros, nos tocamos cada uno el ala de nuestro sombrero con un gesto afirmativo, cogimos un taxi y nos dirigimos hacia el Hospital General.

El hospital parecía tan desierto como las calles de la ciudad. Cuando llegamos, las puertas de cristal de la entrada estaban abiertas de par en par  como si nos estuviera ofreciendo  amablemente que nos adentráramos en él.

Fuimos hacia el ascensor, éste no funcionaba. Por casos anteriores conocía el edificio a la perfección y sabía que la habitación 606 estaría en la planta sexta. Miré a Caulfield, miré su barriga  que desafiaba la resistencia de sus pantalones y me giré hacia las escaleras.

—Nos vemos en la planta seis compañero. Creo que puedo ir más ligero y explorar por mi cuenta unos cuantos tramos pero, tranquilo, te escribiré una carta cuando llegue arriba para hacerte saber que estoy bien—le dije con el labio ladeado antes de afrontar a toda prisa el primer tramo de escaleras. Él me respondió con un gruñido con el que no supe exactamente si me daba su consentimiento o si quería golpearme por obligarle a subir a pie las seis plantas.

Alcancé el primer piso sin ver a nadie y sin escuchar un ruido por los pasillos, después vino el segundo, el tercero,…, no había rastro de un ser humano por todo el edificio hasta que, al afrontar el tramo de la quinta planta, me llegó un sollozo ahogado.

Me di prisa con la esperanza de encontrar a alguien que pudiera explicarme qué había podido ocurrir para que hubiera tanto silencio. Salté las escaleras de dos en dos mientras el sudor con restos de purpurina surcaba mi frente dejando tras de mí un rastro colorido como el que deja un indolente pintor al realizar su obra.

Los sollozos se fueron incrementando y al llegar al rellano de la sexta planta me topé, sentada en el suelo, con una mujer de pelo canoso que escondía la cabeza entre las rodillas mientras balbuceaba palabras al aire:

—Creí que iba a morir, lo juro. Y solo fueron unas gotas para que se fuera con un recuerdo feliz. Lo único que quería era que se fuera en paz.

Me acerqué y le toqué con suavidad el hombro para tranquilizarla. Ella sacó la cabeza del refugio que había creado entre sus piernas y me miró.  Sus ojos estaban llenos de lágrimas y no parecía querer parar de hablar.

—Estaba en coma y lo íbamos a desenchufar. Nunca fue felíz, siempre quiso más y más y solo quería darle un último recuerdo, ofrecerle una pequeña luz antes de la oscuridad. En definitiva darle un mar de emociones antes de partir.

¿Mar de emociones?, ¿recuerdos?, ¿gotas? Entonces caí por completo, estaba hablando de “Interferencia” ese maldito anuncio vintage en blanco y negro del colirio con el que revivías el recuerdo más importante de tu existencia.  Aquella mujer le había dado unas gotas a un moribundo por compasión, para que se marchara con un buen recuerdo y el resultado de su evocación había sido catastrófico. Siempre lo dije, odio a las personas que se anclan en el pasado, vivir en él puede ser demasiado peligroso.

Con un gesto con la mano invité a aquella señora a que bajara las escaleras y abandonara el edificio. En cuanto vi que, entre lágrimas y sollozos, comenzaba a descender, abrí la puerta que daba al pasillo de la planta sexta y me adentré en ella. Los fluorescentes tintineaban dejando la luz en un tímido vaivén que escondía de mi vista los muebles y los objetos que poblaban el lugar. Llegué hasta el final del pasillo y giré para continuar en otro corredor más corto y estrecho. Al ver lo que había allí, me tapé la boca para no gritar.

Todo el personal del hospital estaba adherido a las paredes. Tenían  las palmas de las manos, la cara y el cuerpo unidos a los muros, la boca sellada y los ojos totalmente abiertos. No parecía que hubiera cuerdas que los ataran, ni nada que los sujetara. Estaban totalmente pegados e inmóviles, solo pudiendo mover los ojos. Y esos ojos, presas del desconocimiento, ignorantes de qué les había llevado a aquella situación, sin poder hablar, sin poder hacer nada más que estar callados adheridos a la pared, mostraban un terror que jamás había visto. El fluorescente del techo parpadeó un par de veces más y se quedó encendido permitiéndome ver el resto del pasillo. Justo enfrente de mí había una puerta de madera y, en ella, un cartel dorado en el que se podía leer “habitación 606”.

Giré el pomo y empujé la puerta con suavidad. Di un paso, el corazón comenzó a latirme rápidamente; di otro, la garganta se me secó dejándome en la boca un ligero sabor a arcilla, a cemento y, a odio; di un tercer paso y dentro de mi cabeza sonó de nuevo aquella voz metálica que había surgido de Caulfield apenas unos minutos atrás: “entre un mar de recuerdos llegó”.

No me dio tiempo a nada más, una fuerza invisible me levantó en volandas como si fuera un muñeco de trapo y me lanzó contra la pared. Intenté gritar, pero mis labios se cerrarón dejando a mis gritos ahogándose en mi garganta. Quise cerrar los ojos pero esa misma fuerza levantó mis párpados obligándome a mirar lo que tenía enfrente.

En la única cama de la habitación había un anciano inmóvil tumbado con los ojos abiertos mirando al techo. A su alrededor, los objetos que deberían estar colocados por la habitación: sillas, jarrones, la mesita de noche,…, volaban en círculos concéntricos rodeándole y protegiéndole de cualquiera amenaza que quisera atacarle. 

