Hasta que se Pierde

Introducción:

En muchas ocasiones no somos capaces de valorar lo que tenemos, de apreciar los pequeños (y grandes) detalles que llenan nuestras vidas y que nos hacen el día a día más sencillo. Algunas veces es por orgullo, otras por simple monotonía, o por la facilidad que tenemos de conseguirlo, pero tendemos a normalizar multitud personas o de situaciones fascinantes que nos rodean y las convertimos en algo inherente a nuestras vidas, algo que nos pertenece por y para siempre. Pero, ¿qué ocurre cuando esto nos falta?, ¿cuando lo que creemos qué es de nuestra propiedad (física o emocional) desaparece y nos deja huérfana esa parte de nuestras vidas?, ¿luchamos por volver a recuperarlo, o miramos hacia otro lado y le restamos la importancia que realmente tiene?

Hasta que se Pierde

Odio los martes, son, por mucho,  el peor día de la semana. Antes sin embargo me encantaban, deseaba que el resto de días huyeran del calendario para alcanzarlo  y disfrutarlo como no  lo había hecho con los otros. La razón por la que tanto me gustaban era que los martes por la tarde  iba a clases de canto y siempre había deseado hacer algo así. Pasaba las horas despejando mi garganta de emociones estancadas y expulsándolas en forma de notas.  Aunque no me importaba en absoluto que éstas estuvieran  en el tono correcto o no, en realidad era yo mismo el que  me afinaba. Pero, perdí la voz. Perdí la voz y no la encuentro. No sé dónde está,  ni tengo idea de dónde la he podido dejar. Por lo tanto me es imposible cantar y, ahora, odio los martes.

He intentado descubrir cuál fue el momento exacto en que mi voz me abandonó. Primero, deje de hablar por las mañanas. Los buenos días a los vecinos y conocidos se limitaron a levantar la mano, a alzar tímidamente la barbilla y, cuando apenas tenía trato con la persona saludada, elevaba una ceja de manera esquiva para dar a entender que lo había reconocido. Así que, dejé de hablar por las mañanas pero, por las tardes, seguía cantando.

En el trabajo, no necesitaba comunicarme con mis compañeros. Llevaba una cantidad de años considerable en el puesto y  no tenían que darme ninguna instrucción ya que, conocía todas mis obligaciones. Además siempre llegaba el primero a la oficina, me metía en mi pequeño cubículo y me dedicaba a desempeñar mis labores lo cual facilitaba el no tener que cruzar palabra con nadie. Por lo que, dejé de hablar en el trabajo pero, cuando llegaba a casa, seguía cantando.

En cuanto a mi vuelta a casa, siempre era silenciosa. Los autobuses bullían con personas de rostros monótonos y yo, al sentarme, ladeaba mi cuerpo hacia el exterior y pegaba la cabeza  a la ventanilla evitando así conversaciones vacuas e insustanciales. Dejé de hablar en los trayectos a casa pero, los martes, seguía cantando.

Hasta que llegó lo inesperado. Mi profesor me instó a calentar la voz antes de iniciar la clase. Obediente de mí, inspiré e intenté comenzar con mis ejercicios de calentamiento pero, no emití ningún sonido. Llevaba desde la semana anterior sin hablar con nadie y era como si se me hubiera olvidado hacerlo. Carraspeé y no surgió ruido alguno, en ese momento me asusté y salí corriendo de clase. Había perdido la voz y ya ni siquiera los martes podía cantar.

Desde entonces continúo haciendo mi vida normal: saludo a mis vecinos con la mano, voy al trabajo y vuelvo a casa pero ya no canto, ya he dejado de afinarme. Nadie se ha extrañado de que no hable por el simple hecho de que antes ya no lo hacía. Ahora intento evitar que me miren directamente, que me observen y me comenten cualquier cosa, me daría demasiada vergüenza no poder responderles. Miro al suelo y ando cabizbajo entre la gente. Se me ha olvidado hablar y no sé como recordarlo.

