Políticas de Empresa (Parte 5)

Introducción:

Mientras escribía este capítulo escuchaba esta canción de fondo para relajarme e inspirarme, algunas veces en bucle, otras veces la quitaba unos minutos para volver a escucharla al rato y que no perdiera su valor de tanto oírla. Recomiendo que también la escuchéis mientras lo leéis y me comentéis la experiencia. Y ante todo gracias, siempre gracias.

Siempre hay un resquicio para la esperanza. En los lugares más insospechados uno puede encontrarse una mano amiga, puedes encontrarte a alguien que decide ayudarte aunque pueda perjudicarle o pueda perder algo en el camino. Y en definitiva todo esto forma parte de la vida, el encontrar malas personas en los mejores lugares y a gente amable y buena en las peores situaciones. Depende de nosotros el valorar a estas amistades, saber lo que nos dan y lo que nos aportan y sobre todo gestionar nuestras emociones ante situaciones difíciles y si en estos momentos nuestra gente nos tiende la mano o no.

Damián continúa su ascenso, continúa con sus dudas de si todo esto valdrá la pena, pero ante todo continúa luchando y sin pensamiento alguno de rendirse ante esta situación. Pero puede, que tal vez, no se sabe si quizás, la siguiente experiencia le haga pensar (aún más) sobre todo lo que está ocurriendo:

Políticas de empresa (Parte 5):

Al ver aquella  especie de invitación al duelo mis piernas despertaron de su letargo y  comenzaron a moverse y acelerar por cuenta propia. Me encontraba en una lucha interna en la que mi cerebro deseaba agarrarse a su lado racional mientras que el resto de mi cuerpo solo quería dejarse llevar.

 Un número dos enorme de color negro oscuro que ocupaba todo el lateral de la pared me anunció la llegada a aquella planta. Atravesé el descansillo de aquel piso alargando mis pasos y transformando así mis anteriores avances cohibidos en seguras zancadas. Llegué al final de aquel rellano, me agarré a la barandilla y, con un ligero impulso, acometí el siguiente tramo.  Había dejado parte de mis dudas en la planta anterior y una sonrisa que se perdió por la inexpresividad de mi máscara se tatuó en mi rostro.

Para afianzar esta confianza creciente pensé en mecanizar la subida para de esta manera mantener mi mente ocupada,  evitar pensamientos que lastraran mis movimientos y  lograr dosificar esfuerzos.  En silencio comencé a contar: “uno, dos, tres,…, ocho, nueve,…, quince, dieciséis escalones, giro, dieciséis  más, rellano, planta tercera, impulso en el pasamanos;  de nuevo, uno, dos,…, giro,…, planta cuarta”. Siempre me relajó el buscarle algún sentido lógico a mis acciones aun en casos que, como este, carecen totalmente de ella, por lo que sacar esta vena racional conseguía rebajar ostensiblemente mis niveles de tensión.