“Dashiell”, de nuevo aquella voz sonó dentro de mí ,“tu hogar es mi hogar”. A mi cabeza llegaron golpeándome, como si fueran olas en una tormenta, los recuerdos de aquel anciano. Él vestido con capa y sombrero en mi casa, vivía en mi casa. Timaba a la gente diciendo que podía leer sus mentes. Lo hacía, pero solo en la superficie, solo adivinaba su comida favorita, si les gustaba la lluvia o el sol, si tenían algún hermano o si amaban a alguien. Él se frustraba, quería ser el mejor telépata de la historia. Comenzó a engañarlos, a manipularlos con medias verdades para conseguir más reputación y dinero y, para lograrlo, les hablaba de futuro cuando no sabía nada de ello. Un accidente, hubo un accidente y como siempre ocurre con estos percances, estuvo involucrada la persona menos adecuada. Venganza, se vengaron de él, le pegaron contra la pared, le golpearon, tenía un hijo, le obligaron a mirar, tenía un hijo y desde aquel día no lo tuvo más y le obligaron a mirar. Y ahora era él quién quería venganza. Nos pegaba contra la pared y nos obligaba a mirar. No era yo quién le importaba, era la casa, era el recuerdo de su hijo que al perder su hogar se le fue arrebatado. Aquel había sido su recuerdo más importante y aquella mujer al darle el colirio “Interferencia” se lo estaba haciendo revivir una y otra vez. Su intención fue buena pero aquel mar de recuerdos le estaba ahogando mientras le hacía enloquecer.

Los objetos que volaban a su alrededor estaban girando cada vez a mayor velocidad, aumentando a la vez el diámetro de su circunferencia. La silla de madera comenzó a astillarse convirtiendo sus cuatro patas en afiladas estacas y,a cada vuelta, estaba más cerca de mí. La ventana estaba abierta y  vi como un rastro de purpurina iba desde el cristal hasta su cama manchándole todo el brazo. Si aquel maldito fluido de hada había logrado potenciar los poderes de Caulfield hasta llegar a captar el mensaje desde el hospital, con aquel anciano, que era mejor telépata y que, además, estaba repleto de odio acumulado, lo habría convertido en un ser prácticamente invencible.

En ese momento pude ver, por el rabillo del ojo, como mi compañero entró en la habitación de un salto y lanzó varios objetos brillantes hacia el telépata. Los objetos se le clavaron en el brazo y reflejaron la luz procedente de la ventana por un instante. Eran dos tenedores de metal y, mezclar metal con telepatía, era como introducir papel de aluminio en un microondas.

El hombre de la cama soltó un profundo suspiro tras el cual, todos los muebles volantes y yo volvimos a ser atraídos por la fuerza de la gravedad y caímos contra el suelo. Caulfield me ayudó a incorporarme y me guiñó un ojo:

—Como no me escribiste esa carta al llegar, me preocupé y vine a por ti por si necesitabas ayuda.

Le sonreí y le iba a soltar mi réplica cuando me llegó un silbido desde la cama del anciano. Aquel microondas telepático iba a explotar de un momento a otro. Cogí a mi amigo de la gabardina y lo saqué de la habitación a empujones. Ya en el pasillo vimos al personal del hospital que se había despegado de las paredes y estaba pestañeando con vehemencia, como si así pudieran recuperar el tiempo que habían pasado con los ojos abiertos. Caulfield y yo les gritamos a la vez un “tírense al suelo” mientras saltábamos para intentar pegar nuestros cuerpos al mármol del piso y así evitar en la medida de lo posible las consecuencias de una más que posible explosión.  Caímos uno sobre el otro en el momento justo que el silbido que producía el anciano se acalló para, a continuación, convertirse en un gran estruendo que convirtió las paredes en proyectiles y la madera en afilados cuchillos.

Todo pasó en un instante, no hubo fuego ni sangre, solo polvo y piedra volando que fue hacia adelante para luego regresar de nuevo pasando sobre nuestras cabezas a gran velocidad. El personal del hospital estaba perfectamente, no sabíamos cómo, pero nadie tenía un rasguño. Mi compañero y yo nos levantamos y fuimos a inspeccionar la habitación 606. La pared que daba a la calle ya no existía, pero tampoco habían caído los cascotes al exterior, era como si hubiera sido una implosión. La cama seguía allí, ennegrecida y sin el cuerpo del anciano, solamente  quedaban como testigos los dos tenedores de metal sobre el colchón.

En ese momento volvió la electricidad a todo el edificio y el ventilador del techo comenzó a girar en el sentido de las agujas del reloj. Me gustaba mirar las aspas y pensar que eran como las manecillas que marcaban a toda velocidad el verdadero paso del tiempo. Las aspas solo iban en una dirección, si iban hacia atrás se estropeaban y tarde o temprano no cumplirían su función, lo mejor es que éstas fueran siempre hacia adelante aunque los humanos, en muchas ocasiones, no supiéramos asimilarlo.

Fer Alvarado

La Máscara – Capítulo I. Paredes.

Imagen promocional de la serie de animación de terror: “La Máscara”.

Introducción:

La vida es inesperada y en ocasiones te brinda oportunidades irrechazables que sabes que te harán aprender y crecer. Hace algún tiempo mi buen amigo Andrés (alias Mr. Bizarro) me propuso crear una serie de animación de terror basada en la cuarentena. Nunca me había planteado hacer algo así pero, conocedor de su trabajo, buen hacer y creatividad, decidí aceptar su invitación y escribir esta humilde serie que, aunque en un principio se inspiró en el confinamiento, pronto cogió su propio camino y recorrió otros caminos más fantásticos y terroríficos.

A partir de hoy y cada semana publicaré en el blog el capítulo de la serie que vaya saliendo a la luz junto al relato/texto original que escribí para que así se pueda apreciar el trabajo de adaptación hacia el formato audiovisual. Espero que os guste ya que hay invertidas muchas horas de ilusión, trabajo y sobre todo de aprendizaje y, como siempre, estaré más que encantado de poder compartir opiniones y comentarios sobre este proyecto.

La Máscara – Capítulo I. Paredes. Vídeo:

Relato:

El frío del exterior me despertó colándose entre las rendijas de la ventana. Hace tiempo que tenía que haberla arreglado  pero no sabía cómo hacerlo y no tenía a nadie que lo hiciera. Aquel aire gélido que poblaba la noche me forzaba a abrir los ojos y a mí me gustaba dormir ya que cuando lo hacía,  no  escuchaba a las paredes cuchicheando a mis espaldas hablándome con arañazos, dentelladas y mordiscos; reclamando su sito, su lugar, lo que ahora es suyo. 