 Ayer, al comer, noté un sabor a óxido en la base de la lengua.  Me levanté del sofá y me dirigí al espejo del baño. Allí abrí la boca y vi como desde lo más profundo de mi garganta el color rosado de mi lengua y de mis amígdalas se estaba tornando cobrizo y acampanado como si se me estuviera oxidando por no cantar, por no expresarme y por no decir absolutamente nada. No quiero verme de esta manera, con las palabras atrancadas  y convirtiéndose en moho. Así que cogí varias mantas que tenía sin usar y cubrí todos los espejos de casa.

Pero lo peor me ha ocurrido esta madrugada al despertarme tras un mal sueño. Todo estaba oscuro, intenté encontrar alguna luz que me guiara y, mientras palpaba la pared,  me di cuenta de que la habitación estaba repleta de objetos que parecían querer encontrarse conmigo y no precisamente con fines pacíficos. Al final logré encontrar la lamparilla de la mesita de noche y la encendí. Todo continuó igual de oscuro. Creo que se me ha olvidado ver y no puedo recordar cómo se hacía. He pensado en qué día de la semana es. Hoy, es martes. Definitivamente y, por mucho, el peor día de la semana.

Fer Alvarado

21 comentarios en “Hasta que se Pierde

  1. Me ha gustado. En mi casa tengo espejos por varios sitios, siempre me ha motivado hablar delante de ellos, son los que más me conocen jaja. Un poco de luz en forma de humor para unos días de completa oscuridad.
    Saludos.

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    • El humor siempre es necesario y como bien dices, en estos tiempos hace falta más que nunca, aunque sea un poco negro como es en este caso :). Muchas gracias por venir a darte una vuelta por mi blog y comentarme, me alegra que te haya gustado. Un saludo!!

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  2. Estupendo relato, sí señor, qué metáfora más bien desarrollada desde su base sonora hasta su clímax visual. Lo entendí como una representación de cómo nos vamos encerrando en nosotros mismos a medida que transcurre el tiempo y la vida nos va erosionando. Los detalles del óxido en la lengua y los objetos amenazantes en la oscuridad representan los miedos, obsesiones y traumas del protagonista, que termina confinado en los estrechos límites que su conciencia disociada. Si te das cuenta, en una parodia de lo que está ocurriendo ahora mismo, con la salvedad de que en este caso es un confinamiento voluntario y dentro de los límites del yo. Enhorabuena, te quedó redondo!

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    • Muchísimas gracias Javier por las palabras que dedicas a mi relato y por la crítica tan detallada del mismo que has realizado. En concreto creo que me ha quedado una historia bastante “kafkiana” aunque no era mi intención inicial. Es curioso lo que las historias evolucionan desde el momento que las planeas y te sientas a escribirlas hasta que toman vida por sí mismas y te llevan por caminos inesperados. Tal vez el confinamiento involuntario en el que nos encontramos me haya inspirado ya que, mi idea, como bien reflejas en tu crítica, era mucho más general sobre los miedos interiores y no aceptación de los mismos. Así es el maravilloso mundo de la escritura, muchas veces sabes como empiezas una historia, pero no dónde la acabas. Un gran abrazo y gracias por comentar.

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  3. Una lectura muy entretenida, a mi de pequeña me pasaba que soñaba mucho que me quedaba sin voz, como soy una frikie de la psicología y he leído mucho sobre eso a parte de conocer a psicólogos en talleres mindfulness con el que tuve el placer de conocer datos, resulta que la gente que sueña eso dice que hay un factor emocional muy importante. un saludo!!

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    • Desconocía totalmente ese dato y me parece muy interesante además de muy lógico. Creo que puede ser porque la voz y la comunicación que conlleva es algo muy preciado para las pesonas con una sensibilidad superior. Necesitamos expresarnos, tratar y mostras nuestras emociones y el que nos quiten uno de nuestros bienes más preciados nos sesga parte de nuestra sensibilidad y nos podemos sentir mutilados. Muchas gracias por aportar estos datos, por tu punto de vista y por tus comentarios que siempre se agradecen. Un gran saludo y disfruta del día lo mejor posible que sé que lo harás.

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      • Una de las cosas que significa, es que debido a la infancia que hemos tenido, o a algún trauma puede que no nos sintamos escuchados, entonces es como un indicador a nivel inconsciente, una frustración de no sentirse escuchado. Muchísimas gracias y tu también. Que tengas un bonito domingo!!

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