Había decidido seguir mi camino con la vista fijada al suelo para poder sortear con facilidad los afilados bordes de los peldaños cuando, por no mirar hacia delante, choqué contra uno de los aspirantes que estaba intentando recuperar el aliento en la planta quinta.  Era un hombre menudo y bajito al que con facilidad desplacé  hacia adelante por culpa de este accidental encuentro. Por mi parte, más por lo inesperado que por la violencia del choque, mi espalda se arqueó  hacia atrás de tal manera que noté como el resto de mi cuerpo empezaba a precipitarse escaleras abajo. En un acto reflejo, lancé la pierna en busca de algún lugar que me diera estabilidad, mi pie llegó a posarse en un peldaño tres escalones abajo, pero la excesiva fuerza que había empleado en aquel desesperado movimiento hizo que mi zapato resbalara y que el tacón del mismo se quedara atorado en el borde. Mis rodillas cedieron y mis brazos comenzaron una improvisada coreografía para  intentar agarrarme a cualquier parte. Estiré el brazo con la palma de la mano apuntando al suelo mientras giraba la muñeca intentando palpar el aire como si de esta manera pudiera acercarme al pasamanos. En ese momento, vi al chico menudo  desde el descansillo tendiendo su mano hacia a mí. En un principio estuve tentado de aceptar su desinteresada ayuda, pero recordé las normas enumeradas apenas cinco plantas atrás y aparté de él mis brazos con toda la agilidad que mi escaso equilibrio me permitía.  En esta  apresurada huida la punta filosa de mi codo se encontró con la barandilla para golpearse violentamente contra ella justo antes de conseguir agarrarla con firmeza. Sentí como un cosquilleo recorrió mi antebrazo como si de una corriente eléctrica se tratara, llegó hasta la punta de mis dedos, noté como éstos se adormecían, para dar la vuelta y ascender por mi brazo, mi hombro y llegar hasta mi garganta convertido ahora en un escalofrío de dolor. Mordí mis labios con vehemencia para impedir que maldiciones primigenias salieran de mi boca al mismo tiempo que mis ojos empezaron a humedecerse. Mis dientes rasgaron la piel interior de mis labios y mi lengua se llenó del sabor metálico de la sangre. No podía permitir que mi máscara se empapara con ella así que encontré rápidamente la herida interna y la succioné convirtiendo  mi saliva en una mezcla viscosa y amarga. Con mi boca sellada y mi brazo rígido por el dolor agarrado a la barandilla, conseguí incorporarme y avanzar hasta el descansillo de la quinta planta donde “El Menudo” parecía esperarme.

Llegué hasta el lugar donde se encontraba y cruzamos nuestras miradas. Entre las perforaciones de nuestras máscaras pude distinguir a través de sus ojos como aquel chico parecía pedirme disculpas.  Yo le dediqué una sonrisa de “no tiene importancia” que él no llegaría a ver. Me sujeté el brazo aún agarrotado, le adelanté y me dirigí hacia el siguiente tramo de escaleras. Cuando llegué hasta ellas, me giré.  Él seguía quieto, observándose expectante, con sus cortos brazos pegados a su delgado cuerpo desde el borde del descansillo.  Y en este cruce de miradas nos encontrábamos hasta que la voz de la chica engominada volvió a surgir de las paredes sacándonos a ambos de aquel momento de reflexión:

— Número 3 eliminado por intentar ayudar a un contrincante.

Al escuchar estas palabras el chico se quitó uno de los guantes y lo lanzó con rabia contra el suelo, se dio la vuelta y comenzó a descender por las escaleras. Me acerqué con premura hasta el borde y recogí aquel guante lleno de frustración para intentar lanzárselo de vuelta pero cuando me asomé por la barandilla “El Menudo” había desaparecido de mi vista. Así que me lo guardé en el bolsillo interior de la chaqueta como si fuera un valioso recuerdo y atravesé de nuevo aquel rellano. De mis ojos humedecidos brotó una solitaria lágrima que me apresuré a secar con la piel que quedaba al descubierto de mi muñeca  antes de que ésta llegara a tocar la máscara. “¿Por el golpe?, ¿la lágrima habrá sido por el golpe?” pensé por un instante antes de enfrentarme al siguiente tramo. Respiré hondo, coloqué el pie en el peldaño más próximo y continué mi ascenso hasta la planta cincuenta.

Continuará:

Fer Alvarado

3 comentarios en “Políticas de Empresa (Parte 5)

  1. La experiencia de introducir la música con la que te has inspirado para realizar este capítulo me ha parecido una idea buenisima, me ha gustado. La historia sigue manteniendo su fuerza y cada vez me sorprendes con un nuevo acontecimiento que consigue llamar más mi atención y esperar el siguiente capítulo con más ganas. La forma en la que cuentas ese encontronazo es impecable y me ha hecho sentir su dolor. Y el trasfondo de ese encuentro desafortunado me ha llegado al Alma. Sin duda, sigue habiendo buena gente que en un momento dado ofrece su ayuda, aún en perjuicio propio y eso hace tener la esperanza de que quizá aún no esté todo perdido en este mundo hostil que vivimos. Que te voy a decir, que si me has hecho sentir todo eso… es que sin duda está genial. Enhorabuena Fer 👏👏👏

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