Me incorporé sobre la cama y miré con ojos desorbitados hacia las paredes, no podía creer lo que veía, éstas  se estaban moviendo,  había bultos temblorosos que me rodeaban   y se desplazaban por el techo, por el suelo,  parecía que querían salir, estaba seguro de que querían entrar.  El ruido cambió, las uñas que arañaban mi cerebro se volvieron agudas y se unieron en un coro  que taladró mis oídos. Algo estaba traspasando las paredes. En ese momento se produjo un silencio mientras por los agujeros del techo ojos enrojecidos  y  colmillos insaciables comenzaron a observarme. Ratas,  cientos de ratas me devolvieron la mirada conocedoras de que nos habían adelantado en la pirámide alimenticia. Yo no podía pararme,  no podía  esperar a que probaran mi sangre o no se detendrían nunca. Así que salí corriendo y ellas me persiguieron,  se unieron unas a otras convirtiéndose en un ser enorme repleto de garras que buscaban mi  carne y mis huesos. Pero por suerte, conseguí llegar a la puerta, salir de casa y cerrarla  tras de mí antes de que un golpe seco hiciera temblar las paredes anunciándome que me encontraba momentáneamente a salvo. Ya en la calle me di cuenta de que, por primera vez en mucho tiempo, estaba desprotegido bajo  una noche sin estrellas, ahora nunca había estrellas, ahora nunca había luna y ni siquiera de día  se veía un rayo de luz.

Desde la megafonía me llegó aquel aviso que se había convertido en la huella de lo que nunca nos tomamos demasiado en serio hasta que fue demasiado tarde:

“Esto no es un simulacro, por favor, permanezcan en sus casas y usen su equipo de protección en todo momento. No teman, todo saldrá bien pero les repito, esto no es un simulacro, les rogamos que no salgan a la calle bajo ningún concepto, apuntalen puertas y ventanas y esperen en sus hogares hasta recibir nuevas instrucciones. Todo saldrá bien, todo va a salir bien”.

Todo fue una sarta de mentiras.

Me ajusté mi máscara y miré hacia atrás sabedor de que aquel refugio ya no era seguro. Así que me armé de valor, di un paso adelante y me sumergí en este mundo en el que  palabras  escupidas por una polvorienta megafonía, eran lo más cercano a calor humano que había sentido en mucho, mucho tiempo.

Escrito por Fer Alvarado

Producido y animado por Mr. Bizarro

Sonido por J.J. Rec

Limpieza General

Introducción:

En muchas ocasiones intentamos silenciar a nuestros monstruos, encerrarlos y guardarlos en algún lugar recóndito en el que creemos que no volveremos a verlos. Pero ellos permanecen ahí, se unen y se acumulan haciéndose cada vez más y más fuertes siendo la única solución posible el enfrentarse a ellos, comprenderlos e intentar saber qué hacen con nosotros y en qué nos influyen. Es lo verdaderamente efectivo para superar nuestros miedos y no el acumularlos o el guardarlos en los rincones dónde nunca miramos.

En este relato he vuelto al tono humorístico, que llevaba tanto tiempo sin usar, ya que el reir es un gran paso para la aceptación de uno mismo y poder superar así a todos esos monstruos que nos acechan y buscan mermarnos y hacernos más pequeños en nuestro día a día. Espero que os guste y, como siempre, estaré agradecido de compartir opiniones y comentarios:

Limpieza General

— Disculpe señor, ¿sabía usted que está guardando sus monstruos en el armario?

La pregunta me cogió totalmente desprevenido. No esperaba que aquella señora más ancha que alta, de brazos rechonchos que eran atraídos hacia el suelo como si fueran puentes colgantes y  de sonrisa amarillenta hubiera conseguido encontrar mis monstruos tan fácilmente.

— Lo peor  de que se escondan ahí es que se pegan a la ropa y  luego dejan un olor horrible, algo así como a cerrado, ¿no se ha dado usted nunca cuenta de lo mucho que le apestan los jerséis? —Continuó aquella mujer sin esperar siquiera a que le respondiera—.  Puedes poner bolas de naftalina, echar pulverizadores, espráis desinfectantes,…, pero no hay manera de que se vayan, siguen ahí desprendiendo ese tufo a inseguridad,  a complejo de Peter Pan, a  inferioridad,…, y no es por nada, pero a usted no le falta ni uno, parece que se ha dedicado toda su vida a coleccionarlos y a guardarlos todos ahí, entre el cajón de los calcetines y el de las camisas limpias, y como soy una mujer de educación tradicional, no quiero decirle nada del complejo que tiene guardado en el cajón de la ropa interior pero tranquilo, ese será un secreto profesional que quedará entre usted y yo.

— Oiga —le repliqué esta vez con el rostro enrojecido con una mezcla entre vergüenza e ira—. ¿No puede dedicarse a limpiarme las ventanas como todas las señoras de la limpieza y dejar de husmear entre mis psicopatías?

— ¡Por supuesto que no! —Me gritó elevando la voz de tal forma que vi como hasta mis monstruos se asustaron resguardándose en lo más profundo del armario —. Soy toda una profesional y si me ha contratado como limpiadora pienso airearle el hogar hasta que quede totalmente impoluto, libre de ácaros y de complejos, ese es mi lema.

Se dirigió al balcón, abrió las ventanas de par en par y escoba en ristre como si de un arma afilada se tratara se colocó en la puerta del armario.

— Venga, iros pitando de aquí, que os quiero fuera en menos de dos minutos, y nada de esconderse bajo la alfombra o escabullirse entre los cojines del sofá que conozco todos vuestros escondrijos.

Todos y cada uno de mis monstruos comenzaron a salir cabizbajos en un extraño desfile de seres deformes de cabezas gigantes y extremidades asimétricas. Algunos eran muy pequeñitos y  andaban dando saltos como si, de alguna manera, quisieran llamar la atención; otros, ladeaban la cabeza evitando ser vistos, hasta el punto que uno de ellos se chocó contra la cama en su intento de  huir por el balcón. Y así, uno a uno, se marcharon de casa dejando en la habitación un aroma de seguridad en mí mismo que nunca había llegado a sentir.

— Y no se preocupe de que vuelvan, al pasar he visto el tamaño desmesurado del coche de su vecino  y creo que con él sus complejos van a encontrar un hogar por mucho tiempo.

Aquella señora de escoba en ristre y pañuelo morado en la cabeza se fue con un fuerte apretón de manos  que acompañó de un guiño a modo de despedida. Cerré la puerta tras de ella y fui hacia al armario para asegurarme de que no había quedado complejo alguno escondido entre los rincones. No había más que ropa limpia, aireada  y fresca  que estaba  libre de polvo, suciedad y complejos.  Pero  cuando iba a marcharme me sorprendió ver  que, donde antes se escondían mis miedos,  había ahora una tarjeta del mismo color morado que el pañuelo de aquella señora en la que se podía leer:

“Si limpio de monstruos quiere estar,  la televisión debe dejar,  sentarse a leer un libro cada ocho horas y un paseo diario matinal parándose de vez en cuando a reflexionar. Siguiendo estas instrucciones y, con alguna limpieza general, en menos que canta un fauno, feliz y contento estará.”

Fer Alvarado

Hasta que se Pierde

Introducción:

En muchas ocasiones no somos capaces de valorar lo que tenemos, de apreciar los pequeños (y grandes) detalles que llenan nuestras vidas y que nos hacen el día a día más sencillo. Algunas veces es por orgullo, otras por simple monotonía, o por la facilidad que tenemos de conseguirlo, pero tendemos a normalizar multitud personas o de situaciones fascinantes que nos rodean y las convertimos en algo inherente a nuestras vidas, algo que nos pertenece por y para siempre. Pero, ¿qué ocurre cuando esto nos falta?, ¿cuando lo que creemos qué es de nuestra propiedad (física o emocional) desaparece y nos deja huérfana esa parte de nuestras vidas?, ¿luchamos por volver a recuperarlo, o miramos hacia otro lado y le restamos la importancia que realmente tiene?

Hasta que se Pierde

Odio los martes, son, por mucho,  el peor día de la semana. Antes sin embargo me encantaban, deseaba que el resto de días huyeran del calendario para alcanzarlo  y disfrutarlo como no  lo había hecho con los otros. La razón por la que tanto me gustaban era que los martes por la tarde  iba a clases de canto y siempre había deseado hacer algo así. Pasaba las horas despejando mi garganta de emociones estancadas y expulsándolas en forma de notas.  Aunque no me importaba en absoluto que éstas estuvieran  en el tono correcto o no, en realidad era yo mismo el que  me afinaba. Pero, perdí la voz. Perdí la voz y no la encuentro. No sé dónde está,  ni tengo idea de dónde la he podido dejar. Por lo tanto me es imposible cantar y, ahora, odio los martes.

He intentado descubrir cuál fue el momento exacto en que mi voz me abandonó. Primero, deje de hablar por las mañanas. Los buenos días a los vecinos y conocidos se limitaron a levantar la mano, a alzar tímidamente la barbilla y, cuando apenas tenía trato con la persona saludada, elevaba una ceja de manera esquiva para dar a entender que lo había reconocido. Así que, dejé de hablar por las mañanas pero, por las tardes, seguía cantando.

En el trabajo, no necesitaba comunicarme con mis compañeros. Llevaba una cantidad de años considerable en el puesto y  no tenían que darme ninguna instrucción ya que, conocía todas mis obligaciones. Además siempre llegaba el primero a la oficina, me metía en mi pequeño cubículo y me dedicaba a desempeñar mis labores lo cual facilitaba el no tener que cruzar palabra con nadie. Por lo que, dejé de hablar en el trabajo pero, cuando llegaba a casa, seguía cantando.

En cuanto a mi vuelta a casa, siempre era silenciosa. Los autobuses bullían con personas de rostros monótonos y yo, al sentarme, ladeaba mi cuerpo hacia el exterior y pegaba la cabeza  a la ventanilla evitando así conversaciones vacuas e insustanciales. Dejé de hablar en los trayectos a casa pero, los martes, seguía cantando.

Hasta que llegó lo inesperado. Mi profesor me instó a calentar la voz antes de iniciar la clase. Obediente de mí, inspiré e intenté comenzar con mis ejercicios de calentamiento pero, no emití ningún sonido. Llevaba desde la semana anterior sin hablar con nadie y era como si se me hubiera olvidado hacerlo. Carraspeé y no surgió ruido alguno, en ese momento me asusté y salí corriendo de clase. Había perdido la voz y ya ni siquiera los martes podía cantar.

Desde entonces continúo haciendo mi vida normal: saludo a mis vecinos con la mano, voy al trabajo y vuelvo a casa pero ya no canto, ya he dejado de afinarme. Nadie se ha extrañado de que no hable por el simple hecho de que antes ya no lo hacía. Ahora intento evitar que me miren directamente, que me observen y me comenten cualquier cosa, me daría demasiada vergüenza no poder responderles. Miro al suelo y ando cabizbajo entre la gente. Se me ha olvidado hablar y no sé como recordarlo.

 Ayer, al comer, noté un sabor a óxido en la base de la lengua.  Me levanté del sofá y me dirigí al espejo del baño. Allí abrí la boca y vi como desde lo más profundo de mi garganta el color rosado de mi lengua y de mis amígdalas se estaba tornando cobrizo y acampanado como si se me estuviera oxidando por no cantar, por no expresarme y por no decir absolutamente nada. No quiero verme de esta manera, con las palabras atrancadas  y convirtiéndose en moho. Así que cogí varias mantas que tenía sin usar y cubrí todos los espejos de casa.

Pero lo peor me ha ocurrido esta madrugada al despertarme tras un mal sueño. Todo estaba oscuro, intenté encontrar alguna luz que me guiara y, mientras palpaba la pared,  me di cuenta de que la habitación estaba repleta de objetos que parecían querer encontrarse conmigo y no precisamente con fines pacíficos. Al final logré encontrar la lamparilla de la mesita de noche y la encendí. Todo continuó igual de oscuro. Creo que se me ha olvidado ver y no puedo recordar cómo se hacía. He pensado en qué día de la semana es. Hoy, es martes. Definitivamente y, por mucho, el peor día de la semana.

Fer Alvarado

Un Toque de Sangre y Humor Negro

Recopilación de relatos cortos de humor negro que he ido escribiendo estos últimos meses.

Introducción:

Me encanta el humor negro. El leer historias excesivas en las que se juega entre el límite del terror y el humor siempre me resultó muy estimulante. Puede ser que en mi caso influya que cuando veo una película o leo un libro de terror (y en ciencia ficción me ocurre igual) le perdono que esta sea mala o que incluso roce lo ridículo, lo disfruto y lo devoro igualmente. Se puede decir que sea mi dulce placer culpable. Creo que la hipérbole, en lo que a lo narrativo se refiere, por inverosímil, puede llegar a ser graciosa. Hasta el punto que muchas obras llegan a ser divertidas sin apenas proponérselo. Así que hoy traigo tres de mis intentos de realizar relatos excesivos que deambulen entre el terror y la comedia que espero disfrutéis y con los que personalmente me divertí mucho al escribirlos:

EL SEGUNDO PASTEL

Carlos fue colocando las velas una a una encima de la tarta y se dio cuenta de que comenzaban a ser demasiadas para la limitada superficie del pastel. “Tal vez para la próxima vez las reparta en dos tartas” pensó. Estaba demasiado orgulloso de todas y cada  una de aquellas velas como para simplificar sus celebraciones con un sencillo número. Aquello le quitaría toda la magia a lo conseguido hasta el momento.  “Hay que contarlas cada vez y sentirse feliz por todas ellas, porque todas, absolutamente todas son únicas y son especiales” solía decir en voz alta cada vez que las colocaba y contaba. 

—Ya estoy listo para la sorpresa —. Una  voz masculina escaló desde el sótano  y le hizo perder la cuenta pero no le importó, ya que aquellas palabras eran la señal que aguardaba.

Apagó las luces y, con la tarta en una mano y un cuchillo en la otra, se dio la vuelta y comenzó a bajar las escaleras.  En el piso inferior, un chico con los ojos tapados y una media sonrisa le estaba esperando. Se acercó sigiloso a él intentando aguantar la emoción que solía embargarle  en estas situaciones  y, con un movimiento rápido y certero, le rebanó el cuello como si  fuera  mantequilla caliente lo que cortaba. El suelo se cubrió de sangre y aquella sonrisa se congeló en el rostro del muchacho. Carlos, tras observar como sus pies comenzaban a pegarse al ahora rojizo pavimento, cogió la tarta y colocó una vela en el último hueco que quedaba libre. Ya estaba completamente seguro, para poder celebrar su siguiente víctima, debería comprar un segundo pastel.

Fer Alvarado

UN APLAUSO DE IDA Y VUELTA

Salió al balcón de casa cabizbajo, sin demasiado ánimo de participar en el aplauso colectivo que su comunidad le iba a dedicar a los que habían perecido  a causa del accidente.

Aún faltaban un par de minutos para la hora acordada, así que miró hacia su izquierda y observó  las obras del nuevo ascensor. Como presidente de la junta vecinal que le había tocado ese año no entendía cómo la gente se dio tanta prisa para aquella derrama y más aún después del desafortunado incidente que había acaecido con el anterior hacía apenas un mes. Nunca le habían entusiasmado esos minúsculos habitáculos pero después de aquello se había jurado y perjurado que solamente usaría las escaleras y que no volvería a usar esas cajas cerradas del demonio. Los aplausos emergieron desde las ventanas cercanas sorprendiéndole en un primer momento, pero pronto se dejó llevar y comenzó a silbar y soltar vítores que le hicieron destacar como el más animoso de aquel homenaje.

Un minuto de gritos al aire y de agridulces silbidos retumbaron por la calle elevándose y perdiéndose entre  los muros del edificio. De repente a su espalda le llegó el sonido de un campana metálica como el que hace un ascensor al llegar a la planta elegida. Sus palmas cejaron en su empeño de juntarse y sus labios se separaron convirtiendo sus siseos en silencios y sus palabras de ánimo en incertidumbre. Notó como una lengua áspera le recorrió el lóbulo de la oreja. Intentó girarse pero sus músculos se tensaron convirtiendo sus movimientos en torpes espasmos que no le llevaron a ninguna parte.

— Hola, señor presidente. — Una voz metálica que parecía oscilar, caer desde el techo y volver a subir le llegó desde varios lados a la vez. — Tuvimos que morir para saber quién se negó a poner el nuevo el ascensor. Pero tranquilo, ya le tenemos preparada su propia  caja.

En los balcones el homenaje había terminado. Los pocos vecinos que aún permanecían asomados a las ventanas comenzaban a adentrarse de nuevo en sus hogares cuando algo les detuvo. Un grito de los que hiela la sangre surgió desde las entrañas del edificio, cruzó los pasillos acompañado de aplausos que sonaban a un tañer de campanas para, finalmente, descender y perderse por el hueco del nuevo ascensor.

Fer Alvarado

UN VECINO SERVICIAL

El domingo por la mañana es mi día favorito de la semana. Me encanta despertarme temprano, disfrutar de un frugal desayuno y volver a tumbarme ocioso en la cama mientras me pierdo entre los pequeños ruidos que empiezan a surgir a lo largo y ancho de mi edificio. Desde que era niño, en casa me enseñaron a recibir este día con los brazos abiertos, me enseñaron a compartirlo y a ayudar a que tus vecinos lo disfruten lo máximo posible. Mi madre siempre me decía que una comunidad unida era como una gran familia unida y mientras a más gente fueras capaz de hacer feliz, mucho más lo serías tú mismo. Así que,  con el paso de los años, me he dado cuenta de que la mayoría de mis vecinos son gente de costumbres y he sabido adaptarme a las necesidades que les puedan surgir en cada momento de este maravilloso y familiar día que es el domingo.

Doña Rosa, del segundo B, siempre prepara un delicioso arroz para deleitar a sus hijos en sus visitas y así de camino también obligarles un poco a que vayan a verla,  que la verdad la señora pasa demasiado tiempo sola. Yo, para que ningún imprevisto le pueda arruinar esta velada,  siempre tengo preparado un kilo del mejor arroz bomba del mercado por si lo necesitara y en mi pequeño balcón, hace tiempo que planté romero, que gracias a mi prodigioso olfato, logré  adivinar que es el ingrediente secreto de sus estupendos arroces.

Roberto y Luisa viven en el segundo A y una vez al mes, gustan de hacer una pequeña barbacoa para sus amigos en su terraza. Pues que menos que por mi parte tener preparado para ellos un paquetito de sal en escamas que va genial con estas parrilladas y sé de buena tinta que especialmente a Luisa le pirra en las carnes que suelen preparar.

Alberto y José viven en el único piso habitado de la tercera planta y son bastante menos familiares o sociables que el resto de nuestra comunidad. Para ellos, el domingo es su día de sentarse en el sofá y disfrutar de tantas películas como la tarde pueda dar de sí. Así que después de mucho pensar en cómo podría ayudarles, empecé a perfeccionar mis técnicas haciendo palomitas caseras con mantequilla y cada jornada dominical les llevo un bol rebosante de mis ya legendarios snacks palomiteros.

Todo este servir a la comunidad me hace sentir inmensamente feliz. Para mí, no hay nada mejor en la vida que ver las caras sonrientes de mis vecinos al saludarme por la escalera o disfrutar de sus abrazos sinceros cada vez que les hago alguno de estos favores.  Con esos pequeños gestos me hacen sentir uno más  en sus reuniones familiares y en sus planes de cada domingo.

El único día que no pude cumplir con las expectativas que esta gente maravillosa tiene depositadas en mí, fue hace tres domingos y fue uno de los días más tristes de mi vida. Raúl, mi vecino de enfrente, el único que igual que yo vive solo, vino a pedirme un destornillador plano para intentar desmontar la parte trasera de su arcón congelador, el cual se le había estropeado aquella misma tarde. Le hice pasar al salón mientras buscaba una completísima caja de herramientas que había comprado hace poco para poder prestarles una mejor ayuda a mis vecinos. Pero por más que buscaba no la encontraba por ningún lado. Busqué en el trastero, en la terraza, incluso bajé al garaje comunitario, pero esta había desaparecido por completo. Desesperado saqué todos los cajones de los muebles de la cocina y logré encontrar un solitario destornillador de estrella. En ese momento al darme cuenta de que no era el destornillador que Raúl me pedía, sentí miedo, ¿cómo podía decepcionar así a alguno de mis amigos cuando más me necesitaba?, ¿iría Raúl apartamento por apartamento propagando que yo no tenía ese dichoso destornillador y que no había podido ayudarle? No podía permitirlo de ninguna manera, aquel sería mi fin, dejaría de formar parte de esta enorme y maravillosa familia que era todo para mí. Los había decepcionado a todos, había fallado a doña Rosa, a Alberto y a José, a Roberto y a Luisa y sobre todo a mi madre que tanto insistía en que todo el mundo tendría que estar unido y darlo todo por los demás. Así que me decidí por la única opción posible. Agarré con fuerza el destornillador y se lo clavé a Raúl repetidas veces en el cuello. Él, mientras se desangraba sin que su garganta emitiera ruido alguno, me miraba con unos ojos sorprendidos, como si no pudiese entender lo que realmente le estaba ocurriendo. Desde entonces, como parte de mi castigo, tengo el cadáver de Raúl guardado en mi arcón congelador y cada vez que lo abro, me mira con ese rostro  de sorpresa permanente para recordarme que no puedo volver a fallar a esta maravillosa comunidad.

Fer Alvarado

A Partir de ahora / La Danza del Roble

Mi primera incursión en los microrrelatos o relatos cortos.

Introducción:

Siempre intento aprender nuevas técnicas narrativas para crecer, para intentar mejorar mi estilo y para ir añadiendo repertorio a mi forma de escribir. Hace poco me recomendaron explorar el maravilloso mundo del microrrelato, campo que apenas había trabajado y he intentado iniciarme en este micro(macro)universo de historias mínimas pero fascinantes en las que la síntesis y la imaginación se unen para contar lo máximo en lo mínimo posible. Para ello hoy traigo dos pequeños experimentos: “A Partir de Ahora” se puede considerar microrrelato y surgió de una improvisación que se agrandó hasta una pequeña historia y “La Danza del Roble” es algo más extenso ya que no llegaba a encontrar en tan pocas palabras lo que quería contar, cuestión de experiencia será, cuestión de práctica imagino. Gracias por leerme siempre, espero que los disfrutéis y como siempre agradeceré vuestros comentarios, sugerencias y opiniones:

A Partir de Ahora

Sus miradas se cruzaron accidentalmente. Eran miradas rodeadas de dunas ondulantes que surgieron indecisas años atrás ahondando en los laterales de sus caras y que, como en todos los desiertos,  fueron expandiéndose para  agrietar sus rostros, secarlos y convertir en tierra yerma sus facciones y en herrumbre sus voces.  Miradas  repletas de tiempos pasados mejores, de humedales extintos y de lodazales presentes. Miradas que convertían la piedra en volátil arena y la mar en agria sal. Y aquellas miradas de frío constante, enrojecidas por cerrarse demasiado y por hacer del atisbo una forma de vida, permanecieron cruzadas durante un instante que se prolongó a un momento para alimentarse del tiempo y convertirse en pausa. Y de tanto mirarse al final se vieron, se reconocieron y se sonrieron; y en ese ahora él supo que llevaba infinidad de escenarios sin verse y multitud de paisajes itinerantes sin cruzarse con aquella mirada goteante que le gritaba con  sordos parpadeos a través del espejo “vuelve, sé tú; regresa y simplemente sé”.

Fer Alvarado

La Danza del Roble

Llegué a perder la cuenta de las horas que detuve el tiempo observando el  viejo roble del vecindario en el que pasé mi infancia.  Desde el primer instante en el que me crucé con sus ramas aristadas y con sus hojas danzarinas, pude notar como su existir silencioso se sobreponía a la ignorancia beligerante de los demás sintiendo así una conexión con él como nunca la había tenido con nadie en mis pocos años de existencia. Lo  convertí en mi amigo, en mi confidente, en mi compañero de juegos y de rebeldías. Cada tarde, cuando mi madre me obligaba a salir de casa para jugar, corría a su lado, me sentaba junto a él y sentía bajo mis dedos el  áspero tacto de su centenaria madera. Me gustaba perderme en mundos no vividos al  pegar mi oído a su tronco e imaginar sus ramas creando crujientes  melodías inspiradas al ritmo del viento. Le hablaba y mi mente dibujaba respuestas construidas de palabras antiguas sobre tierra olvidada y subterránea agua.

Hasta que un día el árbol me respondió. Era una tarde silenciosa, una tarde ausente de los deslavazados gritos y las punzantes palabras ajenas que se  me adherían en el camino diario hacia mi nuevo viejo amigo. Me acerqué y lo vi agrandándose ante mí  como el único observador de un mundo inquisitorial en el que la magia se juzga y la realidad se construye de adoquines,  de asfalto y de barro.  Deslicé mi mano entre las rugosidades de su corteza y en aquel momento escuché un silbido entrecortado como el que hace el huidizo aire al  escaparse entre los dientes. Lo observé y vi como sus alargadas hojas danzaban apuntando hacia arriba, como si éstas me invitasen a subir marcándome el camino. Levanté el brazo y me así a la rama más cercana, mis pies siguieron este ascenso y con una facilidad pasmosa, como si él me allanara un camino escarpado repleto de falsos asideros y de afilados peligros, conseguí adentrarme entre su espesura.

— ¿Dónde está el niño árbol? Como tanto le gusta la naturaleza, hoy le teníamos madera preparada para merendar. — Unas voces disfrazadas de niños, cargadas de un odio que mi infante mente no comprendía, me llegaron desde el suelo. Eran palabras acompañadas de filo y  anhelantes de herida, pero que esta vez ni llegaron a tocarme ni a adherirse a mis entrañas. El  aire se alzó para silenciarlas convirtiéndolas en torpes lanzas sin sino. En ese momento las ramas del árbol bailaron al ritmo del viento acunándome y alborotando mi cabello con suaves y tranquilizadoras caricias. Ayudado por las danzas silentes de las ramas, un hueco se abrió paso entre la espesura y desde lo alto del viejo roble del vecindario donde pasé mi infancia,  pude ver como en la distancia, mucho más cerca de lo que llegué a imaginar, se extendían ante mí montañas inmensas y frondosos bosques carentes de gritos, vacíos de represalias y llenas de oportunidades.

Fer Alvarado

Mano de Obra

Introducción:

Hay veces que improvisar te lleva a terrenos inesperados. Esto es algo que ocurre igual en la vida y en el arte en general. Cuando improvisas sales de tu zona de confort y te adentras en situaciones a las que normalmente no te enfrentarías. De estos enfrentamientos puedes salir airoso o derrotado pero, en la mayoría de ocasiones, se convierten en experiencias inolvidables.

Este relato surgió de un juego de improvisación. Si es cierto que ya tenía algunas ideas sueltas y que me apetecía intentar hacer algo distinto jugando con otros estilos que también me apasionan como en este caso es el noir. Así que me dejé llevar, intenté mezclar esta idea que me rondaba sobre mezclar novela negra, fantástico y algo de humor y acabo surgiendo esta historia:

Mano de obra

El aire helado de la noche se coló a hurtadillas por la ventana entreabierta de su oficina. Dashiell notó como aquel frío incipiente de finales de noviembre atravesó la habitación y llegó hasta él sacándole de la ensoñación en la que se encontraba. Llevaba demasiado tiempo estudiando aquel caso, estaba tan acostumbrado a resolver sus encargos en apenas un par de días que el ver como éste se le demoraba varias semanas le estaba haciendo dudar de su propia suerte. Y lo peor es que no había ningún otro detective paranormal cualificado en toda la ciudad que pudiera ayudarle a resolver aquello. ¿Cómo era posible que a los habitantes de la ciudad les estuviera desapareciendo la mano que más usaban en su día a día? Era algo que ocurría cada noche y en lugares indeterminados. Los zurdos al despertar por la mañana solo se encontraban con su mano derecha y a los diestros les ocurría igual desapareciendo también su mano más ágil. Nadie sentía ningún tipo de dolor, pero al despertar se levantaban con un pequeño muñón sustituyendo a su anterior miembro.

Dashiell continuaba absorto en busca de conjeturas que no llegaban cuando una carta se deslizó por debajo de la puerta de su oficina. Clavó los ojos en ella mientras ésta pareció flotar por encima del mármol que poblaba el suelo hasta llegar a escasos centímetros de dónde él se encontraba. Agarró la carta y salió corriendo para intentar alcanzar a quién le había dejado aquel mensaje. Las bisagras de la puerta se quejaron con un grito oxidado al ser abierta mientras él salió de la oficina tan rápido que los talones le llegaron a golpear la baja espalda. Se asomó a las escaleras pero no pudo distinguir más que un eco sordo e informe saliendo por la puerta principal en el primer piso de su edificio. En ese momento se dio cuenta de que aquella carta continuaba en sus manos. Se humedeció los labios,  la abrió y comenzó a leerla en voz alta:

— Señor Dashiell —comenzaba rezando aquella carta—. Sabemos qué es lo que está ocurriendo, por favor salga de su edificio y coja el camino que lleva al canal,  no se preocupe por nada más, la niebla guiará sus pasos. P.D.  Si él muere, todo volverá a su lugar.

Extrañado por aquel enigmático mensaje, volvió a entrar en su oficina, sacó del cajón la última caja de balas que le quedaban y se las guardó en su gabardina. Bajó a la calle y al poner un pie en la acera vio como un pequeño banco de niebla parecía esperarle justo en la acera de en frente. Era una niebla compacta y levemente luminiscente, que  parecía  brillar con más intensidad  cuando era  iluminada por el faro de algún vehículo itinerante, como si ésta intentase llamar la atención y transmitir algún desconocido mensaje.  Se acercó a aquella neblina y agarró  la punta de su sombrero con los dedos pulgar e índice a modo de saludo. Después levantó la cabeza, se encendió el primer cigarro de la que prometía ser una larga noche y, tras una larga y profunda calada, clavó sus ojos en aquella brillante neblina para hablarle con su voz rota producto de noches colmadas de nicotina y whiskey:

— Cuando la niebla se levanta antes que la ciudad, no esperes la lluvia, espera el mar.

La respuesta de la niebla a aquella frase fue comenzar a desplazarse calle abajo. Él movió la cabeza de izquierda a derecha sin poder creerse lo que estaba presenciando, pero después de meditar durante un segundo comenzó a perseguirla. La siguió por calles y avenidas hasta llegar cerca del río, allí se detuvo en frente de un almacén. En él, había un cartel  en el que se podía leer “Tu mano amiga”.

Sin pensarlo dos veces se acercó a una  puerta de madera que parecía esconderse en la esquina de aquel edificio y la derribó de una certera patada. Un sonido a engranajes y a máquinas le llegó desde el interior. Dashiell apretó el paso recorriendo un oscuro pasillo y tras pasar por una puerta acristalada accedió al corazón del almacén. Allí pudo ver horrorizado una gigantesca cadena de montaje donde miles de manos sin cuerpo parecían trabajar sin descanso creando una variedad inimaginable de objetos. Desde juguetes, hasta teléfonos móviles, pasando por libros y cosméticos. Aquella empresa gigantesca había decidido robar las manos más ágiles de la ciudad para crear sus productos ahorrándose multitud de sueldos. “Así que usan mano de obra barata” pensó para sí con una sonrisa en la cara.

Escudriñó aquel recinto y vio en el centro del mismo a un hombre de baja estatura ataviado con traje oscuro y una corbata a juego, llevaba un sombrero de copa y un monóculo sobre el ojo izquierdo como si quisiera resaltar por su elegancia  dentro de aquel enrarecido ambiente. Pero lo que más le llamó la atención es que sus brazos, separados de su cuerpo, sobrevolaban en giros concéntricos el almacén como si supervisaran el trabajo de aquella cadena inhumana.

—¡Hay que ser más mañoso, vamos manitas demostrad como manipuláis mis productos y rápido! — gritaba con voz chillona aquel hombre mientras de su boca salía un humo dorado que, como si del flautista de Hamelín se tratara, parecía mover aquellas manos.

Dashiell recordó lo que decía la carta: “Si el muere, todo volverá a su lugar”. Sacó la caja de balas del bolsillo de su gabardina y al abrirla palideció al ver el contenido, solo le quedaba una, así que solo tendría una oportunidad para terminar con todo aquello. Se agachó y comenzó a rodar por el suelo para intentar no ser detectado por aquellos brazos voladores que hacían las veces de vigilantes, de opresores y de verdugos. Tras varios giros y saltos, consiguió esconderse detrás de una máquina que producía osos de peluche a gran escala. Pegó la espalda a aquel artilugio y asomó levemente la cabeza dejando al descubierto la nariz, el ojo izquierdo y la punta de su sombrero. Se encontraba a escasos metros  de aquel hombre  de traje oscuro y estaba convencido de que no podría acercarse más sin ser visto.  Sacó su revólver, introdujo aquella única bala en el tambor y respiró profusamente mientras notaba como  el sudor empezaba a gotearle rítmicamente desde su frente hasta el suelo.  Realizó una última y profunda inspiración, dejó su mente en blanco para al instante siguiente salir por completo de su escondrijo, apuntar a la cabeza de aquel ser, cerrar un ojo y disparar. Un olor a pólvora atravesó los metros que los separaban. Sonó un crujido de cristales rotos y el monóculo se agrietó rompiéndose en innumerables pedazos. Por un instante, el sombrero de copa  se mantuvo inamovible, pero poco después el hombre miró al frente y de él dejó de salir aquel humo amarillento, comenzó a temblar y con un brillo silencioso y cegador desapareció de aquel almacén. En ese momento todo se detuvo: los engranajes, las máquinas y sobre todo las manos. Se paralizaron durante unos segundos para, sin previo aviso, salir todas a la vez volando de aquel edificio volviendo a sus respectivos dueños mientras parecían chocarse entre ellas dejando tras de sí un sonido de aplausos en el aire.

Salió del ahora vacio almacén y vio como aquella brillante niebla que le había guiado se adentraba en un humilde edifico comercial en el que en un aún más pequeño cartel  se podía leer: “PRODUCTOS ARTESANALES AL CIEN POR CIEN, NUNCA HAREMOS MÁS DE LO QUE PODAMOS VENDER”. Con una sonrisa en el rostro se encendió un cigarrillo y  Dashiell se sintió satisfecho por terminar aquel trabajo que se le había ido demasiado tiempo de las manos.

Fer Alvarado